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Foto de Daniel Sierra. Intervención de Adelaida Porras.

El arte social en los cortes de cabello de Rasureitor

Por más de diez años esta creadora ha hecho de las cabezas sus puntos favoritos. No importa si es con careta y guantes, ni su oficio ni su gusto por intervenir con líneas geométricas las testas de sus clientes tienen fecha de caducidad.

Daniel Fandiño / @sinsecuencia

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Cuando Rasureitor llega al lugar en el que va a camellar uno queda perdido. Su pinta punki confunde: uno espera que de su morral saque unas baquetas o algo por el estilo, pero lo que saca es su rasuradora; ahí empieza la acción. La pelada a la que le va a hacer el corte no sabe cómo se va a ver al final. Es una de las particularidades de Rasu, aunque no pasa siempre, la mayoría de las veces que sus clientes dejan experimentar en sus cabezas. “Hago la primera línea y ahí ya se empieza a dibujar todo”, cuenta, mientras marca algunas líneas de manera sutil, como quien boceta con un lápiz en una hoja de papel.

Rasureitor es el seudónimo bajo el que trabaja esta mujer que de sus 35 años le ha dedicado los últimos 10 a dibujar en la cabeza de la gente. Su pincel es una máquina rasuradora, una extensión de su brazo que, de manera empírica, a punta de geometría e influenciada por las formas de las plantas, rompe los esquemas de la peluquería tradicional. El pelo, según cuenta, es para ella una representación del alma.

“Para mí la naturaleza es mi único dios. Todo se dio en un viaje de LSD. No lo he hecho muy público pero esa sustancia en lugar de ser una fritera, me abrió otra percepción de visión y tacto. Por eso siento que lo hace Rasureitor es tan único, porque es una experiencia personal que descubrí en un viaje de LSD ”, asegura.

Las personas que van a hacerse algún corte con ella no son solo sus clientes. Durante estos años esta artista ha conseguido crear una relación estrecha con muchas de las personas a quienes atiende y esto, según explica, es gracias a la confianza que despierta en quienes se atreven a contarle sus historias de vida, problemas y hasta sus secretos.

“Los clientes y las personas que ponen cabeza tienen su propio sentir, le das la posibilidad a alguien en quien confías, es un lugar de confianza. Por esas manos pasa arte, pasan cosas más maravillosas que un solo corte. Además, que no sabes qué te va a hacer. No es solo pasar la máquina. Hay un contacto y un vínculo muy fuerte entre la persona que acompaña a Rasu y ella para que haga cosas maravillosas en la cabeza ”, cuenta Lebeb Infante , amiga y cliente de esta virtuosa.

(Lea 'La memoria puteril, la digna rabia')

En su trabajo, Rasureitor ha intentado que el componente social esté presente siempre. Habitantes de calle, hijos de recicladores y presos, hacen parte de la población hacia la que Rasu ha intentado enfocar una parte de su proyecto para, a través de su máquina, dignificar, compartir y sacar sonrisas. Para ella, trabajar con habitantes de calle es importante pues considera que son invisibles para los ciudadanos y para el Estado. A través de sus cortes busca cambiar un momento de sus vidas, una tarea que, asegura, quiere seguir haciendo.

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Intervención de Rasureitor en Plaza España, Bogotá. Foto de Cristián Sánchez

“Tengo un proyecto que quiero llamar Cicatrices de un mundo olvidado , porque todos tienen cicatrices en la cabeza. En el pabellón de máxima seguridad de La Picota conocí un man que tenía una cortada re grande. Me preguntó si le podía hacer el diseño a partir de la cicatriz. Empecé a dibujarle y le pregunté que por qué tenía esa cicatriz. Me dijo que por eso estaba preso. Porque le tocó matar a la novia que le había pegado un botellazo. Olvidarme de eso y ser una persona todo bien es un trabajo de energías muy hijueputa. Energéticamente hay veces en que salgo vuelta mierda ”, afirma.

Otro evento que cumplió por mucho sus expectativas fue el 8M de este año, días antes de que empezara el aislamiento. Allí estuvo ubicada en una carpa en el Centro de Memoria , donde llegaron decenas de mujeres a hacerse cortes. “Había una fila enorme”, cuenta, “en la que había un montón de chicas que nunca se hizo nada así en su cabeza. La energía que movió toda la dinámica fue muy linda ”. Además, ha estado en múltiples festivales de música, en el cementerio de Neiva, en Ciudad Bolívar, en la Comuna San José en Manizales, en el Festival para mujeres lesbianas y bisexuales - LesbiArte y en muchos más lugares en los que ha dejado que su máquina hable por ella.

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8M. Foto de Amar Cura

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Casa de la montaña, Barcelona. Foto de Azul Luna.

Dibujar en cabezas y llevar esas mismas figuras geométricas a otros canvas son dos de sus pasiones, sin embargo, la música también la ha acompañado desde siempre en su proceso. Hace 16 años, Rasu era dj de rap, un sonido que siempre le ha fascinado porque siente que es la voz del pueblo y está muy relacionado al habitante de calle y su condición, además de ser una música que dice mucho de lo que pasa en esos lugares oscuros y olvidados a los que ella ha intentado llegar desde que empezó su proyecto. Antes de la pandemia estaba activada tocando en donde la invitaran, pero con la situación que atraviesa el mundo sus planes han cambiado.

Otra parte de su exploración artística está en hacer música con las máquinas con las que rasura a las personas. “Sentía la necesidad de buscar algo con lo que yo pudiera tocar, no sé tocar un instrumento entonces bueno, ¿Qué tengo a la mano? Mis manos, justamente. Yo le pongo micrófono de contacto a las máquinas, esos micrófonos van conectados a una pedalera de guitarra y lo que yo hago es hacer corte en vivo con sonidos. Antes me acompañaba un dj, pero a veces voy y lo hago crudo yo sola ”, señala.

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Intervención en la Iglesia San Judas Tadeo, Ciudad de México. Fotos de Mayra de la Cruz

La experimentación y el querer compartir su trabajo con más personas la ha llevado a diferentes lugares del mundo en donde ha tenido el chance de acercarse a gente desconocida gracias a sus tijeras y máquinas. Rasureitor vivió un año en México en donde hizo varias intervenciones. Allí trabajó también con habitantes de calle, encuentros que le dejaron gratas enseñanzas y una de las anécdotas que más la ha marcado en medio de su labor. En Ciudad de México, cuando estaba llevando a cabo una jornada de corte para habitantes de calle, uno de ellos comenzó a alucinar señala ,ba a la nada y le decía que esa era su hija, una menor a la que Los Zetas , un cartel mexicano , había violado. En medio de su malviaje, el hombre le pidió a Rasu que le hiciera unas letras zeta en su cabeza y esto obviamente la impactó.

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Muro realizado por esta creadora en la Selva Reserva Arqueológica. Foto de Rasureitor

En 2017, en su paso por tierras manitas, centró su tiempo y su obra en la pintura. En este país, esta creadora hizo sus dos primeros murales en gran formato y el aprendizaje fue infinito. Si bien lo de la pintura apareció hace poco, se dio justamente por la necesidad de llevar lo que hace en el pelo a otros formatos. “Para mí fue muy difícil entender la pintura. El plano de la cabeza es muy pequeño y llevarlo a un formato tan grande fue muy hijueputa. Los dos primeros murales que hice los odié, no podía, no entendía cómo era la cosa. Llegué a México e hicimos el primer mural. Hice un sol Azteca y empecé a entender la geometría de otra manera, en planos más grandes. Amo pintar y pinto más que todo objetos olvidados de la gente: mesas, comedores, zapatos o chaquetas.

Dos años más tarde, en junio de 2019, decidió emprender un viaje a Europa con la intención de llegar a algunas zonas vulnerables, que son en las que mejor se mueve ya donde más disfruta llevar su trabajo. En Barcelona estuvo en La Casa de la Montaña , la casa okupa que más ha resistido en esta ciudad (32 años). Compartió con migrantes de muchos lugares del mundo, una experiencia que considera invaluable. Otros espacios en donde dijo presente en la ciudad catalana fueron La Raposa , un restaurante vegetariano con librería feminista, en Casa Sotofu Bcn, otra casa okupa, y en la Librería Tic Tac , un taller autónomo de análisis de intervenciones críticas transfeministas, antirracistas y decoloniales.

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“Mi idea era conocer los lugares más underground de Barcelona. Son mis lugares favoritos para ir a cortar el pelo porque dejan transgredir con toda la realidad. En Berlín, corté el pelo en una peluquería trans que se llama Butch Cut. Allá también corté el pelo en una fundación de mujeres que fueron abusadas sexualmente. Gracias a una amiga colombiana llegué a ese lugar y fue un lugar hermoso. La gente a veces tiene un concepto de los países europeos como lugares seguros y tranquilos para vivir, pero cuando conoces esas realidades te das cuenta que en todos los lugares del mundo hay violencia contra la mujer, contra el migrante y miles de violencias más. Me gusta ir a esos sitios donde un corte de pelo cambia en un instante la vida de alguien y por medio del corte también dar mucho amor ”.

Acá en Colombia, Rasu ha tenido la fortuna de trabajar con parches muy poderosos. La Morada , el taller Razul y el estudio de tatuaje El Agujero , espacios en los que ha estado moviéndose durante los últimos años y de donde guarda recuerdos únicos e irrepetibles.

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A la izquierda, Rasu en una intervención con habitante de calle en el Santa Fé. Foto de Adelaida Porras. A la derecha, un par de cortes geométricos de Rasu.

Durante los meses que la pandemia la obligó a estar un menos activa, le ha metido la ficha a pintar más que en otros momentos. Este ejercicio que ve también como terapia ha sido, entre otras cosas, el revulsivo económico que la ha mantenido a flote. “Ha sido un poco duro porque las personas tienen miedo de contagiarse. El trabajo no ha sido lo mismo, aunque creo que el trabajo independiente empieza a recobrar más valor en estos momentos. Los trueques con los amigos o apoyar a la gente que es cercana es algo que también nos ha hecho revivir esta pandemia —asegura - La pintura me ha salvado de la cuarentena y de la falta de trabajo porque en estos momentos las personas le están invirtiendo más a su hogar, al hogar donde están casi el 90% del tiempo. La pintura ha sido un escape muy lindo para mí y para las personas,

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Sin embargo, para Rasu no todo ha sido encierro durante la pandemia. Buscando dónde cortar el pelo en la calle se encontró con Lxs Nadie, una iniciativa que busca apoyar a través de una olla comunitaria a personas con escasos recursos en el barrio Santa Fé. El proyecto le facilita estar ahí con la gente directamente teniendo otro tipo de cuidados, teniendo en cuenta cómo es el proceso por estos días. Gracias a Lxs Nadie ella ha podido tener un espacio en la calle, una carpa con lo que necesita para poder llevar a cabo lo que más la hace feliz: apoyar procesos comunitarios con las herramientas que tiene al alcance.

Por ahora, esta artista espera encontrarse con proyectos de alguna fundación que esté interesada en trabajar junto a ella para sacar adelante intervenciones con población vulnerable y aportar su granito de arena desde lo que hace. Este año esperaba también ser mucho más nómada, viajar y trabajar en distintos espacios, pero la crisis sanitaria le hizo aplazar su visita a esas nuevas casas culturales y bares en los que espera laborar pronto. “Se viene mucha música. Voy a poner música en muchos lugares y la idea es viajar mucho por tierra y trabajar con habitante de calle”, concluye esta polifacética creadora.

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Espacio Odeón. Foto de Azul Luna

El último encuentro que tuvo con Rasu fue a finales de julio, instalada en un espacio que le gestionaron, cortando el cabello a algunos niños hijos de recicladores en el Santa Fé, detrás del Centro de Memoria. Las sonrisas y la competencia entre los pelados por ver a quién le quedó más chimba el look son experiencias que esta artista no cambia por nada. La pandemia no la frena. No importa si es con careta y guantes, ni su oficio ni su gusto por este tienen fecha de caducidad.


No le pierda el rastro a Rasureitor y sígala en su cuenta de Instagram.

 

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