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Ilustración por @nefazta.666

El “azote” y la inercia de la periferia: un análisis del descuelgue en bicicleta

“Azote” como referencia al movimiento y a los golpes, al dolor. “Descuelgue” como referencia a la caída, a la verticalidad. “Gravity” como referencia a esas vidas que comienzan atravesadas por la muerte y que desde que inician van bajando a toda, potenciadas por su propio peso.

Federico Reyes Mesa

Por estos días volví sobre un proyecto documental que conozco desde hace un tiempo y que por unos años ha producido un material muy fresco y muy honesto sobre un deporte urbano de alto riesgo conocido como gravity, descuelgue o azote, practicado por un combo numeroso de barrios periféricos de Medellín y Envigado. Si usted no conoce el azote, acá abajo encuentra uno de los materiales que muestra, cruda, esa belleza violenta, construida sobre el ritmo y la caída (lo invito también a echarle un ojo a otros contenidos que hay en el canal).

Volví a revisarlo porque tenía muy metida en la cabeza una imagen de uno de los videos, y sobre todo porque no entendía la razón del surgimiento de esa imagen en mi mente, que aparecía como invocada cada vez que pensaba en todo esto que está pasando en términos de movilizaciones sociales y procesos resistentes en el mundo incluso en cuarentena, y en cómo este tan particular presente que habitamos se construye casi únicamente sobre la relación articulada entre la vida y la muerte y especialmente sobre la vida que le huye a la muerte.

La imagen es la de un hombre de jean ancho y desgastado con una polo Lacoste morada, también ancha, y gorra gris con el logo de Fox Racing tirada hacia atrás, sacando stickers muy calle –como él mismo dice– de su morral y pegándolos sobre una urna de cementerio que lleva tallado un nombre, Hayder Flórez Caro, y las fechas de un nacimiento y una muerte. Sobre la urna, que es en realidad una pared compartimentada, unas flores amarillas y una foto en sepia atravesada por una manilla pegada con silicona. Después de decorar la urna con los stickers, se lleva un cigarrillo de marihuana a la boca, aspira profundo, tanto que termina tosiendo ahogado, y con el humo contenido en los cachetes se acerca a una pequeña grieta que tiene la urna  en la esquina inferior izquierda y se lo bota todo al interior. El de la polo morada es El Loco y el de la tumba es El Niche, los dos son parte de ese parche grande de fieles azotadores de las comunas noroccidentales de Medellín.

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Foto cortesía de David Sánchez / @c.davidsanchez

El Niche murió en el 2015 producto de un choque con un carro en medio de un descuelgue. Tenía 20 años. Y ese acto sencillo de El Loco de decorar con stickers su tumba, de fumar con él, de visitarlo no para recordarlo sino para seguir estando, parchando, porque al menos uno respira aunque el otro no, deja ver lugares diferentes para pensarse y pensar las realidades cuando surgen articuladas a ese espacio extraño que es la resistencia natural, el nacer resistiendo a la muerte o a la vida, poniendo sobre la mesa la posibilidad no de resistir sino de responder a la vida y a lo que otros han hecho de ella a partir del desafío en la propia, fundado sobre el desencuentro entre la muerte y el miedo, y desde ese desencuentro, la articulación profunda entre la vida y la muerte.

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Y es que ver a estos parches –casi todos son hombres, algo en lo que uno también podría enredarse haciendo análisis, pero que por ahora no es el centro en este texto– bajando a toda por las carreteras y calles, es poderoso. Las imágenes sugieren un montón de lecturas. Casi acostados sobre sus bicicletas modificadas para alcanzar más velocidad, rodeados de carros y motos y buses y camiones andando indiferentes a sus figuras y semblantes frágiles, de pura carne y hueso, unos con rodilleras y cascos y otros pelados, sin nada, en camiseta y jean, cayéndose duro y parándose siempre, todos rotos y descuadrados, riéndose de lo cerca que le pasaron a un taxi en una curva ciega, contando quién y cómo estuvo más cerca de darse de frente como El Niche, atravesando, cicla al hombro, potreros y callejones y acompañándose entre ellos.

Desde hace tiempo andaba yo construyéndome una idea sencilla sobre estas imágenes que muestran con gracia lo que hacen los que azotan, articulada —siento ahora— a una lectura revictimizante de la práctica, en la que repetía con mucha seguridad para mí mismo y para otros que lo que buscan estos parches es llenar con el vértigo y la colectividad los vacíos producidos por un sistema al que le importan poco y que les importa poco, y que con su velocidad le dan cuerpo a esa resistencia violenta tan de adentro, como natural. Que les hacen frente a las realidades y desafían la poca importancia que sus vidas parecen tener para el país y quienes lo dirigen, consumiéndose a sí mismos como los consumen los demás, dándole ninguna importancia a su propia carne y descargando todo lo que son en sus bicicletas, esas que son monstruos armados por pedazos y a la fuerza, que desafían el orden de las cosas porque tienen vida aunque no respiren, aunque sean puro metal, y que se rompen cada tanto con quienes las montan y las arman, con el mismo dolor, con la misma potencia. <<Abrácela que eso es lo suyo, abrace eso>>, suena en la voz de El Niche que graba con un Blackberry a un par de policías que intentan a la fuerza despegar a un “gravitoso” de su cicla sin lograrlo, porque saben que si se las llevan no las vuelven a ver y prefieren amortiguar con sus cuerpos la violencia pesada de la autoridad que perderlas de vista, que soltarlas. Aprendieron a ir fundidos en ellas, con la piel pegada del metal, como si estuvieran derretidos por el calor del movimiento y de la bajada sobre esas estructuras hechas a mano que son sus vidas —o al menos parte escencial de ellas— y que son la materia de sus parches, la esencia de lo que son y lo que hacen.

azote02.jpgFoto cortesía de David Sánchez / @c.davidsanchez​

Pero ahora siento peligroso declarar esto, decir que es una actitud en clave de resistencia, como si estuvieran actuando convencidos de algo así. Como si lanzarse por las calles fuera una decisión política. Y lo siento peligroso porque desde allí, desde la resistencia entendida como una decisión, la infinita complejidad de lo que hacen, lo que dicen y lo que son se aplana, pierde densidad, se reduce a una postura. Y si algo es patente en estos parches es su densidad y sus dinámicas complicadas, los discursos violentos, las prácticas desafiantes, los poderes problemáticos; pero, sobre todo, es claro que lo que hacen lo hacen de forma genuina, y esa honestidad vacía de sus formas, ese aparente desinterés por todo con el que se dejan caer por esas montañas, es en realidad pesadísimo, está repleto de vainas, está que se quiebra y que habla.

Pero es que si la vida misma es una respuesta violenta y esas interseccionalidades complicadas, esos encuentros entre la pobreza, las oportunidades casi nulas, la criminalidad, el riesgo, el género, la raza y la clase, son nada menos que la cotidianidad, eso de resistir se vuelve secundario ante la configuración misma de la vida, del vivir.

 

*

Sobre la violencia natural de los escenarios periféricos como las comunas, determinando con una sencillez tremenda las posibilidades que tienen los sujetos que las habitan y configuran, Frantz Fanon escribió en Los condenados de la tierra (1961), uno de los más importantes discursos acerca de teoría decolonial, lo siguiente: <<allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un mundo sin intervalos>>.

Se nace, en la periferia, con la misma potencia con la que se muere, con la misma inercia. El movimiento es uno solo, en caída, en picada. En el prólogo del texto de Fanon, Sartre se refiere a esto como <<comenzar la vida por el final, sabiéndose, quien nace, muerto en potencia>>. Con la única certeza que existe, que es la muerte, y la única posesión que existe, que es el cuerpo. Y entonces, dice Sartre, vemos, los que vemos de lejos, con la comodidad de la distancia, cómo la violencia exterior e interior tiene cuerpo en esa nada y en ese desinterés que se habita en la periferia, y creen unos que esa violencia que destilan esas zonas es un obstáculo demasiado natural, salvaje desde la lengua y la piel, que impide el desarrollo; y creemos otros que es la forma de resistencia más genuina a la agresiva modernidad que heredamos pensada desde y para otros lugares, por y para otros sujetos.

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Pero ¿qué pasa si, contrario a nuestra soberbia, esas categorías tan superficiales son apenas formas que nos hemos dado a nosotros mismos para hablar de otros, sin contemplar que los otros las habitan con la normalidad y la naturalidad con la que se respira? Y ahora pienso que esa imagen de un pelado fumando en la urna de otro, llenándola de stickers y de marihuana, y de esas tantas otras de los combos enteros cayendo juntos, pasándose unos a otros, es el verdadero lugar sobre el que se desafía la existencia y desde allí la resistencia como respuesta: en la distancia que hay entre los que nacen para no morir y los que nacen sabiéndose muertos.

El nombre no le queda mal a la práctica. “Azote” como referencia al movimiento y a los golpes, al dolor. “Descuelgue” como referencia a la caída, a la verticalidad. “Gravity” como referencia a esas vidas que comienzan atravesadas por la muerte y que desde que inician van bajando a toda, potenciadas por su propio peso.

azote04.jpgFoto cortesía de David Sánchez / @c.davidsanchez

Y no, no hay nada romántico en esta situación, no hay nada de esencialismo en la profunda desigualdad que nos y los construye, ni en la naturalidad de la bajada con la que viven quienes habitan las periferias –y más aún las periferias de las periferias–, ni en los discursos que muchos nos proponemos configurar para entender o criticar esas realidades. Y es que no hay nada que entender, y si lo hubiera no hay que transmitirlo con voces ajenas. Ahí radica la belleza de estos videos, en la naturalidad con la que fluyen las imágenes, esa puesta en escena tan clara y honesta, tan genuina y contundente, de esa interseccionalidad con la que se atraviesan el miedo a la muerte y al valor de la vida. La potencia de estas tomas simples y bien hechas es que precisamente parecen surgir para que estos parches construyan con su estética, con sus discursos y con sus prácticas, sus propias realidades. Entonces ahí están, para ser vistos con simpleza y con humildad.

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Una primera versión de este texto se publicó originalmente en el blog de Federico.

 

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