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Foto de Enrique Diaz

“La rabia y la ira no caben en un museo”: apuntes sobre arte y activismo

Hablamos con el artista Tomás Espinosa y la politóloga y activista Analú Laferal sobre el papel que ha jugado el arte en las acciones de los sectores LGBTIQ+ y su poder para abrir caminos para la memoria, la rabia, el dolor y el duelo en Colombia.

Julian Guerrero // @elfabety

img_8963.jpgFoto de Enrique Díaz. 

A lo largo de los años se les ha elogiado a los diferentes sectores LGBTIQ+ el uso de acciones artísticas en sus activismos, ejercicios reivindicativos y vida cotidiana. El arte a través del cual la comunidad ha desarrollado su identidad ha evolucionado tanto que incluso muchas de sus acciones se han convertido en parte de la cultura popular que cobija incluso a personas que no se identifican bajo ninguna de las siglas.

Pero el arte no solo ha supuesto una herramienta para abrirse espacios en medio de una sociedad excluyente o ha sido solo un camino al que muchas personas de la comunidad le han dedicado su vida. La exclusión también ha privado a las personas que se identifican con orientaciones y géneros disidentes de espacios de alegría, memoria y duelo (entre muchas otras cosas), ejercicios que han recuperado a través del arte.

De ahí que para muchas y muchos el arte no sea una entidad aislada, sino más bien una parte del mismo activismo, un vehículo a través del cual se tramitan las experiencias políticas y sociales que se les han negado durante años. Aunque por lo general se mira el arte como un proceso amable, como una manera (externa del mismo ejercicio político) de empatizar con aquellos que no han vivido lo que allí se expone, cuando pensamos el arte por fuera de ese registro domesticado y lo vemos como una acción provocadora, dolorosa y políticamente contundente, podemos ver su potencial reparador y reivindicativo.

La historia de la comunidad LGBTIQ+ en Colombia no solo ha visto pasar a artistas que usan su obra para pensar a la comunidad y llevar a cabo su activismo, también ha visto a activistas apropiarse de los discursos del arte y de las licencias que tienen las acciones artísticas para llevar a cabo su activismo y militancia. Desde pioneros del movimiento gay en Colombia como Manuel Velandia hasta el trabajo que hoy en día lleva a cabo la Red Comunitaria Trans, el arte ha sido un ejercicio primordial en la actividad reivindicativa e identitaria de estos grupos.

Así, frente a la desmemoria, hemos visto las placas que las mujeres trans del Santa Fe hicieron en honor a sus hermanas asesinadas en las esquinas del barrio; frente a los prejuicios, el humor sobrio y brillante de Mariquismo Juvenil; frente al miedo, el poder de House of Tupamaras; entre muchas otras acciones que van desde la poesía hasta el performance.

img_8876.jpgFoto de Enrique Díaz. 

Es claro que el arte todavía tiene licencias. Son pocos los casos en los que la violencia policial detiene las acciones artísticas (quizá porque el bolillo y las lacrimógenas no entienden de discursos más complejos) e incluso la mirada domesticada sobre el arte puede permitir que acciones cargadas de dolor y violencia pasen desapercibidas a la censura institucional.

Hablamos con el artista Tomás Espinosa, quien hizo referencia al performance Continuum que llevó a cabo junto a la Red Comunitaria Trans, y con la politóloga y activista Analú Laferal, que habló de su performance la La Peregrinación de la Bestia, sobre la relación entre arte y activismo y el poder de este medio para tramitar sentimientos como el dolor, la rabia, la desesperanza, pero también el amor y la alegría.

(No deje de echarle un ojo a estas acciones performáticas para incomodar al país del sagrado corazón)

 

* * *

 

Tomas Espinosa

 

img_8853.jpgFoto de Enrique Díaz. 

Los sectores LGBTIQ+ tienen un gran repertorio de acciones. ¿Qué lugar tiene el arte en este repertorio? ¿Qué logra comunicar o hacer el arte a diferencia de otras acciones?

Cuando el arte da el espacio para pensar y reflexionar sobre la vida está cumpliendo un papel importante. Cuando uno trabaja con comunidad vulnerable, como lo es ahora y lo ha sido siempre la comunidad trans, uno se da cuenta de que sobrevivir no les da el espacio para reflexionar sobre las cosas que han sucedido en su vida, donde se encuentran muchas violencias, muchas pérdidas, mucha rabia, mucho dolor. Ellas se han construido sobre esa herida abierta y llega un momento en que no saben qué hacer con esa rabia. Yo he visto que a los procesos artísticos se puede llevar a que esta rabia salga o a reflexionar sobre lo que pasó en la niñez. Eso lo hicimos con Continuum y los inflables, pero también con las placas. Esa es una forma de canalizar la rabia y la rabia que, al igual que el arte, son multifacéticos. Por eso el arte sea cual sea, ayuda, acompaña y se puede convertir en un proceso de sanación. Hay muchas violencias a las que hemos sido sometidos y muchas se llegan a entender mucho tiempo después. Esto se puede expresar en una marcha, pero cuando uno entra a explorar los diferentes caracteres que hay, se encuentra con estas historias y estas heridas abiertas y se da cuenta de que un modo de empezar a cerrarlas es a través de cualquier expresión artística.

fotos1_2.jpgFotos de Enrique Díaz. 

Parece que en muchos sectores predomina una noción de arte como entretenimiento, sin embargo, en las acciones artísticas de los sectores LGBTIQ+ es una acción política. ¿Cuál es, justamente, el potencial político del arte?

El arte es un medio. Y si me preguntas si el arte debe tener un fin, es ese. El arte no debe ser una cosa que se meta en un museo, sino todo lo contrario; el arte debe estar en las calles y debe estar en la rabia y en otros espacios. No es una cosa que uno va a mirar, sino de la que uno es parte. La rabia y la ira no caben en un museo. Nosotros lo tenemos que expresar en la calle. Pero no solo la rabia y la furia, también está la negación del pasado y del olvido y por eso es importante hacer estos ejercicios de memoria. Por más duro que haya sido el pasado hay que reconocerlo y reconciliarse con él. Somos chicas y chicos que hemos negado nuestro pasado porque duele, pero no nos damos cuenta de que si nos confrontamos con ese dolor podemos ser capaces incluso de sanar el dolor del otro porque alguien se va a ver reflejado, más si estamos hablando de la población TLGB. No somos los únicos, la red ha permitido estos trabajos de memoria y yo creo que es porque el arte y las prácticas artísticas permiten y reconocen el conocimiento que genera la calle, la red, la habitabilidad de calle, y los mezcla con la academia.

fotos1_1_0.jpgFotos de Enrique Díaz. 

A nivel institucional y a nivel social existen pocos espacios para el duelo de la comunidad LGBTIQ+ que por lo general tiene que encargarse de sus propios procesos de duelo. Tengo la impresión de que el arte ha sido uno de los caminos para llevar ese duelo, para sopesar el dolor. ¿Qué opinas de esto? ¿Cómo es esa relación entre duelo y arte?

La comunidad trans y TLGB nunca —o en muy pocos casos— ha sido reparada y cuando uno habla de reparación es porque ha habido un acto violento. La única luz que yo veo en esa reparación es el arte y la acción. No importa el resultado (ese sí o sí va a ser increíble), pero lo que importa es el proceso. Por ejemplo, las placas. Para hacerlas tuvimos que preguntarles a las madres quiénes habían muerto, cómo, dónde y ahí empieza el proceso de reparación. De pronto la primera vez que pegamos la placa no lo entendieron, pero la segunda vez ya le comenzaron a poner monedas, el baretico, porque ellas se sienten reconocidas, hay algo que le está haciendo duelo, que le está haciendo honor a una hermana que murió en esa misma esquina donde ella se para y es también dejar una huella en la calle porque en Colombia no hay una huella en la ciudad que te recuerde la cantidad de atrocidades que han ocurrido. Solo lo de Doris Salcedo, que es un espacio cerrado, donde nadie va. La calle es lo importante. Dejar la huella.

 

 

La mayoría de estas acciones de duelo, de dolor, de rabia son transmitidas a través del performance y las artes vivas. ¿Por qué el performance? Sé que se han dado procesos a través de otros ejercicios como la escritura, pero parece que el performance tiene un lugar importante en los procesos artísticos de la comunidad.

Porque el performance tú no lo puedes controlar. Uno va dirigiendo, pero lo que sale ese día no lo controlamos. Si una quería gritar tenía que gritar. Lo que nosotros hicimos fue llevarla a ese momento, que fuera como una catarsis. Una mezcla de todo. La suma que saliera. Hemos tenido que seguir trabajando con esas historias y empezarlas a transformar, no solo desde el lado victimizante, sino también desde la fuerza que tiene. En tu cuerpo está grabado todo lo que has vivido. Por eso muchos artistas escogen el performance, es el medio en el que puede ser libre utilizando todo o no utilizando nada.

Creo que el hecho de pararse ahí en el Parque Nacional (para muchas de ellas era la primera vez), frente a un montón de gente que no conoces trasmitiendo de alguna manera los sentimientos, es fuerte. Yo noté cómo cambiaban las chicas antes y después. Todo lo que aprendieron en el proceso se lo llevan ellas, que es lo más importante. Ver la memoria distinta, volver al territorio como chicas trans. Cerraban los ojos e imaginaban y todos llorábamos. Ese es el granito que el arte puede aportar y luego ya la persona puede aligerar su peso. Ver que su cuerpo es una herramienta de expresión.

(Pille además ‘Encorazonadas’: narrar la memoria trans del barrio Santa Fe)

 

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Analú Laferal

 

1.-performance_0.jpgFoto de Julieta Duque del Museo de Antioquia. 

 

Los sectores LGBTIQ+ tienen un gran repertorio de acciones. ¿Qué lugar tiene el arte en este repertorio? ¿Qué logra comunicar o hacer el arte a diferencia de otras acciones?

Hay que partir de que el arte en sí mismo no existe como una entidad aislada. Es un medio para poner unos fines políticos, pero el mismo medio, al ser el arte, implica varios asuntos. Para mí hay dos fundamentales: el primero, la concentración en el objetivo de esa obra, para qué una está haciendo esa obra de arte. La segunda es cómo el contexto o el accidente en que estamos quienes la vamos a hacer nos podemos involucrar en ese objetivo desde nuestras maneras creando así un medio en sí mismo de relación. No es que el arte logre algo diferente a lo que logran otras acciones políticas, más bien, si leemos otras acciones políticas tradicionales como la movilización social, los plantones, los mítines, con el lenguaje del arte podríamos encontrar que la política puesta en lo común siempre ha sido arte, porque siempre ha estado puesta desde unas disposiciones específicas, la diferencia va a ser cuando la hacemos o no consciente y quien nombra o no eso como arte. Si yo te pongo una huelga de hambre en los ochenta de los sindicatos, podemos verlo como un performance y es un performance; es un repertorio de acción colectiva que no está nombrado como arte. La acción en sí misma no es arte, sino según quién la está nombrando y quién la está leyendo.

Para este caso [La Peregrinación de la Bestia] me interesaba hablar del arte para justamente a través de ese medio, del museo y de lo que se les permite a las artistas, poner otras cosas que desde lo político y la organización social son muy complicadas porque requieren muchos trámites. Es ese juego de palabras que está en el mismo objetivo político o artístico que era dignificar nuestra rabia y evidenciarnos como seres potencialmente peligrosos que no queremos atentar contra las otras personas, pero que podemos hacerlo y esa intimidación puede, en últimas, ser una herramienta para que ellas no lo hagan.

3-performance_0.jpgFoto de Julieta Duque del Museo de Antioquia. 

Parece que en muchos sectores predomina una noción de arte como entretenimiento, sin embargo, en las acciones artísticas de los sectores LGBTIQ+ es una acción política. ¿Cuál es, justamente, el potencial político del arte?

Yo me encuentro con dos visiones que se debaten en mí internamente. Para mí muchos performances y muchas acciones tan comunes del drag y el transformismo las puedo leer como políticas porque están poniendo una discusión sobre los cuerpos así estén diseñadas para el entretenimiento. Pero, por otro lado, yo creo que hay que ser conscientes de que no todas las manifestaciones artísticas LGBTIQ+ son políticas explícitamente. Hay una frontera entre hacer una obra de arte con un argumento político consciente a hacer una obra de arte que la gente vea que es político porque poner la transgresión pone de manifiesto la ficción de la naturalidad de los sexos. Viéndolo por ese lado creo que el potencial del arte está en poder ser conscientes de los permisos que nos da el arte para usarlos con unos fines políticos que, a final de cuentas o según las utopías de cada cual, yo esperaría que propusieran vidas dignas y tranquilas.

 

¿Cómo relacionas conceptos como duelo, arte y activismo?

La primera palabra que se me viene a la cabeza es ritual. Creo que los rituales tienen esas tres definitivamente, aunque la última a veces no se ve tan clara. Finalmente, cuando tu estas asistiendo a una ceremonia ritual, las maneras de encontrarse siempre tienen implícito un activismo, el mismo ritual está garantizando que, al existir, se mantenga y ese es un ejercicio de mantener vivos los saberes que hay inmersos, las prácticas que están puestas. Hay una relación a través del ritual, obviamente no todo el arte del activismo apunta al duelo, pero yo creo que es fundamental el duelo en el sentido de que podemos coger la tristeza, agarrarla y mirarle los detalle sin comprender de dónde se ha generado esa tristeza y hacia dónde va y convertirla en una fuente creadora y poder hacer que el ritual (que puede que ayude a sanar como puede que no) se confronte con el dolor  a través de unas condiciones dadas, que puede ser el arte, aumentando ese llamado que sería el activismo sobre el mantenimiento de las vidas.

 

A nivel institucional y a nivel social existen pocos espacios para el duelo de la comunidad LGBTIQ+ que por lo general tiene que encargarse de sus propios procesos de duelo. Tengo la impresión de que el arte ha sido uno de los caminos para llevar ese duelo, para sopesar el dolor. ¿Qué opinas de esto? ¿Cómo es esa relación entre duelo y arte?

Para mí y sé que para varias personas que no son religiosas, pero que tienen procesos espirituales importantes, creo que es fundamental el arte porque tiene maneras no convencionales para tramitar las emociones. No solo la tristeza, sino las emociones en general. La relación específicamente con la tristeza, que sería, duelo y arte, ha permitido que tramitemos justamente la ausencia de seres queridos, la ausencia de posibilidades propias bloqueadas por la heterosexualidad obligatoria a través de eso. Pienso en los lip sync de las chicas transformistas que llevan años haciéndolo: cuando ponen la música de plancha y encarnan todo ese ejercicio artístico a la vez está suponiendo un ejercicio de duelo muy significativo que al final se vuelven en ejercicios colectivos maricones para tramitar eso que sentimos.

2.-performance_0.jpgFoto de Julieta Duque del Museo de Antioquia. 

La mayoría de estas acciones de duelo, de dolor, de rabia son transmitidas a través del performance y las artes vivas. ¿Por qué el performance? Sé que se han dado procesos a través de otros ejercicios como la escritura, pero parece que el performance tiene un lugar importante en los procesos artísticos de la comunidad.

El performance tiene algo importante y es que sí o sí tiene que atravesar el cuerpo y ese cuerpo está vivo. Cuando se le mezcla el componente de dolor genera una empatía necesaria que está un inconsciente. Es como cuando tú ves que alguien por ejemplo se está chuzando un ojo, te da mucha impresión y te genera un escozor, ese escozor es una puerta empática que pone en otro estado a la persona que está viendo y permite una conversación que, si no tuviera esa empatía, quizá no le prestaría atención. El performance permite eso, la vida misma puesta en juego para permitir conversaciones que, justamente cuando no está en juego la vida o el dolor, no reciben atención.

 

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