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Más que cenas clandestinas: encuentros gastronómicos sazonados con literatura y cine

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Aprender sobre literatura, antropología, política o cine es posible mientras se comparte la cena, tal y como ocurre en Casa Tomada, o en apartamentos privados de La Macarena. En estos lugares, las conocidas cenas clandestinas capitalinas han evolucionado a una experiencia que mezcla las prácticas culinarias con el aprendizaje.

Carolina Romero

En una librería de Teusaquillo, el último sábado de cada mes se reúnen hasta 16 extraños para compartir un almuerzo. Leandro Carvajal, chef colombiano, diseña un menú y a partir de la una de la tarde deleita a los invitados con sus platos preparados a base de ingredientes orgánicos y saludables, provenientes de granjas responsables frente a la producción de carnes y alimentos.

A simple vista es lo que se conoce como cena clandestina, un encuentro entre desconocidos para disfrutar un menú sorpresa, ya sea en casa del chef o en otro lugar especial, por lo general revelado horas antes. La existencia de estas cenas underground se remonta al estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, en Estados Unidos, para reducir los costos fijos de un local y apoyar productos locales.

Bogotá tiene sus propias cenas clandestinas. Es muy conocida la del periodista y chef Jorge Castro, y hace dos años la chef italiana-noruega Sara Lisa Ørstavik y el matemático caleño Andrés Lizcano crearon Bogotá Popups, como también se le conoce a este tipo de cenas. Como este popup, han surgido variaciones a medida que ha evolucionado: veladas temáticas, lugares inesperados como museos o parques y montajes para hacer más intensa la ilusión de estar en una cena ilegal.

Un mapa culinario de la literatura 

Pero más allá de una cena clandestina, la búsqueda de nuevas propuestas culinarias, llevó a que Leandro realizara una investigación sobre la relación entre cocina y ópera, pues también es cantante y lector asiduo. Muchas veces le pedía recomendaciones a su amiga, la librera Ana María Aragón, propietaria de Casa Tomada. A su vez, ella le insistía que fuera a cocinar a esta librería. Entre plato y plato nació la idea del club Gastronomía y Literatura, que hace parte de la oferta cultural del lugar.

A diferencia de una cena clandestina, los comensales se reúnen también a conversar sobre un libro específico. Desde 2013, Leandro, Ana María y el escritor colombiano Juan David Giraldo se reúnen para hacer una lista de 12 libros de todas las nacionalidades y géneros, alrededor de los que se hace cada sesión.

El requisito para incluir un libro en la lista es que sea una buena obra literaria y que tenga alguna relación con la comida. Por ejemplo, El gourmet solitario, novela gráfica de los japoneses Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi, es un recorrido por los restaurantes y rincones culinarios más variados de Japón de la mano de un agente comercial. También han incluido el Diario de invierno, de Paul Auster, en el que las ricas descripciones culinarias que hace el autor estadounidense llegaron a inspirar uno de los platos de Leandro.

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La librería, que también es café, acomoda el espacio para que los comensales se sienten en una mesa larga. Foto cortesía de Casa Tomada

En estos encuentros literarios, Juan David actúa como moderador de la tertulia y han tenido la presencia de los escritores Antonio Caballero y Roberto Burgos, además de profesores de literatura o simplemente personas apasionadas por los libros y la cocina que han vivido en el país de origen del libro y que pueden dar cuenta de las costumbres en la mesa.

La mecánica en Casa Tomada es lúdica: a medida que se sirve un plato se lee el fragmento del libro que lo inspiró y se socializa la receta. También hay espacio para un juego que organiza Juan David sobre el libro, el autor o el contexto de la obra. Aunque la cena se disfruta más si se ha leído el libro, son bienvenidos los que no lo han hecho; lo importante es que estén dispuestos a participar de la conversación y disfrutar la velada.

 

Especias para pensar el país

Luis “Keshava” Liévano, periodista colombiano y chef aficionado, abrió su apartamento en La Macarena para que grupos afines de extraños discutan sobre varios temas. Lo hacen mientras prueban sus platos, cuyas recetas viene investigando hace 30 años; por ejemplo, con un maestro de yoga hindú aprendió sobre cocina india, oriental, ayurveda (medicina tradicional india) y ají, ejes de su propuesta culinaria.

Desde hace dos años ideó el laboratorio gastronómico Chef Guevara: La re-evolución de las especias. Una de las fuentes de inspiración de “Keshava” es Cuba, donde el guerrillero argentino dejó gran parte de su legado. También, en la isla, está otro antecedente a los encuentros gastronómicos: en la década de los ochenta, los cubanos hicieron frente a la crisis permitiendo que los turistas fueran a sus casas a probar platos tradicionales.

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Todas las comidas de Keshava llevan ají, aunque no necesariamente es picante. No más en América Latina existen más de 300 variedades. 

 

Igual que en ocurre en Casa Tomada, “Keshava” publica en Facebook las intenciones del menú, espera a que la gente se inscriba y arma parches según las afinidades: periodistas, músicos, artistas o politólogos son algunos de los que se juntan. Así planea cada cena, dependiendo de sus comensales y ese día les propone una discusión relativa a la coyuntura del país. En medio de los diálogos entre las Farc y el Gobierno, “Keshava” organizó varias tertulias culinarias por la paz.

Estas discusiones en la mesa, lejos de dividir a los comensales, permiten un intercambio de saberes y sabores paralelo, que complementa la experiencia gastronómica a la vez que genera reflexiones en torno a la mesa, con platos como una cazuela de zanayama con apio, pimentón y jengibre como plato fuerte.

 

Cocina en clave cinematográfica

Este auge de experiencias alrededor de la mesa también impulsó a un grupo de amigos, vecinos de La Macarena, a formar el cineclub En movimiento Toma 2. Desde hace dos años se reúnen una vez por semana para disfrutar de sus pasiones: el cine, la comida y los amigos.  Todo empezó como una invitación espontánea de la pareja propietaria del apartamento, y con el tiempo se conformó un grupo de 10 personas, que puede llegar a ser de 15 en una noche.

Cada asistente propone la película o documental que quisiera compartir con el cineclub. Entre todos programan el día de la proyección, la persona que la propuso realiza una exposición previa sobre la película, el autor o algún aspecto que quiere destacar. A su vez, esa misma persona se encarga de preparar la comida.

Aquí los platos que no tienen la pretensión de descrestar. Lo importante es que tenga relación con la película: ya sea un plato que aparezca en la historia, o que provenga del país de la producción. Por ejemplo, las naranjas fueron anunciando durante semanas la proyección de El Padrino, tal como ocurre en la película, que aparecen una cada vez que está a punto de ocurrir una muerte o una traición.

La gente de En movimiento Toma 2 adoptó el término hygge, que en danés significa “disfrutar los placeres simples de la vida”. Este concepto no solo ejemplifica lo que ocurre durante su cineclub sino que se aplica al resto de encuentros gastronómicos: ¿qué mejor que sea la buena comida la que lleve al disfrute de otras pasiones?

 

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