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Foto de J.J. Muñoz / Intervención de @burdo.666

J.J. Muñoz, el novelista de las calles capitalinas

Nacer y crecer en un ambiente barrial le permitió a este bogotano llenar sus libretas de historias y anécdotas que con los años ha ido consolidando. Hace poco publicó ‘Lo que le diga es mentira’, una novela que narra desde la crudeza una Bogotá noventera bañada en miseria, libido y punk. 

Daniel Fandiño / @sinsecuencia

Haber crecido en distintos sectores populares de Suba sin duda influenció la escritura de J.J. Muñoz. Esos tintes clásicos que caracterizan al barrio fueron aspectos que acompañaron a Muñoz en su adolescencia, época en la que los primeros pinitos de escritura se los dedicó a la poesía con el objetivo de levantarse alguna pelada a pesar de que este fuera un género que nunca lo enganchó del todo.

Por azares de la vida no terminó el bachillerato en los tiempos establecidos. Debido a esto y llevado por la responsabilidad impuesta que implica cumplir la mayoría de edad, decidió adentrarse en el mundo de la peluquería, un oficio que le permitió mantenerse económicamente y escuchar historias que años más tarde les darían forma a varios de sus escritos.

Entre corte y corte se desbocó por la lectura, y así como unas tijeras, por esos días los libros se convirtieron en un infaltable para Muñoz. De tanto leer fue que llegó a la escritura. “Eso es como una causa y efecto que es muy inevitable. Comencé a escribir desde muy pelado, pero de forma muy empírica”, dice.

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J.J. fue un estudiante tardío. Pasados los treinta entró a cursar una Licenciatura en Lenguas en la Javeriana después de ganarse una beca. Antes de hacer el pregrado, había tenido la oportunidad de hacer una serie de talleres literarios virtuales, gratuitos o baratos que veía en universidades europeas que, sumados al aprendizaje académico, complementaron su formación.

Cuando estaba en la universidad, Muñoz empezó a tomar talleres de escritura con Idartesy paralelo a esto dictaba algunos en la Javeriana. Novela, cuento, poesía o crónica, eran algunos de los géneros que componían los talleres. “Todos son dirigidos por personas talentosas y con mucho recorrido. Tuve la suerte de hacer parte de varios de estos hasta que me curé de la “talleritis” para darle el lugar a otros”, comenta J.J.

Así mismo, el tiempo que le implicaba estar dándole con juicio a los estudios y el empezar a ganar algo de dinero dictando clase fueron razones de peso para abandonar de a poco la peluquería con el fin de enfocarse en su pasión más grande, la literatura. 

“Por ser un estudiante cucho me dieron trabajo. Yo iba como en quinto semestre en la Javeriana y ya dictaba clase. Eso fue una ventaja porque ya empecé a ganar ahí platica y la peluquería la fui abandonando paulatinamente... Más bien el local de la peluquería, porque nunca he dejado la tijera”, asegura.

La intención de J.J. a partir de la mayoría de sus escritos es mostrar, entre otras cosas, una realidad lejana para muchos: la de los barrios, la pobreza, el hambre y las pequeñas violencias. Según él, en Colombia muchos escritores han tratado de retratar este mundo, pero muy pocos han pasado de la parodia. “Yo tengo el privilegio de haber estado allí y eso me da, en cierto modo, alguna ventaja”, afirma.

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De eso se trata Lo que le diga es mentira (2020), la primera novela de Muñoz, un ejercicio literario en el que los dos personajes principales, Camacho y Loredana, narran desde la crudeza una Bogotá noventera bañada en miseria y libido, y con una banda sonora cargada de punk. 

A partir de los sucesos que se mueven alrededor de los personajes, inspirados en hechos que no ocurrieron, J.J. asume una mirada fría de la urbe capitalina que permite al lector, entre párrafos, pasearse entre Chapinero y el sur de la ciudad.

“Hace varios años en un taller de novela surgió el ejercicio de la escritura en primera persona. Allí empezó a formarse Lo que le diga es mentira, que es un relato muy urbano, crudo y violento. Tiene personajes que se pueden reconocer en la vida real. Gente normal haciendo cosas muy malas. Y como telón de fondo tiene la música punk y varios rasgos de esta contracultura que siempre me ha apasionado y a la que también crítico y cuestiono”, cuenta Muñoz.

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Referencias como la Plaza de Lourdes, el Soplo Bar en el barrio Quiroga, el inquilinato del sur o el restaurante chapineruno Parrilla Camacho, en donde los y las punkis con shorts, medias veladas y pelos de todos los colores hicieron de las suyas en el Punk Party, llevan al lector entre escenarios reales y ficticios a hacer un recorrido por esa Bogotá subterránea que marcó la vida de J.J. 

Otro proyecto al que le ha venido trabajando últimamente J.J. se llama Relatos Ñeros, historias que sacó con la intención de querer ser leído por la gente que lo vio crecer en los barrios populares que frecuentaba y donde residía. Se trata de una serie de escritos que con el tiempo y en medio del confinamiento pandémico, decidió convertir en relatos sonoros ya que el público al que iban dirigidos no solía ser muy lector.

Son varias las historias que expone Muñoz a través de los relatos, todas con su respectivo toque de calle, de ahí también surge el nombre del proyecto. Uno de estos relatos sonoros es El Tyson del City, en el que J.J. narra de una manera coloquial una anécdota que presenció en una fiesta de 15 en Ciudad Jardín a la que llegó de colado en la que, en medio de un bonche, un tipo le pegó un mordisco en la oreja a otro y le arrancó una porción de ésta, a lo Mike Tyson. 

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“El problema es que la literatura ha sido encumbrada en un pedestal intelectual (como suele pasar con todas las artes en Colombia), y la gente más cercana a mi entorno no estaba muy acostumbrada a leer. Así que decidí acudir al formato sonoro, de gran tradición por la radio, y convertir los relatos en piezas de audio. Así lo pueden oír mientras pegan ladrillo, arreglan zapatos o computadores, cuidan el edificio o tienden la cama de los patrones”, explica J.J.

Para Muñoz, la escritura y la peluquería tienen muchas cosas en común, de hecho, hasta comparten conceptos como la estética y el estilo. Detrás de estos dos ejercicios, dice, hay unas dinámicas muy complejas y profundas, ya que de alguna manera buscan llevar a la persona a un estado de satisfacción con ella misma.

“La peluquería fue un oficio que me ayudó a sobrevivir y a mantener mi familia durante muchos años. Es quitar lo que sobra, dar forma, alcanzar cierto nivel estético; exactamente igual que con la escritura. Y, además, está el asunto de la comunicación íntima entre el peluquero y los clientes. Las historias que sin ningún tipo de inhibición van y vienen a través del espejo”, explica.

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De eso trata la tesis del Magíster en Literatura que hizo en Los Andes y el proyecto grande al que le está camellando ahora. Crónicas del Espejo fue como J.J. bautizó un compendio de relatos que recogió en su libreta durante más de 20 años que le dio parejo al oficio de la peluquería. Muñoz comenta que a través de este texto va a romper el pacto de confidencialidad que tienen curas, psiquiatras y peluqueros con sus respectivos clientes para contar esas historias que lo cautivaron mientras trabajaba en zonas tradicionales de Bogotá como Rosales y Chapinero. 

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“La oportunidad de haber trabajado en una zona tradicional del norte de Bogotá me llevó a conocer algunas celebridades de la política y la farándula. Y como todos, abrían su vida privada al calor del secador. También están las historias internas de la peluquería, que es un mundillo de chismes, envidias y unos choques de egos parecido al del mundo literario”.    

Actualmente J.J. se dedica a la docencia en universidades como la Javeriana y Los Andes y, además, trabaja con distintas comunidades de activistas y defensores de Derechos Humanos y de refugiados en Cuba, Venezuela, Ecuador y México. Con estas comunidades realiza talleres de escritura cuyo enfoque es lograr la desinhibición y la capacidad de mostrar y comunicar el mundo que habitan y el mundo que los habita.

La escritura y la literatura son todo para él. Dejar la peluquería del todo no es una opción para Muñoz, no solo porque le da algo de plata, sino también porque es un hobbie que le ha permitido hacer amigos y desenvolverse en un mundo que le gusta y le provee ideas para llenar las libretas.  

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Ese otro componente determinante en la escritura de J.J. es la calle. Es clave no solo por todo lo que ha experimentado caminándola sino también porque creció allí. Cuando era un pelado sus papás tenían que salir a trabajar, la calle se encargó de criarlo a él y a otros niños que estaban en las mismas. “Los vendedores ambulantes, los mensajeros, el jardinero que pasa en su bicicleta, el señor de la tienda; todas esas cosas lo van marcando a uno. Cuando a mí me tocó en Suba, en los barrios estábamos nosotros, que éramos lo que yo llamo los ñeros, pero también estaban los gamines que eran gente que estaba en condición de calle de verdad. El Chocorramo, la gaseosa, la Pony Malta, el pan de bono; esas cosas lo van esculpiendo a uno o por lo menos en mi caso me fueron esculpiendo para escribir sobre lo que escribo que es la calle, que fue donde crecí y es finalmente el contexto en el que me siento más cómodo hasta el día de hoy”, sentencia Muñoz.


‘Lo que le diga es mentira’ está en librerías de Bogotá como la Panamericana, Wilborada 1047, La Tornamesa, Garabato, Matorral o La Cinicoteca. 

 

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