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¿Y si el viejo decide suicidarse?

¿Y si el viejo decide suicidarse?
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Según un informe de Medicina Legal, el año pasado 306 ancianos se quitaron la vida. El ahorcamiento es el principal método. Si no se encuentran ni las más mínimas condiciones para sobrevivir en esta demente sociedad occidental, debería permitírseles a quienes ya se han gastado en el recorrido el poder cortar por sí mismos los cables.

Dario Rodriguez

@etinEspartaego

Si llega el momento en el cual ya no hay motivación, ni adelante, ni atrás, ni a los costados, cuando ni en los recuerdos se encuentra refugio, el suicidio deja de ser una posibilidad remota para convertirse en certeza. A veces, la única opción.

Lo sabe cualquier persona mayor de setenta u ochenta años en este país que ni el diablo quiere administrar. Aunque tenga todo asegurado y no esté pasando una mala vejez, eliminarse resulta factible porque los ancianos son un estorbo en esta sociedad de maquillajes y aparente juventud eterna.

Basta consultar un estudio de Medicina Legal divulgado hace algunos días por la revista Semana, en el cual se asegura que “un hombre colombiano mayor de 80 años tiene 251 veces más probabilidades de suicidarse que el resto de la población (…) 306 adultos mayores de 60 años se quitaron la vida en el 2015”.

Mientras países como Japón o China y otras naciones de profundo arraigo oriental protegen a sus adultos mayores como tesoros, ya sea por la experiencia que brindan o por su carácter heroico, desde la perspectiva occidental un anciano no encuentra lugar, nadie sabe dónde ponerlo y ni siquiera cómo hablarle.

Si a esto se suma nuestra enloquecida carrera productiva y tecnológica, sedienta de resultados rápidos para todo y de consumo incesante, con el agravante de un sistema de salud regentado por personajes dignos del hampa, es absolutamente comprensible que una persona mayor no encuentre un asidero ni estímulo y piense con seriedad en matarse.  

Ante la problemática los medios suelen consultar a psicólogos y médicos, quienes abogan, desde luego, por la prolongación de la vida: como sea, como se pueda. Cuesta aceptar que el cansancio a veces pesa más que las satisfacciones del pasado. O que alargar los ciclos vitales de algunos individuos se vuelve en ocasiones nocivo, destructivo. A una sociedad con altos grados de doble moral católica como la nuestra le cuesta aceptar que hay individuos deseosos de cortar amarras, aburridos de luchar  sin un para qué real.

Por más que quieran plantearlo como una temática de salud pública, los legisladores —algunos de ellos venerables ancianos atornillados a sus curules del Congreso de la República— deberían cuando menos considerar la muerte asistida como un soporte, una ayuda para quienes se encuentren en el callejón sin salida, representado por unos precarios y miserables últimos años.

Si los congresistas han contribuido con hacer de este país un sitio invivible para jóvenes y adultos, con más razón deberían pensar en la gente mayor que bien o mal ha realizado su tarea durante muchas décadas y que es al fin y al cabo víctima principal de este remedo de patria en el que nos hallamos.

Pero no lo van a hacer porque existen ligas de la decencia dispuestas a impedírselo. Porque los intereses de quienes crean las leyes en Colombia es la plata pura y dura, los negocios, la contratación multimillonaria. La vejez les importa muy poco, como tampoco les interesa quienes no les aportan ni dividendos ni votos.

Queda la reflexión, meditar sobre el puesto ocupado —en nuestras propias vidas— por los ancianos que nos rodean. Es incalculable cuánto pueden enseñar quienes ya han hecho un camino. Y cómo podemos aprender, sobre todo de sus errores y de sus experiencias. El ejercicio es simple: antes de pedirles consejo a los contemporáneos habría que acudir a los más viejos. Quizás ellos ya se han enlodado antes y logren aportar más que titubeos o palmadas en la espalda. Aunque estén exhaustas o sean necias, esas personas saben. Y saben más de lo que se podría imaginar.

Por otra parte, conviene pensar frecuentemente en el estado último, sin importar si somos muy jóvenes o si todavía nos podemos mover. Algún día tendremos que sentarnos en frente de nosotros mismos, cuando ya nadie tome en cuenta nuestras valiosísimas opiniones o nuestros portentosos logros, a evaluar la vida. A decidir.

Y ese día no estaría de más recordar el ejemplo digno de gente como el escritor húngaro Sándor Márai, quien decidió darle término sin melodramas a su historia personal cuando notó que respiraba por inercia. No se iba a dejar traer ni llevar de sala de urgencias en sala de urgencias. Nada valía la pena ya y él estaba en su derecho.

Si no se encuentran ni las más mínimas condiciones para sobrevivir en esta demente sociedad occidental, debería permitírseles a quienes ya se han gastado en el recorrido el poder cortar por sí mismos los cables. Porque a veces ningún paliativo sirve a la hora de hallar sentido. Y si se trata de pensar sin fatalidades, en últimas —irónicamente— habrá que confiar en la fatalidad misma. Como escribió Emil Cioran: “El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad.”

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