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Montaña, memoria y futuro: este es el Grial de Verraco

Ciencia ficción sónica desde el Valle de Aburrá. Después de tres eps de gran envergadura creativa y una carrera artística que se proyecta con rigurosidad, el primer álbum de Verraco es una propuesta narrativa alucinante, al mejor estilo de Drexciya, que se pregunta por el habitante suramericano cyborg e interestelar de 2077.

Ángel Carrillo Cárdenas

—Ellas, las máquinas, son las que crean, pero yo estoy al control. 

Mientras hablamos, trato de dar forma a mi idea de futuro, uno que me complazca, por supuesto, un futuro que quiera habitar, y me descubro metido a las malas entre el humo y el rumor de unas máquinas que quiebran el asfalto. Salgo de esa imagen como de un mal sueño. A la casa que hay justo frente a la mía le están construyendo unas habitaciones extra en la azotea, desde la que solía mirar la ciudad un perro blanco. Hace días que no lo veo ni lo escucho, al perro contemplativo, fue desplazado por el sonido de los martillazos y los piques de las busetas. Pienso entonces, por asociación libre, en la verticalidad, en esa forma que tenemos los humanos de construir nuestras vidas. Hacia arriba, hacia el cielo. Uno sobre el otro.  

—Así empieza a gestarse este cyborg, pensando cómo estas prótesis o estas herramientas terminan siendo determinantes para un grupo de pelados colombianos que desde las artes crean estas narrativas utópicas tan valiosas en tiempos espesos.

Verraco acaba de decir, además: mestizo sudaca futurista. Nunca lo había pensado, nunca me había puesto en ese lugar de enunciación como latinoamericano. Salvo las propuestas indigenistas interplanetarias de Ursula K. Le Guin, el cyberchamanismo de Baradit o el afrofuturismo de Sun Ra, las narrativas especulativas de futuro se han proyectado, en gran medida, sobre los asuntos corporativos de megaciudades gringas o europeas, y en ellas la sabiduría de la naturaleza o el conocimiento de los pueblos originarios no hacen parte de las inteligencias artificiales. Hago otro intento en mi ejercicio futurista: pienso en un ecosistema híbrido, máquina/naturaleza/animal, cuya diversidad lo protege.  

—Una mirada interestelar y futurista —prosigue— que se está ubicando desde lo teórico, tratando de ser muy rigurosa frente a los desafíos que tiene la humanidad en los próximos veinte o treinta años.

Me pierdo en el paisaje virtual, en el aroma resinoso de esa proyección futurista estimulada por la conversación con este Dj, productor y artista que en pocos días lanzará Grial, una ficción sónica que bebe por igual de la ciencia ficción, las aproximaciones decoloniales, la herencia del perreo y el contexto político latinoamericano. Verraco concluye su respuesta. Silencio. Debo formular la siguiente pregunta de la entrevista. Siempre pasa con el futuro: de tanto pensar en él se nos puede olvidar el presente. 

*

Abya Yala es, además de un nombre indigenista, una forma de dignidad, una manera de hablar de la vitalidad y el respeto. El quinto track de Grial, que lleva este nombre, abre y cierra con un paisaje sonoro y, me parece, contiene unas percusiones marimberas que no esencializan en términos sonoros lo que se supone que es el Sur del continente donde vivimos. ¿Cómo y cuándo empezaste a relacionarte con este tipo de términos que le hacen contrafuerza a lo colonial?

Me parece especial que utilices la palabra <<marimbera>> y te voy a contar algo quizá más desde lo técnico pero que es una de las intensiones prioritarias del disco. Ese es uno de los primeros tracks que hice a principios de 2018. Yo tengo un sistema modular que ha ido creciendo a lo largo de los años. Me empezó a estimular mucho el hecho de poder hacer sonar estos módulos —que los siento ya como una extensión del cuerpo— con unos timbres similares a los de los instrumentos de esta región. Es muy loco porque ese track, como vos decís, me quedó así, sonando como si fuera una marimba pero en realidad es un módulo de Mutable Instruments, una compañía, si no estoy mal francesa. Es algo que deriva entonces en la ficción sónica en la que está enmarcada todo el disco, que se puede condensar un poco en el mestizo-futurismo, en cómo es el habitante sudaca del 2077, cómo es empezar a ficcionar y a embriagarse con esas visiones que vienen no sólo en el cómo sonaría sino cómo sería, cómo habitaríamos estas tierras, cómo se lucharía. 

El Mestizo-Futurismo también va en paralelo a lo sónico. Bauticé así un track del primer release de una forma bonita pero también ingenua, precoz, sin una pretensión tan grande como la que tiene ahora. Algunas personas en Medellín empezaron a flipar con ese término. Fue especial porque comenzó una retroalimentación que me dijo, de alguna manera: este es el camino. Y en ese camino se me ocurrió un texto que va a acompañar el álbum, un manifiesto que estoy escribiendo con una amiga que en el gran bajo mundo la conocen con el alias de Leticia; ella tiene una cancha académica y práctica tremendas en estos temas [decoloniales]. Yo ya tenía la ficción montada en mi cabeza, se la conté y ella también flipó, era muy bacano cómo ella me devolvía el pase, muy clarita. Eran esos los cimientos sólidos que necesitaba ese texto. Incluso ella fue la que me mostró el término <<Abya Yala>> y obviamente nos volvió locos. Como lo decís: dignidad. Es sobre el reconocimiento. Es una amplificación de un término (Abya Yala) que resuena mucho conmigo porque hace unos años un maestro que yo tuve me mostró también una obra del papá de Nicolás Jaar, Alfredo Jaar, que se llamó This is not America, una intervención en Nueva York. Es que mirá cómo los gringos siempre utilizan la palabra América para referirse a su país como si fueran todo el continente, es algo que emputa. Es que esta es la Abya Yala, es la tierra de ellos, [de los pueblos originarios], y ahora justo pasa esto de la tumbada de la estatua de Sebastián de Belalcázar y sale gente a quejarse... Es que, ¿qué creen? ¿Acaso los indígenas están pidiendo demasiado o qué? Esto les pertenece. Tumbar la estatua de un esclavista es lo mínimo. Insisto, el leitmotiv tú lo dijiste: es sobre la dignidad.

 

Grial ha sido a todas luces un proceso imaginativo, muy anclado en la ciencia ficción y en lo especulativo. ¿Qué combinaciones máquina humano has podido imaginar para este 2077 suramericano? 

En esa ficción, que repito empieza como algo más ingenuo, claro que está la figura antropomorfa del cyborg sudaca; hasta cierto punto no es ingenua porque eso va a pasar. Al menos eso espero. ¿Cómo será el arriero de prótesis avanzadas que le van a permitir aumentar su propia producción y ser autosuficiente? Ese arriero cyborg que no dependa del sistema. Y no sólo en lo rural, imagina un barrio en que los agentes autónomos (IA: inteligencia artificial) llegan a organizar de manera horizontal y eficaz todos los asuntos de la comunidad.

Esa es la génesis de la ficción: ¿cómo será el habitante cyborg sudaca? Porque siempre nos han contado ese relato desde el norte, bajo la óptica hollywoodense. Nunca desde lo que ellos llaman el tercer mundo. Eso suscita cosas muy emocionantes para imaginar, por ejemplo, ¿cómo va a incidir nuestra precariedad allí? 

Esta celebración de lo híbrido, este llamado a abrazar la máquina, no es exclusivo del robot antropomorfo sino muchísimo más de la manipulación del dato en la inteligencia artificial, porque va a ser una evolución/disrupción industrial. Quizá la última. La IA le va a presentar a la humanidad la oportunidad de resolver y perfeccionar todos sus dilemas y necesidades básicas. Pero ahí es donde llegamos al problema de fondo: ¿Quién controla esos medios de producción? ¿Quién va a programar esa inteligencia artificial? Porque si queda en manos de los de siempre lo único que va a suceder es que las brechas sigan expandiéndose. Nunca antes, en la historia reciente de la humanidad, la otredad tuvo una oportunidad tan valiosa de ponerse a la par, de que esto se equilibre, que la IA esté de nuestro lado en salud, en administración de energías, en justicia. Poner a nuestro servicio los datos que nos han robado sin deshumanizarnos en el proceso. 

 

Tener un Elliot (Mr. Robot) al servicio de la humanidad.

Es muy brutal que lo nombres. De hecho, Elliot es fuente de inspiración de mi segundo ep. Uno se pone a ver la serie y piensa, ¿qué tan lejos estaremos de esto? ¿Qué tanta ficción es? Sí, necesitamos Elliots, pero también desde la producción y lo creativo, incluso Elliots que militen en compañías que tengan una ética que no esté perratiada y viciada. Elliots en empresas que no solo les interese generar dividendos por sobre todas las cosas.

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Tengo muchas críticas al transhumanismo, a esa mirada antropocentrista que está anclada únicamente en el beneficio y el avance de los humanos. Me parece egoísta la idea de que cada humano puede llegar a ser, a partir de la combinación con la máquina, biológicamente inmortal; yo no sé dónde putas piensan vivir eternamente los transhumanistas, en qué planeta, si este está en crisis precisamente por la mala gestión humana y la superpoblación. Es como decir: agotamos la Tierra y entonces vamos a colonizar Venus. En la mirada que plantea Grial, ¿cuál es la relación con el planeta?

El planteamiento de la lucha dentro de la ficción sonora se da porque ya pasamos el punto de no retorno, si abordamos la discusión neoliberalismo—cambio climático. Lo que propone es la preparación para la batalla final y una utopía de esa victoria. Salvar la sagrada tierra. Entiendo lo problemático que puede ser el transhumanismo. Nosotros no comulgamos del todo con la idea. No se trata de perseguir la inmortalidad, se trata de no irnos a la mierda en treinta o cincuenta años. Tan simple como eso. Se trata de deconstruir la misma ciencia ficción como la pintan, por ejemplo, en Blade Runner, en la que uno no ve un verde por ningún lado. Si recoges los datos que se necesitan para que la inteligencia artificial nos muestre qué debemos hacer con exactitud para salvarnos, seguramente la máquina lo que nos va decir es: “nea, no pueden emitir más equis cantidad de gases para tal fecha, la transición a energías limpias debe estar lista para el año tal. Este sistema económico es obsoleto. Esto deben hacer para preservar los pulmones de la tierra”.

 

En una entrevista (en Resident Advisor, si mal no estoy) decías que eras un ciudadano de la montaña intentando llegar a esas montañas para ver qué hay más allá. Yo veo ahí esa declaración territorial bastante explícita de dónde estoy y qué me rodea. En cuanto a lo sónico que envuelve tu propuesta artística, y tu vida también, ¿qué has visto más allá de esas montañas y cómo dialoga ese hallazgo, ese cruce de fronteras, con el sonido de la montaña?

Hay que poner en contexto el momento de esa entrevista, la metáfora también, que está muy ligada a Medellín. Creo y siento que somos habitantes de la montaña, todos los que estamos desparramados por las tres cordilleras. Y el Valle de Aburrá, precisamente, es muy montañero en el sentido más noble. Ocurre un fenómeno muy particular, el hecho de que vos vivás en un valle empieza a calar mentalmente en la gente y yo creo que por eso hay un patrón mental en las personas de Medellín, porque uno no suele traspasar la montaña, uno está enfrascado, como con eso que les ponen a los caballos para no ver más allá. Eso trae consigo bondades, claro, pero riendas también, unas riendas de las que uno a veces se quiere desbocar, en el mejor de los sentidos. 

Ese podcast [de Resident Advisor] fue muy importante y una bisagra también en mi carrera. Antes de ése, yo había tenido unas presentaciones importantes en festivales como MUTEK, en Sónar, cosas locales, pero posterior a eso fue que empezaron a pasar cosas como el tour grande que tuve el año pasado, con el que recorrí un montón de países y lugares increíbles. También el trabajo que veníamos haciendo con el sello se empezó no solo a reconocer, sino que se empezaron a derrumbar ciertas barreras que antes había, a tener más visibilidad. Yo empecé con esto desde que estaba en el colegio con los parceritos, en quinto, séptimo de primaria, y ese era siempre el anhelo: yo quiero salir adelante con esto, ver qué hay más allá de la montaña, poder trascender Medellín con mi arte; desde el 2007 tengo esa visión y ese deseo, y esa forma también tan colombiana y hasta tan neoliberal por esa competitividad implícita, pero que es tan normal la instalación de ese chip en el contexto antioqueño...  

Es una consulta compleja, tú me preguntas qué hay más allá y yo te digo que he visto cosas hermosas, pero también el downside, cosas que trae el circuito y esta industria que no son bonitas, que son duras. Claro, hay un deseo de escape, pero cuando estás allá y lo vives, es algo que va en doble vía. Y eso te afecta y hace parte del proceso. Entonces lo que yo resolví, y por eso estoy en Medellín en este momento, fue que por ahora hay que estar acá, hay que regresar, hay que autogestionar desde acá. No sé mucho sobre el futuro: volver a tocar en fiestas y eso, viajar y tener esa vida ahora [a raíz de la pandemia] parece tan utópico. Es también bacano porque ha filtrado un montón de cosas para ver realmente qué es lo esencial dentro de todo esto. 

Me he dado cuenta de que desde lo sónico yo siempre usaba esa metáfora de ver más allá de la montaña: trasegar, escalar la montaña con todo lo que hay ahí y… ¡jueputa!, vez el filo y cuando llegás al filo es una sensación de una nostalgia y una melancolía, pero también un deseo de futuro, de seguirla. Mis tracks favoritos de toda la vida son los que tienen esa metáfora. Y cuando uno pasa ese filo se da cuenta de que a veces hay unos oasis y unos paisajes celestiales y otras veces está Mordor.  

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Esa imagen de llegar al filo es muy bella porque, claro, se ve hacia delante, pero es imposible no mirar hacia atrás. Eso está cargado de una poética muy fuerte y está presente desde el primer track de un disco en el que uno va sintiendo que hay un contacto con la naturaleza y con el futuro, pero que no se despega de ese sonido de las motos, de lo barrial.

Es especial que lo digás porque también hay una intención en el manejo de los field recordings: pintar sonoramente el territorio que habito. Hay un sonido que se nota y que es muy rural que de hecho está en el primer track. Mi abuelo y una parte de mi familia es de un pueblo al suroeste antioqueño que se llama Caramanta y otro abajito que llaman Valparaíso. La mayoría de field recordings los hice allí. Yo crecí también en esos espacios, también en Medellín en una parte privilegiada de la montaña —valga aclarar—, y creo que es imposible desligarse de la conexión territorial. Hay un sonido muy claro que es el de esa chicharra, ese grillito, nea, que es tan colombiano. Bueno, digo yo que es muy colombiano porque es el territorio al que apela mi memoria.

   

Es muy de tierra caliente, me parece, esa chicharra: un canto insistente que a eso de las seis y media de la tarde ya lo ocupa todo.

Siempre me ha fascinado el timbre que tiene ese insecto. ¿Es un insecto? En fin… Y claro que siempre voy a seguir mirando atrás, como decía hace un momento, la raíz no se olvida. Ese peso está y es un peso hermoso, pues, no sé si es algo muy paisa, seguro sí, tener esa raíz identitaria tan profunda. Uno no es capaz de desligarse. Eso tiene sus cosas bacanas y otras quizás no tanto, pero es imposible dejar de mirar atrás y si vos ves en general todo el álbum —y un poco toda mi música— siempre está ese componente nostálgico y melancólico. Siempre ha habido una discusión en la “elite” intelectual de la gente afiliada a la música electrónica porque no conciben que la música y la máquina sean un escape, ellos dicen que debería ser herramienta de combate, y yo suscribo, lo que pasa es que también son cosas que se dicen desde lugares mega privilegiados: que alguien quiera desconectarse con su máquina y ya, viajar e imaginar otros mundos diferentes sin ninguna otra pretensión… siento que también es válido.

 

¿Estudiaste música? O por dónde empieza a entrar este interés por tecnificar tus conocimientos musicales.  

No, mirá, yo soy un burro, yo no me considero músico, yo no estudié música. Si un man me dice “hey, mirá, dame un DO de nosequé”, no tengo ni puta idea de qué me está hablando ese pirobo. Yo me considero un programador. Me he hecho con mis propias lecturas, con YouTube, viendo todos los tutoriales que necesito para llegar al sonido que quiero. Sí siento que he logrado, sobre todo en los últimos dos años, llegar a un nivel de diseño sonoro, digamos, decente, que fue lo que me permitió poder desbloquear lo que necesitaba para el álbum.

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Hace cuatro años Verraco decidió armar su primer sistema modular, que dio identidad sónica a sus primeros eps. La de la foto es la máquina a día de hoy. La siente como una prótesis de su cuerpo.

Para mí un músico es el que es capaz de ejecutar en vivo una pieza. Y esto no quiere decir que una cosa sea mejor que la otra, en lo absoluto. A mí lo que más me ha emocionado y excitado es ese gran cyborg, ese gran monstruo, cuando el computador tiene una comunicación y un feedback con el sinte, módulo o drum machine. Esa es mi exploración, un proceso de más de diez años de información, de olfato, de curiosidad, de errores, deseo y pasión. Soy obsesivo-compulsivo con esto y creo que por ello es que he logrado llegar a un nivel aceptable de diseño sin tener ningún otro conocimiento de música o de ingeniería electrónica. A veces pienso que me demoré mucho porque no tuve un maestro, fue aprender con el error y eso durante mucho tiempo fue frustrante. Yo comencé con esto en 2006, 2007, como te dije, y apenas en el 2017 sentí como: okey, encontré el camino. 

Y me faltó decir: fui periodista. 

 

El disco me lleva a una lectura que precisamente hice este año: El día señalado, de Manuel Mejía Vallejo. Te voy a leer unas líneas. <<En el fondo admiraba a los rebeldes, a los que luchaban contra el destino, propicio o adverso. El bueno que se rebela contra la bondad, para buscar su redención por el pecado; el malo que se rebela contra la maldad, para regenerarse. Quizás estuviera en lo cierto el curita: quien no busca a otros para encontrarse a sí mismo, está perdido>>. Pensaba en tu trabajo con Insurgentes, en el sello, por esa manera de encontrarte con otros latinos que hacen música para hacer contrapeso a la hegemonía musical dentro de los circuitos electrónicos, pero también con otros sonidos del globo para romper la idea que hay de los sonidos colombianos. 

Cuando nació Insurgentes con esa misión, si se puede llamar de esa manera, también era el resultado de la frustración porque aquí lo que te decían los que venían arriba sobre cómo funcionaba el circuito era: “no, marica, usted lo que tiene que hacer es mandar su música a los sellos top de afuera y si no está en uno de esos, no va a llegar, no va a pasar nada”. Y cuando uno empezaba a tener interacciones con ciertas personas de afuera pues uno se daba cuenta de que esas relaciones de poder Sur y Norte están super marcadas. Y ojo: en esa época el nivel no estaba tan bien, había que destilar mucho más el arte.  Aquí quiero decir que mucha gente anda con el discurso decolonial e identitario, y maravilloso, es necesario, pero, marica, ¿dónde está la materia prima? Mostrame. 

En general todavía falta un poquito y eso lo tenemos que aceptar. Ojo de nuevo: si nos falta es también en parte por la misma razón sistemática: esta gente nos lleva bastantes años en muchas exploraciones y tiene que ver con que ellos tienen muchos más accesos, hay que reconocerlo. Pero cada vez se van cayendo más esas barreras y no solo nos tenemos que poner a la par discursivamente sino también con la producción artística, con la organización, gestión y elaboración de políticas culturales. Con mi socio Defuse (Insurgentes) hacemos mucho énfasis en el camello organizado, en la visión, la estrategia, avanzar en bloque, la horizontalidad, el sentido de comunidad. Nos dimos cuenta de que en Medellín hay una generación muy muy especial que si estuvieran en otros lados los celebrarían mucho más. Te hablo de Retrograde Youth, de Dani The Baker, de Santi Merino, de Julianna, de Black propaganda, Dj Pai… Gente muy virtuosa, todos panas, todos conociéndonos también gracias a Doce, la tienda de discos que solían tener Juli y Santi, que más que vender discos era el parche donde nos empezamos a conocer y a gestar y eso habla de lo esencial que es una tienda de discos, su función en un circuito como estos; un espacio para gente de la región que no tiene un lugar, una voz o las herramientas; hay gente que puede ser increíble haciendo música pero no sabe cómo condensar o cómo canalizar su proyección artística, los canales en dónde debe estar, las puertas que debe tocar y sobre todo las que no debe tocar. Eso es, de alguna manera, lo que nosotros hacemos en Insurgentes. Un ejemplo que te puedo dar, rápido, es el manizalita Aeondelit, un descubrimiento que hicimos hace dos años en SoundCloud con un tema que ni siquiera sacamos en el ep de mayo. Pensamos: Parce, aquí hay algo, aquí hay algo. Con él fueron casi dos años o año y medio para sacar uno de los eps más bonitos a la fecha, un miniálbum ambient de un nivel y de una sensibilidad absurda. Es de lo que hablo: si vamos avanzando en bloque vamos a ir derrumbando y poniéndonos a la par más rápidamente. Tendiendo el puente. Vamos descentralizando cada vez más, no solo en Colombia sino a nivel regional. Se siente como el deber ser, es ir levantando piedras.  

Con el disco de The Baker, que sale después del mío, llevamos dos años de trabajo. Cuidamos mucho el detalle, la retroalimentación: haz de cuenta que es un texto, tú que eres editor, esto es como un texto que tiene de tres a seis rondas de edición que conlleva mínimo seis meses. Los artistas nuestros han tenido mucha paciencia, pero es un proceso muy bacano porque no es joder por joder, no es algo tortuoso, sino buscar que esos artistas vayan hasta el fondo y expriman todo lo que puedan dar no solo desde lo sónico sino también desde lo estético, desde lo narrativo y esto último es super importante, algo en lo que hacemos mucho énfasis: para nosotros nada puede ser gratuito, ni un nombre de un track. Hay una frase de mi cucho que siento hoy como una cualidad que heredé: Más importante que uno saber, es saber quién sabe.

Escucho, escucho y vuelvo a escuchar Grial de cabo a rabo y se profundiza en mí la sensación de que estoy frente a algo muy complejo que está tan bien tejido y tan bien estructurado que parece fácil. ¿Puedes hablarme del hilo narrativo que tiene el álbum? 

El hilo narrativo de Grial se enmarca en esta ficción sónica que está muy inspirada en los textos de Kodwo Eshun, uno de los duros que documentó toda la crema de los ochenta y noventa; lo que hace él es coger ciertos artistas y explicar su ficción sónica, desde SunRa hasta Drexciya. Entonces entendiendo —al principio de una manera un poco ingenua, pero al mismo tiempo también valiosa— el lugar de enunciación, fue como decir: Nosotros también tenemos derecho, obviamente, y podemos crear estas ficciones; a partir de estas utopías se pueden alumbrar caminos. Teniendo eso en el horizonte, pasamos a la narración sónica. El álbum siempre se llamó A failed state, y recoge dolor, nostalgia, melancolía, recoge anhelo. ¿Y por qué decidí que no se llamara así? Porque la variable utopía sí o sí tenía que estar. Creo que ya no solo puede ser la queja o el registro. Sí, estamos en la inmunda, pero para eso está el periodismo, mal que bien. Que ellos documenten el presente, nosotros el futuro. 

Entonces teníamos que abrir la trocha, coger el machete y desbastar. Eso es Grial: memoria y anhelo. Por más que estemos deseando un futuro alternativo la memoria siempre tiene que estar, la memoria se traduce, en lo sónico, en la nostalgia, la melancolía. Pero también es prepararse para la lucha, por eso este grial es retrofuturista —uno no sabe bien si es del pasado o del futuro— y en él se intenta recoger y resignificar la sangre que se ha salpicado por la Abya Yala. 

La curva narrativa del álbum va subiendo, entre la memoria y la nostalgia, y llega a un momento de totacera. El track ‘Breaking hegemonies’ es muy diciente: eso es un sicariato sónico, es combate. Pero al final está la ilusión: mirá cómo aterriza a ‘Our new order’; ese es el filo de la montaña del que venimos hablando.

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En ‘Sur — Furia’ hay una atmósfera apacible que pronto empieza a ser perforada por unos sonidos que parecen de láser, que rompen la serenidad que venía trayendo el track. Luego lo que parece un grito extendido, una textura dolorosa, revoluciona por completo el tema. ¿Qué es el Sur? ¿Qué es la furia?

Muy chimba la disección que hacés, porque es justamente eso, y ese láser, como vos lo llamás, es lo que llaman un wobble bass, muy característico del dubstep o del bass que emana de UK, de Bristol, que es la escuela de pensamiento sonoro que más me ha marcado. Desde lo sónico la colisión que hago entre Bristol y Medellín es lo que me define, me vuelve loco esa idea. En el track hay un sample, un grito granulado que se extiende y ahí hay dolor. De repente entra el wobble bass que te corta la garganta. Pero a la misma vez está la nostalgia sureña en los pads y la melodía que aparece al final. 

Creo que la respuesta a tu pregunta no tiene fondo: lo que se ve en la primera capa, el anhelo, esas ganas que te hace cerrar los ojos, pensar en lo que representa habitar el Sur. Insisto en las cosas maravillosas y también gonorreas que nos tocan al estar acá. Y está también la furia que está despertando en nosotros: ese “ya no más” y que “la chimba pues”. Ahí no hay mensaje críptico, es lo que es. 

(Le podría interesar conocer la historia de Sónico, una de las mentes de tras de Bogotrax y el Radikal Styles)

 

En julio presentaron un subsello al que llamaron Tra Tra Trax, un eje de nuevos sonidos en el que cabe el postreguetón, el tribal, el perreo futurista, la protoguaracha. ¿Cómo esta cadencia marginal tan nuestra impregna tu trabajo como productor, como Dj, como músico y como persona? 

Hablo por mí, pero a mis llaves Defuse y Nyksan, con quienes corro el sello, también les pasó algo muy similar. Nosotros tuvimos la fortuna de que cuando estábamos muy pelados, te estoy hablando del 2002, 2003, cuando a Medellín entró el perreo duro, nosotros por alguna razón cósmica estábamos ahí, en primera fila. Entonces empezamos a ser en nuestros círculos, en nuestros colegios, dealers de reguetón porque teníamos acceso a un computador. Había una página de puertorro muy legendaria que se llamaba blinblineo.net y ahí se conseguían los promos, los temas de reguetón que ni siquiera habían llegado a Medellín. Lo que yo hacía era bajar los tracks, quemar los CDs y me hacía alguna luca con eso. Comenzamos a interiorizar esos ritmos calientes, marginales —aunque en esa época no sabía qué era lo marginal y qué no— y pensaba: marica, este ritmo nos hace mover el culo de una manera que con ninguna otra música antes había pasado. Por eso el reguetón para nosotros es trascendental, es nuestro ritmo; más allá de que en el camino haya llegado el techno y el IDM, que es un poco [lo que hace] Insurgentes, nosotros antes ya habíamos hecho una graduación de perreo poderosa. Es muy chistoso porque en Medellín los techneros ‘pura sangre’ son y eran —más en esa época— fachos con el reguetón. Si vos escuchabas techno no podías escuchar reguetón. 

Recuerdo cuando en la universidad iba con las amigas después de clase a perrear, uno decía: Ay, marica, donde me vea alguien de la “escena” perreando, ya chao, me cancelan. Se sentía como una suerte de inquisición. Se han librado batallas discursivas con esto durante mucho tiempo; este año se dio una en Facebook muy interesante con José Luis, de MedellínStyle, una persona que es determinante para muchos de nosotros porque fue él quien empezó a hacer muchas fiestas acá y porque está detrás del Freedom, el festival de la ciudad —que para mí trasciende más allá de una sola persona—. Entonces tirarle al reguetón o negarle un lugar me parece de una mente super cerrada, colonial, primaria… Y para ver que el techno que ponen [estos detractores del reguetón] es de lo más genérico y aburrido, carente de imaginación, es ridículo. Cuando uno va adquiriendo más herramientas se da cuenta de que eso no puede ser así, de que eso es fascismo sónico. 

Entonces también era triste ver que los europeos o gringos sí entendían cómo coger el dembow y llevarlo al ‘futuro’, tipo Errorsmith, que de hecho lo bancamos y nos ha apoyado con Insurgentes. Por eso nos fijamos en sellos de aquí como Naafi o Salviatek: pudimos celebrar cuando también desde este lado se empezaron a coger esas cadencias para meterle diseño y perrenque. Eso abre toda una línea de exploración y Tra Tra Trax era algo que no se podía evitar, era algo que tenía que pasar sí o sí y que va en paralelo [a Insurgentes]. 

En Grial hay ciertas cosas perreísticas, unas percusiones del primer track, el mismo ‘Breaking hegemonies’ tiene esas cadencias; en Insurgentes habrá algo perreoso, siempre ha estado y seguramente va a estar un poco más, pero tiene una pretensión más contemplativa aunque haya ciertas cosas pisteras. Tra Tra Trax es la celebración de la impureza, es calor, deseo y sangre. Por eso nació con DJ Pai, que es un pana de acá muy virtuoso con lo que llamamos el perreo triste del primer release; justo hoy me mandaron los masters del segundo ep, que es un latigazo muy fuerte de mi amiga Bitter Babe con Nick León.

Decías lo siguiente en una nota que hablaba del trabajo de Insurgentes: <<no somos activistas, pero nos podemos movilizar de manera más orgánica con respecto a lo que pasa en nuestros contextos>>. Se hablaba de ser más horizontales en el trabajo y de no incurrir en prácticas nocivas. ¿Cuáles podrían ser esas maneras más orgánicas dentro y fuera de las escenas electrónicas nacionales? 

Este movimiento es muy poderoso socialmente, pero para que sea realmente eficaz la sociedad en cuestión no puede estar tan jodida como estamos nosotros. El asunto en Colombia es que la gente no tiene con qué comer, a la gente la están asesinando. Entonces cualquier cosa que se pueda hacer desde el movimiento electrónico es como... bueno bien, como cuando le alzan a uno el pulgar... Palmaditas en la espalda. Pero si uno lo extrapola a otros contextos uno se da cuenta de lo poderoso que podría llegar a ser. Desde la génesis de este movimiento puedes ver lo importante que fue para la comunidad LGTBI y cómo lo sigue siendo. Desde muchos puntos fortalece ciertos hilos sociales, pero en un contexto como el colombiano es muy difícil porque estamos en la B, repito. Eso no quiere decir que vamos a dejar de hacer lo que estamos haciendo, pues creemos que la mejor música es la política, siempre ha sido crucial para nosotros politizar todo lo que hacemos y ese es el granito de arena nuestro en la construcción: hacerlo desde las enunciaciones, de las narrativas que proponemos en nuestros discos. Si mirás la historia del disco de Tomás Urquieta, Síntesis de fricción, es una respuesta a las protestas en Chile que fueron tan fuertes, y lo es de una forma muy bien hilada, no obvia. Sentimos que puede ser algo inspirador para la juventud. Lo hermoso es que está teniendo efecto en la gente: a la gente que se acerca y tiene esas preguntas, gente que tiene curiosidad, nosotros le servimos como un lugar donde no precisamente resuelven sus curiosidades, pero al menos les generamos otras tres. Eso es también valioso.

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El antropólogo colombiano Arturo Escobar para hablar de pluriverso se refiere a la <<modernidad provincializada>>. El segundo track de Grial, ‘Pluriverso’, tiene un muro sónico que me hace pensar, por lo nutrido que es, en ese mundo donde caben muchos mundos que conviven con respeto…

A veces utilizamos el término <<high-tek popurrí>>, que es a su vez un pluriverso, una colisión de mundos y de experiencias. Es que desde el Sur también podemos hacer IDM, reconociendo lo pretencioso que es el término intelligent dance music, también puede haber una visión de IDM andino, suramericano, no tan “inteligente” pero sí más bastardo. También está la herencia perreística, todo nuestro entorno y todo lo que hemos venido hablando en esta conversación. Es la resistencia a lo binario, al pensamiento de estos techno-tombos que dicen: “Es sólo una cosa y ya”... Guevón, ¡NO! 

De hecho el techno que a mí me gusta es el más aséptico, el dubbero, el basic channel, noventas vortex, ese que para degustarlo bien te toca escucharlo años. Y pues sí, maravilloso, claro, pero es que yo también quiero estar al otro día yendo hasta abajo con Raymond Ayala —que es Daddy Yankee, por si acaso—. 

De eso se trata: de que estos mundos puedan coexistir.

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Este 30 de octubre es el lanzamiento de Grial. En la juega, acá lo puede escuchar

 

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