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Fotos por Daniel Sierra

La labor de las proteccionistas de animales en Bosa

La historia de un grupo de mujeres que desde su comunidad le apuestan a rescatar y recuperar animales de la calle: una calle que hoy está sobrepoblada no solo de perros y gatos, también de hostilidad y peligros.

Nicolás Gómez Ospina // @ngospina14

Allí empieza otra Bogotá lejos de los altos edificios y los cerros imponentes, repleta de bosques y pastizales secos que pueden prenderse con la primera colilla. Las calles pavimentadas se pierden entre caminos destapados y huecos profundos que se llenan de lluvia y sirven de refresco para decenas de perritos callejeros. 

Y allí está Amalia Crespo Merchán. Tiene 57 años y lleva 11 viviendo en Bosa El Recreo, adonde llegó como expulsada de su vida cómoda en el barrio Castilla y donde encontró una vocación que no conocía a fondo: el rescate de animales callejeros. Trompeta, Lolo, Vaca, Chiquis y Chimuela son algunos de los nombres de los 20 animales que conviven con ella en una casa pequeña de Villas de Vizcaya. No solo estos 20 son sus protegidos, también cuenta que hay más de 30 que están en situación de calle y que se acercan hasta su casa para comer todas las mañanas.

Una vez, durante el primer año en el barrio, cuando intentaba cruzar uno de los potreros que colindan con su conjunto, encontró una perrita negra que no la dejaba llegar tranquila. Esa perra sería, con los años, la primera de sus rescatadas. Empezó alimentándola, luego la dejó entrar a su casa. “Todo lo que yo sé de cuidar animales, lo aprendí en esta localidad. Definitivamente la vida lo lleva a uno adonde tiene que llegar”, cuenta, y afirma, además, que si pudiera escoger cualquier otro lugar para vivir, escogería este barrio al que llegó a pesar de un montón de prejuicios que tenía.

Amalia es una convencida de que la juventud no la tiene el cuerpo con la edad, si no la mente y la forma en la que uno vive. Impaciente mira el celular cada tanto para cuadrar una desparasitación de unos perritos en una finca cercana y una jornada de alimentación en La Vega Baja, un barrio donde, según ella, “si uno tira un bulto de comida grande a la calle, no dura ni un minuto. Salen hasta las gallinas a comer”.

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Muestra fotos de sus chiquitos: un gato negro con blanco que tiene un hongo en la piel, una perrita con sus hijos que recogió hace un par de años. Los tiene anotados a todos en un cuaderno con su eventual destino: adopción, esterilización, refugio, otra proteccionista. Escucha a diario a Joan Manuel Serrat y a Silvio Rodríguez y ya no le gusta andar de guereguere (como le dice a la rumba) porque sus amigas de Castilla nunca fueron a visitarla en Bosa. Se mueve apresurada y distraída en su uniforme antifluidos aguamarina que, de alguna manera, legitima su noble labor.

“El trabajo que hacemos acá es comunal. Yo me encuentro bendecida por la comunidad que tengo, en mi cuadra todos me respetan y quieren mucho. Es muy complicado a veces trabajar en esto sin el apoyo institucional que uno esperaría”, dice, refiriéndose a la fundación del Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal, en 2016, una acción que Enrique Peñalosa vendió como innovadora y que, sí, es el primero en su clase en América Latina, pero no ha tenido un impacto importante en las distintas localidades donde cada vez es más necesaria la presencia de un veterinario de base que ayude a la labor de personas como Amalia.

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Ella es tan solo una de las proteccionistas que en Bosa le están haciendo frente a una problemática que, según un estudio de diciembre de 2019 del IDPYBA, tiene a 7.500 perros en situación de calle en esa localidad. El estudio, por otra parte, no arroja datos claros sobre otras especies, como los gatos, u otras localidades de la ciudad. No obstante se habla actualmente de más de 200.000 animales que deambulan desprotegidos, entre felinos y caninos. 

Fulvia Vanegas Peña vive a escasas cuadras de Amalia y se ha encargado de, en la medida de sus posibilidades, recoger perras callejeras en celo para llevarlas a alguna de las 3 o 4 jornadas de esterilización que se llevan a cabo anualmente en la plazoleta de Olímpica. 

Una vez recoge una nueva perrita, se la lleva para su casa a esperar que le pase el celo y luego empieza otra aventura: conseguir un cupo en esas jornadas. “Por lo general recojo negritas, que son las que más botan a la calle”, dice Fulvia. Tiene que esperar desde las 7 de la noche del día anterior para tener siquiera la posibilidad de que le entreguen una ficha para realizar el procedimiento en horas de la tarde. Solo dan 2 fichas máximo, dependiendo de la demanda y, como en todas las filas en Colombia, hay gente que se dedica a vender esos cupos parándose ahí desde antes. Estas jornadas son organizadas por la Administración Distrital, que reporta que a diciembre de 2019 se esterilizaron 72.067 animales, de los cuales 5.782 estaban en situación de calle. Fulvia es una de las beneficiarias del programa CES (Captura - Esteriliza - Suelta) del IDPYBA que permite el acceso a estos procedimientos a animales sin cuidador permanente.

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Esa es una de las reglas de oro de estas proteccionistas: animal que se rescata es un animal que debe esterilizarse para evitar que en cualquier caso siga aumentando la cantidad de animales abandonados en las calles por personas inconscientes. Fulvia vive también con su hermano, quien trabaja en edificios del norte haciendo turnos de vigilancia y comenta con sorpresa que en el norte la gente es más consciente de esta problemática y rescata más animales, “acá solo quieren perritos de raza para poderlos mostrar”, dice.

(Lea también, de nuestro especial #Febreroanimalista: Así es la contrapublicidad antiespecista de Voicot)

En las esquinas del barrio es común entonces ver pitbulls con los parches de jóvenes que probablemente los usen para peleas callejeras donde se juegan millones de pesos, unos animales que además han sufrido la persecución por pertenecer a una supuesta raza potencialmente peligrosa. 

Rocío Vázquez tiene 25 años y desde hace 6 se dedica al rescate de animales. Una vez encontró en una bolsa negra tirada en la calle a un pitbull que seguro había perdido una pelea, pues se encontraba malherido en su mandíbula y con laceraciones profundas. Era un perro que debido a su edad y comportamiento resultaba muy complicado dar en adopción. Le tocó poco a poco meterlo en su propia manada, una manada de 35 animales que conviven en su casa, cada uno con su propia personalidad y traumas, con los años y el cariño han aprendido a entenderse entre ellos. La solución fue mantener separado al recién rescatado de los otros e ir saliendo a pasear con todos al tiempo para que se fueran conociendo y así poco a poco integrarlo a sus dinámicas familiares.

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Para Rocío, los animales son todo, incluso decidió hacer una carrera como auxiliar en veterinaria para poder traer todos esos conocimientos a su localidad. Ella, que a sus 17 años creía que la vida era solo trago y amigos, se tuvo que enfrentar a un aborto por un caso de epilepsia que la dejó desolada, sin saber para dónde seguir su camino. “Yo le dije a Dios, si usted tiene un plan para mí, muéstremelo”. Y uno de esos días, saliendo de la clínica, vio cómo atropellaban a una perrita y su primera reacción fue llevarla a su casa. “Al verla tan hinchada yo pensé que se había reventado por dentro y que iba a morir. Esa misma noche la perrita dio a luz a 5 cachorritos”. Los pudo dar en adopción y la perrita la ha acompañado desde entonces.

Las situaciones de los animales callejeros no se limitan exclusivamente a una sobrepoblación y abandono sino también a un constante maltrato por parte de dueños o habitantes de calle. Comenta Rocío sobre una vez que andaba caminando por la calle y escuchó a un perrito llorar como si hubiera sido atropellado. De inmediato se volteó y vio que los carros seguían andando con normalidad. Siguió caminando y volvió a escuchar el quejido. Encontró, debajo de unos plásticos, a un habitante de calle violando a una perrita de 2 meses, un delito que podría significar una pena de entre 12 meses y 3 años. Rocío se abalanzó sobre el tipo para quitarle el animalito. El hombre la apuñaló en el hombro izquierdo. 

Esta perrita debió ser tratada rápidamente y ha sido labor de Rocío recuperar emocionalmente al animalito, quien por más que pasen los años no ha logrado soportar una presencia masculina en la habitación o que salga más lejos de su cuadra debido a los traumas que arrastra. “Hay que ser consciente de lo que se genera en la mente de estos animales en situación de vulnerabilidad, es necesario hacer un trabajo muy cuidadoso para recuperarlos totalmente y en muchos casos es imposible”, dice Rocío. 

Estos animales que han sufrido tanto física como emocionalmente, son los más difíciles de dar en adopción porque comúnmente las personas no están dispuestas a lidiar con ese tipo de cargas. “La gente que quiere adoptar solo quiere al cachorrito y, preferiblemente, que se queden de ese tamaño”, dice Rocío. Por eso en las casas de estas proteccionistas abundan los animales grandes, cascarrabias y con discapacidades.

Ese es el caso de María Esperanza Poveda, quien lleva 17 años en esta labor y que convive con más de 60 gatos en su casa. Tiene claro que esa es la cantidad máxima que puede tener para darles una vida digna, por eso los nuevos casos los remite a otros espacios. Ella recibe muchas ayudas por parte de la ciudadanía: comida, medicinas y facilidades para transportar a sus animales a hogares de paso en Chía, donde trabaja en conjunto con una fundación que cuenta con el espacio que a ella a veces se le queda corto. Su pasión por los animales nació de la finca de sus abuelos donde abundaban vacas, palomas, gallinas, perros y gatos. Desde pequeña le ha apuntado a cuidar animales que recogía, sin importar el dinero o el tiempo.

“Nosotros no solo rescatamos, más que todo hacemos esterilización. Necesitamos más esterilizaciones por año acá. Bosa y Ciudad Bolívar son dos de las localidades más afectadas por esta sobrepoblación y aparte de los esfuerzos que hacemos nosotros, no hay mucho trabajo”, dice María Esperanza. 

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Amalia, Rocío y María Esperanza visitan una finca cercana desde hace dos semanas para desparasitar una camada de 7 perritos (que se convirtieron en 6 la noche anterior porque uno fue atropellado). Son hijos de una hembra abandonada hace un par de meses. Cuando la madre quedó embarazada, el mayordomo de la finca decidió que lo mejor era acabar con su vida y cuando estaba a punto de dispararle, otro perro se atravesó la insegura reja de la finca para resultar con el destino que ya tenía la perrita abandonada y su camada.

(Pásese también por acá: La mala reputación de los animales: 5 preguntas a una animalista)

Rocío se encarga de llevar los desparasitantes. Estaban panzones de la cantidad de parásitos que tenían. Ahora ya están mucho mejor. Entre las tres se entregan a la tarea de agarrar a los cachorritos negros, que se escabullen entre los recovecos de la finca para hacerle el quite a la medicina. Cuando logran agarrar a uno, lo alzan y por el lado izquierdo de la boca le dan con una jeringa el desparasitante. 

Uno menos. Faltan 5.

Tres se van lejos. “Véanlos, se están volviendo salvajones por la falta de cariño”, dice María Esperanza. Los salvajones o perros semiferales se alejan y huyen de la compañía humana para formar manadas y buscar su propia comida en lo que el bosque les ofrece. Incluso se habla de prácticas de canibalismo en estas manadas. Esos perros salvajones son los más complicados para poder esterilizar y no se tiene una contabilización real de cuántos existen en los humedales de la ciudad y sus cerros. “En ese incendio del Tibanica, quién sabe cuántas camadas se habrán quemado. Uno nunca se enterará”, dice Amalia.

Con la ayuda de la familia que habita allí, agarran a los otros 5 cachorritos, que lloran al ser alzados y que tienen unas patas enormes para su edad. Serán otros perros grandes que muy difícilmente conseguirán una casa en Bogotá. “Hay mucha gente que quiere estos perros para que les cuiden las fincas, pero no los quieren de verdad”, comenta Rocío. 

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Cuando logran desparasitar a todos los cachorritos, las proteccionistas vuelven sobre sus pasos en un paisaje extraño, soleado pero frío y con restos del último incendio que se llevó una parte del pasto amarillo. 

Entran en su barrio y saludan a la gente. María Esperanza arranca para su casa porque mañana se va a llevar una gatita con sus 6 hijos a Chía, en Transmilenio. Rocío tiene que irse para negociar con un veterinario el pago de estos desparasitantes. Amalia regresa a cuidar a Lolo, Chiquis, Vaca y Trompeta mientras escucha a Serrat.

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