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Gráfica por @burdo.666

Una jauría de distorsiones

Quienes hacen música son sujetos colectivos que, en algún punto, necesitan a otros para construir. Esta es la historia de La Jauría, un colectivo y también festival caleño que nació para consolidar proyectos musicales alternativos colaborativamente del que hacen parte bandas del calibre de MICO, Vientre o Holy Family. Este artículo hace parte del proyecto de exploración de músicas emergentes EME.

Isabella Suárez

La práctica musical colectiva entendida como práctica social supone la participación en proyectos comunes en los que cada uno aporta inteligencia, conocimiento técnico, sensibilidad, emoción, sentido estético, responsabilidad y espiritualidad para una producción compartida y cooperativa.
- Stella Maris Muiños de Britos

 

Dice Georg Simmel, el filósofo y sociólogo alemán, que la música es una práctica social que hacemos con otros. Es en el otro que nuestros actos encuentran validez y sentido en el mundo. La contemporaneidad nos sumerge en la idea de que el músico es un agente solitario que gracias a su creatividad e inspiración individual  logra plasmar en piezas sonoras toda la sensibilidad del mundo, pero si excavamos un poco en el pasado nos damos cuenta de que el músico es en realidad un sujeto colectivo que necesita de otros para construir y retroalimentar su trabajo.

Con la consolidación de la industria musical en el siglo XX, la música como práctica y como arte se dividió en lo mainstream y en lo underground. Lo primero ensalza a ritmos populares de fácil recordación y aceptados ampliamente por el público general; lo segundo, en cambio, abarca sonoridades e ideas que pueden tender a lo transgresor y que por ende no son aceptadas por la mayoría de la población. Esta división causó, entre muchas otras cosas, que las dinámicas entre los agentes de la música (productores, creadores, público, medios de comunicación, etcétera) fuese distinta en cada caso: por un lado, lo mainstream está diseñado por el establecimiento para gustarle a un gran número de personas y para lograrlo se basa en estudios de mercado y en el apoyo de grandes medios de comunicación al momento de su comercialización, lo cual impacta en los campos de las artes, la moda, la literatura, la música y, en general, a todo el entretenimiento; por el otro lado, lo under o subterráneo puede verse como un contrapeso a lo normado, a lo impuesto, en él se gestionan, por voluntad propia, los medios de comunicación y de comercialización de estos mismos elementos del entretenimiento, esta voluntad propia es también conocida como ‘hazlo tú mismo’, acuñada por los beatniks en la década de 1950 y adoptada por punks, hardcoreros, raperos, entre otros. Como consecuencia de las ventajas de producción y alcance que tiene una sobre la otra, las iniciativas independientes retoman las raíces de lo colectivo para mantenerse y salir a flote.

La Jauría, el colectivo y el festival caleños, nace en 2013 por esa misma necesidad de consolidar proyectos musicales de una manera más fluida y colaborativa. Surge de la inventiva de unos pelados, que veían que este mismo modelo de trabajo lo empleaban los grandes músicos internacionales que admiraban. Ellos y ellas requerían un espacio para compartir conocimientos, música y experiencias de todo lo que estaban viviendo. Las bandas que encabezaron esta iniciativa fueron MICO, Holy Family y Take Off, además también integrantes de Vientre y Umbral (esta última extinta), todas emparentadas con el hardcore melódico, el beatdown y el pop punk, hecho que le dio una preponderancia inicial a este tipo de subgéneros pero que más adelante se ampliaría para recibir a bandas o agrupaciones de otras sonoridades.

Han pasado ya siete años desde que este grupo de amigos ha dedicado su tiempo y esfuerzo a crear comunidad, en ese tiempo han crecido y avanzado hacia otras cosas, musicalmente hablando; desde afuera algunos pueden interpretar estos cambios como inestabilidad, pero desde adentro cada integrante sabe que eso hace parte del impulso que aún los mantiene con vida. En palabras de Iván Zapata, integrante del colectivo y de bandas como Vientre, Desnudos en Coma y MICO, entre algunas otras, para estar donde está ahora mismo La Jauría y la escena hardcore caleña, hay que tener un carácter aguerrido. Quizás esto tenga que ver con lo pasional y visceral que pueden llegar a ser los caleños y las caleñas al momento de abordar sus gustos, lo que les lleva a entregarse verdaderamente a vivir la música con alma, vida y corazón.

Hasta la fecha van dieciséis entregas de La Jauría, sin mencionar eventos como el Hábitat, enfocado en dar un espacio para que artistas gráficos locales expongan su obra, o el Relampakidz, que es una versión sin alcohol para menores de edad; ambos hacen parte de la oferta de shows en vivo que ofrece el festival. Los organizadores recuerdan que en sus inicios La Jauría arrancó ambiciosa, pues quiso brindar espacios como los que tienen los grandes festivales del mundo: zona de merch, de juegos y de comida. Con el tiempo se dieron cuenta de que el que mucho abarca poco aprieta y decidieron dedicarse a lo que ellos mejor saben hacer: crear y producir sonido. Sin embargo,  más adelante y debido a las circunstancias los miembros del colectivo y cercanos al mismo se unieron con productoras audiovisuales, salas de ensayo, agencias de booking, entre otras, que si bien tienen nombres propios, son proyectos creados por esta misma gente. Carne Débil (Estudio), Go Alternative, Taller Colmillo (Bogotá), MUDO (Arte), Luto (Arte) y Black Mantra son algunos de los proyectos que se han asociado en determinado momento.

(No deje de leer Radamel, el demonio irreverente al que le gusta hacer ruido, otro proyecto al que le pusimos el oído en el marco de EME)

Es importante también mencionar que no existe un lugar determinado para realizar cada evento, rotan sus presentaciones dependiendo de los lugares disponibles que hayan en la ciudad. Es así como han pasado por sitios como La Fuente de Soda, Kromaphono (hoy 10-60), fincas alquiladas, Nuestro Bar y Noise House, este último siendo el lugar preferido de la escena alternativa. Lo que nació como un espacio —pensado a partir de la filosofía de la prueba y el error— para parchar con amigos y como punto de convergencia del arte y de la música que ellos mismos estaban creando, se ha convertido, con el tiempo, en un referente nacional y quizás internacional de las escenas harcoreras, punkeras y rockeras. Si bien los integrantes originales del colectivo no sobrepasan los 40 años, detrás de ellos se han venido gestando nuevas generaciones de músicos que ven en el Festival La Jauría una escuela y un escenario por las que hay que pasar al menos una vez.

Esta escuela del ‘hazlo tú mismo’ encontró en el trabajo colaborativo una excelente manera de abordar sus procesos internos: convocatorias, patrocinios, producción de sonido, producción de video, booking, management, publicidad, hospedajes, giras internacionales, entre otros. Así han tejido una red de amigos y colegas que se apoyan mutuamente en la búsqueda de toques, alojamientos y viáticos. MICO y Vientre lograron viajar de esta manera a México en 2018, al igual que lo hizo Whites (Bogotá), quienes visitaron Cali en 2015 cuando grabaron su álbum Nuestras Voces y aprovecharon ese momento para participar en La Jauría de ese año.

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Toque de 2step. Foto de Alejandro Urriago, @vacíoindómito, cortesía de La Jauría.​

“Nosotros nos conocimos con ellos por nuestra presentación en Calibre en el 2014”, recuerda Daniel Casas, integrante de Whites, “en la serie de presentaciones que hicieron en la tarima de la Retreta de esa edición de dicho festival. "También fue la primera vez que vimos tocar a MICO. Personalmente, es una de las bandas que más me gusta de sonidos pesados de Cali y de Colombia en general”. Otro ejemplo de esta articulación fluida, sobre todo para construir espacios de música en vivo, tuvo lugar en el 2019, año en el que Quiet Fear, agrupación de Los Ángeles (USA), estuvo de gira en tres ciudades colombianas: Bogotá, Medellín y Cali. Fueron acompañados por Vientre, de Cali, La Desaparición del Miedo, de Bogotá y El Incendio Más Largo del Mundo, de Medellín; casi que hubo un anfitrión por ciudad.

Las convocatorias abiertas del festival han sido muy fructíferas y han permitido que bandas emergentes tengan su debut, al mismo tiempo que han sido vitrina para que otras se hayan podido dar a conocer a muchas más personas. Ese es el caso de Anhedonia, una agrupación de posthardcore y screamo que desde 2015 viene tocando en los distintos escenarios del país. Su presentación en sociedad fue en una de las 4 versiones de las que han participado. “Lo que más nos gusta de Jauría es que es algo propio e independiente”, asegura Priscilla Romero, baterista de la banda. “Realmente sin Jauría, Anhedonia no sería lo que es hoy y aunque no es un festival “grande” como los otros, siento que ha posicionado más bandas que ningún otro festival en Cali… ¡y a bandas de calidad!”

Esta forma de trabajo autogestionado ha hecho que cada integrante tenga una posición crítica y definida frente al modo de operar de la industria musical en Colombia. Si se rasca un poco la superficie de esa industria se puede ver toda la obra de colectivos musicales alternativos que realmente no necesitan el impulso mediático de lo mainstream para sostenerse y avanzar, ya que los estructuran otros valores e intereses. A partir de la llegada de estos sonidos al país, ha habido personas que desde cualquier esquina procuran que no cesen y sobre esta herencia se han cimentando las actividades del colectivo, pero con la visión que ellos mismos tienen sobre el futuro, sin desestimar su presente, sin sentirse marginados ni excluidos de las dinámicas que impone el mercado y los medios tradicionales, pues se unen a pares que están bajo la misma línea de acción.

(No deje de leer Decibel Sudaka, el colectivo que inunda de punk sureño a Medellín, otro proyecto al que le pusimos el oído en el marco de EME)

La banda de “postgrunge alternativo punk emo latin harcore” (como ellos mismos se etiquetan) Cenizo, da fe de todo este proceso de trabajo colaborativo que emprende la comunidad. Desde hace un par de años están vinculados y afirman que su participación desde las primeras versiones y el apoyo de sus integrantes en los shows de las otras bandas, ha fortalecido el vínculo y les ha dado una nueva perspectiva de lo que es ser músico en esta escena. Estar detrás y al mismo tiempo delante de una tarima es uno de esos quehaceres que hace parte del D.I.Y y se activa automáticamente en todos los responsables e invitados al concierto, justo antes de empezar. Si bien cada función está asignada previamente, cualquiera puede intervenir en caso de que suceda algo inesperado. No importa si son bandas recién llegadas a las tarimas del festival o nombres con recorrido en los escenarios, “el apoyo y trabajo dentro de las jaurías vienen del corazón de cada uno de los participantes que puedan y quieran aportar, así sea en lo más mínimo”, dice Andrés Tovar, baterista de Cenizo. 

Las comparaciones pocas veces son agradables pero en muchos casos sirven como espejos. Los referentes norteamericanos y latinoamericanos que tuvieron quienes decidieron unirse en torno a la idea del colectivo son agrupaciones que llevan décadas en las escenas musicales de sus respectivos países y como suele pasar, no se extinguen del todo sino que se reinventan en otras. Es claro que esto último es replicado acá con éxito, lo primero no se cumple a cabalidad por el carácter disperso y dubitativo del circuito musical. Es aquí donde la unión hizo la fuerza y La Jauría ha estado logrando que las distintas expresiones musicales alternativas caleñas de distintas generaciones se junten y no necesiten más que a ellos mismos y a su público para crear y disfrutar de lo que más les gusta.

La pandemia ha trastornado muchas relaciones cotidianas y fisurado los circuitos artísticos, la música en vivo ha sido una de las más afectadas, colectivos artísticos y musicales como La Jauría se han visto golpeados sobre todo por tener que cancelar giras y eventos importantes. Sin embargo y gracias a su propia naturaleza, han sabido surfear las dificultades que impone este nuevo orden. Muchas de las bandas miembros como Vientre, Cenizo, Anhedonia, Year, MICO, Desarraigo, Mueblería HxC, Japy Lora, entre algunas otras, han optado por ser pacientes ante esta situación y mientras tanto se han volcado a la composición de nueva música, a la realización de algunos conciertos virtuales y a seguir vendiendo su mercancía a través de redes sociales virtuales. “La autogestión nos permite no depender de muchos factores”, aseguran desde Anhedonia, “además de que utilizamos recursos propios”.

Lo cierto es que todos se han estado moviendo en esta época convulsa, no deja de preocuparles lo que vaya a pasar cuando estén permitidos los conciertos, las rumbas y, en general, los eventos masivos. Algunos piensan que se va a ver amenazada la asistencia a los eventos y la fidelidad del público, especialmente por parte de los más jóvenes. Otros opinan que debido a los años que lleva el colectivo vigente ya existe un público firme con el que pueden contar siempre y seguramente lograrán superar una situación como la actual.

La cuestión de pertenecer o no a la industria mainstream y transitar a través de ella es algo que no les inquieta en lo más mínimo, ellos permanecen firmes en la creencia de la circulación no masiva a través de redes de sociabilidad autogestionadas y están a favor de las pequeñas comunidades específicas alrededor del mundo que intercambian música, arte y conocimiento. La distribución musical actual que se realiza por plataformas vía streaming es algo con lo que no están muy de acuerdo pero que en cierto punto ven casi que necesario pues les permite llegar a muchos más consumidores de música. La utopía de resistir y hackear al sistema que promulga lo under se desdibuja a medida que nos volvemos una aldea global. “Siento que en parte es dejar de pensar todo en escala tan masiva. ¿Quién dijo que teníamos que tener estos lenguajes ultra universales?”, dice Miguel Méndez de MICO y Carne Débil.

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Jauría online 2020. Banda Basura Astillada.

Al final lo que se va borrando es la línea que separa a las dos partes que impuso el siglo XX sobre la música. Lo mainstream no es el ideal y lo underground no es el bando revolucionario. Simplemente son distintas maneras de abordar y vivenciar la música como práctica social. Y es que, ¿cómo más se construye la música sino es con la diferencia, con el quehacer de individuos que hacen cosas distintas? La Jauría escogió trabajar de la mano de personas que vibraran de igual manera que ellos, con las mismas urgencias creativas, fuesen amigos o conocidos. A diferencia de los músicos que se mueven en lo comercial y pagan por servicios de extraños que no muchas veces comparten ese sentimiento de comunidad. La riqueza de este colectivo habita en ese tejido de personas con pensamientos y habilidades dispares, que les nutre, les aviva y les mantiene emergidos sobre el mar de vicisitudes que compone a la música.

 

Sígales la pista en Bandcamp a Mico, HolyAnhedonia, Vientre y Take off. También a La Jauría en su página de Facebook.

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Nota de la autora: Agradezco a la gente del colectivo, en especial a Andrés Tovar, Carlos Escobar y a Miguel Méndez, también a Daniel Casas de Whites y a Priscila Romero de Anhedonia por compartir sus memorias musicales conmigo.

*Contenido realizado en el marco de la convocatoria Comparte lo que somos que realizó Mincultura debido al Covid-19.

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