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Ilustración de Burdo.666

“Piensas que soy pervertida, entonces mira lo pervertida que soy”: una charla con Nadia Granados

Incomodar lo que ya está naturalizado es una de las apuestas de esta artista bogotana que desde hace más de 20 años ha hecho sus apuestas por un arte vivo y transgresor, como el logrado con su alter ego, La Fulminante: una confrontación a la solapada cotidianidad colombiana.

Julián Guerrero / @elfabety

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A Nadia Granados debemos recordarla, entre muchas otras cosas, por haber cumplido el sueño iconoclasta de tantos colombianos: orinar sobre la imagen del expresidente Álvaro Uribe Vélez y sobre otros rostros de la política nacional. No nos dimos cuenta en qué momento ocurrió, pero hace tiempo las fotos del exmandatario circulan por el espacio público del país (tanto en la calle como en internet) como imágenes sagradas; junto a otros rostros de la política, la cara del senador se ha sumado a ese catálogo de la representación nacional lleno de estereotipos y sujetos de consumo.

Mientras senadores como Paloma Valencia llegan a casa para encontrarse con la sagrada imagen del divino expresidente, artistas como Nadia lo hacen con la intención mordaz de provocar aquello que se ha instalado como lo más sagrado y que no sólo encarna la imagen del popular exmandatario, sino también el ideario romántico de nuestra cotidianidad y la impuesta promoción de la mujer latinoamericana como objeto de consumo. Incomodar lo que ya está naturalizado es una de las apuestas de esta artista que desde hace más de veinte años trabaja por mostrar aquello que para muchos debería permanecer escondido.

La vida de Nadia (41 años) es también un escenario de confrontación corporal, sobre todo con una sociedad que insiste en que se cumplan los cánones de belleza y feminidad que ha mantenido durante décadas. Antes de estudiar Artes plásticas en la Universidad Nacional y conocer el video performance, Nadia ya había realizado, aun sin saberlo, su primer acercamiento a los actos performáticos: de niña salía a caminar y hablaba sola en voz alta, dándose cuenta de que las personas la miraban. Durante más de un año aguantó los insultos de gente que la tildaba de loca. “Después, más adelante, me di cuenta de que la gente me seguía mirando por fea o por despelucada o por morena y yo trataba de hacer cosas para que me miraran más. Entonces abría la ventana del bus y me ponía a cantar super duro y nadie se me sentaba al lado. Yo no quería controlar mi comportamiento simplemente porque estuviera la gente ahí”, cuenta.

En la universidad sus comienzos estuvieron relacionados con la escultura, que siempre le gustó y en la que siempre trató de imprimir un dinamismo que luego encontraría en la performance y las artes vivas. La clase que tomó con Rolf Abderhalden, director de Mapa Teatro y quien tuvo en su primera clase de performance a Nadia, fue su primer acercamiento profundo a este ejercicio que sigue practicando hasta hoy. “Mi primer performance fue con una peluca que me encontré, me la puse, engañé a todo el mundo de que ese era mi pelo y un día en clase mi ejercicio fue quitarme la peluca y todo el mundo estaba sorprendido porque ya estaban acostumbrados a verme así. Después hice lo mismo pero rapada y empecé a ver que me gustaba mucho el arte en movimiento. Empecé a entender que la gente estaba leyendo todo en imágenes en movimiento. Entonces me pareció interesante hacer piezas atractivas que la gente viera y se fuera”. El video y el performance tienen eso.

Su primer video performance lo hizo en 1999. Se trató de una pieza rudimentaria hecha con una cámara prestada y sin editar que le sirvió para darse cuenta del poder de la performatividad en el video, algo que hoy es ineludible, pero que a principios de siglo apenas cogía fuerza. El aprendizaje del cuerpo en el lenguaje audiovisual y los sistemas de representación fueron afectaciones que comenzaron a influenciar su trabajo. “Constantemente recibes esta información sobre el amor romántico (que me parece una de las cosas más nocivas que hay en esta sociedad), el pinche amor romántico, que está en todo lado, en las novelas, en la música, ese mismo amor domesticado y tonto. Para mí fue importante cuestionar esa manera en que uno se construye una identidad frente a ese deseo. Por ejemplo, a nosotras siempre nos ha tocado estar buenas (sobre todo aquí en Colombia, donde es tan fuerte esa educación). ¿Para qué? Para gustarle a los hombres y competir entre nosotras para ver quién está más buena”, agrega Nadia.

 

 

Su cercanía con el movimiento social la llevó a vincularse con un colectivo llamado Somos Sudacas, el cual trabajaba temas de educación popular y contracultura a través de radios comunitarias y otros ejercicios barriales. Su trabajo con el colectivo y su rechazo por la escena institucional del arte, entre otros acontecimientos de su vida, la alejaron del ámbito artístico hasta 2010, cuando retomó su producción con La Fulminante, un personaje construído a partir de un alter ego estereotipado con el cual hace crítica política, de género y poder. Al tiempo que Doris Salcedo desarrollaba su arte enfocado en la memoria para contrarrestar la barbarie, La Fulminante –que en palabras de Nadia Granados es su obra mejor lograda y cuyo cabaret ha llevado a diferentes lugares del mundo– nació como un ejercicio de confrontación contra todo lo que deterioraba el país.    

Después de vivir varios años entre México y Colombia, Nadia se radicó del todo hace unos meses en su país natal, en el que vuelve a sintonizarse con una escena artística en constante ebullición. En medio de un país que no para de sacralizar lo indeseable y de buscar ocultar los cuerpos y las disidencias, al tiempo que es indiferente a los asesinatos y atropellos diarios, obras como la de esta mujer, que se empeña en mostrar lo que para muchos debe permanecer oculto, se hacen urgentes.

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Hubo algo que ocurrió en la charla sobre periodismo performático que hicieron junto a 070 y Fescol este año, en la que un señor hizo una crítica a los dineros que se entregan a los artistas diciendo que, ahora, la mayoría de los estímulos se dan a proyectos pervertidos y obscenos. Uno esperaría que los círculos del arte fueran más abiertos a estos asuntos, pero parece que no... 

Yo creo que el arte sí tiene una gran ala conservadora. Los proyectos queer y de este tipo son excepcionales, más dentro del ámbito artístico colombiano, no creo que pueda decirse acá que se trata de una tendencia. Podríamos decir, por ejemplo, que en Estados Unidos o en México hay cada vez más apoyo a este tipo de propuestas, pero acá no. Los apoyos no siempre se dan porque uno está manejando esos discursos. Si uno accede a becas y presupuestos es porque hay una trayectoria y un proceso, no por otra cosa. Esas convocatorias las ganas porque logras los requisitos que te piden, pero también depende de qué se está discutiendo en términos de arte contemporáneo y quién empieza a validar esos discursos. Para mí esto es muy reciente en el país. De alguna manera soy de las pocas artistas mujeres que están en esa línea y de alguna manera lo temático es parte de lo que uno hace, pero todo tiene que ver con las formas, cómo se posiciona uno frente a la sociedad y cómo empieza uno a ser visible como artista, y eso no solamente se debe a las instituciones, sino a un trabajo serio. Hay mucha gente que ha reconocido esto en muchos lugares porque ya es una red de trabajo y una red de pensamiento que, a la larga, ya tiene una validez académica e institucional. No se puede decir que las preguntas sobre lo queer, la sexualidad, el postporno sean nuevas. Son cosas que llevan décadas. Desde los feminismos y desde muchos lugares (lo queer, lo trans) vienen abriendo camino desde hace muchos años. Uno no es ni siquiera una vanguardia.

Esa afirmación tiene que ver con mucha ignorancia. Uno no puede pensar que el arte tiene que ser una sola cosa, no puede pensar: todo el arte tiene que ser como el que hago yo. No. Por otro lado, acusar a alguien de pervertido porque tiene otros gustos sexuales no tiene ningún lugar. Es ofensivo y es torpe. Efectivamente desde el arte estas propuestas tienen que ver con eso, con cuestionar ese señalamiento, esa violencia que emana la sociedad contra las personas que tenemos otros gustos sexuales o que incluso reivindicamos nuestra sexualidad de otra manera. Esa manera de señalar es muy diciente y habla de una sociedad que es bastante violenta contra estos cuerpos que a la larga reciben violencias de todo tipo. Yo no soy la persona que más violencias ha recibido, pero como artista sí puedo reconocer que, en ocasiones, se ha menospreciado mi trabajo por eso, por la forma que tiene, por la manera en que está hecho. Pero es lo que te digo, esta forma de hacer arte hace rato que está validada institucionalmente, no es nada nuevo y dentro del campo del arte responde a una ignorancia enorme desconocer algo que ya está validado hasta por la institución. El postporno empezó en los 60. Las mujeres que estaban haciendo esto en los 70 corrían un riesgo mucho mayor y uno termina siendo un poco hija de esas propuestas. Ahora el postporno también es una red de mujeres, de personas trans, que hacemos cosas en muchos lugares del mundo y que tiene que ver con nuevos modos de hacer arte que no son precisamente colgar cosas en una pared o en un espacio blanco, sino también cómo se activan cosas en la sociedad desde ahí.

 

 

 

¿Cómo negocias con una palabra como “pervertido” para calificar tu trabajo? ¿Cómo ha cambiado tu perspectiva frente a ese tipo de calificaciones?

A mí, pervertida me han dicho toda la vida. También loca y puta. No es algo nuevo (risas). Realmente ese tipo de señalamientos son muy normales, sobretodo en una sociedad así de machista y torpe como ésta. A mí incluso me parece que uno se para desde ese lugar de reivindicación de esos señalamientos, algo a lo que se le llama actos de contrarepresentación, que es una forma de apropiarte del señalamiento: tú piensas que soy pervertida, entonces mira lo pervertida que soy. Tú estás utilizando esos elementos que, a la larga, son códigos de representación: aquí te los devuelvo. Son signos y tú lo estás viendo como algo que es un absoluto, pero esas son lecturas de la realidad. Entonces se trata de usar eso para jugar poéticamente y desde el arte, ponerlo en escena de muchas maneras. Mucho de lo que yo trabajo es con esos signos, resignificando, volviendo a poner en escena o devolviéndole a la gente un poco de esa mierda que me echa encima y llenándola de un sentido nuevo, cuestionando esa manera de poner al otro en ese lugar.

 

Es lo que hablas de la gramática cultural…

La gramática cultural tiene que ver también con la semiótica. Todo está hecho de significantes y significados que a la larga son elementos que se pueden rehacer. Hay cosas que pasan por muy normales. Frente a los señalamientos de una persona de estas, alguien podría decir que él tiene toda la razón de ofenderse, porque yo soy la que está en el lugar equivocado, la que está haciendo algo malo soy yo, cuando realmente yo tengo derecho a hacer cosas así. La obscenidad mía no daña a nadie. Realmente la obscenidad aparece cuando el otro empieza a ver lo que tú haces como algo que no debe existir, que no debe verse. Cuando lo muestras se vuelve algo obsceno, porque debería estar oculto. Ahí está, por ejemplo, todo esto que tiene que ver con la sensualidad femenina, todo este asunto de domesticación que tampoco se cuestiona. Está súper normalizado el cuerpo femenino dócil, blanco, afeitado, joven. Pero cuando pones este cuerpo a hacer otras cosas y de otra manera, la gente dice “qué horror”. Esa incomodidad frente a ese cuerpo es algo que me interesa mucho, lo que pasa cuando se cambia esa sensualidad que está tan normalizada y con ella también lo femenino que está normalizado. Incluso lo puteril. Lo puteril también tiene unos razonamientos que uno podría decir hacia dónde se está jugando. Al final todo tiene que ver con un condicionamiento que está guiado a satisfacer el deseo de los hombres y sus expectativas. Pareciera que estuviéramos hechas para complacerlos con esa mirada femenina que nosotras no construimos. Entonces hay que trabajar por deconstruir esa mirada que ya existe. Lo perverso es eso, descolocar esa normalidad.

 

 

 

 

¿Se logra esa desnaturalización?

Depende de las personas. Hay un tipo de público, el que va al teatro a verte, que tiene un antecedente frente a ti, tiene un conocimiento de arte y una lectura distinta a un público en calle. Por ejemplo, esta acción del carro que yo hago en calle, la gente la puede leer como que están grabando un comercial para televisión o una película y muy poca gente puede leer lo que realmente sucede ahí. Obviamente hay unos códigos, hay que verla completa, es muy larga. Ahí se vuelve también un producto que puede circular en redes sociales y lo que uno lee que dice la gente es que eso no es nada, que eso es una basura y ahí aparecen otras cosas. Primero que la gente no cree que eso sea arte, porque la gente todavía cree que arte es el montaje de la cenicienta, Hamlet o un bodegón colgado en la pared. Cuando ven cosas así dicen: ¿pero eso qué tiene de artístico? Entonces depende del público. Hay públicos que son cercanos a la obra, que apoyan los procesos y que tendrán el primer nivel de afectación de la obra. Luego está el público que mira con algo de conocimiento, ve la obra completa, la investiga y la interpreta. Luego están los artistas, los académicos, que ya es otro nivel y que deciden si con eso se puede hacer o no historia del arte, porque también hay arte decorativo que no produce conocimiento más allá de lo estético. Está también el público que no entiende a qué se está exponiendo y, cuando lo ve, se espanta o se electrocuta. Por ejemplo en el cabaret de la Fulminante, que me parece una de las obras mejor logradas de las que he hecho, la reacción general es muy potente. La gente que se atreve y me dice cosas me cuenta que se estremece, porque jamás esperan ver algo así. Otros dicen: ah, pero es que eso de desnudarse no es nada. Pero también sentarse frente a eso es una experiencia muy pesada. No estamos acostumbrados a ver algo así. De hecho, yo no sé qué es ver algo así porque he visto muy pocas cosas de ese estilo. He visto fotos en libros, relatos sobre acciones así, pero muy poco. Alguien decía: ay, eso de usar sangre ya se ha hecho mucho. ¿Cuántas veces han visto acciones en vivo con sangre? ¿Cuántas veces han visto sangre humana en una perfo? Nunca. Cuando nunca has visto una persona con sangre, sudando, eso te pasa: te atraviesa. El olor, la sensación del cuerpo cerca. Son muy interesantes las reacciones. A mí hay gente que me ha dicho que hasta les he cambiado la vida, que les cambié su perspectiva sobre el arte y ese tipo de experiencias las valoro mucho.

 

 

 

 

En otra entrevista hablabas de cómo se califica como obscenidad un cuerpo desnudo, pero no los muertos del país. ¿Por qué nos choca más un cuerpo desnudo que un cuerpo asesinado?

Primero hay que preguntarse cuál cuerpo desnudo. Todos los días vemos cuerpos de modelos y ellas tienen derecho a estar en tanga y mostrar las tetas en todas partes, pero llega un cuerpo distinto y se desnuda y todo el mundo dice: qué asco, no tienes ese derecho. [Y no tienes derecho] porque no eres modelo. Ahí hay una cosa que es interesante de ver.

No solo es el cuerpo muerto, también es, por ejemplo, la grosería de que Álvaro Uribe Vélez de estar en el senado y dar declaraciones como si fuera una voz válida, que ese señor no sea alguien que se esté escondiendo por todos sus crímenes. Eso es muy obsceno. Hay un sistema de prohibición que dice ciertas cosas no y ciertas cosas sí. Una teta en Facebook no, pero un discurso de esta gente sí. Entonces uno dice, bueno, ¿qué puede hacer una teta frente a este señor diciendo mentiras todos los días? Una teta no es nada. ¿Por qué no podemos mostrar nuestros pezones en redes sociales? ¿Por qué no podemos quitarnos la camiseta si nos da calor? La gente dice que si te quitas la camiseta es para mostrar las tetas. No se piensa que tienes un cuerpo y puedes estar desnuda si quieres sin que alguien esté mirándote o morboseándote. A pesar de todos los avances y lo que hemos ganado, siguen existiendo estas normas sociales que limitan un montón los cuerpos, mientras, por el otro lado, hay un montón de cosas que suceden y a nadie le importan y que sí deberían generar más escándalo. Nos hemos aprendido a escandalizar de ciertas cosas que estaban naturalizadas, como los acosos callejeros o las violencias de género.

 

Ahora hablabas de que en otro tiempo eras bastante heterosexual y justamente el sexo y el género son temas transversales a tu obra. ¿Cómo ves ahora el tema de género?

No es algo que atraviese tanto mi trabajo, como sí mi vida personal. Sin embargo, durante tres años trabajé con mi exnovia Amber Bemak en una trilogía muy bonita sobre nuestra relación. Hicimos algo que podemos llamar un documental experimental post porno. Fue un trabajo experimental sobre esa relación lésbica que, a la larga, termina siendo poco visible. Lo lésbico no tiene mucha visibilidad, el arte más menospreciado de todo el arte marica termina siendo siempre el de las lesbianas. Yo no soy lesbiana, más bien me declararía bisexual o queer. Creo que lo lésbico es lo más desobediente frente a ese sistema de deseo institucionalizado en el que nosotras estamos echas para gustarle a los hombres. El feminismo lésbico, por ejemplo, excluye totalmente esa mirada masculina sobre nuestros cuerpos y eso es fascinante. Mucho del postporno, de hecho, está hecho por lesbianas y esa exclusión que hacen las lesbianas de lo masculino abre también unas miradas estéticas que no están en todo lado. La manera en que una lesbiana dirige y hace arte, es una cosa que tiene un lugar bien apartado del heteropatriacrado y de este sistema de representación dominado por lo masculino y que abre unas preguntas muy potentes a esos sistemas de representación desde lo estético, lo artístico y lo poético. Yo en mi trabajo no he dicho “estas son las banderas del arte queer”, pero sí he colaborado en procesos con personas que se piensan desde ahí.

 

 

 

 

Hace ya algún tiempo que trabajas en La Fulminante. ¿Por qué crear otro personaje para hablar de ciertas cosas? ¿Por qué hacerlo desde La Fulminante y no desde Nadia Granados?

Es un proyecto que trabaja desde un estereotipo y yo no soy un estereotipo. Yo soy una persona que no es común y corriente, de hecho soy bastante anormal, pero ahí estoy trabajando desde un estereotipo y ahí es donde empieza la pregunta. Se trata de hablar sobre identidad, sobre género, y para eso uno construye el personaje. Eso viene del drag y de la exaltación de ciertos patrones de la feminidad. La Fulminante tiene eso en su esencia, una pregunta por la heterosexualidad, por la latinidad blanqueada de las mujeres morenas que usan cabello rubio y salen en las telenovelas de los narcos, por mujeres como Natalia París que son un estereotipo que se impone, una construcción de género que se vuelve un condicionamiento social porque uno no nace así, uno genera eso, crea una identidad en la sociedad. Lo que pasa es que hay una presión para convertirse en determinada cosa. Ser una mujer deseable es un condicionamiento muy fuerte para las mujeres colombianas. Si buscas en internet “mujeres colombianas” sólo salen nalgas porque acá hay una presión muy fuerte por ser seductoras. Por eso trabajo con el estereotipo. Si yo lo hago desde mí misma, como un youtuber, sería otro proyecto totalmente distinto. Desde mis inicios yo comencé a trabajar con eso. Cuando yo empiezo a hacer performance y me comienza a interesar el post porno, me doy cuenta de la importancia de trabajar desde el estereotipo. La primera pieza que yo hago con esto es con un lápiz labial que me trago y eyaculo, como si castrara a una figura masculina. Esta es una acción real con un lápiz labial que me como y escupo. Me interesaba mucho esa fusión entre lo grotesco y lo erótico, justamente porque lo grotesco es algo que genera desagrado, porque parece que no está en su lugar o no está en la norma y genera un extrañamiento que siempre me ha parecido importante en el arte.

Cuando volví de trabajar con el movimiento social, cree este personaje tratando de fusionar lo erótico con esa exploración de género que hacía cuando era joven y luego con estas ideas de política, denuncia, antiglobalización y antimperialistas. Porque La Fulminante, además, no es un personaje localizado en Colombia. Tú puedes ver la fulminante en Italia y puedes leer lo que dice porque son problemas globales. Por otro lado, cuando estaba en la universidad también trabajé con otra lengua, hice algunos trabajos con esto y cuando decidí hacer el personaje, empezó hablando en español, pero luego me di cuenta de que me facilitaba más la interpretación hacerlo en otras lenguas porque no necesitaba actuar, porque no soy buena actriz, yo hago es performance. Este trabajo de lenguas le permite a uno entrar más fácilmente en la acción y en el personaje sin necesidad de pensar de qué se trata. Improviso y después hago un trabajo de traducción según la sonoridad de las palabras. Y así voy jugando. Si quiero hablar de ibuprofeno, me compro unos ibuprofenos, una jeringa y me visto de enfermera. Si quiero hablar de maternidad obligatoria un condón con semen. Si quiero hablar de los borregos que siguen a Uribe, pues pongo villancicos y me visto de la virgen maría. Asocio una acción muy simple, la ejecuto y luego le doy un sentido al discurso por medio de la edición.

 

 

 

 

¿Cómo ayuda el internet?

Aquí en Colombia son muy puritanos con el performance, como que no se hace dos veces el mismo. En video no es nada, aunque uno debiera reconocer que en este siglo el video está presente en la vida humana todo el tiempo: el humano está super representado en video. Nuestra imagen virtual está circulando todo el tiempo, es una forma en la que performamos la vida y tenemos relaciones por medio de ella. Entonces obviamente hacer performance en video tiene todo el sentido desde hace más o menos cuarenta años.

 

 

 

 

Y acá todavía no se acepta…

Cuando yo empecé menos [se aceptaba], pero negarlo ahora es imposible. Hay gente que todavía niega que el performance es arte y más aún el video performance. Pero pensar que todo el mundo está produciendo una infinidad de relatos autobiográficos por segundo es negar una realidad que está pasando en un espacio público como el internet. Porque, de hecho, el internet es un espacio público como la calle. Es un espacio de circulación arbitraria de contenido y a mí me interesaba también eso. Yo venía de trabajar con estos movimientos sociales y me daba cuenta de que los métodos de comunicación no eran muy efectivos. Cuando yo empecé con La Fulminante, pensé que esto también era un canal de comunicación alternativa en el que además estaba usando el cuerpo y lo que ya conocía, entonces no dependía de nadie para hacer las cosas. Cuando empecé a trabajar con eso empiezo a mezclar algo que usualmente no está junto: un arte que viene del feminismo, de la figura que cuestiona su misma esencia de ser a través de la misma exageración y luego anclarlo al escenario de la actualidad política, de la coyuntura. Entonces yo hacía mis videos y los subía a internet, algo que no está muy asociado al arte porque la gente piensa que el arte está en las galerías y los museos, cuando internet también es un espacio sensible que permite movilidad incluso en lo internacional. Yo quería hacer arte, no solo comunicación, pero también me interesa que el arte diga cosas. 

El próximo proyecto que tengo se llama ‘Colombianización’ y es un sicario, que también es un estereotipo de sensualidad. Puede que siga como La Fulminante o como este proyecto, pero para mí el trabajo con estereotipos es el punto y por ahí uno cría estos personajes para hablar desde la exageración y transformación del comportamiento, a partir de los clichés, de lo mass media. Existe esta obediencia a la imagen audiovisual y estamos tan relacionados a esas imágenes que se producen en un sistema patriarcal y discriminatorio que genera un montón de problemas en las personas. Por eso yo trabajo con eso. Esencialmente me parece que no hay nada que sea neutral, uno siempre está construido, aprendió a ser uno de acuerdo a la su sociedad, a su color de piel, a su país. Nosotros somos un país colonizado de gente jodida, entonces uno tiene que hablar desde ahí, desde la herida colonial. Tener en cuenta que se ha ejercido una violencia sobre uno y hablar desde ahí, empoderarse desde ahí.

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