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Todas las imágenes son cortesía del Observatorio Cubano de Derechos Culturales

¿Cómo produce y dignifica su obra un artista en prisión?: hablamos con la curadora de arte de presos políticos

Esta es la historia de un gran esfuerzo de documentación y visibilización de artistas en prisión que imaginan un país distinto y luchan en defensa de sus derechos. Están cansados de la miseria y, por eso mismo, no paran de crear: hacen esculturas con pastillas de jabón, escriben libros de poesía en papeles de cigarrillos y rapean sus canciones por teléfono.

Diana Arévalo / @dianaparevalo

 

Con más de 700 presos políticos en Cuba y al menos 17 de ellos artistas cumpliendo condena, el Observatorio Cubano de Derechos Culturales propone una tarea que va más allá del registro: armar comunidad, construir archivo y sostener las voces que el Estado intenta silenciar. Muchos de ellos no llegaron a la cárcel siendo artistas, se convirtieron en artistas dentro, por medio de poemas escritos en hojas de cigarrillos, canciones rapeadas por teléfono, esculturas talladas en pastillas de jabón. Contar esas historias desde la dignidad y no desde la victimización es uno de los principios que guía el trabajo del observatorio: cada persona en prisión es alguien con una historia que merece ser contada y una voz que tiene derecho a ser escuchada. 

Anamely Ramos González, coordinadora del observatorio, es curadora de arte, académica y activista cubana. Durante doce años enseñó e investigó en el Instituto Superior de Arte de La Habana, hasta que el régimen la expulsó por razones políticas. En 2021 el régimen cubano la forzó al exilio. Vivió casi un año en México cursando un doctorado en Antropología Social y desde entonces reside en Chicago, donde da clases en una universidad. Una trayectoria truncada por decisión del Estado que es también el punto de partida desde el que hoy ejecuta parte de su trabajo como parte del Observatorio Cubano de Derechos Culturales, una organización independiente que monitorea violaciones a los derechos culturales en Cuba y acompaña a artistas independientes a través de la campaña Artistas Presos, un esfuerzo sistemático de documentación y visibilización de quienes están presos por atreverse a imaginar un país distinto, por defender sus derechos, por salir a la calle hartos de la miseria y la injusticia, y que en las cárceles siguen creando.

 

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Anamely Ramos en la inauguración de la exposición La prisión invisible

 

Desde el exilio, Anamely y su equipo (parte dentro de la isla, parte fuera) verifican casos, acompañan familias, presentan solicitudes de medidas de protección ante organismos internacionales y curan exposiciones; la más reciente, La prisión invisible, se montó en el Museo de las Américas en Washington. En esta conversación, Anamely habla del trabajo cotidiano y de lo que implica sostenerlo: la carga emocional, los desafíos de la solidaridad internacional y la convicción de que documentar el presente es una forma de construir la memoria que hará posible el futuro de una Cuba sin dictadura.

 

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Diana: ¿En qué consiste el acompañamiento que hacen desde el Observatorio tanto al artista como a sus familias? Me interesa también saber cómo es el proceso de verificación de esos casos y de contacto con estos artistas, considerando que el contexto de Cuba es bastante restrictivo y que la comunicación es muy compleja. 

 

Anamely: Somos un equipo bastante pequeño, tenemos varios años de trabajo. Del equipo hay una parte que está fuera de Cuba, pero hay otra parte que está adentro. Cuando es necesario, nos apoyamos en esas personas que están adentro, algunas en condición de anonimato por cuestiones de seguridad, pero activas para verificar información. La campaña Artistas Presos la comenzamos casi inmediatamente después de que el observatorio se fundó. Tenemos varias líneas de trabajo: una muy importante de investigación y archivo —se investigan casos de censura dentro del área de los derechos culturales— y otra en la que empezamos a abrir hacia otras áreas; apoyar proyectos de arte independiente que todavía están dentro de Cuba luchando por existir. Y no hubiera estado completa la labor del observatorio si no se abría una línea específica para acompañar a los artistas que están presos.

Al principio fue muy difícil, sobre todo generar un clima de confianza con las familias porque estamos hablando de familias rotas, de familias perseguidas, con mucha suspicacia frente a todo lo que implica una exposición mediática. Hay algunos casos dentro de la lista de Artistas Presos que son muy conocidos, con quienes incluso tenemos una relación personal, como es el caso de Maykel Osorbo y Luis Manuel Otero Alcántara, que son mis amigos. Yo formé parte también del Movimiento San Isidro, por lo tanto con ellos no había ningún problema. Pero estos son los casos más mediáticos; realmente hay muchos más casos de los cuales ni siquiera teníamos noticias, de los cuales ni siquiera teníamos un nombre. Todo el primer año de esa campaña fue de búsqueda y confirmación de información, de cómo íbamos a armar esa comunidad.

Fue un trabajo no solo de buscar los datos y verificar los casos, sino de ir construyendo una comunidad con un sentido y de ir encontrando la manera de acompañarla dentro de esa gran masa de presos. Ese es uno de los mayores desafíos que hasta hoy mantenemos: ¿cómo humanizas la historia?, ¿cómo pones foco en la historia de personas concretas, con familia, con deseos, con vidas rotas, en un contexto en que tienes más de 700 presos todavía en la cárcel y más de 1.050 sin internamiento?

La idea del observatorio era: vamos a tomar esta comunidad y vamos a hacerle un seguimiento como lo que es, es decir, personas —no solo víctimas, no solo un nombre o un número en una lista—, sino personas que tienen una historia que hay que contar y una voz que hay que poner en el espacio público. A veces hablo yo porque ellos están presos, pero en otros momentos hablan ellos mismos y eso es lo que más hemos tratado de potenciar.

El mayor valor, lo que más pesa a nivel simbólico en medio de todo esto, es lo que ellos están haciendo desde la cárcel. Es increíble cómo han conseguido mantener el ánimo, la fe, para crear: escribir poemas, dibujar, hacer letras de canciones aunque no las puedan producir como música, hacer llamadas y rapear. Aunque sea por un momento, tienen la ilusión de que siguen activos como artistas. Hay muchos de ellos que no eran artistas antes de entrar a la prisión, y esta creación es también un desahogo y un posicionamiento identitario: a nosotros nos castigaron por lo que en cualquier país serían derechos básicos, nos convirtieron en enemigos de la sociedad y nosotros ahora vamos a demostrar que no solo no somos enemigos, sino que tenemos algo muy hermoso para dar. Ese es su refugio y su impulso para seguir resistiendo.

 

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D: ¿Qué pasa con la obra una vez que el artista está en prisión, quién la custodia y protege, cómo circula y se lee desde afuera? 

 

A:  Hay que empezar a ver casos. En el de Luis Manuel Otero Alcántara —que tenía varios premios antes de entrar a prisión y los premios se han multiplicado desde entonces, tanto en el terreno de los derechos humanos como en el artístico—, lo que ha pasado es algo muy curioso incluso a nivel de curaduría: un fenómeno que se ha generado y consolidado en estos cinco años que ya prácticamente lleva en prisión. Él es un artista con una dimensión performativa muy grande: su cuerpo en el espacio público. 

Como está preso y no puede estar en la calle, la gran mayoría de las obras que se han hecho en estos cinco años ha sido a través de su equipo de trabajo o de sus amigos más cercanos. La colaboración en este caso ha sido crucial; yo diría incluso que es más que colaboración, porque cuando tú estás en la calle puedes colaborar con otro artista en igualdad de condiciones, pero este tipo de colaboración es diferente: es como yo soy tus manos, yo soy tu cuerpo en la calle mientras tú estás preso.

La idea de él —la que nunca ha querido abandonar porque sería como abandonarse a sí mismo— es incidir, estar presente de manera real en los cambios, en las discusiones, en la fuerza que hay que hacer constantemente para poner sobre la mesa los derechos que son violados. Por eso se han conseguido hacer obras de intervención pública y de movilización incluso estando él en prisión, siempre diciendo que es una obra de él porque realmente lo es: la idea es de él, aunque su equipo sea el que la realiza en la calle. Habría que mencionar a las dos curadoras principales que son parte de su equipo: Claudia Hidalgo y Yanelys Núñez, quienes llevan todo el acervo de su obra, lo conservan y lo posicionan en el mercado.

Él es un artista que, a pesar de estar preso, tiene cubiertas todas las áreas que componen la vida de un artista.Una investigadora cubana, Salomé García Bacallao, también activista, y yo, hicimos un trabajo para un congreso de conservación en Estados Unidos cuyo tema era justamente ese: ¿cómo se conserva y cómo se potencia la obra de un artista preso? Aprovechamos para poner sobre la mesa el drama de los artistas cubanos y de los presos políticos. Los dibujos que Luis realiza en la cárcel, la obra física que él hace con sus manos, no los han dejado salir desde finales de 2021. Las primeras series que Luis hizo en prisión fueron las que dejaron sacar, pero después de que se hizo la primera exposición en Estados Unidos, ya nunca más. Él ha ido acumulando sus obras por cientos, y ha dicho una y otra vez que cuando cumpla la sentencia no se va de prisión sin sus obras. Esa será otra batalla que librar y acompañar.

 

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En el caso de Maykel Osorbo (Maykel Castillo Pérez), que tiene dos Grammys latinos, él llama desde la cárcel, rapea, eso se graba y se limpia. No han sido muchas grabaciones, pero han sido importantes. En la exposición de Washington están los audios de pedazos de canciones que él rapea desde adentro, material que servirá para cuando salga a producir música. 

Hay otros casos también bastante conocidos, como el de María Cristina Garrido, que tenía dos libros publicados antes de ir presa —uno de ellos se publicó estando presa, pero ya estaba escrito—.Es una poeta con premios en el contexto local, y su poesía se ha profundizado mucho desde la cárcel por todo el daño que le han hecho; esa ha sido la manera que ella ha tenido de devolver todo ese dolor y toda la impotencia. Las presas políticas cubanas sufren violencia, desprecio, y también la separación de sus hijos —en el caso de María Cristina, tiene hijos como muchas de ellas—. Es la violencia trasladada a la familia, a niños que han crecido sin sus madres. 

Esteban Gustavo Flores Brito tenía una carrera como músico urbano en ascenso, e Ibrahim Domínguez, por su parte, también rapeaba. Los músicos que están en la cárcel pertenecían a un ecosistema underground muy potente en Cuba —el del rap y la música urbana— y todo eso fue aniquilado. El desafío para nosotros es que ellos sigan siendo lo que son: no solo unos presos políticos que el Estado decidió castigar porque salieron a la calle, sino artistas con una voz y una presencia.

Te podría mencionar a muchos porque son bastantes. Estamos hablando de una comunidad de casi 20 personas que está con internamiento —y casi 30 si contamos los que ya están en la calle con penas en curso—. Lo impresionante es que son de varias edades, de varias generaciones, desperdigados por todo el país, no solo habaneros. Virgilio Mantilla, que tiene casi 60 años, ha empezado a hacer poemas hermosísimos desde prisión y también a dibujar. Yasmani Ibaldez, que antes rapeaba, ahora escribe, dibuja y compone cuadernos que son hermosísimos pero muy precarios: las hojas están cosidas porque son hojas sueltas o partes de atrás de cajas de cigarro. A veces no les dejan entrar papel porque en las cárceles cubanas hay una droga que llaman el papelito —la visualidad es parecida— y con ese pretexto no les dejan entrar material. 

Pero ellos han conseguido una versatilidad increíble: Virgilio dibuja y escribe, Duannis León Taboada dibuja y escribe, Esteban hace música y escribe canciones, poemas, cartas, textos reflexivos.

Hay un muchacho cuya historia es muy triste: Leonard Richard González Afonso, de Regla, preso y sentenciado a siete años de prisión por escribir un cartel en un muro de su municipio; el cartel decía únicamente “hasta cuándo”. Ese muchacho tiene además una condición psiquiátrica desde niño, con tratamiento fuerte por depresión y antecedentes de intentos de quitarse la vida, y aun así está en esas condiciones en prisión. Hace dibujos, escribe y hace música. El mismo Yasmani hace también esculturas con pastillas de jabón que la gente deja. Hay otros que hacen cosas con alambre. Los que no tienen habilidades manuales simplemente escriben. Lo increíble es que puedes ver no solo la persistencia, sino la evolución a nivel formal y estético dentro de lo que hacen. Juan Enrique Pérez Sánchez, de la zona que antes era La Habana Campo y ahora es la provincia de Artemisa, dibuja y escribe, y en sus poemas se nota la evolución. 

Todo viene de un lugar muy visceral, sin estudio formal, y ellos se están construyendo en condiciones donde lo que normalmente ocurriría es que te destruyes, y sin embargo se están reinventando.

 

D: ¿Ha habido solidaridad frente a los casos de la campaña y el trabajo del Observatorio?

 

A:  Ha sido un trabajo difícil y lo sigue siendo; el tema de Cuba es difícil incluso en Estados Unidos, y en América Latina es infinitamente más difícil todavía, debido a que existen muchos niveles de romanticismo alrededor de Cuba asociados a la justicia social, al acceso de la gente pobre o históricamente descartada a espacios de empoderamiento. Así es como se lee muchas veces la revolución cubana. Desmontar todo eso y contar la realidad es complejo. 

Lo que más he encontrado es un apego emocional al proceso, una necesidad de creer en algo, y ese algo es Cuba. Yo le digo a la gente: tú puedes tener todo eso, pero yo te voy a hablar de lo que pasa en los barrios de Cuba, de lo que pasa con la gente pobre, la gente que por no tener estudios es descartada de antemano. Porque los que dirigen no solo el país sino también los espacios culturales es una élite bastante despreciativa, con un concepto de cultura totalmente discriminatorio y totalmente plegado a la incondicionalidad política, totalmente ideologizado.

En la exposición de Washington, en la que había trece artistas representados, al menos la mitad son negros. Y eso no es una casualidad: hay una racialización de las personas que están en las cárceles; la gran mayoría son negras o mestizas. Eso ya te está hablando de lo que está pasando en el país: la discriminación y la represión van de la mano, no son cosas separadas. Por suerte, hay canales que ya estaban abiertos desde la oposición y la sociedad civil cubana: muchas organizaciones que monitorean casos y violaciones desde distintas perspectivas. Eso nos ha servido. También aprovechamos los canales que ya habían abierto los artistas más conocidos, para no solo no abandonarlos sino para que se entienda que el fenómeno no es casual —no es este caso, el otro y el otro—, sino que es un patrón: un patrón de represión, de discriminación, de censura. Y además hay patrones también en la resistencia, formas y cosas que hay que contar y sistematizar.

La exposición que montamos en el Museo de las Américas en Washington se llama La prisión invisible, un nombre que apunta a lo difícil que es lograr que te crean que esa comunidad existe: no solo la de los artistas presos, sino la de los presos en general, cuya realidad nadie quiere escuchar. Con esa exposición, todo queda muy explícito sin necesidad de hablar, porque lo estás viendo: esto es una cárcel cubana, esto es lo que sucede en ella, y estas personas que hacen este tipo de obra tan hermosa están presas por salir a la calle a protestar, por postear en Facebook, por invitar a otros a hacer algo en el espacio público, por generar espacios de autonomía, acciones que no son delitos.

El Estado ha generado una narrativa en la que no acepta que son presos políticos: dice que son presos comunes y que sus delitos son delitos comunes. Pero muchos de esos delitos no son ni siquiera delitos en el mundo democrático, como la propaganda contra el orden constitucional, la instigación a delinquir o el desacato. Ellos prefieren pagar ese precio —criminalizar a la población completa de Cuba, incluso a sus artistas— antes que aceptar que están ejerciendo represión y que la gente simplemente está validando derechos que ellos no permiten en el país.

Entonces lo que hemos hecho es poner las voces, poner la realidad: esto es lo que pasa, esto es lo que dicen los artistas que están en prisión, esta es la obra que realizan, estas son sus familias, estas son las amenazas que se ejercen contra ellos. Y no solo mostrar su naturaleza de víctima —porque lo son, realmente lo son—, sino también mostrar la agencia que han logrado tener y cómo están creando. Ha sido difícil porque el contexto del arte internacional sigue siendo elitista, entonces no es una obra fácil de procesar: es una obra dura, precaria a nivel de materiales. 

 

D: Y en este caso, ¿qué importancia cobra el trabajo de curaduría?

 

A: Siempre hay que darle peso a la curaduría porque tienes que presentarla como lo que es para que se entienda y para que quienes no conocen el contexto de Cuba puedan ver su valor. Además, seguimos con la incidencia a nivel político y de defensa de derechos humanos: hacemos alianza con Artists at Risk Connection y los organismos que se dedican a artistas en riesgo, y también presentamos solicitudes de medidas cautelares. Hemos presentado dos, y las dos han sido aprobadas: las de Enrique Pérez Sánchez y Duannis León Taboada, dos de los menos conocidos, porque Luis Manuel y Maykel ya las tenían. Nos focalizamos en los menos visibles para que la incidencia sea diversa. Es un trabajo de curaduría en todos esos niveles: investigación, acompañamiento a las familias —si hubo un traslado, si hubo golpes, si fueron a casa a amenazarlos—, llevar un conteo público siempre que ellos quieran. La gran mayoría ya lo ha aceptado. Y también corroborar las cosas, buscar la manera más estratégica de mostrar todo eso y abrir espacios nuevos.

 

D: ¿Cómo proyectas el trabajo del observatorio y qué te motiva a seguir? 

 

A: Ahora mismo estamos intentando sistematizar muchas de las líneas que hemos llevado por estos años. Se está terminando el sitio web del observatorio, porque creemos que es importante para que la gente pueda ver de manera más completa la labor que se ha hecho. Las redes sociales tienen una naturaleza muy volátil y necesitamos ese sitio web para poder mostrar todo y las relaciones que hay entre las cosas y la evolución que ha habido. Estamos llevando el proceso de la exposición, que todavía no ha terminado; cuando se clausure, el 11 de julio, queremos llevarla a otros lugares de Estados Unidos aunque lo ideal sería más allá también de Estados Unidos. 

Asociado también a la campaña Artistas Presos, estamos en la fase de generar un resultado concreto: la compilación de todos los textos y dibujos que estos artistas están haciendo, pensada para una colección de fanzines que serán impresos —tendrán un formato físico— y también un formato digital. Va a haber un fanzine colectivo, bastante grande, que es como una muestra de lo que hay, y al menos 10 u 11 fanzines individuales donde uno puede ver la diversidad de todos ellos y esas poéticas. Los primeros ya están en proceso de maquetación y diseño. Desde un punto de vista más general, el observatorio también hace una labor de monitoreo de lo que pasa en las instituciones cubanas y en los espacios independientes: se publican regularmente notas de prensa y artículos de análisis. 

Eso también en algún momento lo queremos compilar, porque es una forma de tomarle el pulso a esa área específica que el Estado cubano ha usado siempre para venderse como un país progresista que le ha dado el acceso a la cultura a todo el mundo. Hace poco publicamos un análisis sobre las casas de cultura: qué ha pasado con ellas, cuál es la realidad ahora. Con todo eso vamos a producir en algún momento un libro, para que se entienda qué ha pasado en estos años en esa área y cómo se han instrumentalizado los espacios que existen, espacios que deberían servir a la gente, no al poder. Esa labor sirve lo mismo para ahora que para el futuro, porque si hay una transición en Cuba, eso tiene que estar documentado. Hacemos informes sobre la censura de artistas —casos históricos y casos recientes—, tratando siempre de mantener un balance entre el presente y el pasado.

Es una labor de memoria y también una labor de creación en el presente, porque está la línea de apoyo a los proyectos que están activos: garantizar que esa llama no se apague. Esa llama estuvo muy fuerte cuando el Movimiento San Isidro surgió, con muchos espacios tanto underground como más permitidos, y se ha ido desgastando con el tiempo, con la mayor vigilancia y regulación del Estado, con decretos —no solo con el Decreto 349 sino con todo lo que han hecho después, con la ley de procedimiento penal— y también con la precarización de la vida, que es un factor importante: si la gente está intentando ver cómo sobrevive, a veces no le es posible mantener espacios de creación.

 

D: ¿Qué pasará después, cuando los artistas salgan, cuando todo esto termine? ¿Cuál será la labor del observatorio en ese proceso?

 

A: La idea es ayudarlos, asesorarlos, acompañarlos, porque eso es el futuro: eso es lo que después podemos retomar y validar. El observatorio también tiene un sello editorial con ya un primer libro publicado: Satélite, de Marian Fernández Castillo, dramaturgo y poeta cubano de Santiago Espíritu, en la región central del país. La colección de fanzines también pertenecerá a ese sello. Queremos consolidarlo e institucionalizar procesos que las instituciones cubanas ya no están cubriendo o que, si lo hacen, es para usarlos a su favor. Trabajamos también en consonancia con el Observatorio Libertad Académica, que ha documentado violaciones a la libertad académica: casos de profesores y estudiantes expulsados de universidades. Estamos tratando de articular ambas comunidades —artistas presos y maestros y estudiantes presos— en acciones de incidencia conjunta. En cuanto a mis motivaciones personales, yo llevo mucho tiempo acompañando procesos de arte independiente, ya antes de que el Estado me empezara a perseguir de manera explícita.

 

D: ¿Cómo llevas todos estos trámites políticamente sensibles y artísticos?

 

A: Con mi vinculación al Movimiento San Isidro las cosas se crisparon muchísimo, y en los últimos años he tenido grandes períodos dedicados a la incidencia política: hablar con políticos, reunirme con organizaciones internacionales, generar casos, documentar. A veces sentía que estaba abandonando una parte de mi identidad profesional y con el observatorio lo he conseguido integrar: sigue siendo activismo, pero también un trabajo más a largo plazo que se conecta con lo que yo he hecho siempre como curadora, como crítica de arte, como académica.

Es un trabajo muy demandante. Tiene una carga emocional que no puedes soslayar de ninguna manera: los poemas son muy lindos y los dibujos son muy lindos, pero esa persona está presa, en peligro real, y cuando pasa cualquier cosa tú estás a muchos kilómetros de distancia. Es muy desgastante desde el punto de vista emocional, pero es muy satisfactorio porque sé que estamos haciendo un trabajo valioso, que no estamos dejando sola a la gente, y que estamos pensando más allá del desastre. Tengo una fe enorme en la cultura de mi país, sin el talento de los cubanos que ni siquiera la dictadura con 60 años ha podido aplastar. Para mí es un honor trabajar para que esa cultura no solo se mantenga, sino que se muestre completa.

 

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