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La nueva era del rap, el rap de siempre: una mirada al machismo en el hip hop nacional

Si Akapellah no hubiera dicho expresamente la palabra misoginia en su reciente colaboración con el rapero paisa Métricas Frías, ¿nos hubiéramos cuestionado las letras y demostraciones machistas que llevan años salpicando buena parte del rap nacional?

Por Daniela Trujillo*

Escuchar la música con un filtro feminista, siguiendo una línea de género, se convierte, cada día, en algo más que un ejercicio. Entender cómo la violencia simbólica se acoge a las muestras que valoramos como arte y las deforma, nos hace cuestionarnos constantemente sobre qué es lo que en realidad está sugiriendo una canción, un videoclip o un álbum y cómo estas sugerencias pueden reflejar y perpetuar creencias verdaderas de una sociedad que se muestra abiertamente patriarcal.

Colombia ha tenido un crecimiento artístico bastante importante en los últimos años. Ya no solo somos el país que exportó a Shakira, sino que empezamos a resonar en otros ámbitos, uno de ellos y de los más fuertes es el del rap, que lleva alrededor de 40 años en el país. Un género que nació en Norteamérica para transgredir una violencia sistemática contra las comunidades negras, un ataque al racismo que también se ancló a la vida de pandillas y se estableció con esta estética gangsta que tanto reconocemos.

Al país llegó en medio de un momento álgido con respecto al narcotráfico y se estableció en los barrios populares de distintas ciudades centrales, fundiéndose así con las problemáticas sociales internas. Aún transgresor, pero con un contexto diferente: la desigualdad social de Colombia suscitó en los grupos de jóvenes una necesidad de explorar sonidos y hablar, bien sea para encontrar una salida de su propio contexto o para darles voz a sus barrios y sentires, otorgándole un rostro al rap colombiano, una identidad. Se ha hablado de que el rap, en este momento, está en uno de sus puntos más fuertes dentro de la industria musical, se dice que se ha transformando para brindar sonidos nuevos y pesados, líricas innovadoras. Según buena parte del público y conocedores del género, estos cambios han sido vistos solo hasta los últimos diez años. Esto es parcialmente cierto. 

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Este género musical, al igual que muchos —por no decir todos, si acaso con muy pocas excepciones—, es hegemónicamente masculino y la imagen de la mujer dentro de la estética y las líricas es para nada favorable. Pensemos en la polémica formada hace un par de meses con el nuevo álbum de Métricas Frías, en el cual Akapellah como colaborador del disco lanza, sin titubear, esta línea imposible de pasar por alto: <<confieso que adoro la misoginia, el arte de incendiar las vaginas de las niñas>>. 

(Le puede interesar este otro artículo de #MarzoFeminista: “Si no hay justicia, hay escrache”)

Después de escuchar estas palabras —en un país feminicida y machista en el cual, según la Fundación Feminicidios Colombia, durante 2019 mataron a 260 mujeres y en lo que va del 2020 ya se registran más de 10 casos, como el de Angie Cruz y Manuela Betancour, de la UIS— me pregunté si el rap, y en general la música, es creadora de una identidad de país. Es posible que muchos digan “Ah, esos son raperos de Medellín”, o, “Sí, sí, ese es un rapero de Bogotá”. Pero, ¿qué dice de nosotros como audiencia —y de quienes crean— que las letras sigan manteniendo un alto contenido machista y violento? ¿Es esta la transformación de la que se habla, las líricas innovadoras? 

¿Por qué sólo nos escandalizamos con este tipo de machismo “evidente”? ¿Por qué nunca se dijo nada, en 2009, por frases de Alcolirykoz como <<Oremos por las almas en pena de los que siguen buscando pegar haciendo rap de discotecas, pa' nenas>>? ¿Será que si Akapellah no hubiera dicho expresamente la palabra misoginia no hubiéramos dicho nada? Además: ¿dónde están las mujeres dentro de este género con predominancia masculina? ¿Es acaso su eje temático lírico menos interesante que el masculino y por ende menos exitoso? 

*

Para poder aclarar estas dudas tuve entonces que revisar algunas de las letras y álbumes del rap actual, el rap que quizás tiene más reproducciones en las diferentes plataformas hoy por hoy. Quise comprender cuáles eran los imaginarios que se estaban creando acerca de la mujer en el género. Encontré, pues, tres rasgos principales con los cuales aparecen en las líricas las figuras femeninas.

La primera parte de una idea milenaria, proveniente desde antes de Cristo y que se ha reforzado a lo largo de la historia: la de la mujer como representación de los males del mundo. Una Pandora, Eva o Helena sale disparada de las barras enunciadas, mujeres culpables, puntos distractores. Los focos de pelea se resumen entonces en las drogas, el territorio o las mujeres. Una imagen que puede parecer inocente y no lo es, pues en esta se remarca una figura patriarcal y además poco autocrítica donde todo el peso de las acciones recae sobre una parte y no sobre las dos. Como cuando Luis7lunes dice en ‘Arde Roma’: <<ya le conozco al diablo el pelo, los ojos, los senos, el culo, los celos>>.

Por otro lado, está la mujer hipersexualizada y además juzgada por la propia hipersexualización. Es una imagen típica que se refuerza con adjetivos atributivos o sustantivos socialmente considerados como negativos: perra, zorra, fácil, buscona, interesada, mujerzuela, puta… la lista podría continuar eternamente. Por ejemplo, Zof Ziro diciendo: <<Por una puta no perdí las orejas como van Gogh>>, o Gambeta con su: <<Tu música la puta de la fiesta: cualquiera se la baila pero nadie la respeta>>. No es una imágen exclusiva de este género, de hecho se puede encontrar desde el reggaeton hasta los corridos. En la música, la literatura, el cine y la televisión es un blanco fácil, de uso en los marcos narrativos que es bien aceptado y hasta hace muy poco se convirtió en un punto de crítica y discusión.  Esta imagen no está implementada en vano, claramente. De fondo podemos encontrar una exaltación al imaginario preponderante masculino que ha estado vigente al rededor de todos los tiempos: viril y con poder. 

Y esto no es solo un pensamiento nacional. Vayámonos a la referencia a la que apunta Zof Ziro en una de las entrevistas del libro La Época del Rap de Acá: “Biggie es de mis favoritos de la historia (...) Pa’ decirle a una pelada que es una perra, pa’ decirle a un man que así no es el negocio. Pa’ todo nea, se lo juro que ese man tenía que ser así para rapear así”. Esta entrevista tiene un montón de cosas interesantes y resaltables para reconocer, pero esa justa frase me hizo preguntarme varias veces en dónde se rompe la delgada línea entre ser directo y ser violento a través del discurso. 

El último aspecto que encontré fue el de la mujer como la cuidadora. Un ejemplo claro lo da Métricas Frías, en ‘E$trabursatil’: <<Supuse que faltaba un lienzo como Belfort en amasar fortuna y que mi madre llame a casa pa' sanar mis locuras>>. También Granuja, en ‘Chéchere Chévere’: <<Entre pajas y ruletas rusas, mi madre reza porque fui de roce>>. Este último está dado por los roles de género que ya conocemos, entonces es una postura más virginal: la figura que vela por el bienestar —independientemente, claro, de si quien es cuidado es violento o irresponsable—: un amor incondicional sobre cualquier cosa, que logra dividir al artista de sus acciones, siempre representado por el perdón de la madre o el de una pareja femenina.

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¿Por qué no hemos cuestionado a Crudo cuando dice, en ‘Desvaneciendo’: <<yo nunca me comí una puta, capaz que sí pero no me cobraron>>, o cuando en el coro de ‘Nido de Cucos’ repite con insistencia: <<mujerzuelas bajo mis suelas>> o <<zorra como Ana Bolena>>? Podría quedarme horas dando ejemplos: <<soy mucho hueso pa’ esa perra>>, de Mañas, <<pareces la U.S.A., todos quieren irse por el hueco y mi única salida fue meterlos>>, de Granuja. Desde los raperos más pequeños hasta los más grandes, son pocos los que no han sido reflejo de un machismo socialmente aceptado. 

Ahora bien, no creo que los artistas deban ser medidos con la vara absoluta de la moral. Sí me parece interesante, desde las diferentes interpretaciones, poder establecer discusiones de características e insistencias que existen, son evidentes y nunca han sido discutidas. Hablarlas nos permite entenderlas y pensar si las aceptamos o las rechazamos. 

(No se pierda la editorial de este mes: El feminismo para cuestionarnos)

Y aunque las mujeres no son la única temática existente, ni tampoco la que puntea en las letras, no resulta nada difícil encontrar líneas sueltas alusivas. Esto nos permite considerar que el rap “fresco e innovador” está vigente, en parte, por mantener un discurso imperante y hegemónico alrededor de las acciones y pensamientos machistas que se extienden también a las competiciones y al constructo del ego basado en la posesión y abuso del poder, que en la audiencia genera disfrute y aceptación. En realidad, nada ha cambiado en este imaginario colectivo. 

Que sí, que ahora el público es dos líneas más cuidadoso y se alarma al escuchar explícitamente la palabra misoginia, pero las configuraciones de pensamiento todavía están tan arraigadas que es difícil identificar discursos menos evidentes, los que siempre han estado ahí. 

*

Esto no quiere decir que niego una transformación orgánica de las nuevas generaciones. Las formas y los modos sí han mutado durante los últimos años, como lo ha hecho N. Hardem a través de la exploración de un sonido más vanguardista y letras que abarcan lo personal con una poética más compleja, que ya no depende de una estética gangster sino de una exploración del lenguaje, de un juego con la estructura, cambiando las dinámicas de lo que ser o no ser rapero establece. O  Noiseferatu, que plantea una mirada más filosófica y estructurada de su contexto y su propia persona. O Vic Deal o nuevas propuestas como W.Y.K o Ain-sof. Son muchos los artistas que se han apartado de los discursos violentos, pero los que más sobresalen, a veces, son justamente los que los mantienen.

Es más, vale hablar del machismo a partir de las mujeres raperas en tarimas nacionales, otro de los espacios donde el poco cuestionamiento se refleja. Los porcentajes de participación en estos eventos, con respecto al género, están lejos de ser similares. Miremos un ejemplo claro y lamentable: la primera edición del Dia del Hip-Hop Colombia, que no contó con ninguna mujer dentro de su cartel y aunque Diana Avella, una de las mujeres pioneras en el género en el país, participó como host y tuvo una corta intervención, su presencia ni siquiera fue anunciada con los demás artista. En este espacio se muestra la evidente falta de inclusión dentro de la escena. Pasa entonces que, en muchas ocasiones, las mujeres son vistas o como groupies o como coristas, pero difícilmente como pares. 

Hay que preguntarse por qué nunca se ven incluidas, en los carteles de eventos reconocidos, raperas como Midras Queen y el trabajo realizado con la fundación Familia Ayara, una propuesta que reconstruye el tejido social a través del hip hop; o Líricas del Caos y su trabajo colectivo de 20 mujeres que cuenta con una escuela de rap feminista; o Nira Clandestine, Selene, Feback, Naturaleza Suprema. Tampoco tienen la misma participación aquellas que resultan más familiares a los oyentes, como Lianna, Mabiland o Delfina Dib. Los nombres existen en las bocas de los conocedores y aún así nadie se inmuta frente a sus ausencias, nadie cuestiona la organización. Los espacios han sido tan reducidos —no solo en este género, claramente— que las mujeres han optado por hacer eventos uniéndose con otras mujeres, algo que aunque ha fortalecido el trabajo de la juntanza no es suficiente y, lo que es más importante, no debería ser la única manera de abrir espacios.

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Por otra parte, el contenido feminista dentro de las líricas es altamente criticado y es puesto en consideración el hecho de que esta sea una de las razones primordiales por las cuales no es socialmente aceptado: porque incomoda, porque al igual que ciertas voces en las calles o en la academia o en la casa, no las quieren oír. Con mucho trabajo algunas lo han logrado, como Melissa Contento, una de las voces más recordadas del rap colombiano. <<Lo que yo odio y me incomoda es el oprobio que me acomodan (...) Madre soltera estoy contigo, mi ayuda entera, yo sí lo digo>>, cantaba Melissa en 1994 en ‘Machismo con M de mujer’. Si esta música tiene como base ser transgresora, ¿por qué no permitir otro tipo de discursos que no sean los de la calle, las drogas y la masculinidad viril, ingresen? ¿Dónde están los no binarios, los transexuales dentro de sus escenas reivindicadoras? 

Si el rap sirve para que solo unos transgredan, entonces no sirve.

Alejarse de lo que pueda significar “ser real” y de la actitud gangsta ha permitido en otros lugares de Colombia hacer rap que habla de otras realidades, como el rap palenquero de Kombilesa Mi que reivindica su pueblo, su pelo, su color; o el trabajo realizado por Afro-música en los Montes de María que intenta no solo la recuperación del bullerengue por parte de las nuevas generaciones, sino que narra una historia propia salpicada de violencia y paramilitarismo para evitar el olvido y recuperar el tejido social; o el rap en lenguas indígenas de Quechua Boys o Jotaika Bops, en el que se hace música a partir del conocimiento y el aprendizaje, que poco entran dentro del espectro de consumo actual y por lo tanto tienen un menor avance, inversión y experimentación, poniéndolos en desventaja dentro del mercado. 

(Siga leyendo sobre otras formas de hacer rap en Colombia: Contra el silencio de los tambores, este bullerengue rapeado)

Son tantas las formas de hacer rap que me parece increíble que aquello que se reproduce una y otra vez es justamente lo que no muta.

Esto que escribo es solo una invitación a pensar nuestra construcción de identidad, desde el arte, desde el rap, poniendo atención y cuidando el discurso, evaluando los límites de la violencia. Aunque un rapeo suene divertido, incluso creativo o ingenioso, y las palabras, aparentemente, solo se oigan como eso, palabras, existe en ellas un peso y una responsabilidad que como oyentes —y como artistas— debemos cuestionar: pensar si las asumimos y, de ser así, qué consecuencias trae.


*Daniela es integrante del sello editorial In-correcto. Ha trabajado en la difusión de artistas mujeres e investigación con línea de género dentro de la industria musical independiente.

 

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