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Una historia de porno tropical para deleitarse en la Filbo

UNA HISTORIA DE PORNO TROPICAL PARA DELEITARSE EN LA FILBO
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Tropical Porn es un fanzine cargado de imágenes e historias de alto contenido sexual hecho por artistas colombianos y mexicanos. Lea aquí una de las historias incluidas: el rápido idilio amoroso de un bachiller bogotano con una prostituta del Siete de Agosto y, varios años después, con otra de la Avenida Caracas, que lo dejaría enburundangado. 

Redacción Cartel Urbano

La Feria del Libro también tiene espacio para el porno o, mejor, para el porno de artista. Tropical Porn es el foto fanzine de la editorial Caín Press, que le hace un guiño a las revistas pornográficas ochenteras que se distribuían en Latinoamérica, como Sueka. La edición de este proyecto estuvo a cargo de María Isabel Rueda, una artista y fotógrafa cartagenera, Francisco Toquica, un artista plástico bogotano y Beatriz López, una curadora.

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Portada del libro

 

El contenido (fotografías, ilustraciones, poemas e historias, todo de alto contenido sexual) estuvo a cargo de artistas contemporáneos mexicanos y colombianos, como Manuel Kalmanovitz, Power Paola, Juan Pablo Echeverry y el colectivo Si nos pagan boys. Para una muestra de lo que podrán encontrar si se pasan por el stand de La Diligencia (pabellón 3, stand 337) hasta el 2 de mayo, les dejamos esta historia de Jerk Quing, incluida en la revista.

 

CARAMELITOS DULCES Y AMARGOS

 

Hace veintitantos años tuve mi primera relación sexual y fue con una putica costeña. Me acuerdo un poco de cómo fue. Ella era una morena pequeñita, jovencitica, un caramelito de por ahí 18 años súper linda.

La noche que nos conocimos en el putiadero del barrio Siete de Agosto bailamos merengue y vallenato, o por lo menos yo lo intenté torpemente. Lo bueno de bailar con una puta es que a uno no le da oso bailar mal y sobre todo no da oso bailar apretadito, amacizado, mientras se tiene una erección de esas que se hacen visibles y donde la verga se va de medio lado, pero que al final se acomoda al pantalón, a la canción, a la otra persona y donde resulta hasta rico sentir y pegarse una buena bluyineada.

En cualquier otro sitio y con una chica “decente” tal parola sería motivo de descortesía, vulgaridad o brusquedad, sobre todo si ésta salta a la vista de improvisto y recién se saca a bailar a la doncella o mientras apenas se le está preguntando ¿y tu como es que te llamas?... Con una puta es rico por eso, porque uno se ahorra la incomodidad, no hay que pensar en otra cosa, ni meterse la mano al bolsillo para disimuladamente acomodarse la verga.

El caso es que con mi costeñita nos dimos besos esa noche, yo le gasté aguardiente pero mi presupuesto de estudiante de bachillerato no daba para pagarle la suma que me pedía por estar con ella y además yo no sabía bien como funcionaba la cosa, si uno pagaba por el cuarto, por la noche o por el polvo.

Esa noche el jefe del prostíbulo, el mánager o como se llame, empezó a regañarla y a joderle la vida porque nos dábamos besos con lengua, de esos largos, ricos y medio babosos de adolescente, mientras nos manoséabamos en medio de la pista de baile, ya medio borrachos, mirándonos entre las luces de colores y el estrobo de cuando ponen música trance de putiadero. El tipo este ya sabía que yo no tenía plata y que al final de la noche ella se iría sin ningún cliente a la cama así que se puso pesado y nos dijo a mi y al amigo del colegio con el que yo estaba, que nos fuéramos y dejaramos de güevoniar si no íbamos a estar con sus chicas.

Antes de irnos bailé el último merengue con mi costeñita, ese que dice: Nuestro amor será… y le dije que nos viéramos de nuevo y que si me daba su número de teléfono. Ella no me lo dio, pero me dijo que tenía libre el día martes, que si quería fuera y la buscara allí al putiadero y salíamos a algún lado. Yo le prometí que iría a las tres de la tarde después de que saliera del colegio.

Esa noche al salir del sitio le conté a mi amigo de mi cita con la chica y solo me advirtió y me dijo: ¡Pilas! No se me vaya a enamorar de una puta porque la caga. Es lo peor que puede hacer…

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El martes en la tarde después del colegio, con el uniforme puesto y la maleta en la espalda llegué a la puerta del prostíbulo. Yo estaba muy nervioso y asustado y me costó atreverme a timbrar. El sitio tenía un segundo piso y cuando miré, vi como se movían unas cortinas y se abría una ventana. Dentro, una algarabía de chicas gritaban, se reían y decían: ¡Si llegó, mira que si vino! Luego desde esa misma ventana la alcancé a ver mientras me avisaba que la esperara. Ese instante en particular fue bien especial, una mezcla de emoción, de inocencia y de alegría que recuerdo muy bien. Nos saludamos, nos miramos y nos dimos un besito andeniado. Ella olía rico y estaba toda arreglada y bonita. Nos tomamos de la mano y empezamos a caminar entre buses y talleres de carros por el no muy romántico Siete de Agosto.

Yo la quería invitar a cine y a comer helado pero ella me dijo que  quería “estar conmigo”. Yo le dije que yo también pero que no sabía donde. La costeñita me llevó a un motel barato de esos de un solo piso con maticas de bambú a la entrada y pared enchapada con baldosín de baño o de cocina en la fachada. Yo pagué por el cuarto y empecé la no muy memorable faena. En medio de los nervios y la inseguridad hice lo mejor que pude, cosa que apenas duró unos minutos y luego le dije la verdad, es decir, que era la primera vez que estaba con una chica. Ella me dijo una de esas mentiras piadosas para consolar mi prontitud diciéndome: no te creo, no parece... Luego de esta primera y corta experiencia sexual y sin saber cual era el siguiente paso, salimos del motel y caminamos de vuelta hasta que la dejé juiciosa y nuevamente en su “casa”. Le prometí que volvería a visitarla pero nunca lo hice

Me pareció siempre extraño, medio afortunado y de eso me ufanaba, el hecho de haber estado por primera vez con una puta pero sin haber tenido que pagarle una suma de dinero por esto.

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Veintípico de años después me volví a encontrar con una puta costeña, esta vez en un amanecedero, divina también, más bonita que la primera, como de veinte años, con una pañoleta que le cubría el cabello y le dejaba ver un rostro perfecto, de rasgos finos, ojos grandes, nariz pequeñita respingada y un tono de piel de puro caramelito Noel.

Básicamente me enamoré de esta costeñita por un par de horas. Perro viejo, experimentado y seguro de mi mismo como me sentía frente a la situación, sin nada de nervios ni del lugar, ni de la compañía, empezamos a hablar, luego a bailar, a pasarla bien con mi costeñita. Tenía un cuerpo increíble, la más bonita entre todas las putas, travestis y seres bizarros que había en este amanecedero de la Caracas, y ahí estaba yo bailando con ella y sintiéndome tan afortunado. En un momento fuimos al baño juntos y le pedí un pase. Estaba un poco raro y sabía feo. Luego de esto, no me acuerdo y mi memoria se borra. Doy un brinco en el tiempo y me levanto tirado en un andén con un sol en la cara que me despierta. Trato de entender donde estoy y el por qué.

-Huy me hicieron la vuelta. Ahh… Puta malparida esta, tan linda que estaba-. Como puedo me paro y veo que estoy cerca al Museo Nacional. Es medio día. Me reviso los bolsillos y no tengo llaves, ni billetera, ni celular. Decido irme caminando a la casa que queda cerca de la 60 con 7ª. Este trayecto en medio de la ciclovía dominical, los niños y las familias felices lo hago en un par de horas, tambaleante y descansando a cada cuadra. La cabeza está que me revienta. Es toda una proeza haber podido llegar a casa. Sin llaves, espero que mi compañera de apartamento se encuentre y antes de timbrar ella abre la puerta y me recibe con un grito y un reclamo.

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-¿Usted dónde estaba? ¿Que le pasó? ¿Anoche usted que hizo? ¿A quién metió al apartamento? ¿Dónde está mi computador? ¿Y mi tablet?¿Y la plata que tenía en la mesita de noche? ¿Y quién rompió mi alcancía donde ponía las monedas de 200? ¿Y quién se robó mi marranito donde ponía las monedas de 500 y de 1000?

Medio aturdido por la burundanga y por el reclamo, le pido un vasito con agua. -Dame un minutico porfa que yo tampoco sé… Entré a mi cuarto y allí todo estaba patas arriba. Faltaba mi cámara de video, algo de dinero que tenía guardado, dos chaquetas y la botella de aguardiente que tenía se encontraba vacía… Luego de preguntarle al celador y tratar de reconstruir la historia, entiendo que llegué a mi casa acompañado de mi costeñita, de la mano y muy enamorados en apariencia, entramos y nos demoramos cerca de veinte minutos.

Luego de esto volvimos a salir, nuevamente de la mano, y seguramente ahí ella me llevó al cajero, desocupó mi cuenta bancaria y no sé como me llevó hasta donde me dejó. No me acuerdo de nada, solo de que era realmente bonita, me acordaría de esa cara si la volviera a ver y creo que además de pedirle una explicación le pediría que saliéramos y fuéramos a cine o a comer helado. –Oye caramelito no hay necesidad de ser tan hijueputa en la vida–, le diría.

Yo solo me acuerdo que era súper linda y amable. Mientras estuvo en mi cuarto, además de tomarse lo que quedaba de aguardiente, tuvo tiempo hasta de meterse a internet y de bajar una fotografía a blanco y negro y dejármela de recuerdo. No una foto de ella, sino de otra chica, linda, vestida de negro, sentada en una silla, llamando por teléfono y recogiendo cosas que están tiradas por el suelo. Puse esta foto como fondo de pantalla.

 

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