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Tres décadas después de su llegada, el thrash sigue vivo en el corazón del metal colombiano

thrash metal colombia

Portada de Enka

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Lo que comenzó con la aparición de casetes regrabados que iban de mano en mano, con el tiempo se instaló en nuestro país y atrajo a una legión de rockeros que dinamizaron una de las escenas más numerosas del metal nacional. Hoy en Colombia existen bandas jóvenes que han puesto la vara del thrash muy alta, y otras, ya legendarias, siguen produciendo su música sin perder el norte.

Andrés J. López / @vicclon

La primera vez que Metallica tocó en Colombia, en mayo de 1999, alrededor de cien mil fanáticos llegaron al Simón Bolívar para presenciar un espectáculo no visto en el país desde Guns N’ Roses, en 1992. Algunos incluso acamparon más de una semana en las inmediaciones del parque. Por su parte, Megadeth llegó a Bogotá en el año 2000 y aunque no fue un evento tan masivo como el del cuarteto de Los Ángeles, la banda se volvió visitante frecuente: entre 2011 y 2014 vinieron cuatro veces. En la página oficial, el propio Dave Mustaine (líder de Megadeth) reconoce que su experiencia más memorable la tuvo acá, cuando en 2012 los asistentes levantaron al tiempo unas señales alusivas a su álbum Countdown to extinction. En 2006, Slayer vino y desde entonces en cada concierto se han visto disturbios con la policía para poder entrar y cantar a grito herido ‘Angel of death’ o ‘Raining blood’. Los que no lograron pasar este año hicieron sus propios pogos afuera de la Gran Carpa América de Corferias.

Colombia es metalera por excelencia y en cualquiera de sus subgéneros hay muchos exponentes, pero la pasión por el thrash metal es particular y bandas como las mencionadas anteriormente aparecen bastante en chaquetas, parches, gorras, maletas y camisetas. Ni siquiera hay que estar en un concierto para ver a alguien con un estampado de trabajos clásicos de Metallica como Kill ‘em all, Master of puppets o …And justice for all. El thrash metal tuvo sus orígenes a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, cuando fanáticos de bandas como Motörhead, Iron Maiden, Saxon o Judas Priest quisieron antagonizar la escena glam de Los Ángeles y tomaron la técnica del metal británico y lo mezclaron con la rapidez y agresividad del punk. A eso le agregaron doble bombo y letras de violencia, satanismo, política y hasta de la vida skate. Los demos y grabaciones se rotaron por medio de casetes y así el thrash se fue convirtiendo en algo masivo.

En Colombia se empezaron a ver estos trabajos gracias a las personas que iban a Estados Unidos y traían discos, también se encontraban en algunas tiendas y en las casetas de la calle 19, con personajes como José Mortdiscos, Gonzalo Valencia (dueño de Rolling Disc) y Gustavo Arenas (“Dr. Rock”, dueño de la renacida Rock-Ola). “Varios vendedores de esa época tenían discos como el Show no mercy (el debut de Slayer) pero eran muy celosos y no los vendían, sino los grababan en casete —comenta Dr. Rock—. Yo estaba en Estados Unidos en 1982, cuando MTV era nuevo y así empecé a traer videos, cosa desconocida en Colombia. La respuesta de los pelados fue muy buena y las tiendas se llenaban para ver lo que se hacía afuera”.

Estos vendedores, además de comercializar la música, aportaron para su creación. Dr. Rock produjo en 1989 el EP Espías malignos, de Darkness, que ahora es todo un clásico y una joya para coleccionistas. En su momento esto fue toda una novedad porque nadie le apostaba a publicar discos de metal en el país, además hizo todo su empaque a full color, pues antes los discos en Colombia tenían la portada colorida y la contraportada sepia. La popularidad del género aumentó y, según Arenas, Darkness hasta se presentó en El Show de las estrellas.

 

Esta agrupación de Soacha fue importante en la escena emergente de finales de los ochenta y comienzos de los noventa, pero no fueron los únicos y en ese tiempo Reencarnación lanzó su trabajo homónimo (1987); Ekhymosis hizo lo mismo con Desde arriba es diferente (1989), con Juanes en las voces y un sonido inspirado en Kreator y Slayer; Neurosis sacó su demo Más allá de la demencia (1991) y Acutor (1990) y Witchtrap (1992) empezaron a dar sus primeros toques.

(Le puede interesar también Así piensa Víctor Raúl Jaramillo, filósofo del metal colombiano y líder de Reencarnación)

Ekhymosis publicó su primer EP de manera independiente, como solían hacer las bandas en esa época.   

 

Los noventa fue una época dura para pertenecer a una banda de thrash metal en Estados Unidos. La popularidad de Nirvana, Alice in Chains y Pearl Jam llevó a grandes exponentes del metal chatarrero a cambiar su sonido o a dejar de sacar nueva música. Exodus, por ejemplo, lanzó Force of habit en 1992 y su siguiente disco, Tempo of the damned, fue grabado 12 años después. En Colombia no fue así y, a diferencia de la actualidad, una banda local podía convocar fácilmente 300 o 500 personas.

“Siempre había movimiento —recuerda Carlos Reyes, bajista de Agony entre 1995 y 1999 y con quienes grabó Millenium—. Antes de mi entrada a Agony ellos sacaron Live all the time (1995) porque en verdad no paraban de tocar (este álbum en vivo salió antes de sacar su primer disco de estudio). En esa época es cuando más rockstar he sido en toda mi vida, al punto de no pagar cover en los bares por estar en la banda y de que las mujeres me pidieran que les firmara los senos”.

Así como Darkness abrió el primer concierto de Metallica, Agony compartió escenario con A.N.I.M.A.L. y Testament. Otros referentes mundiales que se asomaron al país fueron Sodom, en el Palacio de los Eventos de Medellín (1997); Kreator, en el Auditorio Sofasa de Bogotá (1998); y Destruction, en una gira por Cali, Medellín y Bogotá (1998).

Primer concierto de los alemanes Sodom en Colombia. Junto a ellos estuvo la banda de black metal colombiana Typhon.

 

De la globalización a la división de la escena

Conciertos como el de Kreator fueron hechos por fanáticos o empresarios independientes que le apostaron al thrash. En cuanto a lo local, en 1999 Neurosis hizo una gira suramericana con las uñas, pues recorrieron Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay en bus y tuvieron entre 400 y 2500 asistentes por toque. Así se movía el metal en esa época. Con la llegada de internet todo cambió y a las nuevas bandas les quedó más fácil enviar su material a otras latitudes, pero también incrementó de manera exponencial el número de agrupaciones. Muchas de esas se fueron por el thrash. “Esta música es pesada, rápida, fresca y puede ser más fácil de digerir que el black o el death. También tiene muchos estilos; no es lo mismo lo hecho en Estados Unidos que en Alemania”, dice Esteban “Hellfire” Mejía, fundador, vocalista y guitarrista de los paisas Revenge. Esta agrupación de speed metal ha estado en casi todos los festivales importantes del país como Rock al Parque, Festival del Diablo, Altavoz, Manizales Grita Rock, Bogothrash y Viboral Rock Fest. También han visitado Paraguay, Argentina, Ecuador y Brasil y sus discos han sido publicados por Iron Shield Records (Alemania) y Austenitized Records (Estados Unidos) en CD, casete y vinilo.

(En esta entrevista, Jorge Mackenzie nos habla de los 30 años de Neurosis)

 

Tanta banda ha dispersado la escena y las agrupaciones nuevas y viejas deben afrontar audiencias de menos de cien personas, y a veces incluso de apenas un par de decenas. Para convocar más metaleros en un mismo espacio, constantemente se organizan pequeños festivales que reúnen entre cinco y veinte bandas. Actualmente hay varios nombrados con recurrencia, como el Metal Warrior Fest, que este año llegó a su decima versión y el cual ha tenido en su cartel bandas nacionales y extranjeras como Violator, Deicide, Kataklysm, Marduk, Hirax y Misery Index; o el Thrashers Attack Festival, que ha contado con Destruction, Exumer y Razor; y hasta el Thrash & Pola Festival, con los brasileños Ratos de Porão como headliner y Heaven and Hell Festival y Festival Rock C4 (ambos en Medellín).

Uno de los festivales que más potencial tenía pero que luego desapareció fue Bogothrash, hecho ininterrumpidamente entre 2013 y 2015. El año pasado se iba a hacer la cuarta edición pero a causa de la organización y por orden de la Secretaría de Movilidad se debió aplazar y buscar otro lugar. A comienzos de este año se anunció una nueva fecha pero por problemas económicos se vieron obligados a aplazarlo nuevamente. Por ahora no hay más noticias al respecto. “Esto fue decepcionante y un golpe duro para la escena porque el festival tenía una proyección grandísima. Perder algo así afecta a la escena en general porque las bandas de afuera empiezan a desconfiar”, comenta Wilson Muñoz, bajista de Perpetual Warfare, banda que precisamente estuvo en su primera edición.

 

Perpetual Warfare es la más banda más representativa del subgénero actualmente. Con dos discos de estudio y el tercero a punto de salir (se espera para marzo de 2018), el cuarteto ya ha compartido escena con bandas como Razor, Sepultura, Testament, Nervosa y Slayer, han logrado vender sus discos en Japón y han girado por Suramérica. Este año se iban a presentar en el festival-crucero 70000 tons of metal pero por problemas de visa no pudieron asistir. Ellos no fueron la única banda invitada de thrash, pues los paisas Witchtrap también estuvieron allá el pasado febrero, junto a otros referentes como Anthrax, Overkill, Death Angel y Testament, entre otros.

 

El último video de Perpetual Warfare se grabó durante su concierto con Slayer, en mayo de este año.   

 

 

La popularidad del thrash, ver a tanta gente con chalecos con parches pegados y que en cualquier evento de metal haya uno o varios exponentes, ha llevado a personas como Alex Okendo, vocalista de Masacre, a considerarlo una moda. Para Esteban Mejía, sí fue una moda pero hace cuatro o cinco años, y, asegura, ahora muchos metaleros tienden a irse por el death metal. Carlos Reyes ve más un apego general a los ochenta y noventa, pues “los gustos por estos años generan una estética perdurable y ahora bandas como Soundgarden suenan contemporáneas”. Sobre la afirmación de Okendo, Wilson agrega que si bien ahora grupos como Suicidal Angels, Havok y Angelus Apatrida son muy populares en el thrash contemporáneo, su éxito no se puede comparar al de nombres como Ghost, Gojira, Mastodon, Meshuggah o Defheaven, alejados totalmente de ese sonido chatarrero y presentes en cuanto festival grande de metal hay en todo el mundo.

Si bien en eventos como el Festival del Diablo y Rock al Parque convergen diversos estilos, en la escena suelen haber rayes e incluso dentro del mismo thrash, pues unos se quedan con lo ochentero, otros con el black/thrash, otros con el speed metal y otros con el crossover (tipo D.R.I. y Suicidal Tendencies). Todavía hasta se ven situaciones en las que metaleros paran a otros en la calle para preguntarles qué tanto saben sobre la banda de la camiseta que visten. Para Camilo echar todo ese odio solo sirve para aislar y “en un país tan sectorizado como este, debemos unirnos y ser una fuerza como metaleros. Acá no estamos para hacer eventos de un solo nicho porque así perdurará la división de géneros. Es encerrarnos en una botella vacía”. Pero bien sea solos o acompañados, que unos se queden con el big four gringo (Metallica, Slayer, Megadeth y Anthrax) o el alemán (Sodom, Kreator, Destruction y Tankard) o que incursionen hasta los nombres más underground de la escena, este ritmo de guitarras distorsionadas, tenis, gorras, chalecos con parches y pogos continúa igual de vivo que hace más de treinta años, cuando en San Francisco cuatro pelados tomaron sus instrumentos con la intención de “matarlos a todos”.

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