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Ilustración de @mariquismojuvenil

Cómics, exploración sicodélica y consumo de sustancias

A pesar de la autocensura que editoriales como DC y Marvel decidieron aplicar en los años 50 en línea con la guerra antidrogas, autores como Bill Griffith optaron por una mirada sin estigmas del consumo. En Colombia, Casetera, El señor y Zay Cardona son viñetistas que también han puesto, sin mojigaterías, su punto de vista sobre las sustancias. 

María Camila Núñez // @loscomicssonbuenos

En 1988, en plena guerra de la DEA (Drug Enforcement Administration) contra el Cartel de Medellín, DC comics publicó una historia en la cual los New Guardians, un grupo de superhéroes más bien de clase B, luchan contra Snowflame, un villano colombiano que obtiene sus poderes de la cocaína y además es un narcotraficante. Este personaje es un ejemplo de cómo permeó en la cultura popular el discurso de la guerra contra las drogas que surgió en la década del 70. Los países del tercer mundo, productores de las sustancias ilegales, se propusieron como el principal enemigo para Estados Unidos que en esta narrativa es la víctima de los poderosos carteles que envían sus productos para corromper a los ciudadanos norteamericanos, olvidando convenientemente que los territorios del primer mundo son los principales consumidores. Esta es probablemente la frase más notoria que pronuncia Snowflame en su primera y única aparición: <<La cocaína es mi dios y yo soy el instrumento humano de su voluntad>>. Esto no se limitaba al narco-supervillano, ya que sus aliados tampoco paraban de consumir la sustancia a tal nivel que Floronic Man (híbrido entre humano y planta), uno de los miembros de los New Guardians, siente los efectos de la cocaína solo con tocar a estos sujetos. 

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Snowflame es solo uno de los numerosos productos de la cultura pop que han contribuido a consolidar la imagen de Colombia como una potencia mundial de la cocaína. Otro ejemplo de esto es la caricatura hecha por Pad’R, presentada en la televisión belga durante el campeonato mundial de fútbol del año 2014. De nuevo, como en The New Guardians #2, en esta ilustración se presenta a los colombianos como consumidores compulsivos, mostrando a los jugadores esnifando la espuma usada para delimitar el punto para cobrar los tiros como si fuera perico. El autor parece olvidar que los países europeos son clientes estrellas de este tipo de productos. 

Los cómics han ido de la mano de diferentes procesos políticos, históricos y culturales. El fenómeno del consumo de sustancias durante el siglo pasado y lo que va de este no ha sido la excepción. En las historietas se ha plasmado la experiencia de sus autores con diferentes drogas ilegales, controladas y de venta libre. También se han abierto y explorado debates que son tanto interesantes como necesarios al momento de hablar sobre consumo. 

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La década del 60 fue trascendental para múltiples aspectos socioculturales en Occidente. Los cómics y las drogas fueron algunos de los elementos que florecieron en medio del movimiento hippie en Estados Unidos, en especial en la ciudad de San Francisco. Las historietas norteamericanas experimentaron una transformación trascendental después de lo que probablemente fue el periodo de censura más fuerte que ha atravesado este medio. Los cómics no escaparon a la cacería de brujas del Macartismo recalcitrante de los 50 y recibieron un golpe fatal que limitó el contenido que era permitido publicarse. En 1954, legiones de padres de familia presentaron al Senado de EE.UU. sus preocupaciones y quejas con respecto a las revistas que sus hijos no paraban de leer. El argumento principal se respaldaba con las ideas presentadas por el psiquiatra Fredric Wertham en su libro Seduction of the Innocent. Básicamente lo que plantea este texto es que los cómics eran los culpables de corromper y volver violentos a los lectores más jóvenes.  

Para evitar la prohibición total de la producción y circulación de cómics, las grandes editoriales como Marvel y DC tomaron la decisión de autocensurarse y plantearon una serie de reglas que determinaban qué contenido se consideraba adecuado para aparecer en las historietas. Por ejemplo, una de las directrices que debía seguirse era que el bien siempre debía triunfar sobre el mal en las historietas. Una de las principales víctimas de la censura fue EC Comics, casa editorial que producía principalmente cómics de terror, teniendo a Tales from the Crypt como su título más popular. Por supuesto, resultaba prácticamente imposible crear un buen cómic de horror siguiendo normas que no permitían mostrar violencia, la aparición de sangre y que palabras como werewolf o wolfman fueran incluidas en las portadas. 

Esto ocasionó una crisis creativa que golpeó de manera especial el espíritu de los artistas que querían hacer cómics sin pensar en los límites. Los años pasaron, llegó la revolución cultural de los 60 y las historietas encontraron una nueva luz, un nuevo ambiente en el cual las cosas cambiarían por siempre. 

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Lejos de las reglas y las condiciones que debían seguir gigantes productores como Marvel y DC, algunos autores empezaron a producir cómics con nuevos objetivos en mente. No pensaban en vender miles de ejemplares para hacer mucho dinero, su ambición apuntaba hacia otro lado. Querían escribir y dibujar acerca de lo que se les diera la gana. La autobiografía, la cotidianidad, el consumo de sustancias y la política empezaron a llenar las páginas de los cómics concebidos bajo este estandarte. El movimiento antiguerra y crítico agudo del gobierno de los Estados Unidos se amalgamó con los cómics underground o comix, como se empezaron a llamar a este tipo de historietas. 

Bill Griffith es una de las leyendas del cómic que empezó a trabajar y a publicar a finales de los 60. Is There Life After Levittown?, una historieta de este autor que vio la luz en 1978 (la época dorada de los cómics undeground), es un ejemplo del género autobiográfico que se fortaleció en este periodo. En la historia, Griffith habla sobre su infancia y adolescencia en el pueblo de Pennsylvania, en el cual creció.  En esta historieta, el artista explora cómo inició su interés en el arte y cómo los episodios de disociación que tenía afectaban su rendimiento académico.

El LSD y la marihuana fueron las sustancias emblemáticas del hipismo en medio del cual proliferaron los comix. El arte sicodélico invadió los carteles de los conciertos, las portadas de los discos y también las páginas de las historietas. Entre los sesenta y setenta surgieron cómics y personajes que pasarían a la historia de este medio como es el caso de Mr. Natural, de Robert Crumb, que apareció cuando el autor empezó a dibujar y a escribir historietas influenciado por el consumo de la dietilamida de ácido lisérgico. Fred Natural (nombre completo de Mr. Natural) es una especie de gurú místico que renunció a las posesiones materiales, caracterizado por arrojar frases de sabiduría cósmica. A veces afirma que las cosas no importan o significan nada y otras descansa mientras sus seguidores lo llevan en los hombros e idolatran. Sin duda es una figura inspirada en los líderes de sectas y charlatanes altamente populares que surgieron en la época señalada con el infame Charles Manson como ejemplo notorio.

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Los cómics alternativos se convirtieron en un espacio para plasmar la cotidianidad de los consumidores de diferentes sustancias. Algunas historietas o ilustraciones invitaban a los lectores a fumar marihuana para relajarse y liberar el estrés. Incluso en un tono humorístico, Robert Crumb propone fumarse al menos dos porros al día como una alternativa a ir a consultar un terapeuta.

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El LSD estimuló el nacimiento de una tendencia estética nueva en el arte que por supuesto llegó al cómic. Dos ejemplos de historietistas sobresalientes de este estilo son Rick Griffin y Victor Moscoso, quienes lograron crear historietas ‘‘trippy’’ usando únicamente la combinación de blanco y negro debido a que el presupuesto para los comix era reducido y solo alcanzaba para imprimir de esta manera y no como el colorido característico del arte psicodélico.  

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Muchos de los cómics publicados entre los años 60 y 70 que hablaban acerca del consumo de sustancias, se enfocaban en ilustrar experiencias sobre los diferentes efectos de las drogas: tanto las sensaciones agradables como las desagradables. En estas historietas los autores abordaban usualmente con humor el día a día de los consumidores, aunque existían otras perspectivas que exploraban las múltiples posibilidades que se abren al consumir drogas. Dentro de este tipo de cómics no solía haber espacio para las exageraciones y el alarmismo que caracterizó a las historietas producidas por las editoriales mainstream que se alinearon con las políticas gubernamentales frente a las drogas. 

En 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon inició la popular y controversial campaña de la guerra contra las drogas. Mientras que a los soldados norteamericanos en Vietnam les administraban anfetaminas para un mayor rendimiento y sedativos y antipsicóticos para contrarrestar los efectos de la primera sustancia, en su territorio el gobierno estadounidense señalaba y condenaba a los consumidores de sustancias. Esta estrategia marcó profundamente la manera en la cual se ha abordado la discusión sobre el uso de las drogas en el mundo. El discurso principal de este programa consistía en criminalizar al consumidor de sustancias como la marihuana, la cocaína, el LSD, la heroína y las metanfetaminas, entre otras, negando así la posibilidad de garantizar la calidad de las sustancias y la seguridad de los usuarios. Una de las metas esenciales de este programa consistió en aumentar exponencialmente el arresto de ciudadanos relacionados con la cadena de consumo. Esto fortaleció aún más el tabú y la ignorancia alrededor de la discusión en torno a los diferentes usos de estas sustancias. La guerra contra las drogas también apuntó hacia la erradicación de cultivos ilícitos en países del tercer mundo, iniciando intervenciones militares en dichos territorios con la excusa de unir fuerzas con los gobiernos locales para luchar contra el narcotráfico. En 1973, bajo el mandato de Nixon, se crea la DEA. Con la fundación de esta agencia se mostró el compromiso y el presupuesto exuberante que se destinó a la misión contra las drogas ilegales. 

Superhéroes emblemáticos de los cómics como Spider-Man y Green Arrow se unieron a la lucha de Nixon. El primer cómic mainstream en incluir el tema de las drogas en su historia fue The Amazing Spider-Man #96, en mayo de 1971, en el que un joven se lanza de un edificio por estar bajo los efectos del LSD. Afortunadamente Spider-Man llega a tiempo para salvar su vida. En esta misma narración, Harry Osborn, el mejor amigo de Peter Parker/Spider-Man, atraviesa por una crisis debido a su adicción a esa misma sustancia. En el segundo semestre del 71, DC Comics publicó una historia de Green Arrow en la cual Speedy, su sidekick, es decir, su compañero de aventuras y aprendiz, se convierte en un adicto a la heroína. En ambos cómics el asunto se aborda mostrando situaciones verosímiles pero extremas que pueden presentarse al consumir drogas. De este modo, las historietas producidas por las grandes editoriales se convirtieron en un medio más que adoptó el discurso de la prohibición y el secretismo, dedicado a explorar únicamente los escenarios más negativos que pueden darse en el consumo de sustancias. 

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Más tarde, en 1989 y en 1990, se publicaron el #18 y el #19 de Animal Man. En esta historia, Buddy Baker/Animal Man, quien tiene el poder de absorber las habilidades de cualquier animal, tiene un viaje psicoactivo debido a que consume peyote junto a James Highwater, su compañero en esta aventura. Antes de ingerir el peyote, Highwater le explica a Baker que la Iglesia Nativa Americana usa los botones de esta planta como una especie de sacramento, señalando que se ha usado durante siglos en rituales de nativos americanos. Highwater también le explica a Animal Man que los efectos del peyote se dan debido a que contienen mescalina, un alcaloide psicodélico y alucinógeno.

Una vez bajo los efectos de la mescalina, Baker tiene una visión sumamente vívida que además es ilustrada y coloreada de una manera excepcional por Doug Hazlewood, Chaz Truog y Tatjana Wood. En esta alucinación reveladora, Animal Man descubre que todo en el universo está conectado, incluido él mismo con lo que en el cómic se llama la ‘‘red morfogenética’’. Los personajes descubren que esta verdad que descubrieron quiere decir que Baker puede absorber las habilidades de cualquier animal que haya existido en la Tierra sin tener que estar cerca de ellos. Dentro de esta narración, las sustancias no se presentan como algo perjudicial sino como una forma de acceder a un conocimiento oculto a la mirada cotidiana. Al final del viaje, Baker dice que <<siente como si lo hubieran limpiado… como si cada átomo hubiera sido limpiado>>. Lo anterior le otorga una connotación sanadora y trascendental al consumo de mescalina. 

Estos números de Animal Man son ejemplos de la apropiación cultural por parte del hombre blanco occidental, de elementos de rituales indígenas como lo es el peyote o el yagé. El uso de estas sustancias se popularizó por fuera de su contexto original y de las ceremonias, para convertirse en una actividad codiciada por los turistas que buscan tener experiencias psicodélicas olvidando muchas veces el bagaje histórico que hay detrás del consumo de estos alucinógenos en las comunidades indígenas que tienen unos códigos sociales y espirituales diferentes a los del cristianismo/catolicismo. 

(Para entrar en contexto, puede leer también Una toma de yagé en Europa)

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Con la prohibición y todo lo que trajo la campaña de Nixon, que continúa en la actualidad, el debate público en torno al consumo de sustancia se enfoca casi exclusivamente en los efectos perjudiciales. Sin embargo, hay instituciones y proyectos dedicados a la educación alrededor del tema y a promover el uso responsable de las drogas. Un ejemplo local es el reconocido Échele cabeza cuando se dé en la cabeza, quienes buscan “generar y difundir información sobre  Sustancias Psicoactivas (SPA) para la reducción de riesgo y mitigación de daño, orientada a promover y fortalecer la capacidad de decisión y respuesta de población joven vulnerable o no vulnerable frente al consumo”. Una de las formas a través de las cuales comparten datos y demás textos relevantes son ilustraciones e infografías. Una de las piezas que más llaman la atención es Mujeres y drogas en la fiesta. Se trata de una cartilla disponible en la página dirigida hacia las consumidoras en potencia y los riesgos que pueden presentarse en las farras. La pieza gráfica invita a la lectora a alimentarse bien, a reflexionar sobre su compañía en el evento, a informarse sobre el producto que piensa usar y también a recordarle que el consentimiento es indispensable en caso de que las cosas terminen en un encuentro sexual. 

El trabajo de personas como las que conforman el equipo de Échele cabeza, amplía el panorama, dándole prioridad a brindar datos verificados de los posibles efectos de las diferentes sustancias y a analizar muestras que determinan la calidad y el nivel de alteración de las drogas que circulan en las ciudades y en los eventos. Optar por este enfoque, por encima de la prohibición y el señalamiento, permite dar prioridad a la elección que haga el consumidor en potencia de acuerdo al conocimiento que pueda obtener de sitios web como el de Échele cabeza, proponiendo además una alternativa a la realidad en la cual la restricción nunca va a significar la reducción del consumo o que esto haga que haya menos riesgos. Con información extensa y rigurosa también se abre la posibilidad de que los consumidores experimenten de manera segura con diferentes sustancias. Siguiendo ciertas recomendaciones y bajo algunas condiciones ideales, diversas drogas ilegales como el MDMA y el LSD pueden tener un efecto terapéutico en sus consumidores ya que tienden a estimular la empatía. Si esta parte de la discusión fuera analizada con la misma premura y reiteración que el lado negativo, se lograría al menos difuminar la idea errónea pero altamente reproducida de que todas las sustancias son iguales y tienen los mismos efectos, o pensar que todo consumo lleva a la adicción. 

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Dentro del panorama del cómic colombiano se destaca la historieta Drogas, drogas, drogas, de Truchafrita (Álvaro Vélez), quien además de ser historietista, es historiador y se ha desempeñado como docente en la Universidad de Antioquia. Este cómic aborda el tema del consumo de sustancias desde una perspectiva refrescante que plantea que alguien que usa drogas puede ser una persona funcional, que disfruta de los efectos positivos de las sustancias y en determinado caso puede dejar su uso si así lo desea, desechando el mito según el cual todo consumo lleva a un problema de dependencia.

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Casetera también ha hecho cómics relacionados con el consumo de drogas, esto lo hace desde el humor, que es el mood recurrente de sus historietas. En una de sus publicaciones se ve al protagonista en una situación que casi todos los usuarios de la marihuana han experimentado: están fumando en la calle y de repente llega un tombo a intervenir. Esto retrata uno de los peligros a los que se exponen los consumidores que no tienen un espacio seguro para fumar o usar de otra manera las sustancias. 

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En Mi jardín, cómic de El señor (Pablo Marín), se puede ver a dos personajes consumiendo cocaína mientras tienen una discusión típica de esta situación: <<¿Y sí es de la buena?>>, pregunta uno de los protagonistas. Con esto recordamos la lotería en la que puede convertirse comprar drogas en un mercado ilegal y no regulado en el que claramente no existen garantías para la seguridad del usuario. 

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Zay Cardona, creadora de Mariquismo Juvenil, publicó este cómic corto que relata algo que puede considerarse como una experiencia universal entre los usuarios de drogas psicoactivas: pensar que la dosis no fue suficiente o que los tumbaron y a los pocos instantes empiezan a sentir los efectos de una manera intensa, descartando la hipótesis inicial. Según la autora, la última viñeta de esta historieta es un dibujo que hizo bajo los efectos de la ketamina. “Es chévere —explica Zay— porque uno se olvida por un momento como de quién es uno. Creo que eso es lo que me gusta: desconectar la memoria y la autopercepción de quién es uno, como lo que llaman la muerte del Ego. Algo así, no hasta el punto de morir sino como hasta el punto de no pensar de verdad quién es uno sino explorar partes de la mente que son muy raras”. 

Por la perspectiva del discurso de la guerra contra las drogas iniciado por Nixon, encontramos Compaz: un cómic por la paz, de Jessica Castro y Sergio Corradine. Se trata de una versión resumida en formato de cómic del acuerdo firmado por el gobierno colombiano y las FARC en La Habana. Dentro de esta historieta, encontramos un par de viñetas que “representan” a un usuario de drogas. Llama la atención que en el globo de diálogo del cuadro izquierdo, están sugiriendo que ser consumidor es igual a ser un adicto. Como se puede apreciar, la manera en la cual está ilustrada esta persona entra dentro de los prejuicios que se tienen sobre cómo luce una persona adicta: baja de peso, temblorosa, ojos desorbitados, no parece estar consciente de lo que sucede alrededor, habita la calle y tiene ropa vieja o dañada. Esta puede llegar a ser una realidad, sin embargo, los individuos con problemas de dependencia tienen muchos aspectos: pueden ir de saco y corbata o vestir como cualquier persona que nos encontramos en ambientes familiares, como los centros comerciales. 

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Truchafrita, Casetera, El señor y Zay Cardona son autores familiarizados con el consumo de sustancias y con las posibilidades que pueden surgir dentro de esta situación. Es muy valioso para la lucha contra los prejuicios y la apuesta por un consumo seguro e informado que se publiquen cómics con una voz sincera y acertada, que se enfoquen en relatar lo común y hasta lo banal que puede llegar a ser el uso de las drogas.  Se abre, pues, un espacio para la siguiente reflexión: La próxima vez que vea Alerta Aeropuerto, pregúntese si el orgullo con el que la Policía muestra a las ‘‘mulas’’ detenidas tiene sentido o es realmente sincero en un mundo donde los grandes capos narcotraficantes son amigos de los gobernantes. En lugar de tomar partida en una batalla contra las drogas que siempre ha sido una causa perdida, la alternativa es dirigir la energía y los recursos hacia una campaña para erradicar la ignorancia, la desinformación y los prejuicios.

 

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