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Ilustración de Nefazta

“Si no hay justicia, hay escrache”

Ha sido una herramienta de memoria viva para familiares de desaparecidos durante la dictadura argentina. Hoy el escrache es, además de una forma de autocuidado, una acción de denuncia y escrutinio público contra acosadores y violadores encaminada a la consolidación de espacios seguros para mujeres y personas LGBT/cuir.

Luisa Fernanda Uribe Larrota

En el último año, como integrante del colectivo feminista Pez Alado, una iniciativa que busca abrir la conversación en torno a la música electrónica más allá de la fiesta, me he enterado de numerosas denuncias públicas a DJs, productores, promotores y organizadores de eventos al interior de la escena local. Los casos van desde posts en los que desprecian y minimizan el papel de las mujeres en las fiestas, hasta videos que nadie debería ver sobre un man cogiendo a patadas a su pareja en la entrada de un edificio.

Uno de los que más impacto tuvo sucedió en junio de 2019. El DJ bogotano Andrés Cortés (BASSICKS) fue denunciado públicamente por agresión física. En la denuncia se incluyeron fotos de los golpes y videos tomados por unos vecinos el mismo día de la agresión. Cortés pertenecía al colectivo Moon Contact, quienes, el mismo día, publicaron un comunicado en rechazo a todas las violencias y expulsaron al DJ del colectivo.

Esas publicaciones y denuncias en redes se enmarcan en algo que desde hace un tiempo se ha venido consolidando como una estrategia de mujeres y personas LGBT/cuir para denunciar ante una sociedad que no les escucha las violencias que han definido algún momento de sus vidas: el Escrache. Una justicia propia, un intento porque en medio de tanta indiferencia alguien deje de mirar por encima del hombro y, al menos, estos agresores dejen de caminar tranquilos por los espacios que nosotrxs habitamos.

Entre el ir y venir de comentarios en redes sociales y en espacios como charlas, talleres y conversaciones casuales con amigxs, me pregunto por las consecuencias, el origen y cómo esta práctica se articula o se podría articular con agendas políticas feministas mucho más amplia. En otras palabras, ¿cómo y por qué recurrimos al escrache?, ¿qué esperamos que pase después?, ¿qué esperan quienes son “victimizadas”?, ¿qué esperan los grupos de amigos, las redes de trabajo? Este texto es un intento por responder a estas preguntas.

 

 El Estado opresor es un macho violador: Argentina y la búsqueda de justicia

 

En Argentina, durante la dictadura que duró de 1976 a 1983, entre el Estado y los grupos paramilitares, desaparecieron a 30.000 personas. En Buenos Aires y en otras ciudades del país, años después, familiares de desaparecidos pertenecientes a la organización Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (HIJOS) empezaron a escrachar las casas de militares directamente involucrados en la desaparición de sus familiares en un contexto de total impunidad. El lema era “Si no hay justicia, hay escrache”.

Aún hoy, los líderes de esta organización manifiestan que esta era una de sus principales herramientas de lucha para visibilizar, ante toda la sociedad argentina e internacional, que en esas casas y esos barrios “normales” vivían asesinos, violadores o torturadores condenados por delitos de lesa humanidad que muchas veces también violan su reclusión domiciliaria. Los escraches se han convertido en una herramienta de memoria viva para los familiares de desaparecidos y en parte de una lucha política por el reconocimiento de responsabilidades estatales y militares en la historia sangrienta de la dictadura.

¿Por qué vuelvo a esta historia? Es importante que estas acciones de denuncia tan recurrentes en los últimos meses sean puestas en contexto. Son mucho más que una moda, en perspectiva histórica hacen parte de agendas políticas amplias y reivindicaciones en contra del discurso totalizador de la reconciliación y el perdón, mediados por el Estado o el Derecho. #MeToo, un movimiento que empezó en el año 2017 con el fin de denunciar las agresiones y el acoso sexual, con el eje central puesto en las violencias del productor de cine y ejecutivo estadounidense Harvey Weinstein, es un ejemplo reciente muy popular. Sin embargo, quisiera destacar cómo para diversos colectivos feministas en Argentina, Colombia o en otros países de América Latina, el escrache hace parte de sus herramientas políticas, prácticas de autocuidado y acciones concretas encaminadas a la consolidación de espacios de militancia política y activismo mucho más seguros.

 

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En Colombia, ¿qué significa escrachar?

 

Para las Rosas Disidentes, un colectivo que surgió con la intención de alzar las voces de mujeres que compartían historias de violencia y prácticas machistas en el transcurso de su militancia política, “el escrache se ha convertido en una herramienta supremamente política y recurrimos a ella porque creemos que en un país como Colombia la ausencia o lentitud de la justicia institucional es la reina y cómplice de todos los casos en donde hemos sido víctimas de este sistema patriarcal. Sumado a esto encontramos, por parte hasta de los medios de comunicación, una revictimización de nuestras historias. Hay un montón de ausencia de garantías, lo que nos hace encontrar en el escrache una herramienta con la que utilizamos nuestras propias estrategias de defensa y acompañamiento”.

Una de las denuncias fue hecha por Ángela Ramírez, víctima de acoso por parte de Gabriel Moure, integrante de la organización política de izquierda MOIR, adscrita al Polo Democrático Alternativo. En su denuncia, Ángela relata las dificultades de contarles las situaciones violentas a otros compañeros de la organización, además de tener que esperar una respuesta o alguna acción y que no pasara nada. Las Rosas reconocen los riesgos de este ejercicio, haciendo referencia a las amenazas físicas, legales y psicológicas de quienes denuncian, por lo cual construyen un protocolo de acompañamiento para la que denuncia. “Rosas nace en la búsqueda de un lugar seguro —aseguran—, un lugar que nosotras buscamos y no encontramos y por el que decidimos apostar para que muchas más mujeres que estuviesen en nuestra misma situación, que compartieran nuestra historia con la de ellas, lo encontraran y supieran que no están solas y que si allá afuera ellos no nos hacen sentir seguras ni siquiera en nuestras prácticas políticas, ellos tampoco lo estarán. Nuestro silencio nunca más será su cómplice”.

Por su parte, la organización comunitaria A mí me cuidan mis amigxs propone que el término escrache, en sí mismo, puede llegar a tener una connotación negativa. Prefieren referirse a estrategias de autocuidado. “Para nosotra/es es amor propio —explican—. ¿Cómo es que se permite tanta violencia y nadie hace nada para cuestionarla o crear comunidades para la amistad y la solidaridad? ¿Cómo es que las acciones de violencia son repetitivas y en todos los ámbitos resultan normales?” Como parte de su agenda dentro del feminismo, entonces, se enfocan en la importancia de poder vivir tranquilxs como un derecho.

Daniela Trujillo, integrante de Todopoderosa y del sello editorial In-correcto, quien además ha trabajado en la difusión de artistas mujeres e investigación con línea de género dentro de la industria musical independiente, considera que “los privilegios presentados no solo a nivel social sino también a nivel laboral toman fuerza en un espacio masculinizado, como lo es la música. Esta herramienta es importante porque permite a todos los entes involucrados en la industria misma estar alerta y al tanto de las situaciones particulares de aquellxs a quienes contratan en los espacios de divertimento. De esto se espera no solo dejar al tanto, sino también tomar acciones para generar espacios seguros para todxs, libres de agresores que puedan afectar la salud física y mental de los asistentes o incluso de otrxs colegas. Al igual que en cualquier espacio, me mantengo firme en que también aquí debe existir una cultura pedagógica para enfrentarlo”.

Aquí quedan muchísimas preguntas. Los espacios de fiesta, de entretenimiento o “vida nocturna” suelen estar atravesados por la idea de que todo vale, de que existen precisamente para eso, para desinhibirnos, pero y entonces, ¿cualquier actitud en un espacio de fiesta debería ser tolerada o suavizada la reacción porque fue en medio del alcohol, las drogas y una multitud? 

Laura* decidió este año denunciar actitudes de violencia simbólica con el fin de buscar apoyo colectivo para señalar e invalidar esas posiciones misóginas en redes sociales. “Un día me llegó a Instagram —cuenta Laura— un mensaje de un perfil anónimo (privada, con cero publicaciones), difundiendo la página A mi me cuidan mis amigxs. Me causó curiosidad, entre a ver qué era y pude ver las valientes denuncias de mujeres a hombres que por lo general circulan en el sector creativo, cultural y alternativo. Me sentí conectada inmediatamente con la causa aunque nunca he sido víctima de agresión física. Después de esto, una amiga colega, me envió una captura de pantalla mostrándome el comentario de Sebastián Herrera y recordé cómo varias veces había visto comentarios así de su parte. Sentí que seguía en su radicalismo porque jamás había sido confrontado. Recordé inmediatamente la página y sin ningún reparo redacté un texto y lo envié. En menos de una hora estaba publicada la denuncia”.

Para Laura, pensar el escrache en torno a las industrias creativas y la noche implica vincular a promotores, propietarios, medios de comunicación, etc, para que se empiece a generar un “cerco alrededor de los agresores y un pacto de no cuestionamiento a la víctima para que su relato cuente con validez y así logre la reparación buscada”.

Tanto en los casos de la escena electrónica local, la industria musical o la militancia política en partidos de izquierda, hay muchas actitudes que se pasan por alto debido a la naturaleza alternativa de esos espacios. Las Rosas Disidentes lo ilustran muy bien como parte de los riesgos de la denuncia. “También nos hemos encontrado con el varón —explican— al que se está denunciando y quiere mostrarse deconstruido y aliado diciendo: no me acuerdo, pero si lo hice, lo siento”.

Daniela Trujillo, además, propone una reflexión importantísima que también abarca la dimensión de las consecuencias de esta herramienta de denuncia. “Las denuncias deben ir acompañadas de todo un trabajo de deconstrucción y pedagogía —dice—. La cultura de lo punitivo, en lo personal, hace más daño de lo que aporta. Además, hay que contemplar qué pasa con los agresores después de que son denunciados. El rechazo social debe pasar al cuestionamiento de las acciones realizadas y posteriormente a todo un trabajo de reflexión y cambios que hagan que los agresores no vuelvan a agredir en un futuro. Apartarlos socialmente es insustancial y no erradica la raíz del problema”.

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Entonces, ¿escrachar o no escrachar?

 

Ya hay varios elementos importantes puestos sobre la mesa: escrachar no es una moda, no es una herramienta de denuncia inventada por mujeres locas que quieren llamar la atención y tampoco es un capricho para entorpecer el quehacer de los partidos políticos, los espacios de fiesta o la industria musical. Es una elección a conciencia con la que, en la mayoría de las veces, pueden verse afectadas quienes deciden llevarla a cabo por las consecuencias de ponerse otra vez en el centro de discusiones sobre el deber ser de sus cuerpos, hábitos y prácticas políticas en el pasado.

A todas, como feministas, desde los diversos lugares de enunciación y agendas políticas nos queda por resolver esa pregunta de qué pasa después del escrache, qué herramientas de acompañamiento tenemos para ofrecer a la compañera que tiene la valentía de acabar con el silencio y el ostracismo frente a su dolor. Qué podemos exigir a compañeros, amigos, familia, instituciones públicas y qué es nuestra responsabilidad al ejercer esta justicia propia. Iniciativas como el protocolo de acompañamiento de las Rosas Disidentes empiezan a resolver directamente estos cuestionamientos. Desde Pez Alado también hemos construido protocolos que incluyen reflexiones antes, durante y después de las fiestas para que las situaciones de violencia sean cada vez menos.

Es claro que responder a esas preguntas es sumamente importante, es una necesidad para que la agenda política no sea el escrache mismo, sino que logremos articularnos para cambiar los espacios en los que esas violencias pasan y son aceptadas en primer lugar. Todo eso es muy importante, pero también hago una invitación a todas las que me leen: siempre, siempre, yo te creo, hermana. Las denuncias públicas no son fáciles, ser marcada como la mujer/persona violentada no es una elección sencilla y por eso el autocuidado y las estrategias de acompañamiento desde y con el feminismo, son tan importantes.

Entendamos las consecuencias inesperadas de una denuncia pública que, como herramienta política o no, siempre suele devolverse más fácilmente y con mucha fuerza contra quien denuncia. Entendamos que, si no hay apuestas de transformación, pedagogía y deconstrucción de las actitudes violentas y machistas, se seguirán reproduciendo en todos los espacios de nuestra vida cotidiana.

*Cambio de nombre a petición de la mujer.

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Sígales el rastro a Pez Alado, Rosas Disidentes, A mí me cuidan mis amigxs y Todopoderosa.

 

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