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Ilustración de @burdo.666

Decibel Sudaka, el colectivo que inunda de punk sureño a Medellín

Con colectividad en contra del silencio y ruido ante la desigualdad, este colectivo paisa le apuesta a encender los amplificadores de Medellín construyendo una escena con nuevas sonoridades.

Nicolás Gómez / @ngospina14

Para llegar a Casa Lesmes en Medellín es necesario bajarse en la estación Tricentenario o Acevedo y caminar unos 13 minutos hacia el oriente. Sobre la calle empinada está la casa verde de dos pisos con un balcón en el que se ve pintada la cara de Lemmy Kilmister y a donde se entra por una puerta negra y diminuta. En este espacio cultural, ubicado al norte de la ciudad, se lleva a cabo la tercera edición del Festival Rompiendo Fronteras, una apuesta del colectivo punk Decibel Sudaka que desde hace tres años lleva armando esta reunión en la capital antioqueña y sus alrededores a punta de autogestión y buena música. 

El festival tiene lugar en la terraza de la casa. Allí, con un abrazo y una camiseta que reza Fuck Covid-19, me recibe Karl Velázquez, el manager de Discidentes (la banda que es eje central de Decibel Sudaka) y de varias de las bandas que se presentarán ese día como Tifoidea, Slam, Desangrados o Procesxs, la última banda del legendario Jota, ex vocalista de Peste Mutantex. Karl tiene la barba pintada de rosado y muchos años para ponerse a hablar mierda y mientras charlamos me recomienda un par de bandas que no me puedo perder. 

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El único espacio de la terraza donde no cae el sol es la sala de ensayos que se encuentra acondicionada para la ocasión con micrófonos y cámaras que graban todo lo que ocurre adentro. Debido a la pandemia, este año el festival se lleva a cabo de forma virtual, en diferido desde Casa Lesmes. Karl mismo, quien además de manager es diseñador, editor de video y presentador del festival, será el encargado de editar estas tomas (entre presentaciones y entrevistas a las bandas convocadas) en un video que espera ver la luz en las próximas semanas.

Está claro que la tarde va para largo. El asador está a punto de prenderse y, según dice Karl, están atrasados una hora. Entre tanto los miembros de las 16 bandas convocadas van llegando a este espacio luego de casi siete meses sin toques en vivo confiados en reactivar de nuevo esta escena que ha sabido mantenerse a pulso ante cualquier adversidad. 

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El Festival Rompiendo Fronteras y el trabajo de Decibel Sudaka han servido como plataforma para que muchas de las bandas que se han conformado en los últimos años en la ciudad compartan su música. Así mismo, se trata de una iniciativa que ha buscado tener un impacto más allá de la escena por medio de donaciones y el trabajo social que, a través de éste, ha desarrollado el colectivo. Este año la pandemia cambió los planes de la movida punk paisa y, como es el caso de Rompiendo Fronteras, sus creadores tuvieron que aprovechar los canales digitales y movilizarse a una zona distinta a la acostumbrada. 

Y es que, aunque en esta oportunidad el festival tuvo lugar en el norte de la ciudad, Decibel nació lejos, en un pequeño parque del centro de Itagüí, al sur del Valle de Aburrá. Un sur mucho más silencioso y aséptico, acorde a la subordinación de la fuerza pública que en el norte parece inexistente y donde las fiestas en las calles (que acá son el pan de cada día) serían reducidas al minuto por la policía.

Decibel Sudaka nació en el Parque Obrero de Itagüí. Hace tres años, un grupo de amigos que se juntaba en este lugar a tomar cerveza se propuso devolverle el ruido a una zona del área metropolitana que, gracias a la falta de apoyo del público y la presión motivada por las restricciones del código de policía con respecto al espacio público, perdió sus tarimas y espacios para compartir. Esto, sumado al cada vez más evidente desinterés por parte de bares y espacios por poner sonidos que no les aseguraran un consumo de licor mínimo llevó al cierre de lugares como Barba Roja o El Sombrerón.

(Conozca a ‘Radamel, el demonio irreverente al que le gusta hacer ruido’)

“Hace varios años cuando yo empezaba en esto era mucho más fácil porque vos podías tomarte una cancha y pedirle la luz a una casa vecina para hacer el toque durante todo el día. Ahora para encontrar un concierto toca echar para el centro”, cuenta Ricardo Zuleta (36 años) líder de Decibel.

Allí, a los pies de ese monumento a la lucha social, se gestó la idea de devolverle al sur de la ciudad su carácter ruidoso a través del punk, el metal y el hardcore, motivados al tiempo por el objetivo de promover la lucha y la labor social a partir de la autogestión y la música. Así, se han consolidado como una comunidad activa que se apoya entre sí y del que cualquier banda con estos mismos intereses pueda hacer parte. 

 

En el corazón de Decibel Sudaka esta Discidentes, la banda que es el eje principal de este colectivo. Conformada por Ricardo (guitarra), Daniela Bedoya (vocales), Zebastián Yuseth (batería), Jorge Diosa (guitarra) y Juan Pablo Naranjo (bajo), esta banda es la encargada de juntar a proyectos que, desde diferentes orillas del punk, se interesan por la labor social. Estos cinco amigos se han puesto la 10 para darle un nuevo sentido al punk, ayudando y transformado con el apoyo de fundaciones aliadas las comunidades vulnerables que los rodean.

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En la terraza se empieza a acumular la gente. Por ella se pasean los integrantes de las bandas y uno que otro punkero que se enteró del toque y el asado gratis y cayó a parchar. En la esquina, pegados al vidrio que permite ver hacia dentro de la sala de ensayo, tres muchachos ven tocar a Nación Criminal, una de las bandas más importantes en el panorama actual del punk. Su sonido, pesado y maduro, es la prueba de quince años de tocar sin parar en escenarios tan grandes como Altavoz. 

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Los muchachos me cuentan que su banda se llama Desangrados, que llevan poco tiempo tocando y que acababan de salir de grabar, pero que quisieron quedarse a parchar un rato. Cuando les pregunto sobre el presente de la movida punk en la ciudad me cuentan que “hay muchísimas bandas en este momento, pero es muy complicado conseguir audiencias”. Esas agrupaciones han aparecido a partir de los diferentes toques que se hacen en la ciudad y a su vez se han convertido en el público de esos toques . Por eso mismo, la escena se ha dividido entre aquellos que promueven una competencia malsana y otros que se esfuerzan por llevar a cabo acciones colaborativas para fortalecer la escena, como la de Decibel Sudaka.

En nuestra conversación también participaba el cantante de Detective Wadd, una banda que desde 2017 ha recuperado el sonido del punk vieja escuela con guitarras y baterías rápidas acompañando a una voz contestataria. Ellos concuerdan con que el éxito de una banda punk es quedar inmortalizado en sus canciones, con sus letras, más allá de los réditos económicos o de participar en festivales.

“Yo creo lo mismo” —cuenta Zebastian, baterista de Discidentes— “Uno en últimas vive cuando las otras personas se aprenden sus canciones y se identifican con ellas. Sería bacano poder ganar algo de tocar, pero sabemos que no es tan posible, muchas veces hasta nos toca poner a nosotros. Creo que en el toque que mejor nos fue nos tocó poner de a 30.000”.

Además, me hablan de dos espacios de la ciudad para tocar, entre ellos el Sub, el mítico espacio de Ciudad Frecuencia y Los Suziox, y Libido cerca al Jardín Botánico, dos lugares que por varios años han sido el eje de una escena punk que en busca de nuevas tarimas ha escarbado desde garajes hasta pueblos cercanos, algo en los que no se ha quedado atrás el Festival Rompiendo Fronteras.

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En los tres años que Decibel Sudaka lleva realizando este festival han pasado por diferentes partes de la ciudad y sus alrededores como una finca en Versalles (donde se llevó a cabo la primera edición del festival) o La Casa de Cultura del Barrio Antioquia. A lo largo de estos tres años de trabajo se ha convertido también en la oportunidad para recolectar donaciones que ayuden a comunidades vulnerables que ellos conocen. En la primera edición recogieron cuadernos para repartir a niños a punto de empezar la vida escolar, en la segunda bultos de comida para mascotas y me cuentan que ahora tienen cincuenta kits escolares (con cuadernos, un libro, lapiceros y colores) esperando la oportunidad de entregar.

“Queremos cambiar la imagen del punk que muchas veces es solo chatarra y drogas o destrucción. Nosotros sí creemos en la destrucción, pero para construir”, me cuenta Daniela Bedoya, vocalista de Discidentes y la encargada de la logística el día de hoy. 

Daniela está en el primer piso, en el balcón que da a la calle. Tiene un canguro donde guarda tres tipos de alcohol porque anda paranoica con el tema de la pandemia. Me ofrece un aguardiente en una copa nueva y me cuenta de su padre que falleció hace pocos meses y que siempre le ofreció la confianza de conversar como si fueran amigos. Para él escribió Muerte Adorada, una de las canciones que van grabar en pocos minutos. Me cuenta que, además, su papá también fue quien les heredó la enorme colección de libros que acompañarán los kits escolares. “Si uno los deja en una biblioteca estos libros podrían andar toda la vida sin ser abiertos”, dice. Daniela cree que todos los que están allí tienen en común el interés de ayudar a los otros y que es lo que los apasiona realmente, incluso más allá del tipo de música que toquen.

En sus tres ediciones el festival se ha tomado su nombre muy en serio y han logrado presentar más de cuarenta bandas de ruido colombianas como Nación Criminal, Tifoidea, Sonido Libertario o Procesx y al menos diez extranjeras. El festival sigue un patrón común en los festivales de punk alrededor de América Latina: las “copilas”, que son compilaciones que reúnen algunas canciones tocadas en el evento.

Estas compilaciones son la forma que usan estas propuestas, por fuera de los mecanismos de distribución tradicionales como radio, plataformas de streaming o festivales de mayor calibre, para que su música llegue a nuevos oídos. Gracias a estas, y a algunos contactos que Ricardo dejó mientras vivió en Ecuador, algunas bandas de Decibel Sudaka se han podido ir a girar en el país vecino.

“A nosotros nos gustaría poder pagarle mejor a las bandas que colaboran con nosotros, pero no es posible. Por eso le apostamos siempre a colaborar con el transporte, la hidratación y en este caso algo de comida”, me cuenta Zuleta. Ricardo y Daniela además de tener una banda de punk, un festival musical y un colectivo, también trabajan todos los días haciendo hamburguesas y vendiendo carne de cerdo para poder mantenerse. Así fue que lograron poner la carne para alimentar a todos los “peludos”, como los llama Ricardo, durante esta jornada en la terraza de Casa Lesmes. 

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El calor en la terraza aumenta con el paso de las horas y el voleo de los integrantes de Discidentes no para. Por un lado, Ricardo prepara la carne, por otro, Daniela ayuda a subir la chicha para la hidratación de las bandas y Juan Pablo, el bajista, sigue apoyando en las cámaras que llevan todo el día grabando lo que ocurre en la sala de ensayo. Sin embargo, pronto les toca el turno a los organizadores del evento y la emoción de los asistentes se siente en el aire. Unos minutos después Daniela, Ricardo, Beto, Juan Pablo y Zebastian están listos en sus puestos para entregarse a dos temas repletos de velocidad y rabia.

Con el primer golpe al bombo uno se encuentra con una banda que por más de cinco años ha trabajado por crear un sonido propio y diferente a lo que se escucha normalmente en la escena del punk vieja escuela. Discidentes, liderado por Ricardo y Daniela ha introducido sonidos del nu-metal y el grindcore en una propuesta que mantiene la estética punk. 

Sus guitarras no pierden rapidez, pero ganan en peso. La batería va muy acorde con la voz gutural y profunda que sale del cuerpo de Daniela. Ahí parados cada uno mete lo que ha escuchado a lo largo de su vida. Desde el metal de Zebastian hasta el grunge de Ricardo conviven en sus letras y sonidos. Se nota cómo desde la composición que hacen Bedoya y Zuleta en su casa en Itagüí, que luego pasan a los otros integrantes, se ayudan y construyen un punk muy metaludo que se desmarca del tradicional y mundialmente famoso Punk Medallo y de ese sonido que se caracterizaba por las limitaciones técnicas que desde los años ochenta, con bandas como P-Ne o Mutantex, utilizó la música para denunciar las injusticias de la ciudad y el país.

“Por mi lado estoy más cerca del metal, pero hay algo del punk que me gusta y es que uno toca siempre de oído, uno va modificando las canciones mínimamente cada vez que toca. No hay una partitura o algo establecido”, me cuenta Zebastian fumándose un cigarrillo una vez terminada la faena. Al igual que la mayoría de personas que están en esa terraza, tiene en paralelo otra vida muy alejada de la música, él, por ejemplo, trabaja como entrenador personal y solo fuma cuando está con la banda.

Jorge Diosa “Beto”, el otro guitarrista, es ingeniero y trabaja como programador de obras de construcción, pero desde que llegó y se quitó su chaleco de la obra se apersonó de la venta de shots, labor que continuó después de haber tocado ahora con una chaqueta de cuero negra. En Decibel Sudaka todos ayudan con lo que pueden y las bandas que se acercan a trabajar con ellos inmediatamente empiezan a hacer parte de una suerte de familia extendida donde conviven diferentes experiencias de vida e influencias musicales.

 

Con el derecho a divertirnos y difundir.

Publicado por Decibel SudaKa en Lunes, 7 de septiembre de 2020

 

 

 

“Yo los conocí hace un par de meses cuando tocamos en el mismo lugar y desde ahí nos invitaron a participar en esto, nosotros de alguna forma sentimos que ya somos Decibel Sudaka también”, me dirá luego Laura Rendón de Rudä, una de las bandas presentes en el compilado, mientras caminamos a la estación de metro insolados y con una garrafa de chicha en la mano luego del primer festival de música de la nueva normalidad que verá la luz en un par de meses.

Con más de cinco años tocando, Discidentes ha asegurado un público que los reconoce por su trabajo con la comunidad y su sonido particular que se aleja de los cánones del punk de Medellín. Sin duda esta banda de amigos, conformada por punkeros de oficio muy diferentes, pero a fin de cuenta punkeros, es una de las apuestas musicales y sociales más prometedoras de la capital paisa y la promesa de que siempre habrá quien mantenga vivo el ruido donde otros se han esforzado por silenciarlo. 

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El punk en Medellín se aleja de ser un sonido uniforme y es impulsado por una escena diversa en la que éste, más que como un género musical, se lleva como un estilo de vida. Ese estilo de vida, que carga con el peso de una tradición importante que viene de décadas y que ha sido legitimado en los diferentes festivales del país por su sonoridad, se encuentra reencontrándose con su forma de entender el trabajo colectivo y el apoyo. Ese “destruir para construir” como dice Ricardo se ha convertido en principio que permite que Decibel Sudaka sea la amalgama de una nueva escena punk.

Está claro que todos los géneros tienen un rincón en este colectivo, desde la música parrandera de bandas como La Berrionda, hasta una propuesta de guitarra y batería como Rudä, siempre y cuando vivan el punk desde su accionar cotidiano. Bien sea apoyando con su música cómo estas bandas o poniendo el espacio como Casa Lesmes, todos hacen parte de este colectivo que tiene asegurado el futuro del ruido sureño y del punk en Medellín.


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