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El deporte y la ganja se juntaron en la primera Canabitlón bogotana

Cannabitlón, las primeras olimpiadas cannábicas en Bogotá

Fotos de Kicho Cubillos

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Mientras a Bolt y Phelps no les cabían más medallas en sus maletas, uno de nuestros redactores participó en los primeros juegos "olímpicos" para marihuaneros. Entre happy brownies y bongs debió sobreponerse a pruebas de resistencia física, pero también de habilidades en el manejo de la yerba.  

M Rodríguez Hernández | @quevivalaM

“¡Pilotos! En la juega los que están muy trabados. Pongan atención que ya se vienen las múltiples pruebas de esta Cannabitlón”, dijo enérgicamente Felipe “Mente Cannábica”, quien hacía las veces de animador. En el gimnasio Centro Fitness World Warriors ubicado en la localidad de Kennedy, justo detrás del CAI de la Primera de Mayo, los colinos amantes del deporte estábamos por competir en la primera olimpiada marihuanera de la ciudad.

La idea de este evento –celebrado el pasado sábado 20 de agosto y organizado por El Bosque-Vivero, Santa María THC y productos Makonen– era empezar a tantear de primera mano la relación entre el deporte y la yerba, así como romper con ese estigma de que todos los marihuaneros somos sedentarios.

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Teniendo claro el objetivo, llegué a la cita cumplidamente, sobre la una de la tarde. Me puse la pinta deportiva, encaleté mi kit –a todas estas el lugar quedaba detrás de un CAI– y arranqué con la mentalidad de ejercitarme y trabarme a lo que marcaba.

A la entrada del lugar estaban las reglas, todas muy claras: no porte más de la dosis personal (20 gramos), no consuma en vía pública, consuma responsablemente, respete la ley y autocultive para combatir el tráfico ilegal. “Todo jíbaro o dealer será conducido al CAI”, enfatizaba el volante. 

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Adentro del gimnasio, además de actividades como el que lo pegara más rápido o el que armara el porro extralong, había una zona de ejercicio adecuada con un muro para escalar, una zona de barras acrobáticas y un saco de boxeo. El tercer piso, en dónde se sentía un asfixiante pisquero, era la zona recreativa para que los participantes, incluso que venían desde Estados Unidos, se parcharan.

Uno de ellos era Florean, un gringo al que le encanta pegarlo mientras escala en las rocas de Suesca y lo único que pretende es fumanchar antes, durante o después de cualquier actividad sin que le pongan problema. Este man se vino a Colombia porque sabe que aquí la bareta, además de abundar, es bastante asequible económicamente para cualquiera.

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Eso sí, aquí no había medallas para nadie. Los premios en estas olimpiadas eran semillas premium para el autocultivo, cajas de cueros orgánicos, agro insumos para las siembras, periódicos cannábicos y otros elementos propios de la parafernalia fumanchera.

Más allá de los premios, y con la idea de complacer a los deportistas, el gimnasio estaba dotado de pipas, vaporizadores, alimentos cargados con THC y CBD, así como productos propios de la industria de la marihuana medicinal, como aceites y tinturas.

Felipe “Mente Cannábica” seguía alentando a que nos acercáramos a la zona de ejercicio. “¿Sí sabían que en los Olímpicos de Río el consumo de marihuana ya está permitido y que los medallistas más ganadores como Usain Bolt y Michael Phelps son consumidores?”, preguntaba.

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Si bien parte de lo que decía era verdad – tanto Phelps como Bolt han admitido el consumo ocasional de marihuana- no es cierto que puedan tener la dicha de trabarse mientras están en competencia. Su punto iba a que la Agencia Mundial Antidopaje, en 2013, modificó las reglas frente al uso que los deportistas olímpicos hagan de la marihuana: la cantidad de TCH permitida por mililitro pasó de 15 nanogramos a 150 nanogramos.

Con esa nueva regla, solo los deportistas que se atrevan a pegarlo durante las fechas de competencia pueden llegar a ser sancionados; el consumo de marihuana, días o semanas antes y después de las competencias, ya no es castigado.

Como esto no era la Villa Olímpica ni la Agencia Mundial Antidopaje estaba con los ojos puestos en ese evento, me comí dos happy brownies, un pastelito con mantequilla cannábica y un par de ganyetas. También perdí la cuenta de los porros que me fumé, y a eso le sumé unos plones de satélites y bongs que rondaban libremente en la zona recreativa.

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“La idea es complementar la actividad física con las propiedades de la planta y conocer cómo se pueden aprovechar los cannabinoides en los entrenamientos. También descubrir cómo puede servir de analgésico o antiinflamatorio. Por eso cada vez más atletas son abiertos al consumo”, me explicó Henry Motta, quien colabora en la parte jurídica de estos eventos.

(Lea también: Así trabajan los abogados cannábicos colombianos)

Después de esa explicación llegó mi turno en la prueba de barras, intimidado por los brazos musculosos de mis competidores. El ganador logró 420 barras después de un porro. Yo tuve que armarme un bareto después de que, con todas mis fuerzas, llegara a solo 14 repeticiones.

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En el muro de escalada mejoré mi presentación. Con las manos llenas de magnesio para que no sudaran tanto, me metí en el video de que la pared era una montaña a la cual debía aferrarme por mi vida. En 16 segundos logré escalar hasta el objetivo, una piedra roja que había en el pico de la pared. Aún así, quedé por fuera del podio otra vez.

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Rendido, sin aire, y con los dedos encalambrados, me fui a otra competencia que de pronto si se me daba mejor: pegar el bareto más grande mi vida.

Me alié con el Gato Callejero, pero nuestra arquitectura conjunta no valió de nada. Jaka Smoke, un cultivador de Soacha, pegó un hermoso porro apanado de 22 centímetros –el de la foto de portada de este texto– y nos arrebató, de nuevo, el oro: una ancheta preparada por el panadero cannábico Donatien Gateau.

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No importó la pinta deportiva, ni todo lo psicoactivado que pude llegar a estar, para darme cuenta que no tenía que ganar alguna prueba; el que es activo es activo, y va y hace ejercicio. También que al evento llegó cuanto fumón se enteró, pero que al parche de las actividades físicas le falta articulación. Que la cosa es más bien recreativa, lo cual según muchos, está estrechamente vinculado con la salud, pero que sin duda, de esta forma, los marihuaneros siguen ganando espacio.

Al final llegué a la casa mamado, con los ojos estallados y con el olor a Rock al Parque impregnado. Cuando mis papás me preguntaron en qué andaba, les dije que estaba afuera haciendo ejercicio, como siempre, y fui a la cocina a pegarme la moncha de la vida con cuanto paquete encontré. Después de dos muy chistosos capítulos de Los Simpson, me acosté a dormir y al día siguiente no me desperté con las acostumbradas molestias musculares después de una intensa actividad física.

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