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El problema es la palabra gorda, no la gorda

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Imágenes cortesía de la Colectiva Feminista Gordas Sin Chaqueta​

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Las preocupaciones de mi madre eran y siguen siendo mi salud. Mi salud física, claro, no la mental: porque aún hoy insiste en pedirme que sea algo que jamás he querido ser.

Observatorio Contra el Acoso Callejero*

@ocaccolombia

 

Mientras algunos sectores y movimientos sociales se han apropiado de discursos feministas e insisten en superar la devoción a las tallas pequeñas, los medios, las industrias de la salud y de la moda, junto con la sociedad en general, siguen alabando pantallas e impresos que destacan “cuerpos perfectos”. La gordofobia, el rechazo hacia la gordura y hacia todo cuerpo que por su peso se sale de los patrones instaurados como “saludables” y “bellos”, es un fenómeno que al parecer no tiene consecuencias visibles y que está tan naturalizado que no nos damos cuenta de que existe. Reflexionemos sobre un tema pesado, hagámoslo a través de la experiencia de Lila, una de nosotras, y de la mano de la colectiva amiga Gordas Sin Chaqueta:

 

Habitar un cuerpo gordo no es fácil. Nadie me preparó para esto. Aparte de las alergias, caídas, mordiscos, trasquiladas de pelo, y otros “sucesos normales” de la infancia, no tuve ningún problema real hasta los 12 años. Después de eso todo fue un caos: el azúcar alto, los kilos de más, el ciclo menstrual, las preocupaciones por la altura y por el futuro, por el “nadie la va a querer gorda”. Mis siguientes 10 años fueron de dietas, menjurjes para adelgazar y tonificar, ejercicio, fajas: prepararme para cumplir con los estándares femeninos de la delgadez, el “pelo perfecto” y el “rostro perfecto”, y así me fui convirtiendo en un objeto.

Las preocupaciones de mi madre eran y siguen siendo mi salud. Mi salud física, claro, no la mental: porque aún hoy insiste en pedirme que sea algo que jamás he querido ser. Bajo la excusa de la preocupación, mi cuerpo fue condenado a reprimirse, no solo por ella, también por la sociedad.

Después, el argumento fue estético: “las personas gordas se ven mal”, repetían mis compañeras de clase, haciendo todo tipo de comentarios agresivos y dañinos no solo para mi cuerpo, también para el de ellas, que terminaron en la bulimia y la anorexia. Yo subía y bajaba de peso, pero nunca llegué a extremos.

Empecé entonces a preguntarme por las razones y encontré respuestas. Durante la realización del estudio Preocupación materna por la apariencia física en relación con la estigmatización de los niños hacia la figura corporal, de la Universidad Nacional Autónoma de México, se entrevistaron 168 niños y niñas entre 7 y 11 años, de los cuales el 76.8 % afirmó que las madres hablaban acerca de la importancia del peso de sus cuerpos. Poco menos de la mitad de esos niños aseguró que sus madres los incentivaba para bajar de peso o les enseñaba las maneras de hacerlo. Yo no era una excepción, esto ocurre y ha venido ocurriendo en Latinoamérica a lo largo del último siglo.

Si bien es importante una alimentación sana, ¿qué en estos tiempos es sano? Como dijo una amiga: ahora que el jabón tiene avena y la comida químicos, habrá que comer jabón. Por más estadísticas que se den sobre el origen de las enfermedades cardiovasculares, las asociadas al peso son más bien tendencias, además, resulta frustrante vivir atado a un número. Las estadísticas se fracturan cuando los cuerpos gordos son activos y sus rutinas son incluso más arduas y complejas que las de las esculturales mujeres de la televisión.

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Al bullying de la familia y también al del colegio se suma otro, el de la ciudad; justo ahí entendí que tal vez ser gorda es un lío para los otros y no necesariamente para mí. Moverme en transporte público resulta difícil no porque caminar sea complicado, amo caminar y el privilegio de caminar por esta ciudad, lo molesto son los comentarios —y miradas— que no paran, como “deje pasar, vaca”, “cuidado me estripa”, “¿es que no cabe?”.

Entonces empecé a ser consciente de mi cuerpo, de su volumen y de su amplitud, sin sentir ningún temor. Simplemente esta es mi realidad. Tomé la bici como medio de transporte hace algunos meses y el resultado ha sido extraño y poderoso: mis senos son objeto de comentarios e incluso varios transeúntes deciden animarme, como si yo estuviera compitiendo en el Tour de Francia. Es una sorpresa para los demás que una gorda sea ágil, activa o atlética.

Lo siguiente a cuestionar fue mi sexualidad. Gracias a la gordofobia, mi cuerpo no puede mirarse a la luz del sol y la oscuridad es su condena. Al parecer yo no genero deseo, tampoco produzco ni siento placer, no soy motivo de ninguna fantasía o suspiro. La posibilidad de no poder relacionarme desde la tranquilidad, de no poder establecer mis propios límites eróticos y afectivos, me colmó. En últimas, hasta mi deseo también está condicionado a una dieta, al control de las industrias que indican la estrategia para buscar eso que me falta o “librarme de lo que me sobra”.

Yo era consciente del cuerpo como “primer territorio”, de que mi historia personal es política y, en general, de muchos de los argumentos que me han permitido, desde los feminismos, hablar de los problemas, dudas y asuntos de las mujeres… pero no había situado estas ideas. Entonces conocí a las parceras de la Colectiva Feminista Gordas Sin Chaqueta y con ellas las historias, las charlas acompañadas de empanaditas vegetarianas y aguas mágicas para estar bien y sanar, aprendí a situar el amor propio y mi historia antes que la del mundo, y así aprender a soltar.

Entendí que ante la discriminación tienes dos opciones, la rompes o te amoldas a ella. En noviembre del 2015, 21 mujeres —incluyéndome— empezamos a pensarnos el cuerpo y sus mitos y en colectivo decantamos muchos de ellos, bailamos, reímos, nos deconstruimos y nos aceptamos como mujeres gordas que independiente del peso hacemos una apuesta por lo diferente, por hablar de lo que no es nombrado, por lo extraordinario y por el placer. Este proceso dejó como resultado el documental Mujeres con los Gordos Bien Puestos, el cual recomiendo para hacer reflexiones bien gordas.

De la gordofobia en mí seguro aún quedan restos. Aunque el espejo ya no es el principal enemigo, los estereotipos de “floja”, “inútil” o “poco atractiva” en los que pensé por años aún los sigo rebatiendo. Ahora sé que el problema no está en que me vean gorda, siéndolo o no, sino en la carga negativa que tiene la palabra “gorda”, en ese lugar que jamás quise habitar, esa excusa para juzgar mi vida y a la vez el metro con el que miden parte del éxito, que limita.

El problema entonces es la palabra, no la gorda.

*El Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC) Colombia es un parche de amigas que pone sobre la mesa discusiones y debates sobre el feminismo desde distintas posturas. Hacemos parte de una red que ya cuenta con más de 5 observatorios en diferentes países de Latinoamérica.


Si quiere profundizar en el tema vea el corto Gordofobia o el documental Las Gordas. También puede leer esta carta de Kaesy Edwards.

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