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La fuerza del rugby femenino

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Aunque la selección femenina del país haya clasificado a los Olímpicos de 2016, actualmente el panorama, al menos en Bogotá, no es el mejor. Falta apoyo institucional y dinero, pero ellas resisten: la presencia de mujeres en esta práctica cada vez es mayor, se creó una liga en la capital y se busca descentralizar los clubes universitarios para hacerlos incluyentes. 

Diana Carolina Martínez

Algunos se atreverían a asegurar que el rugby es un deporte exclusivo para tipos cuajados y rudos, pero la clasificación de la selección femenina colombiana a los Juegos Olímpicos Río 2016 propuso otra idea más acertada: las mujeres sí juegan rugby y lo hacen bastante bien. 

Existen teorías según las cuales fue la llegada de estudiantes extranjeros a las universidades privadas de la capital, como la Javeriana y los Andes, el precedente que dio pie a la práctica formal de este deporte de origen inglés.  

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Según explica Diana Tangarife, primera capitana de la selección nacional femenina de rugby, en la década de los 90 se sembró en Medellín la semilla de lo femenino dentro de esta disciplina deportiva, y lo hizo Ana Aigneren, de la Universidad EAFIT, quien cansada de la imposibilidad de participar en torneos de dominio masculino, tanto universitarios como nacionales, decidió crear su propio equipo. Las Atilas, de la Universidad Nacional, fueron las encargadas de seguirle el paso en 1997 a esta iniciativa paisa y aplicarla en Bogotá.

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Ángela Lozano juagdora de Barbarians Rugby Club, selección Bogotá y selección Colombia.

 

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Estefania Ramírez jugadora de Carneros Andes Rugby Club, selección Bogotá y selección Colombia.

 

 

Actualmente los clubes femeninos nacionales juegan la modalidad de “Sevens”, en la que se enfrentan 7 jugadoras por equipo en 2 tiempos de 7 minutos cada uno. En el último campeonato nacional, Bogotá se llevó el tercer puesto, después de perder frente a Risaralda. Sin embargo, la capital sigue estando ubicada en el segundo puesto a nivel nacional, después de las paisas, gracias a clubes que dieron buenas exhibiciones esta temporada: Carneros Andes, Minotauros, Barbarians y Cachacas

Aquella derrota fue lo que tal vez evidenció las fallas y los aciertos del rugby femenino que se practica en la capital. La brecha deportiva que siempre ha existido entre Medellín y Bogotá parece hacerse más onda cada año debido a que los procesos deportivos desarrollados por Indeportes, en Antioquia, están notablemente por encima de los del IDRD. Las jugadoras denuncian que los incentivos económicos que en esta zona del país se destinan para que las jugadoras puedan dedicarse a la práctica del rugby, en la capital son un sueño.

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Para Estefanía Ramírez, capitana del equipo Carneros Andes, integrante de las selecciones Bogotá y Colombia y asistente a los pasados olímpicos, el asunto radica, en gran medida, en la plata, pues “en otras regiones el rugby se ha convertido en algo más profesional, por lo tanto existen atletas que pagan los organismos del departamento. Si hay un torneo nacional, las jugadoras [de Bogotá] tienen que costearse todo, excepto en los juegos Mar y Playa, en los que el IDRD corre con todo los gastos”.

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Fernando Tomasello, entrenador de la Liga de Rugby de Bogotá.

 

 

Es un problema que tienen en común todas las mujeres que sueñan con dedicarse 100% al rugby. Catalina Ramírez, jugadora del club Minotauros, de la selección Bogotá y la selección nacional —también asistente a los Olímpicos de Río—, coincide en el efecto negativo que produce la falta de apoyo económico. Para ella, esto incide directamente en el mejoramiento del nivel deportivo porque, o se dedican a trabajar para vivir o entrenan y no tienen cómo sostenerse. 

Es indiscutible que la creación de La Liga de Rugby de Bogotá ayudó a la consolidación de este deporte en la ciudad, sin embargo, para ninguna de las jugadoras es un secreto que a dicha organización le falta mucho para tener una participación realmente notable, más allá de la gestión de campeonatos. 

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Para Luz Ardila, jugadora de la selección Bogotá y del Club Minotauros, de cierta manera la liga es solo una figura ya que, desde su óptica, la institución no hace un aporte real y tangible: un aporte que se vea representado en recursos para el desarrollo y mejoramiento de las jugadoras. 

Pero no todo el panorama es gris, también hay aciertos. Actualmente el rugby femenino en la capital está atravesando por 2 procesos muy interesantes y enriquecedores: por un lado la consolidación de juveniles y, por el otro, la descentralización de la práctica. 

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Partiendo de la necesidad urgente de un cambio generacional para la continuación exitosa de este deporte en Bogotá, la creación y el fortalecimiento de las selecciones de juveniles son dos focos principales y, también, las grandes apuestas de este 2017. 

“Si no tenemos cambio generacional —dice Ángela Lozano, jugadora del club Barbarians y de las selecciones Bogotá y Colombia— no vamos a crecer. Esas jugadoras jóvenes van a hacer la diferencia y eso es algo que le ha constado mucho a Bogotá. Hay muy pocos equipos que les están apostado a eso. Es nuestra tarea no dejar que esto se muera”. La capitana de Carneros Andes, por su parte, afirma ser fiel creyente de un proceso que, aunque tomará tiempo, dará sus frutos en unos años. 

El Club Coyotes, a pesar de no hacer parte de la lista de los mejores, es uno de los pioneros en el entrenamiento de las jugadoras más jóvenes y es reconocido por su crecimiento. Consolidó “Coyotes La Paz” en alianza con la fundación que lleva el mismo nombre y ya está integrado por, aproximadamente, 20 niñas.

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Erika Pérez jugadora de Coyotes Rugby Club y la selección Bogotá.

 

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Catalina Ramírez jugadora de Minotauros Rugby Club, la selección Bogotá y la selección Colombia.

 

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Luz Ardila jugadora de Minotauros Rugby Club y la selección Bogotá.

 

 

En un principio, la práctica de este deporte en Colombia estaba limitada a las universidades bogotanas, en su mayoría privadas. Esto, evidentemente, no dejaba elevar el número de jugadoras en los clubes, lo que causó un cambio de modalidad de 15 a 7 y promovió cierta “elitización” de la práctica. Este semestre, con la motivación de volver a jugar con 30 mujeres en la cancha, descentralizar y democratizar el deporte, además de reducir o eliminar la dependencia de los clubes, los diferentes equipos y la liga han decidido abrir las puertas a toda aquella chica que quiera hacer parte de este deporte. Cuentan, además, con nuevas vías de “reclutamiento”, como por ejemplo el uso de las redes sociales y la difusión de esta disciplina en sectores vulnerables de la ciudad. Medellín es líder en este tipo de procesos al promover un increíble trabajo en barrios históricamente violentos como Castilla, donde se concentra gran cantidad de jugadoras.

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El rugby femenino, afirma Ángela necesita una verdadera masificación. Por el tamaño de Bogotá, es muy difícil abarcar todo el área metropolitana, pero la idea es empezar a buscar la manera de llegar a todos los lugares de la capital.

Según, Fernando Tomasello, entrenador de la Liga de Rugby de Bogotá, se debe trazar un plan de 5 años que se pueda medir y monitorear, y a través del cual se logre dotar la práctica de recursos. Además, dice, es importante la transición a una modalidad de 10 jugadoras. 


¿Le interesa ser parte de alguno de estos equipos? Sígales el rastro y si nos faltó alguno déjelo en los comentarios: Minotauros Rugby Club, Carneros Andes Rugby Club, Barbarians Rugby Club, Coyotes Rugby Club, Cachacas Rugby Club.

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