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Un viaje hacia nuevos territorios para la educación en el posconflicto

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¿De dónde proviene el sistema educativo tradicional y hace cuánto existe? ¿Se ajusta a las necesidades de un país con vasta pobreza, millones de analfabetas y miles de reinsertados? Este fotorreportaje nos lleva hasta un corregimiento recóndito del Meta donde la educación puede ser un lujo.

Ángel Carrillo (fotos y texto)

Con una impronta incluso ciberactivista, sugestionados por la gran pregunta <<¿hacia dónde debe apuntar la educación en Colombia en épocas de posconflicto?>>, Sanjay Fernandes, Juan Pablo Calderón y Maryam Tertel emprendieron su más reciente viaje por tierra hasta uno de los caseríos rurales perdidos del Meta: La Cooperativa.

Un corregimiento difícilmente localizable en Google Maps que aún tiene frescas sus heridas de guerra. Enfrentamientos, falsos positivos, cultivos de coca. Un lugar en el que siempre hubo guerrilla y que ahora, por los acuerdos de paz, es vecino de un campamento de transición de la misma.

Un lugar donde la educación es un accesorio de lujo del cual a veces hay que renunciar.

Estos tres colombianos están convencidos de que el método educativo que se sigue aplicando desde los salones de clase es obsoleto y, para hacer frente, han llevado desde 2014 a más de 500 puntos del país una metodología desarrollada por un académico indio de la Universidad de Newcastle (Reino Unido) llamado Sugata Mitra (TED prize 2013), que propone ambientes auto organizados de aprendizaje colaborativo mediante el uso de internet. Se percibe como una idea sencilla, pero proviene de algo llamado Ciencias de la complejidad, del estudio de sistemas complejos cuyos comportamientos en conjunto no son evidentes desde la individualidad. Sistemas complejos como estos en los que tenemos que vivir.

“El modelo educativo como lo conocemos hoy —explica Sanjay, quien fue consultor de cultura digital en el MinTic— proviene de la época victoriana, de hace 300 años, en el cual el Imperio Inglés tenía que encontrar una manera de estandarizar que quienes estuvieran en Filipinas, en Las Antillas y en Inglaterra pudieran entender lo mismo. Que todos supieran el idioma y las matemáticas para llevar las cuentas del imperio. Fue una manera sistemática para que la corona pudiera mantener el control sobre todas sus colonias. Era como generar burócratas para el sistema”.

 

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Después de horas de trocha dentro de un jeep de duras sillas que lo lleva desde Vista Hermosa hacia La Cooperativa (Meta), Sanjay observa a lo lejos el primer campamento, desde el cual la ONU gestiona operaciones de desminado, entre otras actividades propias del posconflicto Colombiano.

 

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Cuentan los vecinos que en la zona pululaban las prostitutas, las tabernas y los clubes de billar, pero que han ido desapareciendo. En el camino hacia el caserío es común encontrar billares y otros establecimientos abandonados, también zonas delimitadas en las que aún hay minas antipersonas enterradas.

 

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En un punto del trayecto hacia La Cooperativa es necesario bajar del jeep y cruzar a pie un puente de dudosa estabilidad. La bogotana Maryam Tertel, socióloga de la Universidad de Heidelberg y quien fue Directora de habilitación social en la organización latinoamericana contra la pobreza TECHO, acompaña a un niño mientras cruza el río Guejar, el mismo que varios estudiantes atraviesan a diario para llegar al colegio después de incluso tres horas de trayecto.

 

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En la vía destapada y pantanosa que comunica el caserío con el campamento, agentes de la Policía Nacional, quienes aún no pueden ingresar a la zona de asentamiento de las FARC, emergen de la parte trasera de un gallinero —que tiene en la fachada el logo de la institución impreso en papel—, con la intención de evitar el paso de Juan Pablo, Maryam y Sanjay.

 

Durante el primer lustro de este nuevo milenio, en Meta había casi 18.000 hectáreas sembradas de coca. Cerca de 500 estaban en esta pequeñísima y precaria localidad en la que solo con ayuda de la buena suerte le entra señal al celular. Según un informe de El Espectador de enero de este año, de las 900 personas que vivían en el poblado, ahora subsisten unas 60.

La economía local se fundamentó durante años en los cultivos de coca. Se dice que en el cementerio más cercano hay sepultados varios guerrilleros que frecuentaban las plantaciones y que eran cercanos a familias del caserío.

La cultura en esas no más de siete cuadras que conforman La Cooperativa es y ha sido desde hace décadas aquella promovida por los principios del trabajo físico y la supervivencia, y esto propone un reto de buenas dimensiones para el programa de aprendizaje auto organizado que Sanjay y sus compañeros quieren impulsar en la zona.

Diana Pérez, la mujer encargada desde hace seis meses de coordinar la biblioteca móvil de la escuela, explica que muchos estudiantes tienen que ver con la guerrilla, son sobrinos o tienen cualquier otro parentesco familiar con las FARC. La mayoría manifiesta un fuerte rechazo hacia la educación. “Muchos [niños] no quieren estudiar —dice Pérez:— no les gusta estudiar. Yo hasta ahora estoy entendiendo las dinámicas sociales porque esto es población flotante. Muchas familias que se habían ido años atrás, regresaron. Volvieron para hacer parte de los proyectos de sustitución de cultivos [de coca], con la idea de sacar algo de ahí”.

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Xiomara Pinzón, profesora hace 13 años de la Institución Educativa Gabriela Mistral de La Cooperativa —en la que, dicho sea de paso, no siempre hay luz—, explica que sus mecánicas a la hora de dar clases se limitan a lo tradicional, al uso de la memoria: retener conceptos. “Los muchachos vienen desde muy lejos y no se pueden hacer trabajos extraclase —dice Pinzón—, no se pueden dejar tareas”. Cuando los estudiantes tienen dudas escolares reciben de sus papás, que en gran porcentaje son analfabetas, respuestas como <<si no sabe usted que está estudiando qué voy a saber yo>>. En la biblioteca móvil hay libros de todo tipo para todo tipo de personas: versos del poeta Gómez Jattin o trepidantes novelas de ciencia ficción. Acceder a ellos es sencillo.

Lo que no es tan sencillo es aprender a leer después de viejo.

 

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La actividad que Juan Pablo, Sanjay y Maryam gestionan para los chicos del colegio al parecer contempla todas esas sutilezas sociales y culturales. Una sesión de SOLE consta de grupos de cuatro o cinco personas organizadas alrededor de una computadora con acceso a internet (la conexión en La Cooperativa la lograron en un Kiosco Vive Digital instalado donde termina uno de los caminos del caserío y empieza el campamento de las FARC). Usan carteleras y marcadores para plantearse una “gran pregunta” —¿Cómo tapar el agujero de la capa de ozono?— con la que cada grupo empieza a trabajar, es decir, a “googlear”.

La idea es que durante 20 minutos o menos investiguen y luego entre todos lleguen a un consenso que los lleve a la formulación de nuevas preguntas mientras se van llenando, como quien no quiere la cosa, de conocimiento. No hay ningún tipo de norma o coordinador y a simple vista es un despelote.

Hay niños —muchos niños— embelesados en Facebook a quienes parece importarles muy poco la capa de ozono. Hay niñas coreando a Maluma mientras ven sus videos. Hay un sol aplastante. Se levanta tierra. Definitivamente la sesión no luce como un sistema educativo creando burócratas, pero tampoco es fácil vislumbrar a simple vista esa curiosidad de aprender algo por los propios métodos.

“Esto es efectivo en la medida que se vuelve un hábito —explica Sanjay—. En el sistema educativo a uno le van matando la curiosidad y toma tiempo volver a despertarla en la gente. Los niños [de La Cooperativa] ya están acostumbrados a que tienen que hacer caso. El sistema educativo siempre les ha dicho: usted hace caso, usted tiene que pedir permiso y usted no hace lo que quiere”. “Ven internet —explica la profe Xiomara— como una oportunidad para descansar de las labores de la casa, algo diferente a cargar leña”. “Los alumnos que hacían SOLE en un colegio en Matamoros —agrega Juan Pablo— quedaron entre los 10 primeros en las pruebas de estado de México”.

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En la Institución Educativa Gabriela Mistral de La Cooperativa hay en total, de primaria a bachillerato, poco menos de 55 estudiantes acomodados en tres salones, de los cuales se estima que solo 20 culminen el año escolar por las constantes movilizaciones de sus familias hacia otras veredas en busca de trabajo.

 

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En La Cooperativa, con sus calles de tierra amarilla y casas con techos de lata que parecen poco resistentes a la hora de un aguacero, predomina el abandono. No obstante, ahora “los niños se pueden desplazar con más tranquilidad, no se encuentran en el camino con una balacera”, explica la profesora Pinzón.

 

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El momento de mayor atención por parte de los niños es cuando se contactan con una “abuelita en la nube”. Un punto clave es, tal vez, retomar la importancia del relato oral. La mujer en la pantalla es Suneeta Kulkarni —directora de Granny Cloud y esposa de Sugata—, quien se conectó desde India para charlar con los chicos de La Cooperativa sobre el significado sociocultural del punto que lleva ella en la frente. “De allí, de esas conversaciones, surge el aprendizaje”, asegura Juan Pablo. 

 

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El sistema educativo normalizado actual sigue midiendo por igual competencias y conocimientos de personas provenientes de diversos sistemas culturales y sociales para quienes las riquezas intelectuales tienen significados distintos. Sin embargo, a pesar de los cuatro millones de personas sumidas en la pobreza y de los dos millones de analfabetas que ostenta Colombia, el Estado tiene como meta que en 2025 éste sea el país más educado de América Latina.

Otro gurú de TED, Sir Ken Robinson, concluyó a través de sus investigaciones académicas que los planes de estudio estandarizados acaban con la creatividad. Y para el físico Juan Pablo Calderón, pionero en Colombia del método auto organizado, lo que una persona necesita para sobrevivir es curiosidad y creatividad. “Esas dos habilidades nos separan de los robots —asegura—, de lo sistemático y repetitivo. Hacer las cosas bajo una regla hace parte de la inteligencia artificial. Yo creo que hay que volver a aprender a vivir en grupo, a interactuar: a resolver el problema más allá de los oficios particulares. Dicen que la educación es lo que le hacen a uno y que aprendizaje es lo que uno mismo se hace”.

En estas épocas de posconflicto no debería ser opcional la creatividad. Según el censo socioeconómico de las FARC que se publicó el mes pasado, solo el 21% de los guerrilleros tiene educación básica secundaria. A pesar de que recibirán durante 24 meses poco menos de un salario mínimo, y con más de la mitad de la población sin vivienda qué habitar —y con una ideología política importada de la Unión Soviética que en una charla nunca pasa desapercibida—, tendrán los guerrilleros que ser muy creativos para lograr la reinserción a una realidad nacional regida por la economía del hiperconsumo y la competición.

“Acá en nuestra organización tenemos nuestros principios de marxismo leninismo que nos llevan a la autocrítica —dice, con 23 años de militancia en las FARC y muy seguro de sí mismo, Leonidas Parra—, por ende somos transparentes”.

Osman García, comisionado de paz y coordinador de esa zona veredal, asegura que dentro de los campamentos se vive un hábito de lectura que de lejos supera al de las ciudades modernas, y que los libros, con el paso del proceso, empiezan a ganar contraste temático. “El ciudadano del común —dice García— está distraído buscando qué comer y no tiene espacios que permitan la concentración, en cambio el guerrillero está enseñado a estar todo el día debajo de un árbol, con una labor y pensando”.

“Yo me he reunido dos veces con guerrilleros —agrega Sanjay— y me he dado cuenta (además del discurso político tan marcado) de que lo que quieren ellos es que los escuchen porque llevan mucho tiempo [aislados] en el monte. Eso le mete diversidad al contexto colombiano y la teoría, volviendo a Ciencias de la complejidad, explica que todos los sistemas vivos entre más diversidad tienen mayor resiliencia demuestran”.

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A la izquierda, el kiosco que ofrece wi-fi en la vereda. A la derecha, un grupo de excombatientes se auto organiza para indagar a través internet sobre una pregunta: ¿Por qué el fuego quema? En 20 minutos cada persona tiene una respuesta diferente. Debaten aireadamente. Surgen nuevas preguntas (¿Qué es la temperatura? ¿Cómo funciona la energía cinética?) y más investigaciones que extienden la sesión hasta el atardecer.

 

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Después del debate hacen una video llamada a una “abuelita” voluntaria de SOLE que se encuentra en Bogotá. Hablan de teorías de la Física y de la vida en la ciudad mientras en la entrada del campamento ondea una bandera blanca con una paloma dibujada con marcador.

 

En julio de este año hubo voluntariados de paz en La Cooperativa. “Llegaron estudiantes de todo el país para fortalecer el proceso —cuenta Diana Pérez, la bibliotecaria—. Estudiantes de Economía, Sociología, Ciencias Políticas”. “Acá vino el Sena —comenta Osman García— y se formaron unas 60 personas en agroecología, agricultura, gastronomía, ciudadanía digital. Ellos (los guerrilleros) saben de metalmecánica, entonces ¿por qué no los formamos en el tema? O para que sean operarios de maquinaria de línea verde o para infraestructura vial. Primero hay que alfabetizar y homologar para llevarlos a una categoría técnica”.

Pero Juan Pablo Calderón —que cursó varios posgrados y ha pasado más de 10 años dentro de los claustros de diferentes universidades del planeta— no parece muy convencido de esa ruta. “Eso es un poco como: llegaron los españoles a decirnos cómo vivir, a contarnos las verdades. Eso me da miedo. Si usted lo que quiere es convertir a un guerrillero en un ciudadano está pisoteando una cultura, está llevándoles [a los campamentos] un sistema que apesta”. “La palabra <<universidad>> da la connotación de algo universal —agrega Maryam Tertel—, algo que es para todo el mundo. Y debería ser eso”.

Pero, al menos en Colombia, no lo es.

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Yuli Beltrán (izquierda) lleva 17 años en las FARC. “Hay que ver más allá —dice—, aprender cosas, porque cuando se tienen conocimientos no cualquiera llega a enredarlo a uno”. Ezequiel Marabel (derecha) asegura que todo el tiempo que ha pasado en el monte lo lleva a pensar que él mismo es su mejor profesor: “lo que puedo investigar por mi parte, sin contaminarme. Nuestro propósito, nuestra lucha ha sido por eso. Y debe uno estudiarse a sí mismo. Estudiar al ser humano”.

 

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Leonidas Parra, enfermero profesional, quien viste una camiseta de Manuel Marulanda, se encarga también de reconectar guerrilleros con sus familias. “Afuera hay una enseñanza técnica —dice— sobre cómo trabajar la tierra, pero el campesino tiene una <<malicia técnica>> que es muy aplicable”. Carlos Bedolla, de camiseta blanca, es parte de las FARC hace 27 años. Después de participar durante más de media vida en la guerra, cree que el conocimiento y la ética deben ir de la mano.

 

Los sistemas vivos cambian, mutan, se fortalecen, se mueven y, especialmente, se adaptan. Un sistema que se queda quieto es aquel que está muerto. La auto organización, explica Juan Pablo, es un término que proviene de la Física pero también de la Biología, “de la naturaleza y los ecosistemas que se auto organizan. Ese árbol es un sistema: nosotros somos sistemas y en los sistemas vivos la retroalimentación es clave”.

“El sistema de los Estados es insuficiente para atender a todo el mundo —dice Sanjay—; es el propio concepto de <<atender>> lo que hay que revaluar. Nosotros no estamos solucionando el sistema financiero ni el político, pero estamos proponiendo una gran pregunta: ¿cómo la gente se mantiene curiosa por sus propios métodos? Este concepto es totalmente subversivo. Todos saben que nuestro sistema educativo no está funcionando, que lo económico manda, cambiarlo es como intentar mover con las manos una gran máquina. Esta es una oportunidad para lograr contraste: gente que lleva mucho tiempo formándose para el combate, recibiendo órdenes de un comandante para disparar y para usar el radio, ahora puede ver que en una sociedad no toca tener armas ni ser de un ejército para sobrevivir”.

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Un guerrillero —un ex guerrillero— regresa al campamento acompañado de un perro. Carga en la mano derecha una bolsa con víveres que compró en La Cooperativa. “Acá —dice al pasar— lo que uno tiene es paisaje por ver”.


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