Ud se encuentra aquí INICIO Historias Pulso Y Tinta De Esfero Asi Fue La Llegada Del Tatuaje Bogota

Pulso y tinta de esfero: así fue la llegada del tatuaje a Bogotá

De los espacios improvisados y de poca salubridad que hubo entre 1980 y 2000, saltamos a los especializados salones de tatuaje que hoy abundan en Bogotá. Pero para que los tatuadores llegaran a su nivel estético actual, tuvo que pasar todo esto.

Carolina Romero

El tatuaje moderno llegó a Colombia, como tantas otras cosas, gracias a la influencia extranjera. Entre tatuadores de la vieja guardia se dice que esta técnica de modificación corporal arribó en el país gracias a Leonardo Ríos, un caleño que había tatuado en Coney Island (Nueva York) en los años 60 y quien luego se devolvió a su tierrita para fundar Leo’s Tattoo, la primera tienda de tatuajes de Cali y del país. 

don-leo2_1.jpg

Leo Ríos, fundador del primer local de tatuajes en Colombia. Foto cortesía de Leo's Tattoo

 

 

La llegada a Bogotá se le atribuye a Daniel Severy, quien tuvo uno de los primeros locales de tattoo en la ciudad, llamado Dany Tattoo. Existen sobre él y su vida varias versiones:

Que le decían “El Belga” aunque pudo haber nacido en Holanda.

Que había aprendido a tatuar en una cárcel europea.

Que había tatuado a Andrea Echeverry.

Que había llegado en el Expreso de hielo con Manu Chao y que había decidido quedarse en Bogotá.

Dany Tattoo quedaba en el centro de la ciudad, cerca de la Tadeo. No se sabe con exactitud cuándo se inauguró el local, pero para 1985 ya tenía un nombre y poca  competencia.

 

danytattoo_1.jpg

Dany, "El belga"

 

 

En algún punto de la historia este par (Severy y Ríos) se alió para difundir la práctica en Cali y Bogotá. El tatuaje era muy marginal en aquella época, pero a pesar de esto se extendió lentamente por todo el país.

*          *          *

Muchos se metieron en el cuento del tattoo por la música. La escena del rock bogotana en los años 80 y 90 se mantenía en circuitos subterráneos, y así como los tatuajes eran tabú, punkeros, metaleros, skinheads y otras rarezas de la fauna urbana recibían también una cuota de rechazo por parte del conservadurismo.

William Rodríguez, tatuador de Big Brother, recuerda que su primer encuentro con el tatuaje se dio en parches callejeros. Por lo general, me explica, algún punkero de otra ciudad llegaba a Bogotá con su máquina hechiza —hecha en casa y de manera casera, casi precaria— a tatuar a los amigos que se encontraban en el parque de los hippies o en otro lugar de reunión típico de la época. Así, sin ningún tipo de preocupación por la salubridad, se tatuaban entre ellos.

Según John Jairo Rodríguez de Zone Colors y Rosa Negra Tattoo, entrar en el mundo del tatuaje hace dos o tres décadas era más complicado, porque eran pocas las posibilidades de conseguir clientes o compartir conocimientos. Si bien es cierto que algunas personas “del común” se arriesgaban a tatuarse, la mayoría tenía relación con ambientes o contextos alejados de “la moral y las buenas costumbres”. 

*          *          *

Hay quienes piensan que El expreso de hielo ayudó en primera instancia a difundir el interés por adoptar el oficio. El tren que en el año 93 recorrió las vías férreas de Colombia desde Santa Marta hasta Bogotá, oficiado por Manu Chao y Mano Negra, traía malabares, música y teatro, pero también europeos que venían tatuando entre sus vagones. Mucha gente acudió al llamado —Ramón Chao, el padre de Manu, se hizo su primer tatuaje en el tren—, y la experiencia también permitió que los interesados en el tatuaje pudieran entrar en contacto con máquinas de verdad, ver cómo funcionaban y decidirse a aprender el oficio.

Acceder a una máquina de tatuajes era prácticamente imposible, las que se conseguían de segunda mano podían costar entre 300 y 700 mil pesos —de la época—. Algunos tenían la posibilidad de viajar al exterior y comprar una usada, pero la mayoría, a lo MacGyver, construían sus propios aparatos a punta de agujas de coser, motores de carritos de juguete, esferos o portaminas como soporte, y puntos de soldadura. No obstante, era difícil tener acceso y aún más difícil que alguien estuviera dispuesto a enseñarte o compartirte herramientas. El aprendizaje se obtenía a pulso. 

maquina2_1.jpg

Máquina hechiza, imitación de las de antaño.

 

Con máquinas como esas y manos inexpertas, muchos sufrieron la desventura de tatuajes torpes. Mario Rivera, de Bogotá Tattoo, me explica que una ventaja de haber estado envuelto por ambientes subterráneos fue que al menos los rockeros estuvieron dispuestos a “probar su amistad”, es decir, permitían que practicaran sobre ellos. Tanto tatuadores como tatuados empezaban con piezas pequeñas, de apenas unos centímetros, y en lugares poco visibles. Cabe resaltar que esos tatuajes eran hechos con tinta china o rotten —la que venía en los esferos—.

tattoos03_1.jpeg

tattoos04_1.jpeg

Tatuajes noventeros

 

Hace unos años no se podía vivir del oficio del tatuaje, y quienes se interesaron tatuaban en sus casas, durante el tiempo libre, después del trabajo, mientras lograban adecuar un mejor estudio, montar un local o engancharse en alguno. Mantener un negocio de tatuajes a finales de los 90 era muy complicado. Existía un rechazo por la estética del tatuaje y ser tatuador era un oficio poco valorado y respetado. Pero al que le gusta le sabe, así que para los tatuadores de la época ese era un asunto menor. Sin embargo, pocos clientes implicaban poca plata y mayor esfuerzo para llegar a fin de mes.

Al principio, cerca de la calle 19 se ubicaron algunos locales de tatuajes. A finales de la década de los 90 ya había otros hacia Chapinero, la calle 82 y —muy pocos— en el extremo norte de la ciudad. Esa generación de tatuadores —Mario Rivera, Kike, John Rodríguez, Bossiski, entre otros— se preocupó por desarrollar estilos personales y explotar la new school.

En el pasado, para tener conocimiento sobre estilos como el old school o el tatuaje oriental era necesario ir hasta la Biblioteca Nacional o echar mano de las pocas revistas extranjeras y catálogos desactualizados que llegaban a los locales. Para 1998/1999 el acceso a Internet permitió que el flujo de información fuera mayor. Por otro lado, quienes viajaban al exterior volvían con ideas más claras sobre las medidas de salubridad, como el uso de guantes, la esterilización de agujas como si se tratara de implementos quirúrgicos —atrás quedaría el blanqueador y el decol con agua para tal fin—, el manejo progresivo de residuos, entre otras.  

revistas2_0.jpg

Revistas extranjeras de la 19

En el año 2000 el asunto aún se mantenía dentro de circuitos cerrados pero progresivamente amplios. La aparición de realities como Miami ink, en 2005, abrió una brecha en el pensamiento general: se fueron perdiendo los prejuicios contra los tatuajes y aparecieron más tiendas. Por otro lado, la oferta creció en términos de diseño, precios y estilos.

Fue en ese momento cuando algunas tiendas se especializaron en ciertos estilos y el pensamiento de los tatuadores, a pesar de las pocas regulaciones, cambió. Los locales adoptaron una nueva estética, y aunque muchos no dejaron de lado la influencia musical, estos espacios empezaron a adquirir elementos propios de un espacio dedicado exclusivamente al tatuaje: flash tattoo, exhibiciones de máquinas, decoración  alusiva al old school —o el estilo predominante de la tienda—, etc. Por otra parte, la proliferación de locales y la competencia les exigió a los tatuadores mayor calidad en los resultados.   

Durante la segunda administración de Mockus (2001-2003) se intentó regular el oficio del tatuaje, pero esta práctica se fue regulando a sí misma gracias al sentido común. Sergio Cobra, fundador de Cobra Tattoo y Lucky's Tattoo Parlour, recuerda que la regulación de la alcaldía incluso incluyó requerimientos para los clientes, como presentar una constancia expedida por un dermatólogo —lo cual hubiese sido un trámite eterno con el sistema de salud de este país—, y también sugería prohibir los tatuajes en la cara, el cuello y los genitales. Bajo este marco de salud se separaron de manera definitiva los tatuajes de las peluquerías, una combinación dudosa que fue común en los 90, con lugares como Harold Stylos.

*          *          *

Si bien en Colombia aún se siguen importando materiales para la elaboración de tatuajes, hay proyectos nacionales que le apuestan a la fabricación de máquinas, pigmentos y otros suplementos, así como a la organización de festivales, al manejo de merchandising relacionado y a la creación de asociaciones o colectividades de tatuadores. Aunque la historia del tatuaje en Bogotá y Colombia es bastante corta en comparación con las tradiciones de Estados Unidos o Europa, la práctica se ha fortalecido poco a poco gracias a la constancia y al trabajo de cientos de personas. Su actual boom plantea retos para tatuadores nuevos y experimentados, pues por momentos pareciera que la oferta supera la demanda.

Sin embargo, la vieja escuela del tatuaje nacional tiene a su favor el conocimiento que brindan años de experiencia, la conciencia de la tremenda responsabilidad del oficio y la completa comprensión de cómo funciona una máquina gracias a aquellas épocas en las que debían desarmarlas y rearmarlas sin manuales ni guías. 

maq-dos.gif

Comentar con facebook