Ud se encuentra aquí INICIO Causas La Masculinidad Es Una Cadena Que Se Rompe
Foto de @angelcarrillo / En la foto @da_azuladx

La masculinidad es una cadena que se rompe

Los cuestionamientos a la masculinidad deben todo a luchas que han dado el feminismo, los movimientos por los derechos humanos y las organizaciones LGBTIQ. El género no es sinónimo de los genitales sino un amplio repertorio que va desde cómo se cuida el cuerpo, de qué capa social provengo y hasta qué profesión puedo escoger.

Por Edward Salazar* / @elpintordelavidamoderna

En las protestas sociales que estallaron en Colombia el 28 de abril del 2021, inicialmente por la reforma tributaria con la que el presidente Duque intentó seguir empobreciendo a las y los colombianos, circuló una fotografía de dos hombres con una camiseta que, alineada con el sentir de las protestas, arengaba: Soy gay, pero no marica, no me dejo meter la reforma tributaria. En el mismo contexto, manifestantes reunidos en el Time Square de Nueva York coreaban en un grito potente: El que no salte es uribista maricón. Personas y colectividades hicieron un llamado a expresar la protesta por fuera de consignas machistas, misóginas y homofóbicas, tan enraizadas que parecen una celebración triunfal: sea lo que sea, hay que ser un verdadero macho, hay que alejarse o burlarse de todo lo que se acerque a la feminidad. Las expresiones de la manifestación social no son fijas ni estables. Implican, como tantos aspectos de la vida, una constante revisión pese a las agendas políticas legítimas que se reclaman a viva voz.

Como la protesta, las estructuras, instituciones, producciones y comportamientos humanos han estado atravesados por múltiples violencias y jerarquías. La del patriarcado como sistema cultural y biológico que asume la superioridad del hombre ha estado presente en distintas sociedades y tiempos, tanto así que intelectuales como  Rita Segato señalan que es anterior al capitalismo, a Occidente, a la colonización de los mundos. Estas violencias y jerarquías han afectado a las mujeres y a todos los cuerpos y expresiones que se salen de la norma heterosexual masculina. Somos ellos, nosotros y nosotras, quienes hemos querido separarnos de esa tradición.

Desde hace tres décadas, Colombia ha trabajado en el desarrollo de marcos normativos que impacten y transformen la situación de las mujeres en Colombia en distintas esferas que, como hemos visto pese a los años recorridos, no terminan de materializarse en la cotidianidad. Dinamita, el libro de la escritora Gloria Susana Esquivel publicado en octubre de 2020, recoge los aportes —muchas veces silenciados— de mujeres del siglo XX en Colombia en clave feminista, que evidencian esas luchas que han buscado quebrar las raíces del sistema patriarcal. Entonces los cuestionamientos a la masculinidad deben todo a luchas que ha dado el feminismo, los movimientos de derechos humanos y los movimientos LGBTIQ que han interpelado las relaciones entre hombres y mujeres, entre masculinidad y feminidad.

Sebastián Essayac, un politólogo argentino con once años de trabajo en Naciones Unidas en temas de género, se ha enfocado en los últimos cinco en la agenda social y pública de la masculinidad. Para él, estas herencias han sido fundamentales para el cambio cultural respecto a la masculinidad. Este cambio, lento y paulatino hasta ahora,  cuestiona los pilares de la masculinidad dominante y, explica Essayac, “tiene su raíz en entender de manera no binaria el sexo, y por lo tanto incluir un enfoque de género en el construir de todos los individuos, familias y comunidades. En ello hay un revisionismo individual acompañado de mediadores (la socialización primaria, el currículo, la familia, los medios de comunicación, etc.), que poco a poco van incorporando dicho enfoque”. La remoción de estas estructuras no es ubicua, pues dependen del contexto de cada sociedad, de las conversaciones y recursos que invierte en la transformación social.

La política, el cine, la música, el diseño o la literatura contienen múltiples ejemplos de los cambios en las estructuras y las mentalidades que revisitan la masculinidad. En su recién publicado libro Mujer Incómoda, la escritora feminista Vanessa Rosales revisa la biografía de su padre y la forma en la que el molde que era la libertad de aquel hombre se volvería el espejo de las limitaciones que le fueron impuestas a ella. Una vez sentidas sus esquinas, aparece la certeza de algo que debería derrumbar. La escritora señala para él, que son todos los hombres y ninguno:

<<(...) pese a las desventuras y los dolores que vendrían después, que pese a las pérdidas y las caídas, el mundo estaba diseñado para él. No tendría que preguntarle a la divinidad por qué determinadas licencias le eran inhibidas. Sus preguntas serían otras. La audacia que conocería en esas dunas, solo y frágil, pero libre y posible, sería seña de su virilidad futura, nunca discutible, nunca en duda, siempre evidente en sus movimientos y sus elecciones>>.

Me interesa la pregunta por dicha estructura y su rompimiento en este registro. Aunque se mire en la teoría, las políticas o el activismo, hacerlo sobre todo en relación con la piel de la vida, en la cotidianidad de la experiencia. Desde allí —y por ello el tono de las entrevistas que soportan este análisis— propongo abordar la masculinidad.

 

Mutar la piel

Me parece que no hay un tema de escritura o de investigación que no esté relacionado con la experiencia personal. Cuando pregunto por el otro, me busco a mí mismo, a las personas del grupo al que pertenezco. Por ello lo que inició para Juan Camilo Maldonado como pregunta periodística en su rol de director del medio cultural Mutante sobre la situación de las violencias sexuales sufridas por las niñas en Colombia, terminó en el temblor de sus propias estructuras. “Fue muy difícil escapar a la reflexión personal sobre cómo yo reproduzco violencias inscritas en la cultura”, dice Juan Camilo, “es muy difícil no verse al espejo, cuestionarse y cuestionar el privilegio masculino”.

La remoción a la que lleva el conocimiento, la confrontación que revela las múltiples formas en las que participamos de la reproducción de las estructuras, puede ser dolorosa, incómoda. Generar temores. A Juan Camilo lo obligó a hacerse preguntas sobre cómo fue jefe, cómo enseña, cómo ha sido amigo, novio, esposo, hijo, pues “cuando le dicen a uno dónde está el problema, el problema se ve en todas partes, es una constante”. En su proceso tuvo que revisar sus historias y las de sus amigos, ignorantes o complacientes con las dinámicas de poder que generan malestares y dolores. “En la coquetería”, dice, “ahora reconozco acoso”. Pero, ¿dónde empezar a encarar lo que se presenta? ¿Cómo, en palabras de Juan Camilo, medir el tamaño del látigo con el que te cuestionas para reparar los daños pero sin anularse psicológicamente?

A propósito de ello, hace unos días vi este meme:

imagen_1.png

Numerosas personas y comunidades se hacen las preguntas sobre cómo aterrizar las revisiones y des-aprendizajes de la masculinidad. A través de guías y conversaciones, Mutante invitó a reconocer las nociones tradicionales de masculinidad y algunas herramientas para enfrentarse a ello. Otros espacios como De machos a hombres aterriza los efectos del machismo en clave del cuidado en un sinnúmero de practicas cotidianas. También está Cripping Masculinity, que propone exploraciones sobre los cuerpos con capacidades múltiples en hombres cisgénero y transgénero para re-imaginar la masculinidad a partir de las prácticas del vestir. Aunque no resuelven un tema complejo, me parece que este tipo de acciones críticas y sostenidas dan espacio al cuestionamiento individual y de las estructuras, que en últimas están sostenidas y reproducidas por personas.

(Le podría interesar conocer al Frente de resistencia transfeminista marikón)

Es justamente por esta vocalización que cada vez es más grande la incomodidad frente a la complicidad de quien calla cuando uno de sus grandes amigos es señalado por una mujer o por un grupo de ellas, frente al señor, figura pública, que levanta la voz para contar su proceso con la masculinidad, pero que su grupo de relaciones personales reproduce jerarquías de poder. El cuestionamiento y la solidaridad pública han sido para muchos hombres armaduras o herramientas de validación carentes de profundidad y coherencia. Son ellos los del taller de una hora que señala el meme, son ellos los perseguidores de aprobación social. Somos nosotros, en nuestras vidas cotidianas y con las mujeres y con los hombres que nos componen, quienes tenemos una revisión selectiva.

“Hay un momento en la vida de todo hombre que se cuestiona”, dice Juan Camilo, “en que llega el feminismo. Pero todos los hombres que se creen deconstruidos no han empezado la tarea.  ¿Por qué hacer la tarea yo, que no he cometido actos de violencia de género? Pero cuando empiezo a hablar con las mujeres y cuando me dispongo a encontrar lo que mi memoria había olvidado, ahí comienzo a descubrir que en efecto uno no es capaz de reconocer las violencias, sean en el nivel que sean. La memoria del macho es una memoria condescendiente. Y como seres humanos nos encanta decir que todos son los hijueputas, menos uno”.

Aunque la relación con las mujeres es ineludible, me parece que la relación entre los hombres es uno de los temas urgentes de revisar. Bastaría con mirar a las instituciones totales diseñadas para la convivencia entre hombres: colegios, deportes, fuerzas armadas, instituciones religiosas, lugares de entretenimiento y ocio, oficios y gremios laborales. La educación y el relacionamiento masculino tejen sus tramas y urdimbres en todas las formas de socialización, y establecen códigos de comportamiento enraizados en los niños y en los hombres que luego serán. Marcan las formas del habla, del cuerpo y sus movimientos. Marcan la educación sexual y sentimental. Alientan la competencia, la fuerza, el egoísmo, la creencia en una superioridad inmanente. También componen una homosocialización erótica en donde la cercanía con otros hombres encuentra algo de placer y  algo de culpa: distancia, silencio y deseo, por ejemplo, en la educación que recibí en el colegio masculino. En los recreos, los juegos de fuerza física y competencia eran un escenario para el contacto que afirma la supuesta masculinidad heterosexual, al tiempo que es un espacio permisivo para  hacer chistes homoerótico y, en ellos, en la excusa de la ficción del chiste, abrazar, tocar intensamente y luego repeler, como volviendo al pacto original.

 

1_12.png
Mariana Fossatti, 2009 (Creative Commons)

 

Allí, en la educación y la crianza, está el pacto patriarcal que habría que romper, este lazo de complicidad con lo aprendido. Un pacto que es código de silencio y apoyo a los aprendizajes que se traducen constantemente en ventajas y licencias que se cuidan para sí mismos y para quien se considera par: otro hombre. Romper el pacto es incómodo en un grupo de hombres que conversan bajo los códigos de la masculinidad. “Esa es la parte más dura”, me dice Juan Camilo, “hacerle el duelo a ese pacto, porque implica desmarcarse de actos violentos de los amigos. ¿Qué pasa cuando es tu amigo de toda la vida el que apela a tácticas en las que las mujeres ceden a la presión de sus deseos por las situaciones de poder?” Y habría que añadir que ese ceder es la forma concreta que toma la violencia. Sebastián Essayac menciona que “hay hombres que creen que porque participan de una marcha o un movimiento ya limpian su prontuario. Hay una diferencia entre lo que es políticamente correcto decir en sus vínculos sociales y la continuidad en algún tipo de práctica discriminatoria. Cuando los hombres están entre ellos y uno se quiere alejar de ese discurso de sus pares cercanos, el precio es muy alto. Hay una complicidad machista que sigue siendo parte del discurso y convalida la masculinidad hegemónica”.

Sin embargo, nombrarlo en voz alta para sí mismo —y para las personas que leen esta que es su historia—, permite la propagación de las grietas en el edificio. Para Juan Camilo Maldonado fue necesario su trabajo en Mutante para poderse reconocer como un hombre bisexual cómodo en su deseo, cómodo también en sus pequeñas exploraciones con elementos femeninos en su identidad. “Llevo mucho tiempo habitando este cuerpo de hombre cachacho y me pregunto qué pasaría si las preguntas hubieran llegado antes”, dice. Esta pregunta suya abre muy bien lo que sería la experiencia de habitar las preguntas como un tránsito en el que no se juega la intelectualidad o la curiosidad, sino la identidad, la felicidad —o la comodidad, más modestamente— y, en últimas, la vida misma.

 

Machorra y transmasculino

A sus 34 años de edad, Simón Uribe ha sido múltiple, como las profesiones que ha tenido, como los lugares en los que se ha encontrado. Le gusta que lo reconozcan como una persona transmasculina y no como un hombre trans. Lo dice de entrada, pues Simón siente que “el género discursivamente como hombre-mujer termina cayendo en las trampas del género tradicional o binario” que reconoce la existencia limitada de un mundo dividido entre hombres y mujeres, tanto por la cultura como por la biología. “Somos personas con diferentes cualidades que hemos nombrado como masculinas o femeninas”, me dice, “las cuales pienso es caduco usar porque esas capacidades las comparten personas en diferentes culturas, indistintamente de un cierto género”. Aunque la idea pueda parecer elaborada, se trata de un principio sencillo: que lo que entendemos como masculino no nos es inherente a la biología del hombre, ni lo que es femenino lo es a la de la mujer. Al revisar la historia humana y de sus civilizaciones,  pueden observarse diversas culturas y temporalidades que quebrarían la visión binaria que conocemos.

Sin embargo, las asignaciones de la cultura siguen jugando un papel decisivo en la conformación de las identidades individuales. Aunque las cargamos desde la infancia, es posible asumir su movilidad. El recorrido biográfico de Simón nos permite ubicarnos en ello:

“Lo que se construye culturalmente como masculinidad era algo que se me daba muy natural desde niñe, pese a la asignación biológica. Digo niñe porque en mi infancia fui una persona muy ambigua. Allí se expone el artificio de lo “natural”, pues si fuera totalmente así no tendría a nadie diciéndome que debería actuar como una niña. Entonces mi proceso estuvo muy signado por lo que se entiende como masculino, porque el género no es sinónimo de los genitales. Es un amplio repertorio que va desde cómo se cuida del cuerpo hasta qué profesión quiero o puedo escoger. Y por supuesto fue costoso acercarse a la masculinidad, pero era lo que salía de mí. Aunque ser lesbiana era algo socialmente más permisible —siempre y cuando no se note lo lesbiana, lo machorra—, no era algo que yo quería. El problema no era que me gustaran las mujeres. Era que fuera evidente mi elección”.

Las características físicas y culturales de la masculinidad son también un espectro posible para las mujeres lesbianas, para quienes parte de su identidad se ha narrado desde dichos códigos. Simón señala que en una cultura patriarcal es incluso más fácil y menos costoso masculinizarse que feminizarse. “No quiero decir que estas decisiones no lleven a violencias y cuestionamientos”, añade, “pero es más aceptable en esas jerarquías lo que dijo la cantante Madonna: vestirse de hombre es más fácil porque hacerlo de mujer es degradante”.

También hay que situar la masculinidad de acuerdo con el territorio del que se viene, y de allí en biografías complejas y desiguales. Esto es lo que se entiende por lectura interseccional, en la que Essayac reconoce que si bien hay elementos transversales que afectan a distintos grupos de hombres, también ciertas tradiciones, mediadores, procesos de educación, racialidad, clase social o lugar de origen que condicionan cada experiencia. “En ciertos campos y colectivos hay algunas tradiciones que están más fosilizadas”, señala Essayac, “como por ejemplo en las poblaciones indígenas donde hay más asentados y poco móviles algunos mandatos de género, al igual que en las masculinidades de grupos campesinos”.  Simón es de Bucaramanga. Decidió vivir en Bogotá (no es lo mismo ser un hombre —cis o trans— en un espacio socioeconómico u otro, señala Simón) para liberarse de un colegio conservador de su ciudad machista para encontrarse a sí mismo en los estudios teóricos sobre el género, que tomó como suyos en el pregrado.

“Los pares en el colegio y en la familia”, comenta Simón, “directa o sutilmente, ejercen presiones, empiezan a hablar de las tragas, de las ganas de ir a bailar pegado Rikarena. Había una presión constante que se siente más para una persona que no se identifica con esos lenguajes. Me sentía mal al ir al bailar con vestido, o al ir y tener que bailar con un man. Como me dijo una amiga, venir a Bogotá era una consigna: que yo, todo mi ser, toda mi estética, fuera un gran letrero que diga lesbiana. Ese fue el performance escogido, el de ser una machorra lo más que fuera posible y seguir quebrando el género. Y también la experiencia se cruza con la teoría, con la de la vida humana. Ha sido una forma de entenderme a mi mismo, pero me di cuenta de que el género  no es un tema de algunos pocos que salimos de la norma. Es un tema que nos atraviesa a todos. También porque los conocimientos académicos se materializan en tanto buscan un mundo mejor para todas las personas. Entre más presionemos a la gente y el sistema sea más restrictivo, peor va a ser la situación para las personas”.

Es a partir del reconocimiento de lo que siempre estuvo presente y en la exploración radical con la estética de la machorra, que Simón decidió tomar hormonas masculinas. Pero esto es algo muy de su proceso y no una regla. Como él mismo lo dice: para ser un hombre trans no es necesario tomarlas y ni siquiera es una cuestión que importe. También es una decisión plantearse qué tipo de masculinidad se quiere construir a partir de la identificación como persona transmasculina. “Pensaron que iba a asumir la tradicional”, cuenta Simón, “la del macho, pero eso era muy difícil cuando yo lo viví del otro lado. Empecé a tomar hormonas y gracias al bienestar corporal que me brindó, me volví una persona más tranquila y conciliadora. Esto es parte de esa experiencia bondadosa de ser trans”.

2_7.png

Aquí pueden descargar gratuitamente Travesías, que incluye un perfil de Simón.

Conformarse de este modo brinda la oportunidad de habitar la masculinidad como pregunta y no como destino, que en todo caso no es igual para todas las personas. Juegan los privilegios, el hecho de transitar hacia la masculinidad o el poder hacer passing, que es pasar ante los ojos públicos sin que puedan leer la identidad trans: “Que no se le note a uno y que eso sea algo positivo es violento”. Entonces es necesario reconocer que no todas las personas disidentes de género se pueden enunciar como queer pues allí también se juega la lectura de contexto. Y es en estas intersecciones donde es necesario ponderar las masculinidades como experiencias múltiples que dependen de historias individuales. Aunque  los cuestionamientos a la masculinidad no se limitan de ninguna manera a la experiencia de las colectividades LGBTIQ, sí permiten situar las raíces de la masculinidad heterosexual como un binario que ha sido inseparable.

(No se pierda este recorrido por la movida del voguing en Bogotá)

Pablo Bedoya, que es activista de movimientos trasnslesbomaricones (como decide nombrarlos), historiador, profesor e investigador en temas de género, sexualidad y guerra de la Facultad de trabajo social de la Universidad de Antioquia, señala lo difícil que es dividir su oficio intelectual del personal, pues sus preguntas se enraízan en su experiencia como niño maricón, “que no tiene que ver con la orientación sexual sino con orientaciones de género que no encajaban con la masculinidad hegemónica. Luego aparece algo que le pone nombre y es que soy hijo de dos lesbianas, y eso ha sido constitutivo de mi experiencia”. Luego llegó la paternidad y asumir formar un chico que hasta ahora se identifica como varón, y cuya socialización, gestos y pares comparten esta identificación. A Pablo, hace 10 años la masculinidad le parecía la cosa más jarta, hoy piensa que no se puede entender la heteronormatividad sin entender el sistema de la masculinidad. Y es que la heterosexualidad estructural tiene su propia situación histórica.

“En la línea de trabajos como los de Jon Bowsman”, explica Pablo, “es en el mundo medieval en el siglo VIII y el XII, y en el contexto de la iglesia católica, en donde dicha institución se establece como garante y aparato de control de la heterosexualidad y en consecuencia se institucionaliza la homofobia. En América Latina su institucionalización se remite a la conquista y la colonia, pues si bien en algunas culturas pudieron existir elementos homofóbicos, transfóbicos y misóginos, no había un aparato para su aseguramiento. Como señala Rita Segato: el patriarcado occidental se entronca con los patriarcados originarios”.

En distintas sociedades  y a través del tiempo, han existido posiciones en contra de las diversidades o comportamientos por fuera de la norma impositiva, pero no en todas las sociedades se han construido aparatos estatales y mecanismos sociales que hayan instituido la heterosexualidad como norma. “Una cosa es la moral”, resume Pablo, “y otra es el aparato la de norma”. Esto no es menor, pues ubicarlo evidencia el papel de los aparatos de control (el estado, la iglesia) en la legitimación de ciertas formas de las violencias individuales e institucionales. No es la manzana podrida, es la estructura en su totalidad. Es así en mi experiencia, es así en la experiencia de quienes me leen, y lo es en la vida de Pablo. Es casi imposible no identificarse con estas narrativas, como me ha sucedido mientras entrevisto y escribo. Recuerdo entonces lo traumático de tener que pensar en el servicio militar, el temor que genera la autoridad del padre, el miedo que se siente cuando la policía o el Esmad hacen presencia en las manifestaciones sociales. Hay una relación intrínseca entre masculinidad y guerra.

La Investigación Necropolíticas de la heteronormatividad en la que Pablo Bedoya trabajará hasta el 2023, que pone el ojo sobre las desapariciones de personas LGBTIQ, parte de una hipótesis: aunque el feminicidio —por ejemplo— es anterior a esta fecha, a partir de los años 70 empieza un nuevo repertorio de violencias que marcan una aniquilación sistemática a estas personas a partir de unas políticas neoliberales que permean la guerra y sus repertorios, en donde el género se vuelve un engranaje de la guerra.

“Consideramos que hay otros elementos que han sido constituyentes de la forma en que la guerra ha operado en el país”, señala el investigador. “Allí aparece el género y la masculinidad como mandato. En los contextos de guerra hay una reinscripción de los modelos hegemónicos de masculinidad. Si vemos los barrios periféricos de Medellín, veremos cómo la configuración de ser un hombre armado se constituye en un modelo de vida para los jóvenes del territorio. En un contexto de empobrecimiento, los varones no encuentran los valores clásicos en los que la masculinidad se afirma: protector, proveedor, reproductor. Están desposeídos. La posibilidad de ser hombre armado se constituye en una posibilidad de hacerse social. Allí la masculinidad hegemónica se vuelve un modelo aspiracional de movilidad social. Esos jóvenes se vuelven la gasolina para su ejército. Y luego eso se articula con otros mandatos como proveer, tener más mujeres, etc”.

Es la tragedia que se repite en Colombia, en la que se enredan unas ramas con otras: la guerra y el empobrecimiento. Los hombres desposeídos recurren a las ideas de masculinidad violenta como afirmación. Esto no quiere decir que dichas masculinidades no existan en otros espacios socioeconómicos, sino que son sobre los que aquí se pone la pregunta.  Aquellas ideas son palpables en la cotidianidad de la vida, en las decisiones personales y en las instituciones que promueven el trabajo para la guerra, “las instituciones en las que encuentran trabajos —el servicio militar, el reclutamiento de varones—, pues violencia y masculinidad no ocurren como representación, lo hacen como economía”.

El vocabulario y la corporalidad de las fuerzas estatales desplegadas en la manifestación ciudadana que inició el 28 de abril atestiguan este proceso. También lo hace la figura del profesor que calla a su estudiante en la clase de Zoom porque se expresa por medio de una foto en su perfil —que sería el equivalente a la pancarta de quien macha— y la amenaza con sacarla de clase. Son las demostraciones de seguridad privada que reproducen las dinámicas de la guerra de actores paraestatales que vimos en un sector de clases altas en Cali. Es la lógica del conquistador o del despojador que terminan afianzando la política de la muerte. ¿Cómo desentrañar y romper con estas cadenas de violencia y masculinidad? ¿Cómo brindar a los jóvenes que terminan en las instituciones de la guerra oportunidades distintas a las de aferrarse al ideal cultural del macho? Uno de los temas más discutidos en el país, tanto desde la sociedad civil como desde la política, es la reforma de la policía.

Este año, el representante a la Cámara Inti Asprilla presentó una propuesta de reforma cuyo propósito principal era “prevenir y sancionar los abusos de la Policía” que fue hundida en la Comisión primera de la cámara, ante sus cada vez más evidentes y registrados abusos, humillaciones y violencias mortales en Colombia. En junio también fue dada a conocer la intención del Gobierno Nacional de reformar la institución, con ideas más cosméticas que estructurales, como la de cambiar el color de los uniforme de verde a azul para transmitir más “empatía”. Y es en este contexto que el perdón (incompleto, tardío, pero necesario) expresado por el ex-presidente Santos ante la comisión de la verdad por los llamados “falsos positivos” es que vuelve a insistir en la conversación que  investigadores, activistas y entidades de derechos humanos han insistido: se trata de una serie de crímenes de culpa estatal y sistemática. Pensaríamos, siguiendo los planteamientos de Pablo Bedoya, que si se trata de un lastre enterrado en el orden estatal, es aquel orden el que hay que revolcar. Es sobre la masculinidad patriarcal y la reproducción del poder tradicional que se sostiene la institución. El árbol de las manzanas arruinadas ha tenido podridas sus raíces.

3_9.png
Neighborhood Pride Mural association en Los Ángeles (Creative Commons)

Pablo Bedoya señala que ello implica un reordernamiento material: desconcentración del poder de los hombres y en consecuencia más mujeres en los espacios de poder y legislativos, transformar los lugares sociales que hombres y mujeres ocupamos, la deconstrucción más allá del nivel accesorio y de la imagen. Incluso, señala Pablo, cuestionar la hegemonía gay en las agendas de política, género y sexualidad. Para Sebastián Essayac, si bien quienes han llevado la vocería son las organizaciones de la sociedad civil, se requiere de un diálogo y sobre todo una escucha más fuerte con las esferas políticas. En ello es clave la asignación de recursos públicos, pues, explica Sebastián, “podemos tener las mejores ideas o leyes, pero si no se reglamentan en políticas públicas con presupuesto, todo queda en una buena intención. Si uno analiza las implicaciones económicas de una masculinidad no violenta, cuántos recursos ahorraría en salud, promoción, educación, se sumarían más argumentos para comprender la importancia de estas acciones”.  Y, a la vez, si dichos marcos y acuerdos no se instalan en los comportamientos cotidianos —que es lo que la asignación presupuestal y el cambio cultural lograrían—, entonces la grieta persiste.

 

¿Nuevas masculinidades?

La masculinidad, incluso la hegemónica, siempre ha sido plural. Un concepto no es una piedra sino un espectro. Dice Pablo Bedoya: “No es lo mismo la del hombre que llega con portafolio a invertir en Urabá, que la del campesino que se adscribe en los códigos de la masculinidad tradicional. Ambas son hegemónicas, pero no son la misma. Lo hegemónico es una situación, no una identidad”.

Han existido múltiples expresiones del ser hombre y ser masculino a lo largo del tiempo, en donde los cuerpos masculinos no se visten o se piensan de la misma manera, en donde las ideas y valores también son móviles. Por ejemplo, antes de la “gran renuncia masculina” estudiada por el psicólogo Flugel en los años 30, a los hombres les era permitido el adorno corporal. El cambio en la masculinidad en relación con la apariencia estuvo marcado por el valor que se le daba al trabajo como sinónimo de virilidad, y a la mujer-esposa como depositaria del adorno, como prueba de la riqueza del hombre-familia. Entonces las “nuevas masculinidades” no lo son tanto. Las masculinidades han sido múltiples, repito, aunque en cada tiempo hay unas que se posicionan como las superiores y totales.

 

pantera-angelcarrillo.jpgPantera Godoy en la marcha del 12 de mayo de 2021 organizada por el Frente de resistencia transfeminista marika / Foto de Ángel Carrillo Cárdenas.

De lo que se trata es de construir masculinidades plurales por fuera de las matrices de violencia y dominación, de cuestionar las barreras culturales entre hombres y mujeres. En estos tránsitos, en estos ires y venires, las masculinidades no se relacionan tampoco con la preferencia sexual. Este es un cambio generacional que redes sociales como Tik Tok permiten apreciar, en donde los jóvenes son menos temerosos a la exploración de sus identidades y sus cuerpos. No significa que la masculinidad tradicional se tenga que cancelar pues, como explica Pablo Bodoya,  hay subjetividades que se sienten cómodas allí. El problema es convertir la generalidad en obligación.  El proceso de Simón en su decisión de construirse desde la masculinidad tradicional en el aspecto corporal, no implica hacerlo en el campo de las ideas, apuestas y comportamientos. Entonces no puede reducirse la exploración de la masculinidad al espacio de lo performático, sino que tiene que ver con el cuestionamiento de todas las relaciones sociales.

Sebastian Essayac habla de masculinidades corresponsables, una idea muy ligada a la economía del cuidado. Ello requiere “ver qué entendemos por una masculinidad positiva o libertaria. Encontramos dos dimensiones: por un lado lo que tiene que ver con la línea de la violencia (contra las mujeres, contra otros hombres, contra sí mismos), y por otro lado la que tiene que ver con la responsabilidad en el ámbito de los cuidados. Hay que distinguir en ello la economía productiva (que genera ingresos) y el trabajo reproductivo históricamente asociado a las mujeres, no solamente de la gestación, sino con el cuidado de los hijos, de las personas mayores, del hogar”. Ello requiere incomodar al hombre, incomodar sus instituciones y los brazos que ellas extienden. Incluye cuestionar el modelo capitalista basado en la concentración y la desigualdad pues estos son también rasgos de la masculinidad.  Necesita dejar de mirarse al espejo y al par, para mirar a los lados. Por ello el cuidado y la protesta social tienen algo en común: no se hacen solamente por uno mismo, por el bien individual, sino por aquellos y aquellas que no han sido cuidados y escuchados.

Hace unos días mi madre cumplió cincuenta y siete años. En la concentración del círculo que es la mesa y alrededor del pastel de cumpleaños, mi hermano tomó la palabra. Le dijo que su deseo para ella era que cuidara de sí misma, que pensara en su felicidad, en su proyecto individual, en  permitirnos el cuidado que ella nos ha brindado y que no ha sido proporcional. Terminó diciendo, entonces, que no brinda por Mamá sino que brinda por Liliana, la mujer. Me parece que allí, en ese gesto, germina el cuidado y la revolución de la masculinidad.


*Edward es profesor-investigador en temas de clase social, cultura visual y estudios de la moda.

Comentar con facebook

contenido relacionado