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Autorretrato por La Muchacha

“Me gustaría que me cuestionaran el lugar desde el que hablo”: La Muchacha

Antes que entregar respuestas, las canciones de esta artista generan preguntas sobre el país que habitamos, sobre el monte, el rio y sobre las violencias a las que muchos han sobrevivido y en contra de las que ella canta a diario.

Nicolás Gómez Ospina // @ngospina14

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Laura Isabel Ramirez Ocampo (26 años) es una manizalita que, desde pequeña, cuando escuchando a Nino Bravo con su mamá, supo que en sus palabras tenía el poder de conmover y discutir. Hoy en día, mejor conocida en el ámbito musical como La Muchacha, esta música se ha convertido en una de las voces más relevantes de la nueva ola de cantautores colombianos que ha sabido conquistar nuevos terrenos con letras fuertes y honestas.

Isabel es la hija menor del matrimonio entre Lucena y Victor Hugo. Creció en el barrio Fátima, en Manizales, en donde, cuenta, tuvo la oportunidad de jugar en la calle, de rasparse y de comer ese arroz con leche “tan maluco” que preparaban en las comitivas con sus amigos del barrio.

Viendo a su tía Olga dibujar, Isabel empezó a acercarse a un mundo que le permitía salirse del cajón que suponía escribir por las palabras y liberar la imaginación que siempre se vio alimentada por los constantes regalos de marcadores, colores y libretas por parte de amigos y familiares. En algún momento pensó que el camino era ese y estudió artes en la Universidad de Caldas hasta que decidió dedicarse completamente a componer música.

Hoy en día sigue dibujando, pero ya sin preocuparse por la trascendencia de los dibujos de sus libretas; ahora empieza con una línea o un punto para ver cómo se desarrolla esa creatividad. En esas bitácoras conviven a la par dibujos y textos que después se transforman en canción. La ilustración y la música son dos caminos que componen a la Muchacha y que se complementan entre sí.

Isabel ha tomado su guitarra y mochila para andar por Colombia repartiendo sus canciones e ilustraciones. En 2018 debutó con su primer álbum Polen y este año sorprendió con Canciones Crudas. Fue coronada como la ‘cacica’ del Festival de la Tigra del 2019 y con su voz ha visitado decenas de municipios del país y teatros de Bogotá que le han abierto las puertas a esa voz disidente y conmovedora.

Laura Isabel siempre se ha sentido conectada con la memoria y la injusticia. Desde sus canciones aprovecha siempre que puede para hacer homenaje a las víctimas de diferentes violencias, un ejercicio que ha sabido acompañar con una labor de escucha y trabajo con comunidad.

Un ejemplo de estos acercamientos fue Punto y Raya: La memoria embolatada, una iniciativa de popup art con apoyo de Temblores ONG donde, a través de las ilustraciones hechas en vivo por Sara Agustina y La Muchacha, se buscó retratar a diferentes víctimas de la violencia colombiana. Desde Rosa Elvira Cely, hasta el Rio Cauca fueron retratadas en vivo por estas dos ilustradoras en un evento cuyo resultado será un libro ilustrado digital que tendrán los asistentes virtuales.[2]  Así mismo fue una de las artistas que participó en la canción La Plena, de Edson Velandia y Lucio Feulliet, en la que compartió pantalla con artistas como Andrea Echeverry.

(Conozca estos ‘Tres temas nuevos para repensar nuestra independencia’)

Aunque solo venía a Bogotá para realizar tres conciertos, la pandemia la dejó atrapada en la capital de la que ha decidido hacer su nueva casa. Hablamos con La Muchacha sobre sus experiencias de viaje, los puntapiés creativos y el ejercicio de composición de canciones que generan preguntas y diálogos con la realidad del país.

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Hasta hace poco vivías en Manizales ¿Cómo es el ambiente musical allá?

Es lindo porque al ser tan pequeña te permite conocer muy fácilmente las diferentes propuestas. Empiezan a hacerse populares dentro de la propia ciudad y eso es chévere. Lo que alcancé a vivir es que hay un gremio bacano, se forma un buen parche en todos los eventos. Al ser universitaria, es una ciudad que te da mucha expansión y mucha chance para el encuentro de propuestas diferentes. Manizales es un epicentro de cantautores muy importante gracias a Jehú Londoño que organizó un proyecto hermoso que se llama ‘Pájaros y cuerdas' donde participaron: Pedro Pastor, Duende Joséle, Muerdo, Rodrigo Carazo y María Cristina Plata. El problema es que se convierte en un bucle, las cosas no cambian tan rápido o a veces hay poco trabajo porque ya nos quemamos rápido por estar en los mismos lugares.

También tienes una sensibilidad por lo rural ¿De dónde nace?

Es del anhelo tan verraco que yo tengo de irme pa'l monte a sembrar. Desde que yo empecé a tener criterio sobre mi vida y mis experiencias dije, “¿bueno y pa’ donde va esto?” y mi respuesta a eso fue, la tierra. Yo quiero llegar a una parcelita donde pueda sembrar mi comida y donde pueda empezar desde cero a construirme un espacio. Por eso me interesa tanto lo rural, por eso me afecta tanto lo que pasa con los campesinos. En un voluntariado al que fui, me pusieron a picar un terreno y yo nunca había cogido ni un azadón ni un machete para hacer nada y, juepucha, te das cuenta de cuánto trabajo es y cómo es que es la vuelta. Voy a ser feliz porque siento que ahí es donde podemos volver a ser libres, donde le podemos meter ese golazo al sistema. Ahorramos para comprarnos un panel solar, aprendemos a recoger aguas lluvias, a sembrar nuestra propia comida para no comprarle más a los supermercados. Es todo eso lo que yo quiero y anhelo, agüita, perros, gatos, tal vez un compañero bien chévere.

¿Qué tal ha sido viajar por diferentes pueblos de Colombia enfrentándote a todo tipo de idiosincrasia?

Ha sido una experiencia muy enriquecedora. Se vuelve impredecible y eso es una chimba. Llegar a una plaza a cantar donde nadie te conoce y encontrarte siempre con sorpresas. Me he sentido muy agradecida pues, aunque he estado sola con mi guitarra nunca me ha pasado nada, nunca nadie me ha intentado robar ni nada. Pienso que solo tengo muchas cosas por aprender y muchas vainas que absorber en ese sentido y ha sido una aventura bacanísima. A mí me encanta porque es muy fácil viajar sola. De pronto me han recibido bien porque no me le quito a nada; si a mí me toca cocinar, cocino, si me toca barrer, barro. Siempre trato de llegar a los lugares y aportar algo. Antes de llegar me preocupo por entender que estoy habitando espacios con familias, perros y demás y siempre estoy muy atenta a ese contexto y a ponerme en disposición de ayudar. Yo no soy ninguna diva, me gusta hacerle a todo.

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Cuenta Isabel que la primera vez que salió de Manizales a tocar llegó a Medellín con su guitarra y mochila al hombro. Cerca de la media noche y habiendo preguntado al taxista por la zona de hoteles más baratos, Isabel encontró uno de 20.000 pesos en la mitad del Hueco paisa. “Eso que estaba caro”, dice.

Un motel con una foto de Christina Aguilera desnuda en el baño y gemidos a las seis de la mañana recibieron a la cantautora en su expedición solitaria. Gracias a su voz que se escapaba por las ventanas de las habitaciones, conquistó a las trabajadoras del motel que la pararon cuando salía para agradecerle por sus canciones.

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Canciones como Los Ríos, donde se habla de la problemática social generada por Hidroituango, pueden llegar a ser incómodas para sectores conservadores de la sociedad ¿Te has visto controvertida por el público en alguna ocasión?

Recuerdo mucho estar en Armenia tocando en Casa 2 donde me invitaron a hacer un concierto al que invitamos a pocas personas. Yo canté la canción de Los Ríos y cuando terminé el concierto, tomándonos una pola, se me acercó un señor ultra uribista a decirme que yo estaba muy equivocada. Que realmente el problema de la zona de Ituango eran los guerrillos y nada más. Que esa empresa solo trabajaba para el bien de la comunidad. “Ellos solo toman el agua del río y lo dejan igual” y yo le decía que yo no creía que fuera tan así. Luego su esposa lo tomó del codo al darse cuenta que iba calentándose. Esa ha sido la única experiencia de ese tipo, en verdad. Me gustaría que pasara más, que me confrontaran no desde esa radicalidad, sino que hubiera menos condescendencia. Estaría muy chimba que no llegara siempre alguien a echarte flores, sino que te preguntara por tu coherencia o tus letras. Me gustaría que me cuestionaran el lugar desde el que hablo.

Algunas de tus canciones también tienen un enfoque particular en las victimas de diferentes violencias ¿Cómo te has acercado a esos colectivos?

He participado en conciertos para las víctimas de Hidroituango y en muchos círculos de mujeres víctimas de violencia sexual a través del conflicto armado, más que todo en Manizales. He estado también con las mujeres tejedoras de Riosucio que han sido desplazadas. He participado en conversatorios con artesanos y artesanas de todo el país donde su labor se ha visto atravesada por el conflicto y como reflexión me queda que es muy lindo sentarse y hablar con ellos. Principalmente he hecho mucho trabajo con mujeres, con circular, contactando todo a través del tejido o de la sangre o del silencio, la reconciliación un poco con nuestras heridas como mujeres. 

Yo siento que el asunto de las mujeres y la guerra ha sido bien denso en tanto las toman como un botín, abusan de sus cuerpos para marcar territorio y son las que se queda en la casa esperando al esposo desaparecido o al hijo reclutado. La mujer es quién llora sus muertos, siempre lo he visto desde ese lugar. Recuerdo particularmente a una señora que sobrevivió la masacre de Bojayá y que al escuchar la canción que le hice a mi abuela me dijo: “Uy madre, eso me recordó a mi pueblo y a la metida de nosotros al monte para poder volarnos de ese lugar”. Me impresionó que fuera una canción para mi abuela la que, en ese contexto, recordara con algunas palabras o cosas que rememoran esos hechos.

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¿Cómo te has sentido tú tomando esa voz?

Me parece loco porque ya no dimensiono hasta qué punto me le estoy metiendo al rancho a la gente con estas letras. Qué voltaje que te consideren una representación de esa situación o incluso del dolor. Soy alguien que se atreve a meter ese dedo en la llaga y me pienso mucho ese papel porque siento que de repente no quiero ser vocera de nada, no quiero abanderarme de ninguna lucha porque siento que todas son importantes. Lo que yo estoy tratando de hacer es hablar de como yo dialogo con esa lucha, con ese conflicto y con esas heridas porque me parece muy loco que yo nunca las haya sufrido. Que nunca me hayan desaparecido a nadie o cosas por el estilo. No es que yo tenga que ir a chupar pala para darme cuenta de la mierda y de las cosas, sino que no quiero ser abusiva con ese lugar. No quiero decir que represento a alguien cuando no he tenido suficientes oportunidades de sentarme con elles a hablar, de visitar esos territorios o simplemente de tratar de estudiar un poco mis letras y mirar que tan prudente estoy siendo yo con la palabra.  Eso me genera un poco de conflicto. Pero es lindo que la gente se identifiqué y me diga: “Oye, esta canción se ha vuelto parte de mi vida”. A mí me ha pasado con canciones de otras personas que llegan en el momento que son y de repente me pegan una salvada la hijuemadre o que me hacen caer en cuenta de cosas que yo necesitaba escuchar. Funciono un poco desde ese lugar sin la necesidad de ser la representación de las heridas de nadie.

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Durante uno de los conciertos de su gira en Santuario, Risaralda, Isabel se enfrentó una vez más al escrutinio de la plaza de un pueblo. “Cuando cantas en un espacio así tienes que lidiar también con la gente que está de paso y que no tiene ningún interés en escucharte”, cuenta.

Con una audiencia reacia, que seguramente estaba esperando a los grupos de parranda y despecho habituales, La Muchacha encontró el apoyo cuando empezó el coro de su canción Chicles: “Cigarrillos, bon bon bum, chicles, chicles”, y vio que una de las vendedoras ambulantes que vendía en ese momento en la plaza había parado su labor para escuchar una canción que sentía dirigida especialmente para ella. Con un encendedor en la mano y la mirada firme la mujer celebraba esa canción.

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Esa identificación también ocurrió con un tema como Chicles ¿Cómo fue el proceso de composición de esa canción?

Salió también de la rabia, aunque la canción no quedó triste. En Manizales, en la carrera 23 hay muchos vendedores ambulantes y tuvimos una racha horrible donde la tomba y espacios públicos iban cada nada a quitarles la merca, golpearles, a destruirles las frutas. Había, además, un alcalde, que tenía problemas “estéticos” con los vendedores y decía que eso se veía muy feo, sin proponer soluciones reales de empleo para estas personas. De ahí nació Chicles, una canción donde se usan estos cantos de trabajo urbanos como si fueran cantos del llano para arrear vacas y eso. Me encanta poder hacer esa voz bien vendedora, bien nasal, porque siento que también es un grito de victoria y es un grito de camello, de hacerte presente en un espacio donde todo el mundo te ignora o donde todo el mundo cree que no cumples ninguna función. Además, son una muestra clara de la autonomía y la independencia; tienen sus carritos y se cargan sus carritos así pesen y así sea duro. Ellos han camellado para no obedecer órdenes de nadie. Ellos no le están sirviendo a nadie, están haciéndolo porque quieren y porque es su camello y se apropian de comprar su propia mercancía y controlar todo lo que pasa en su chaza.

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Para ti, ¿qué es la mala música?

Digamos que algo me parece malo simplemente porque no me gusta, pero eso no significa que sea malo. Lo mismo me pasa con la ilustración. Esa es la vuelta que tengo ahora con respecto a ese concepto. No lo llamemos mala música, si no la música que no me gusta o no me entra es aquella superficial o abusiva como muchas letras del reguetón o de despecho que me parecen tenaces. La música romántica, que habla del amor romántico, me parece la que menos necesito porque no hace preguntas, no sugiere nada diferente. Se queda dando círculos en el mismo lugar.

A propósito de la composición ¿Cómo nace la inspiración creativa en ti?

En esta etapa de mi vida, la rabia. La rabia y la impotencia que me da estar acá sentada y decir: "Todo lo que pasa en el país y yo haciendo canciones, yo hablando de los ríos sin estar allá en las comunidades". No es como que haga mi música para sentirme bien o para sentir que estoy haciendo algo, esas son ideas que se me pasan por la cabeza. Además de eso también lo detonan mi familia, mi propia historia, mis abuelos. Esos son los detonantes, yo creo que cada día tiene su estímulo para empezar a crear cosas.

Cuando estaba en casa con mis papás, le mostraba las canciones a mi mamá de una. Me gusta mostrarle las canciones a mi mamá; es un ejercicio difícil porque me da pánico. Sentarte ahí en la cama con tu madre, mirarla a los ojos y decirle: “Mami hice una canción para la abuela” y que lloremos juntas después de la canción es muy duro. También pienso en que esas cosas les gustan a mis referentes musicales, que ya no son por allá tan lejanos. Por ejemplo, con Edson [Velandia] hemos forjado una amistad muy bacana que finalmente eso era lo que yo quería. Que chimba ser parceros y camellar juntos. Más allá de que les guste o no, lo que me trama es que dialoguen con lo que les estoy mostrando. Chévere poder entablar diálogos desde ahí.

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¿Qué otros referentes has tenido y cómo ha sido ese acercamiento a su obra?

Violeta Parra es una de mis referentes más importante. Obviamente no me pude contactar con ella, pero sí he tenido la oportunidad de escuchar su música. La escuché toda para pillar como funciona esa vuelta. Me ha tocado investigarla desde lejos, pero está muy presente en mi obra. No he tenido la oportunidad de ir a Chile para estudiar más de cerca su legado y como hacía su trabajo, pero es una cosa que tengo por hacer. Otra referente con la que sí he podido compartir es Marta Gómez, con quien estuve en el Festival Sonora donde compartimos con varias mujeres cantando y es muy bello acercarte y ver que no son personas por allá en un pedestal. Son seres humanos y compañeres de trabajo que son otras personas que simplemente tienen muchas cosas que aportar y desde cualquier lado podemos charlar cómodamente. Se aprende mucho en ese acercamiento y en pasar tiempo con ellos parchados tomándose una pola afuera del escenario. Eso ha sido muy bacano y muy orgánico también.

Parece que hay una nueva ola de cantautores en el país ¿A qué crees que se debe este auge?

Yo creo que se debe a las ganas de manifestarse, a encontrar un empoderamiento a través de la palabra. Siento que esa es la figura del cantautor, quien interpreta sus propias canciones, ya sea vocal o instrumentalmente pero siempre en un encuentro con la palabra. Toda esta oleada se debe a que hay un compromiso con lo que estás diciendo y con querer compartir esas ideas y esos pensamientos desde el lugar que tengas con otra gente. Para mí, de nada sirve cantar para mí y ya. Lo que quiero es enfrentar esas cosas con otras personas y que me digan qué le parece, si peleamos o no peleamos o si la cantamos juntos o qué onda. Enfrentar tu miedo a la opinión del otro y decir: “Venga pues yo le canto pa’ que charlemos de esto”.

¿Qué preguntas se están haciendo los cantautores en este momento?

A mí me parece muy rescatable, de todo lo que está pasando, que le estamos parando muchas bolas a lo que sentimos diariamente, más aún con esta situación [el aislamiento]. Hay una cosa que ya no estaba funcionando muy bien con lo externo. Es algo que me pasa mucho a mí: mirar una situación allá afuera para hacer una canción o establecer una discusión sobre esto. Ahora han aparecido músicas como Briela Ojeda o Bella Álvarez o Ana María Vahos que son trabajos internos, de sus experiencias cotidianas, ya sea el amor, la espiritualidad o la infancia. Ese ejercicio es lo que más rescato; un montón de preguntas bacanas de lo interno, de tus emociones y de eso que te vuelve un universo donde hay un montón de tela para cortar. Hay algo muy lindo y es que también se desprende del compromiso de hablar social o políticamente de algo. Le estas prestando atención a tus altibajos y a tus emociones que son una montaña rusa. Por eso siento que estas tres chicas son ejemplos muy hermosos de esos universos que hay en las vidas de cada uno.

¿Cómo relacionas esas sensibilidades que emergen con las preguntas relacionadas al feminismo, un tema que atraviesa tu trabajo?

Está súper ligado y siento que hay una pertenencia que ya no nos compete solo a nosotras las mujeres, sino que hay un trabajo de los hombres cantautores para empezar a hablar de otras personas. Cantar como lo hacen El David Aguilar o Pedro Pastor indica un cambio en cómo se enuncian algunos compañeros. Hay algo muy resignificante con esos asuntos del género que nos han embutido a la fuerza y me parece muy gratificante ver más y más compañeras en este asunto. En los festivales y todo hay mucha más presencia de nosotras, en las plataformas estamos ahí no en una batalla si no en una conciliación de empezar a estar más presentes en los otros espacios. Lo que hablaba con una amiga hace un par de días es que de pronto hay un asunto con los festivales y es que no ves tanta presencia de mujeres si no es un evento organizado por mujeres. Tiene que venir desde ahí para darte cuenta que el gremio femenino es muy grande  que las preguntas con respecto al feminismo son bastantes. Lo que ves es que ya cuando es un parche de manes sabes que eres una o dos. Justo me pasó con un foro al que asistí de Sumercé online en el que yo era la única mujer tocando música, aunque la pelicula esté repleta de mujeres increíbles. Ya luego piensas en ese bache y vacío, porque además siento que no es intencional. Hay algo que sucede ahí extraño que aún logro explicarlo y que creo que es un problema de conocer el trabajo de los otros. No sé si haga falta un censo en el gremio para pillar quienes estamos en la vuelta para equilibrar un poco, agarrando esa idea con pinzas.

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