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¿Qué le espera al medioambiente bogotano después de Peñalosa?

O frenamos la urbanización compulsiva o nos ahogamos en cemento, decida.
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Los recursos legales y de participación con los que cuenta la ciudadanía deben ser la clave para calmar las ansias de urbanizar a toda costa. Además, necesitamos regular la venta de automóviles. La solución no es seguir abriendo la tierra para construir más vías para que circule el río de carros en el que nos hundimos actualmente.

Colectivo Proterra

Para nuestra suerte, la responsabilidad medioambiental es uno de los temas que durante los últimos años ha logrado captar mayor atención de buena parte de la población mundial. Sin ser tarea fácil difundir esta clase de pensamiento, muchos han entendido que dependemos de la naturaleza para sobrevivir.

En Bogotá hay diferentes iniciativas que apoyan el sostenimiento ecológico de la ciudad y asimismo buscan proteger los humedales (Capellanía, Córdoba, El Burro, Jaboque, Santa María del Lago, Tibabuyes, La Conejera, Guaymaral y Torca, La Vaca, Tibanica y Techo), los cerros orientales, los páramos aledaños, entre otros.

Todos estos espacios hacen parte de la estructura ecológica principal de la ciudad, es decir, conforman el armazón primario de áreas naturales que permite mantener procesos ecológicos que ayudan al flujo de ríos y caños, posibilita la presencia de especies de aves y de otros grupos faunísticos y también brinda la posibilidad de tener espacios naturales y seminaturales para la recreación y la salud —física y mental— de la gente.  

Frente a la conservación de estos espacios, existen diversos procesos de participación surgidos desde organizaciones no gubernamentales, colectivos y grupos de jóvenes que han luchado por mantenerlos aislados de proyectos urbanísticos y viales. Sorprende la manera en la que actualmente la Alcaldía Mayor de Bogotá simplemente ignora la importancia de este tipo de procesos sociales independientes, así como los intereses de los actores involucrados, incluso el conocimiento científico que plantea la necesidad de conservar estos espacios de alta importancia ambiental. Desafortunadamente, esta institución se ha convertido en el principal generador de  conflictos entre los intereses de los ciudadanos que pensamos en el medioambiente y las personas y empresas interesadas en urbanizar todo a su paso.

Lo que está en juego con la Van der Hammen, por ejemplo, es de especial importancia pues abre la discusión más allá de la mera conservación del espacio y va hacia el impacto de los procesos —actualmente masivos, acelerados— de expansión de Bogotá.

¿Seguimos ocupando poco a poco toda el área de la sabana o mejor detenemos el crecimiento y nos enfocamos en densificar las áreas urbanas actuales?

Este último escenario podría garantizar la sostenibilidad ambiental de la región a futuro, manteniendo importantes áreas boscosas, de cultivos, y también fuentes de agua. Esto sería beneficioso para toda la ciudadanía y no solo para los bolsillos de unos cuantos protagonistas de la construcción urbanística.

Es evidente el descontento de muchos con respecto al modus operandi del gobierno capitalino frente a los recursos naturales. Un descontento que tiene justa razón y que es muy preocupante cuando se revisa el Plan de Desarrollo Distrital para el periodo 2016 – 2020 del alcalde Peñalosa —en el que se nota un retroceso—, que cuenta con un presupuesto ínfimo (1%) y que ha sido agravado por una variedad de datos sin mayores fundamentos que han sido objeto de críticas, debates y burlas debido a su descontextualización.

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Es una situación preocupante teniendo en cuenta la necesidad de consolidar procesos que hagan de Bogotá una ciudad mejor adaptada al cambio climático, como sucede actualmente en muchas esquinas del planeta. Esto se contrasta con el pensamiento y disposición del alcalde por priorizar el desarrollo urbanístico, aumentar las vías ocupadas por el deficiente sistema de transporte masivo Transmilenio, trazar autopistas sobre áreas de humedales y, en general, hacer la ciudad un paisaje aún más ocupado por el cemento y la infraestructura.

Para no olvidar: en julio Enrique Peñalosa sacó a la luz los planos referentes a la ruta que trazará la Avenida Longitudinal de Occidente, que sumados a la Vía Suba–Cota pone en riesgo la integridad de la Reserva Forestal Thomas Van der Hammen. ¿Cuál es el argumento principal para hacerlo? Que dicha reserva limita o impide la movilidad en una ciudad sobrepoblada. El futuro de la reserva queda en manos de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), institución que dará viabilidad o no a la estrategia de transformación de esta importante área ecosistémica de los capitalinos y del país.

Vale mencionar que durante la pasada administración el Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis adelantó un proyecto llamado ‘Nodos de Biodiversidad’, el cual buscó generar procesos de participación ciudadana, apersonamiento y conservación de ocho puntos de importancia para la biodiversidad en el área capitalina. En dicho proyecto la Van der Hammen juega un papel protagónico.

Debemos entender que existen procesos anteriores que corresponden a políticas de Estado y que deben ir más allá de los intereses de un gobierno particular. Que no deberían ser sustraídos de un plumazo ignorando el trabajo institucional de pasadas administraciones. Es este sin duda un claro ejemplo de incongruencia por parte de la Alcaldía Mayor.

Los recursos legales y de participación con los que cuenta la ciudadanía deben ser la clave para calmar las ansias e intereses de Peñalosa por urbanizar a toda costa. Ojalá se logre fijar la atención en temas de alta envergadura como la movilidad con otro tipo de estrategias, como la necesaria regulación en la venta de automóviles y el ajuste de los parámetros de circulación vehicular en la ciudad. La solución no es abrir y abrir la tierra para construir más vías para que circule el río de carros que hay actualmente en Bogotá. Por lo tanto la responsabilidad no solo recae en el Estado y en la Alcaldía. La ciudadanía, la gente que se mueve en carro a diario y quiere tener más carros, también puede aportar su cuota de conciencia. No obstante, sí es el alcalde quien debe ofrecer alternativas desde esta óptica.

Hay que insistir en la importancia de los espacios naturales, en la estructura ecológica, en los avances relacionados con estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático, entre otros temas que al parecer para la Alcaldía siguen siendo de poca importancia. Piense usted, lector, por un momento en esto: ¿qué le espera al medio ambiente bogotano después del periodo Peñalosa?

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* El Colectivo Proterra es una organización que busca contribuir a la construcción de territorios sostenibles e incluyentes a través de diferentes iniciativas con empresas, comunidades indígenas y campesinas.

 

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