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Homo culturalis: Contracultura, ese espíritu inconforme que nutre a Latinoamérica

La contracultura no es una moda ni una simple serie de símbolos y estéticas. Es una voz multitudinaria que se nutre del arte y que sabe que la realidad se puede transformar.

Simona

 

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A lo largo de la historia, la obediencia y la sumisión han sido las herramientas de quienes han pretendido gobernarnos a base de imposición y violencia. Quienes cuestionen, quienes incomoden, quienes hagan ruido, quienes no acepten del todo su orden, son su objetivo. En nuestros tiempos, es indudable que el sistema capitalista y nuestro estilo de vida industrializado y colonialista les han permitido controlar de forma casi absoluta las instituciones, los medios de comunicación, la educación, la religión y la cultura. Por eso es que vemos un ascenso reciente y desmedido en el mundo entero, y especialmente en Latinoamérica, del absolutismo y el totalitarismo dictatorial en lo que hoy se llama “ultraderecha”. Un panorama en el que la miseria de la mayoría sustenta los privilegios de unas pequeñas oligarquías transnacionales que parecen querer ser las dueñas de todo. Como diría el filósofo Fredric Jameson: “nos es más fácil imaginar el fin del mundo, que el fin del sistema capitalista”.

 

A pesar de que ellos manejan el mercado y desean establecer sus sistemas de valores, sus gustos y estéticas, la cultura ha podido escapar de su control absoluto, por lo que no han logrado del todo imponer una mirada hegemónica del mundo en la que prime el capital por encima de nuestros derechos y de nuestro bienestar. Porque cuando más oscura es la noche, más llamas de resistencia se encienden y una de ellas es el grito que eleva la contracultura contra la opresión.

 

El término fue usado por primera vez en 1960 por el sociólogo estadounidense Milton Yinger, quien lo define en su investigación Contracultura y subcultura como “un grupo que se opone activamente a los valores centrales de la sociedad dominante. La contracultura difiere más allá de su diferencia, rechazando y sustituyendo normas, valores y estilos de vida, buscando un cambio social significativo a pequeña o gran escala”. 

 

La generación de los sesenta en los Estados Unidos y en Europa fue la que hizo de la contracultura una respuesta a los discursos conservadores. A través de la     música, los psicodélicos y la organización comunitaria, cuestionaron el orden político. Su esencia estaba ligada al movimiento social que luchaba por los derechos civiles y se oponía a guerras injustas como la de Vietnam. El lema de esta época lo resume la filósofa, activista y miembro de las panteras negras, Angela Davis, de la siguiente forma: “Hay que actuar como si fuera posible transformar radicalmente el mundo. Y tienes que hacerlo todo el tiempo”. 

 

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Este espíritu que propone pensarnos de otras formas es el mismo que llevó a La Declaración de Argel en 1976, un documento que proclama que todos los pueblos del mundo tienen el derecho a la autodeterminación y decidir con libertad sobre la forma de gobierno que deseen elegir, también subraya el derecho de los pueblos de hablar su propia lengua, de preservar y desarrollar su propia cultura, contribuyendo así a enriquecer la cultura de la humanidad. En esta declaración, se acentúa la importancia de la diversidad en una sociedad, ya que desde la protección a la diferencia y a la autodeterminación se pueden proteger los derechos de las personas. Traigo a colación esta declaración para recordar que la contracultura siempre ha sido una respuesta al contexto social en el que vivimos. 

 

Es importante señalar que la contracultura no le pertenece solamente a esa generación ni a ese bloque de países occidentales. En Colombia y en Latinoamérica hemos tenido experiencias contraculturales que desafían el orden establecido, una de ellas fue el Nadaísmo, que era definido por Gonzalo Arango en el Primer Manifiesto Nadaísta como una oposición a “todo lo que está consagrado como adorable por el orden imperante en Colombia, el Nadaísmo estará abierto a todos los inconformismos y todas las irreverencias de tipo cultural, estético social y religioso”.

 

La contracultura no es una moda, ni una serie de símbolos y estéticas que le pertenecen a un grupo en específico, está nutrida del arte y la conciencia social de que se puede transformar todo, la contracultura escapa de las lógicas del sistema capitalista que toma sus luchas, les quita su valor simbólico y las vuelve consumo. Como lo fueron las flores y los eslóganes de “amor libre” con el que se representó el movimiento hippie, negando la importancia que tuvo en pensarnos desde las comunas que llevaron a otra forma de organizarnos, siendo esta una respuesta contundente que frenó el reclutamiento de jóvenes con destino a Vietnam. Siempre debemos estar atentxs a que el establecimiento no tome la contracultura y la vuelva política woke carente de sentido.

 

Hemos sido testigxs de cómo el gobierno ha tomado elementos de la contracultura, apropiándose de ellos y reglamentandolos según su conveniencia y sus propias reglas, como sucedió con la regulación del grafiti en Bogotá, ligada a la historia de Diego Felipe Becerra, “Tripido”, que con solo 16 años fue asesinado por la Policía Nacional de Colombia por grafitear una pared en el año 2011. Salir a las calles con un aerosol era visto como vandalismo y se asociaba con la delincuencia, por ello estos artistas eran perfiladxs y perseguidxs por dejar un mensaje en un muro, bajo estos prejuicios era criminalizada esta expresión artística. En estos años pintar una pared era un riesgo, hasta que en el año 2013 Justin Bieber, después de su concierto en Bogotá, fue escoltado por la misma institución que asesinó a Tripido para que pintara en un túnel cerca del Concejo nacional; esto provocó una ola de indignación que se tradujo en la toma de la calle 26 por más de 50 artistas, quienes querían manifestarse por el derecho a la libre expresión en el espacio público. Estas acciones abrieron el debate sobre la necesidad de proteger y no estigmatizar a los artistas que deciden plasmar sus ideas en las paredes de la ciudad. 

 

Actualmente el Decreto 075 de 2013 y el Decreto 529 de 2015  reconocen el grafiti como  una manifestación artística, estipulando que se pueden intervenir los muros si se cuenta con la autorización de los propietarios; también se menciona que queda prohibido pintar en bienes de valor histórico. Estoy de acuerdo con la no criminalización de lxs artistas urbanos, pero ¿qué pasa cuando el grafiti es regulado por la institucionalidad y cuando el gobierno decide los lugares y los mensajes  que se pueden o no pintar según su conveniencia? No podemos olvidar que el grafiti es una expresión de la contracultura que no necesita permisos y que su fuerza radica en dejar su mensaje en lugares inesperados. 

 

En pleno 2026, la contracultura ha mutado, ya no es el pacifismo hippie ni la primavera del 68 en Francia, tampoco el nadaísmo de Gonzalo Arango ni la canción protesta latinoamericana. Es, en cambio, el espíritu de inconformismo que nutrió los estallidos sociales latinoamericanos que se dieron después de la pandemia, durante los que la organización social y el arte fueron un camino hacia la utopía: imaginar un mundo mejor, más justo y equitativo para todxs. Un camino hacia el “venceremos y será hermoso”.

 

Unxs chicxs reunidos en un espacio por amor a la organización social y al barrio son contracultura. Unxs jóvenes grafiteando una pared, denunciando la violencia policial a escondidas de la policía, son contracultura. Las letras incendiarias que elevan el espíritu y amplían la mente son contracultura. Los medios independientes que resaltan las voces que no están contenidas en los medios oficiales son contracultura. Andar en bici y evadir el transporte público para boicotearlo es contracultura. 

 

Crear sin un apoyo institucional que desee con algún “estímulo” económico regular lo que se dice también es contracultura.

 

La contracultura nos lleva a desafiar el orden imperante sin perder la ternura.  Frente al panorama actual, en el que se normalizan genocidios detrás de la pantalla y la desesperanza se acentúa por el crecimiento y la validación que tienen las ideas conservadoras de corte fascista (que ven en la cultura un campo de disputa para acentuar sus argumentos retrógrados y tradicionales a través de la “batalla cultural”, que no es más que una estrategia para validar los discursos antiderechos), decidimos pararnos con la contracultura como instrumento y encontrar en ella una postura ideológica, política, utópica y artística para hacerles frente al establecimiento y sus normas, recordando que el poder no le pertenece únicamente a las instituciones, sino que se disputa desde la organización social, el arte y el alcance de cada individuo que desde la horizontalidad, el amor eficaz y la colaboración, actúa de otra forma en su cotidianidad. 

 

Nos quieren tristes, nos quieren sumidos en la desesperanza, nos quieren derrotados, nos quieren sumisos y obedientes, porque solo desde la alegría y la libertad se puede apostar por otros mundos posibles, y es allí donde las grietas de la contracultura toman fuerza para expandirse. Porque no solo es una postura contra el autoritarismo que define las formas de habitar el mundo y regula nuestros cuerpos, sino que también recupera voces que son silenciadas por el sistema, cuestiona los modelos individualistas de relacionarnos y abre caminos que nos invitan a creer que desde la colectividad podemos construir un mundo más justo que esté a la altura de nuestros sueños. 

 

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Este texto es una invitación a que reconozcamos que desde la contracultura tenemos la capacidad de disentir y renovar el sistema, porque es un descontento radical frente a la opresión, pero también una propuesta de mundos nuevos, una invitación a cuestionarlo todo. En la contracultura podemos ser la manifestación de la esperanza y podemos encender los corazones para recordarles a los demás que sí es posible un mundo más justo y que como diría Abbie Hoffman “nosotros estamos aquí para construir un mundo mejor. La lección que nos dejó la década de los sesenta es que las personas que se preocupan lo suficiente por hacer el bien, pueden cambiar la historia”.