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Ilustraciones por @nefazta.666

“Lo disidente dentro de lo disidente”: la rave como espacio de construcción para disidencias de género

“Existe un trabajo consciente de construcción de estos espacios, pero no desde el mainstream o los promotores tradicionales. Las iniciativas que nacen desde personas diversas, mujeres, colectivos queer de la escena electrónica, son las que contribuyen a la creación de espacios políticos y seguros para la comunidad”.

Daniela Pomés Trujillo / @danipomes

La revolución sexual, el feminismo, la transmutación musical, las vanguardias culturales europeas y la aparición de nuevas sustancias coincidieron al final de los 80 para dar vida a una forma de encuentro alrededor de la música electrónica, según cuenta María Jimena Paez Tribín para su tesis de grado de la Javeriana en 2009 “Panorama de la cultura rave en Bogotá”. El origen del techno se podría ubicar en clubes gays de Chicago y Detroit un poco antes del surgimiento de las rave parties, dejando ver el vínculo que hay desde su génesis entre la comunidad LGBTIQ+ y la electrónica. Estos espacios se fueron constituyendo como lugares de encuentro y refugio para grupos sociales históricamente marginados, como disidencias de género, negros y latinos. 

De acuerdo con Paez, las primeras rave se organizaron en Inglaterra y Berlín, donde alcanzaron mayor popularidad y empezaron a convertirse en grandes festivales. Estas primeras fiestas se gestaron desde la ilegalidad, ocupando espacios públicos sin permisos y con un consumo abierto de sustancias. El Love Parade, uno de los festivales de música electrónica más emblemáticos del mundo, lograba reunir personas de todas las latitudes al ritmo de techno, el trance, el acid techno y otros sonidos. Las indumentarias excéntricas, la liberación sexual en todos sus matices y el orgullo gay eran protagonistas. La filosofía PLUR (Peace, Love, Unity and Respect) subyace en las raíces de la cultura rave como el gran principio del movimiento. La libertad de expresión y de consumo, la unión orgánica entre desconocidos y la construcción de identidad colectiva, han hecho del movimiento rave un espacio político de construcción para las disidencias de género. 

En Colombia, cuando se habla de rave varía un poco el significado con respecto al gringo o al europeo. En el viejo continente, por ejemplo, estas fiestas suelen relacionarse con el verano, pueden durar varios días y se hacen al aire libre, en nuestro país se relacionan más con after parties y son, en algunos casos, de naturaleza clandestina por las prohibiciones que rigen la vida nocturna en el país. De hecho, se dice que la Ley Zanahoria, decretada primero en Bogotá en 1995 y luego en otros departamentos, fue el empujón que dio inicio al movimiento subterráneo rave en Colombia. En ese entonces, el voz a voz lograba congregar a cientos de personas en bodegas abandonadas o parqueaderos, donde el baile y el libre consumo coexistían hasta que llegaba la policía, según cuenta María Jimena. Poco antes de eso ya empezaban a existir algunos clubes de música electrónica en los que el público gay se abría espacio. Hablando particularmente de Bogotá, lugares como Cinema, desde 1991, o Morocco, algunos años después, fueron los pioneros; luego llegaron Gótica y La Sala. Sin duda alguna estos espacios —ahora desaparecidos— hicieron grandes aportes en torno a la diversificación no sólo de la música, sino también de los demás aspectos de la fiesta, incluido el público asistente.  

Desde entonces, y entendiendo que en muchos casos la escena electrónica en Colombia es heteronormada, miembros de la comunidad LGBTIQ+ (y otras disidencias de género que no se sienten recogidas en esta sigla) se han ido reapropiando de algunos espacios, partiendo del gusto en común por la música electrónica, abriéndose paso en un contexto violento y conservador como el nuestro. Desde la estética, la indumentaria y la imagen, la comunidad LGBTIQ+ ha hecho de la fiesta rave un lugar de autoafirmación identitaria particular y colectiva, así como un espacio político de resistencia y de reconocimiento. Para la muestra un botón: las drags, por ejemplo, se han convertido en personajes recurrentes en muchas de las noches capitalinas de éxtasis electrónico. 

Promotores, Djs y otros actores de la fiesta rave coinciden al decir que hoy existen ciertos lugares y colectivos que han contribuido enormemente en la consolidación de estos espacios para las disidencias de género. Colectivos como Pez Alado, Nott o House of Tupamaras, clubes como VideoClub o Querida Bar en Medellín, Djs como Honey Vergoni, Intransitif o Jano Von Skorpio y fiestas como BULTO, Íntimas o la Putivuelta, son hoy referentes. A partir de algunas conversaciones que he tenido con diferentes personas, escribo estos apuntes que no son para nada concluyentes ni definitivos. Esta conversación, como la escena, está en constante construcción.  

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BULTO es quizás la iniciativa más reconocida en el circuito electrónico colombiano actual que trabaja en pro de la construcción de espacios incluyentes y seguros a través de la fiesta y la música. Según los tres creadores del primer colectivo de techno queer en Colombia, Jesús Flores, Alejandro Arango y Luis Porras; la necesidad de crearlo nació de la insatisfacción que sentían en torno a la oferta electrónica colombiana. Para ellos, la escena techno en Colombia es “tremendamente machista y heteronormada”, por lo cual no querían “un lugar donde nos toleraran o que fuera gay-friendly, porque, ¿a quién engañamos?, ninguno de nosotros necesita ser aceptadx o aprobadx por nadie, con que nos dejan ser y existir como somos, nos basta”. 

Después de más de dos años de reflexiones hicieron la primera fiesta, en 2019. Unas cabinas XXX en Chapinero sirvieron como el primer escenario en donde la liberación sexual y el hedonismo condujeron la noche. La invitación a adoptar la estética fetichista como atuendo buscaba motivar a los asistentes a liberarse en la pista de baile. Desde entonces, se han erguido como un espacio positivo para el sexo y la desnudez y, sobre todo, para la libertad. Cuentan que no llegaron a imaginar el impacto positivo que han tenido sus fiestas para la comunidad LGBTIQ+: “Lo que comenzó como una prueba piloto de una fiesta techno dirigida a una minoría, se ha ido convirtiendo en un refugio enorme para muchxs que han entendido que, dentro de nuestras cuatro paredes, los prejuicios y la discriminación quedan por fuera”. 

BULTO se ofrece como un refugio, un espacio seguro lejos de violencias y prejuicios donde cada quien tiene la posibilidad de ser verdaderamente libre. Les gustaría hacer más para erradicar la discriminación, pero son conscientes de que ese tipo de problemáticas demandan cambios estructurales en la sociedad. “Por ahora le hacemos frente como comunidad y como evento, propiciando un espacio seguro donde los asistentes puedan explorarse de manera individual en un espacio colectivo y, si es posible, donde se puedan olvidar de violencias que hayan vivido antes. En pocas palabras, BULTO es un descanso de la realidad que debemos afrontar día a día”, dicen. No obstante su aporte no se agota únicamente en el enfoque hacia las disidencias de género, pues han visto cómo se derrumban los prejuicios de personas hetero que participan de las fiestas: “terminan descamisados, sudando y dándonos besos en la boca, confesándonos que ha sido la mejor fiesta de todas sus vidas”, cuentan. 

 

 

También reconocen que dentro de la misma comunidad hay ciertos patrones de discriminación que recaen especialmente sobre las personas trans, es por eso que para sus próximas ediciones ––una vez superado y asumido con responsabilidad el distanciamiento social a causa de la pandemia––, ya tienen varias ideas encaminadas a que mujeres y otras expresiones de género encuentren mayor representación en el espacio. Resaltan el papel fundamental y fundacional de la música dentro de la construcción de BULTO, por lo cual se han enfocado también en destacar el talento nacional e internacional de Djs de alto calibre, mujeres o personas que se identifican como queer: además de los muy finos lineups de sus fiestas, lanzaron una serie de podcasts llamada ESPECTRO, cuyo fin es dar a conocer artistas queer con diferentes expresiones sonoras, tan amplias y diversas como cada una de las identidades que confluyen en la fiesta.

(En contexto: aquí puede leer una crónica del aniversario hedonista de BULTO, acompañada de una entrevista más extensa y detallada)

La Dj, promotora y productora transfeminista bogotana Violeta Antonia Gómez (27 años), conocida en la escena como Intransitif y creadora del sello discográfico independiente y productora de eventos Aquelarre, considera que el movimiento rave ha estado ligado históricamente a la comunidad queer debido a que ha generado espacios abiertos a experiencias fuera de la norma. Para Intransitif, la ilegalidad que marcó los inicios de la cultura raver es un punto de confluencia entre la comunidad LGBTIQ+ y la fiesta. Ella define esa relación como “lo disidente dentro de lo disidente”. 

Así mismo, considera que el consumo abierto de drogas en las rave también se establece como un puente entre la comunidad queer y estos espacios, en el sentido en que ambos funcionan como punto de quiebre de tabús y prejuicios. Para ella esto refuerza la noción de la rave como un lugar seguro y propicio para la libertad de expresión, y considera que la ruptura del prejuicio que recae en el consumo de sustancias ayuda a que se quiebren otros tabús. Recalca, eso sí, que hace referencia al consumo consciente y responsable por el que se ha trabajado en estos escenarios.

Sobre la apropiación del universo rave por parte de la comunidad LGBTIQ+, Violeta considera que ha sido un proceso lento y hace referencia a escenarios como los Club Kids neoyorquinos, la cultura drag y los Bubbles como pasos importantes del proceso. Subraya especialmente la trascendencia que ha alcanzado la cultura drag y el aporte en términos de popularización y visibilidad que ha significado para la comunidad. Para Intransitif, estas manifestaciones, las que se gestan desde dentro de la misma comunidad queer, son las que contribuyen en mayor medida a los procesos identitarios y de reconocimiento. Sin embargo, Violeta reconoce que a pesar de la atmósfera de respeto y comunión que caracteriza estos espacios, aún falta andar mucho camino en lo referente a discriminación, transfobia, homofobia, machismo y sexismo. 

 

Desde Aquelarre, Intransitif, junto con otras mujeres Djs e integrantes de colectivos con perspectiva feminista, organizaron la fiesta Girls Just Wanna Have Fundamental Rights, en el marco de la conmemoración del Día de la Mujer, poco antes de que la pandemia llegara a Colombia. Este evento autogestionado fue pensado como una apuesta política. Buscaban darle un giro a lo que habitualmente sucede en fechas como esa: el club conforma un line up de mujeres o da free cover a las chicas, todo como estrategia de mercadeo. Lo que hicieron Violeta y las otras chicas con las que se unió, fue hacer toda la gestión del evento, desde la logística hasta la música, e incluso hicieron conversatorios académicos previos al evento sobre seguridad en las pistas y escrache. 

(Le puede interesar este live sobre mujeres y seguridad en las pistas de baile)

“Yo creo que existe un trabajo consciente de construcción de estos espacios, pero no desde el mainstream o los promotores tradicionales. Las iniciativas que nacen desde personas diversas, mujeres, colectivos queer de la escena electrónica, son las que contribuyen a la creación de espacios políticos y seguros para la comunidad”, asegura Intransitif. Desde su experiencia personal como transfeminista, dice que “sí existen más Djs y artistas trans en Colombia, pero no son lo suficientemente visibles. El hecho de ser una Dj abiertamente trans es por sí mismo un hecho bastante importante. Me gusta pensar que esto sirve para abrir camino a nuevos artistas queer”.

Con Aquelarre y su oficio de Dj y productora, Violeta busca generar espacios de visibilización y reconocimiento para las minorías sexuales y los cuerpos disidentes. Como promotora busca crear nuevos escenarios para difundir el talento de otras Djs y talento queer. Al igual que BULTO, Violeta considera que la música es el elemento central de la experiencia: “Es una iglesia, la iglesia de la música. Hay una correlación entre el rave y lo que significa la música en un nivel primario y con el uso que se la ha dado históricamente en los ritos y en los cultos para llegar a ese éxtasis dónde los cuerpos trascienden. El ambiente ayuda y es parte crucial del rave, pero la música subsiste y existe fuera de esa espacio”. 

Por último, ella encuentra mucha importancia en la unión entre el feminismo, las mujeres y la comunidad queer en la construcción de estos escenarios porque precisamente ella está “en esa intersección porque hago parte de la comunidad LGBTIQ+ y soy mujer feminista y constructora de espacios de visibilización y politización para mujeres. Siento que ambas comunidades deben ir de la mano”. 

Nelson Vásquez-Gómez (25 años), quien se integra al circuito electrónico bajo el a.k.a. de Moritz III, fue promotor del extinto Billares Londres y hoy es Dj, curador, residente y técnico de sonido en Overcast desde el 2018, considera que las raves se han convertido en espacios de construcción fundamentales para tener una conversación mucho más abierta sobre el público LGBTIQ+. “Lo que conocemos ahora como raves”, asegura Nelson, “empiezan como pequeñas fiestas en espacios de resistencia y contracultura a presiones sociales y políticas. Había mucha represión policial y homofobia férrea recorriendo las calles. Como dice el dicho: mucha policía poca diversión”. Es una génesis que, para él, se ha ido olvidando y desconociendo con el paso del tiempo. Por eso considera que es natural el reclamo de la comunidad queer por esos espacios y por establecerlos como escenarios mucho más discursivos y hasta hedonistas. 

Desde su punto de vista, el proceso de aprehensión y construcción de la fiesta rave en Colombia por parte de las disidencias de género ha sido lento y traumático porque socialmente no se ha dado un recepción en masa. “Vemos muchas chispas de fobias arraigadas a las convicciones que históricamente han estado insertadas en muchos de nosotros —o nuestros familiares— y ese tipo de condiciones han hecho mucho más difícil tener estas conversaciones en nuestras esferas cercanas. Indiscutiblemente, esto se refleja en los espacios sociales”. Con esto hace referencia particularmente a lugares que aún dentro de sus políticas de ingreso y permanencia estandarizan comportamientos homofóbicos y transfóbicos, o lugares donde simplemente la comunidad LGBTIQ+ no es bienvenida; así como las rave que no necesariamente defienden o representan esos intereses particulares. 

 

 

Empero, reconoce que a pesar de lo largo del camino, algunas veces lo insuficiente o lo infructuoso, en el presente son mucho más notorias y vocales las iniciativas que “valientemente se han ido abriendo trocha”. Menciona a las Tupamaras, que para él son el ejemplo más transversal, pues convergen en la política, en el arte, en lo cultural y en lo social. Su iniciativa personal busca aportar a la comunidad por medio de la música. “Creo que las multiplicidades hacen más rica la experiencia de la fiesta y muchos de estos eventos raves se cargan de big room techno, dark o acid; hegemonías musicales interpretadas por élites blancas y apolíticas que no resuelven mucho en lo musical”. 

Así pues, la tarea que Moritz se ha propuesto en su curaduría, apunta a poner en juego los intereses de la comunidad a través de su selección musical buscando expandir la consciencia de la música que bailamos y escuchamos. Con el colectivo Overcast ha participado en las investigaciones que esperan poder compartir en forma de documental (Nelson además es cineasta de la Nacho). Han estado trabajando en lograr una radiografía de la historia de la comunidad LGBTIQ+ en Bogotá en los últimos 20 años, tanto en sus transformaciones espaciales como políticas. 

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Moritz III coincide con Intransitif al decir que “existen clubes y promotores que lastimosamente también se paran del lado adverso y abanderan estos discursos porque les resulta bastante fructífero por el mero rédito económico, pero que dentro de sus políticas con y para el lugar siguen existiendo profundas grietas que discretamente anulan cualquier relación entre el contexto y la práctica”. Por esta razón cree que estamos lejos de poder hablar de una escena que funcione de forma colaborativa y, sobretodo, lejos de una consolidada. Para él lo que se ha visto hasta ahora no da cuenta de un esfuerzo colectivo, pero abre la pregunta sobre la urgencia de construir uno, refiriéndose a la escena como escenario de construcción para la comunidad LGBTIQ+. Considera clave poner la atención en aquellos espacios o colectivos que roban créditos y esfuerzos por acoger estas resistencias para fiestas o propósitos económicos. “Cualquier club, colectivo o promotor”, concluye Moritz III, “puede generar una sensación de inclusión y hasta dar espacios o inventar una fiesta para rectificar sus propósitos, pero esos esfuerzos son poco sinceros y no aportan nada, y es ahí cuando debemos ser más duros y enfáticos en exigir una relación directa y honesta con las luchas que abrazan, no que cobijan con ojos paternalistas”. 

Por su parte, Victoria García, Dj de la escena local desde hace aproximadamente un año bajo el seudónimo Amanda, dice que ella misma, como parte de la comunidad LGBTIQ+, ha sentido receptividad y libertad en el ámbito de la fiesta rave y de la música electrónica underground y por eso mismo se ha interesado en este tipo de manifestaciones. Para Amanda las rave son espacios “naturalmente inclusivos” que funcionan como escape a una sociedad tan restrictiva como la colombiana. Por esta razón y de manera orgánica, dice Amanda que ha ido surgiendo la necesidad de empezar a tener influencia en estos escenarios, a tener voz como comunidad. 

 

 

Este “ritual dionisiaco”, forma en que esta Dj define la fiesta rave, es idealmente un espacio en el que las y los asistentes se ocupan de “fluir” con la música, sin preocuparse mucho por lo que hacen los demás, características que facilitan la libertad, la expresión, el baile y la elección de la indumentaria. “Es un espacio seguro”, asegura Amanda, “para que los adultos podamos comportarnos como niños. Un espacio libre en el que no importa lo que hagas o lo que haga la persona que está a tu lado; lo que importa es la vivencia conjunta y eso se presta mucho para la diversidad y la inclusión”.

Para Amanda existe una identidad musical que se ha ido formando a la par con el movimiento rave y en relación con la comunidad LGBTIQ+. Distintos tracks se han ido convirtiendo en himnos e incluso en sistemas de identificación de la comunidad, bien sea porque sus creadores pertenecían a la comunidad o fueron fuertes defensores de la misma o porque también se vieron sosegados y relegados de la sociedad, como las comunidades afro. Así, para esta Dj la música se convierte en protesta, en medio de denuncia y en bisagra entre las raves y las disidencias de género. 

De su experiencia personal como Dj gay y mujer, cuenta a modo de crítica que la han buscado para tocar en fiestas del pride sólo por el hecho de ser mujer o por su estética, incluso desconociendo muchas veces que hace parte de la comunidad. También ha sido testigo de malos tratos a drag queens que contratan con la misma finalidad: lucrarse de un movimiento, de unos emblemas, sin ningún tipo de consciencia al respecto. No obstante, Amanda considera que sí hay un trabajo consciente en la construcción de las raves como escenarios incluyentes, libres y diversos, pero esas apuestas provienen de personas que pertenecen a la comunidad queer. Resalta por ejemplo el valor que ha tenido la Red Comunitaria Trans, así como el colectivo que organiza el Kuir Bogotá Fest, entre otras iniciativas. 

Así, en el contexto colombiano el panorama de las rave como espacios de construcción para las disidencias de género promete. Sin embargo, como bien lo dijeron las personas que aportaron a este texto sus experiencias y visiones, aún falta bastante camino por andar para poder hablar de una escena consolidada y comprometida con esa construcción más allá de intereses económicos y personales. De otro lado, es muy importante reconocer la labor de los colectivos que le están metiendo el hombro y que con sus iniciativas contribuyen a afianzar lo que hasta ahora se ha logrado edificar. El apoyo a estas propuestas es sin duda el alimento que necesitan para lograr hacer de estos escenarios verdaderos espacios de libertad e inclusión, libres de discriminación.

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