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Porque las marionetas no mueren: nueva sangre titiritera

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Los títeres como herramienta de transformación social y de resignificación de los valores. El teatro titiritero como metáfora de la vida. Estos tres jóvenes marionetistas quieren tomar las riendas de una expresión artística que está lejos de desaparecer en Colombia.

Tomás Tello

“Yo empecé con los títeres desde la animación de objetos”, dice Angélica Espíndola, mejor conocida como La Jaguara. Mientras Angélica estudiaba artes en la ASAB de la Universidad Distrital, un amigo suyo de la Nacho decidió presentar su tesis en Arte con un montaje de tres obras de títeres “loquísimas”. Con esa tendencia a narrar nuevas ideas y experimentar nuevas formas y públicos, los titiriteros que vienen haciendo teatro desde hace 15 años han intentado encontrar su lenguaje y distinguirse de los teatros legendarios de títeres, como la Fundación Jaime Manzur, que funciona desde 1980.

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En 2001 se acercaron al teatro La Libélula Dorada (otra leyenda titiritera que funciona desde 1976) y a Hilos Mágicos, con el auspicio de Édgar Cárdenas, con quien Angélica formaría su primer grupo: Manchamano, para relacionarse mejor con los títeres. Con este grupo hacían match de improvisación en casas y apartamentos de amigos. A estos encuentros empezaron a llegar más grupos y espectadores, todos jóvenes interesados en los títeres.

En 2004 nació Juti - Juventudes Titiriteras, con el apoyo de la Red de Bibliotecas Públicas, que les brindó los primeros escenarios para sus obras y que, con el tiempo, se convirtió en la red más grande de apoyo mutuo y al teatro de títeres, en la que participan Ático (Asociación de titiriteros de Colombia) y la Unima (Unión internacional de marionetas).

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Los siguientes años fueron de bonanza para el teatro de títeres. Había apoyo estatal y las obras eran presentadas en jardines, colegios y festivales de teatro. Además, en los inicios de la revolución bolivariana los subsidios que no conseguían en Colombia se los ofrecía Venezuela, que no escatimaba gastos para el fomento de las artes. De esta manera Angélica trabajó más de diez años en los distintos circuitos relacionados a los títeres que había en Venezuela.

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Aunque Sergio Murillo conoce a los protagonistas detrás de Juti, nunca perteneció a esa red. Él ha hecho títeres independientemente desde 2005 con el grupo El Baúl de la Fantasía, conformado por él y su mamá, Magdalena Rodríguez, quien lleva animando muñecos desde 1965.

Sergio nació en Tunja en 1985. A los siete años participó en la primera obra de muñecos animados que tenía entonces su mamá en Boyacá. Luego se instalaron en Bogotá, él estudió Antropología y, en 2005, con 20 años, decidió fundar El Baúl (…), un grupo que actualmente cuenta con diez obras propias, presentadas en teatros como El Colón y el Julio Mario Santodomingo.

A este Baúl le gusta asumir nuevos tipos de dramaturgia y de tópicos, distantes del marcado lenguaje político de los sesenta y el abordaje clásico de los cuentos para niños.

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“A nosotros nos interesa trabajar temas tabú, como la muerte, el desplazamiento, el abuso sexual —asegura Sergio—, pero los abordamos desde una mirada poética y con un lenguaje específico para los niños”. Todo esto, como pasa en muchas ramas del arte, lo hacen con el fin de demostrar que el mundo no es color rosa y que constantemente se nos interponen retos y dificultades.

 

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“Ahí fue donde todo se rompió. Esa es mi sub-versión de los hechos —cuenta La Jaguara sobre el fin de la bonanza del teatro de títeres—: entraron dineros, hubo gente quejándose de que algunos tenían talleres y otros no”. De esta manera los grupos que había empezaron a abandonar la red, incluido Gente Serpiente, en el que estaba Angélica y con el cual montó un par de proyectos pedagógicos con Maloka y la Nasa.

Los antiguos Juti empezaron a encontrar su camino en producciones de televisión nacional, desde el guante amarillo de la desaparecida Orbitel hasta el programa Kikirikí para Señal Colombia y el Noticiero NP& para Caracol Televisión.  

Motivado por entender cómo se transmite la cultura, Sergio nunca detuvo la producción teatral de El Baúl de la Fantasía. “¿Cómo se van armando los conceptos para crear nuestra realidad? —se pregunta Sergio Murillo:— ¿Cuáles son las metáforas que utilizamos en nuestra cotidianidad para asumir esta realidad?". Hablando de metáforas: este año se tiene pensado el estreno de la obra El viaje de Ulises, de Verónica Maldonado, la cual espera mostrar cómo un niño emprende un viaje para responder por qué a sus padres los desaparecieron.

Luego de su pequeño retiro, de trabajar como escenógrafa para Misi, de ser directora de arte para cine y publicidad, de dictar clases y talleres con comunidades indígenas, Angélica Espíndola se reencuentra con una amiga caraqueña en 2009, quien le propone organizar una obra de títeres nuevamente. Dadas las fronteras que separan a las dos creadoras, ellas deciden escribir y articular la obra sobre La Guajira, un territorio en común. Así nació La Pequeña Piachi, con la que giraron por Suramérica y la cual es ahora un montaje unipersonal de Angélica, al igual que El Árbol de la Abundancia, basada en una leyenda indígena de la Amazonía.

Angélica asegura que ahora quiere acercarse a otro público a través de sus obras: presas, campesinos, indígenas. No quiere que sus títeres estén en escenarios convencionales. Es decir, espera darle un vuelco a la tradición, como también quiere hacerlo el Baúl de la Fantasía al plantear un teatro de títeres contrailusionista: “En muchos de nuestros espectáculos, el actor (titiritero) está a la vista”, explica Sergio, porque, aferrado a su teoría estética, cuando el actor anima bien la gente olvida que está ahí.

Cuando el Baúl comenzó, la idea del proyecto era hacer títeres para la infancia pero con el paso del tiempo la idea de abordar otros temas y dramaturgias se fortaleció. De hecho, en 2014 ganaron la Beca Rayuela del Ministerio de Cultura con la obra Manuelucho 100 años, pensada para un público adulto y que trata de un liberal nacido en 1914, pendenciero, borrachín y que no está de acuerdo con las reglas sociales, “no está de acuerdo ni con la muerte”. Es un proyecto interesante porque, por medio de la comedia y la farsa, Manuelucho representa esa parte de los humanos que lo quieren mandar todo al carajo y finalmente responderles a los injustos y poderosos.

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“En un punto, Manuelucho toma la cabeza del alcalde y se la arranca. ¿Qué estamos viendo acá? ¿Paramilitarismo?”, sugiere Sergio sobre el impacto de la obra que, en tono de comedia y farsa, trata sobre la violencia que ha cundido la historia nacional sin un mensaje explícito ni una moraleja, pero que sí invita a la reflexión.

 

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A pesar de que este año los recursos para el sector se vieron recortados drásticamente con la desaparición de la Beca Rayuela, otorgada tradicional e históricamente al sector titiritero, en Colombia, según el estudio de Ciro Gómez de Hilos Mágicos, existen cerca de 200 grupos dedicados a los títeres y 70 de ellos en Bogotá.

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Foto de Nicov Botelladearroz

“El reto siempre en esto es el relevo generacional”, sostiene Sergio antes de mencionar a uno de los más chicos en esta disciplina: Nicov Botelladearroz. Si bien las nuevas voces no son numerosas, Sergio afirma que ahora hay mucho más conocimiento del teatro de títeres. Antes, los titiriteros tenían una formación mucho más empírica, en talleres y en festivales. Ahora se le apuesta a vincular ese conocimiento a la academia y quienes están haciendo títeres tienen a cuestas una carrera profesional. “No va a ser inmediato, pero creo que con el tiempo habrá un resurgir del teatro de títeres. Y ese va a ser nuestro reto”. De hecho, ya hay jóvenes que se están graduando con tesis sobre el teatro de títeres, y Sergio, con otros titiriteros, han realizado los primeros talleres de formación en títeres con aval universitario, con miras a que sean estos los insumos para la primera especialización en teatro de títeres.

A pesar de los golpes financieros, la escena todavía no se ha acabado. En este punto vale la pena resaltar uno de los últimos proyectos de La Jaguara: Cajas Mágicas, que como su nombre lo insinúa se trata de cajas con una obra de teatro para un solo espectador. En 2016, en una semana cultural por la paz que realizó la Universidad Javeriana, encargaron a varios titiriteros hacer estas cajas sobre cada uno de los cinco puntos del acuerdo de paz con las Farc. En este proyecto, Angélica conoció a Botelladearroz, un diseñador industrial de esa universidad con un proyecto de marionetas y música, el cual parece tomar el relevo titiritero.

Como Angélica, Nicov también ha tenido la experiencia de trabajar con comunidades en la isla de Barú y en Salgar, Antioquia. Allí, con niños y abuelos, se hacían los títeres que contarían las tradiciones orales de la comunidad como un ejercicio de apropiación y recuperación de memoria.

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Foto de Nicov Botelladearroz

 

Además de su profesión, Nicov ha podido tomar cursos de marionetas en Inglaterra y en Praga, con los que ha afianzado su conocimiento en distintas técnicas de marionetas. A Nicov Botelladearroz le gusta experimentar con formas y texturas novedosas para sus títeres, pero admite que su material favorito para crear marionetas es la madera.

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Foto de Nicov Botelladearroz

 

Sus creaciones no tienen como único fin el escenario clásico, por eso es común verlas bailando con la música de Las Áñez, con quienes lleva años participando en sus presentaciones. El pasado marzo, dedicó todo su tiempo a escribir y preparar Realidades Metafóricas, una obra de títeres de 40 minutos que dirigirá La Jaguara, dando cuenta de que, aún si la Juti ya no existe, la red de ayuda y colaboración titiritera se mantiene, con un marcado tono social y de resignificación de los valores clásicos, el público y las técnicas del teatro de títeres.

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