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La rebelión funky al óleo

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Édgar Jiménez dejó la ingeniería por el arte. Fue uno de los artistas emergentes invitados a la feria Arco Madrid 2015. A su regreso a Bogotá, hablamos con él. “Yo no me metí a esto por plata. Si soy capaz de encerrarme seis meses a pintar es porque realmente me gusta”. 

Ángel Carrillo

Tan sólo en su primer año en Bogotá lo robaron seis veces. En uno de esos hurtos se metieron a su taller en Teusaquillo y se llevaron un par de computadores. Édgar Jiménez, artista de óleo y caballete, parece encajar perfectamente, a sus treinta y cuatro años, en aquel aforismo de Truman Capote según el cual “todo fracaso es condimento que da sabor al éxito”. El pasado mes de febrero, cerca de veinte pinturas suyas formaron parte de la cuota de obras colombianas en la muy publicitada Arco Madrid, una de las ferias internacionales de arte contemporáneo más importantes del mundo. De esas pinturas, la mitad ya tiene dueño.

Nació en Villavicencio, pero desde los dos años –y hasta los veintinueve– vivió en Cali. El mito caicediano –que lo acercó a la ciudad verdadera–, los clubes de cine independiente y las ficciones de Borges le revolvieron la cabeza, hasta el punto de hacerlo abandonar la ingeniería mecatrónica, su primera carrera, para entrar al Instituto Departamental de Bellas Artes, del Conservatorio de Cali.

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La obra de Jiménez es un acercamiento a un tipo de cine estadounidense de serie B setentero llamado Blaxploitation, una especie de rebelión funky con la que se exaltó y reivindicó a la comunidad afro, creando héroes (o antihéroes) de acción negros que no se habían visto jamás en la gran pantalla.

Algunas de las exposiciones de este caleño de adopción, ácido y directo, han sido 3 figuras en una habitación, Kali es Kali, Casamata, Niños peligrosos y La Plástika Rayada. Además de figuras como Cleopatra Jones, en su trabajo se puede encontrar a una que otra celebridad de la música negra, como Miles Davis o Jimi Hendrix. De hecho, este artista colecciona longplays. Dentro de su colección hay desde acetatos clásicos salseros, hasta las joyas del punk español de Siniestro Total.

Usted no nació en Cali, pero vivió allí durante casi treinta años. ¿De qué manera esta ciudad interviene en su obra?


El reinado de la mafia en Cali va desde 1990 hasta el año 2000, más o menos. Esa fue una generación en la que hubo mucho niño hijo de mafioso y uno se daba cuenta de lo que pasaba, de las vainas raras, de cómo la ciudad se volvía opulenta y todo se reducía a salsa, feria y viejas culonas y tetonas. Cuando me pasé a Bellas Artes, el panorama de la ciudad para mí cambió, ya que en esa universidad me encontré de frente con un residuo del movimiento punk caleño. Todo ese panorama empieza a afectarlo directamente a uno en lo que hace.

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Podría decirse, entonces, que hay influencia punk en sus pinturas?


Yo la verdad me quedé de una pieza cuando me estrellé con ese movimiento.
 A toda la escena caleña de aquella época (principios del año 2000) y a algunos artistas contemporáneos, como Adrián Gaitán, quien estudió conmigo y también estuvo en Arco, 
nos influenció ese coletazo punkero y su filosofía chatarrera: haga lo que pueda con lo
 que tenga. El punk obliga a la gente a buscar 
otros caminos, frente a una universidad en la 
que la enseñanza es mala, mediocre, y hasta
 el alumno sabe más que el profesor. Además, uno salía de clase y se iba a algún concierto podrido, y de paso se enteraba de los cineclubes.

El cine es tan importante en su obra como el lienzo y el óleo. ¿Cómo descubre esa pasión por ciertas estéticas cinematográficas?

Cuando estaba estudiando ingeniería, comencé a ver películas clásicas y ahí hubo un giro importante. Eso se metió en mi vida atravesadamente. Cuando me di cuenta de lo que podía lograr una película, me dije “Qué me voy poner a pegar cables y a soldar maricadas”. Fue el cine el que hizo que me cuestionara. Luego, estudiando artes, empecé a tener mi rutina en cineclubes... Recuerdo que estaban el cineclub de Comfandi, la cinemateca de la misma universidad y el Videódromo, que aún lo organiza un artista llamado Luto, quien tenía un espacio que era exclusivamente de serie B.

"Siento que después de tres o cuatro años, Cali no le puede ofrecer más a un artista. La fuente se seca. Llegar a Bogotá y ver de cerca el arte figurativo me obligó a cambiar".

Precisamente su obra refleja un tipo de cine de serie B, Blaxploitation, un estilo de los setenta violento y entretenido. ¿Quién hace esta clase de cine en la actualidad? ¿Su obra se nutre de esos nuevos directores?

La Blaxploitation ya cerró; eso ya está hecho y todas las películas que pudieron hacerse están colgadas en YouTube. Sin embargo, uno puede ver lo que hace Spike Lee, que es un cine afro y militante que todavía mantiene esa línea. Mi obra se nutre también de los movimientos civiles y acontecimientos que gestaron ese tipo de cine, como la muerte de Malcolm X y Martin Luther King.

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¿En qué momento llega la idea de volver pintura una escena, por ejemplo, de Cleopatra Jones, esa seductora espía afro?

Yo empecé, como muchos, pintando abstracto, y le di y le di hasta que me cansé de ese estilo. Cuando eso me pasó, tuve que parar la pintura por dos años. Después comencé a trabajar con Bogotá Arte Conexión, en 2010, pintando murales en colegios distritales. Ya cuando vivía acá, un día visité a un colega, Alex Rodríguez, que estaba haciendo una pintura hiperrealista de tres metros por dos para ArtBo, y me dije “Jueputa, vea esto tan bravo”. Ahí llegó mi salto a lo figurativo: se acabó la época hippie abstracta. Di con la Blaxploitation en los pulgueros de Bogotá, donde encontré unos fotogramas de películas afro. 

Como quien dice, Bogotá le mostró el camino...


Yo siento que después de tres o cuatro años, Cali no le puede ofrecer más a un artista. La fuente se seca. Llegar a Bogotá y ver de cerca el arte figurativo me obligó a cambiar.

Blaxploitation es un género que usa armas y formas bélicas para crear impactos visuales, al igual que la obra de artistas como Beatriz González o José Alejandro Restrepo. ¿La violencia es, de alguna manera, insumo para sus cuadros?

Los norteamericanos son enfermos por las armas, tienen sus clubes del rifle y todos andan armados. Taxi driver es una película fundamental en mi vida. En ella hay una escena en la que el protagonista va a comprar un arma y el vendedor le dice, muy frentero: “Con ésta le podés destrozar el chocho a una vieja”. No sólo hay un fetiche con la herramienta de generar violencia, también hay aceptación. Y si hablamos de Colombia, a muchos guerrilleros y paramilitares los encuentran muertos con sus armas preferidas, enchapadas en oro y hasta con el nombre grabado. Yo me encontré el género así y así lo pinto.

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¿Por qué comenzó la comunidad afro a protagonizar estas películas?


Después de que el gobierno norteamericano abolió la esclavitud, todos estos negros quedaron desempleados y sin plata. De alguna manera los tenían que emplear y empezaron a contratarlos como jardineros, cocineros, mayordomos... Pero las leyes de segregación eran muy fuertes, por lo que se crearon movimientos civiles para reclamar derechos, y en algún punto se dieron cuenta de que en el arte también había una forma de reclamar; el jazz fue la punta de lanza de los movimientos afro. Hay una primera película, antes de la Blaxploitation, que se llama Sweet Sweetback’s Baadasssss Song, que muestra a un negro todo loco en una Harley rompiendo las leyes. Este personaje dio paso al género.

¿Qué le deja Arco?

Como decía el director de la galería Doce Cero Cero, “eso es un champú que uno se da”, la oportunidad de que lo inviten todo pago y que además le lleven las obras. Yo dejé mi carrera de ingeniería porque me gustaba el dibujo, y del dibujo, gracias al cine, pasé a la pintura. Salirse con la de uno también es ganancia.

Dos artistas, dos libros y dos películas indispensables para todo universitario.


Uno se tiene que ver, obligado, El Padrino, de Coppola, y Toro Salvaje, de Martin Scorsese. Los libros: La naranja mecánica, de Anthony Burgess, y Final de partida, de Samuel Beckett. Lo más difícil son los artistas... Neo Rauch, un alemán con unas pinturas que parten del pop pero son fabulosamente surrealistas; y, si se puede un músico, Jimi Hendrix. Quiero pintar más a Hendrix.

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