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Narrar con fotografías, escribir las imágenes: una mirada a la obra de Ángel Carrillo Cárdenas

En la obra y en la vida de este fotógrafo, escritor y periodista, la literatura y la fotografía coexisten y se complementan la una a la otra marcando, no solo su sello personal, sino también la manera en que mira e interpreta el mundo.

Daniela Pomés Trujillo / @danipomes

Buscando ilustrar mejor la mistura entre literatura, ficción, narración, imagen y fotografía –columna vertebral de sus proyectos y de su propia vida–, Ángel Carrillo Cárdenas me contó la historia del fotógrafo chileno Sergio Larraín

En resumen, Larraín sacó algunas fotos durante una caminata en París. Al revelar, se dio cuenta de que en una de ellas aparecía de forma inesperada una pareja tirando contra una pared. Sergio, amigo de Julio Cortázar, le contó lo sucedido al escritor y de esa historia el argentino sacó el sustrato para escribir uno de sus cuentos más reconocidos: Las babas del diablo. Luego, como bola de nieve, la historia transportada por el cuento cortazariano llegó hasta el cineasta italiano Michelangelo Antonioni, quien a su vez usó el relato como inspiración para su película Blow-up. Años después, el día del velorio de Larraín, un sobrino reveló una carta del chileno en la que este explicaba lo que significó la fotografía para él: “Cuando paseo la mirada por ahí afuera, con el rectángulo en la mano, es en el interior de mí mismo que busco”. 

Más allá de la gran admiración que siente Ángel por este fotógrafo, su historia es para él una manera de conceptualizar y ejemplificar esa “relación desprevenida” que puede existir entre ficción, narración, literatura y fotografía que late tan fuertemente en su obra. “Para mí, los proyectos que tengo publicados han sido narraciones en las que he conceptualizado o pensado la fotografía como literatura, la fotografía como una narración estructurada detrás de una idea”, complementa. 

Como él mismo lo explica, su fotografía está muy anclada a la narración, la cual entiende como una secuencia. Contar una historia, dice, requiere de entender la narración y con esta los elementos que están en juego dentro ella, bien sean simbólicos, espaciales o temporales. “Tuvieron que pasar muchas cosas para que yo comenzara a ver qué quiero del texto y qué quiero de la imagen dentro de un mismo proyecto. Hasta que encuentre ese equilibrio, ese maridaje entre texto y fotografía, buscaré no ser redundante. Ningún elemento es secundario. Le tengo demasiado cariño y entrega a la escritura y a la fotografía”.

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Ángel Carrillo Cárdenas nació en Venezuela en 1986. A los diez años llegó a Cúcuta, la ciudad natal de su mamá y tiempo después hizo algunos semestres de Ingeniería de Producción Industrial, carrera que por razones fortuitas abandonó a la mitad. 

Su relación con la fotografía inició oficialmente cuando acababa de desertar de la universidad y trabajaba en un café internet. Un día un amigo suyo fue a visitarlo y le dejó una cámara. “Iba caminando [con la cámara prestada] y me encontré con una imagen que, ahora que lo vuelvo a repasar, veo que tiene mucho que ver con mi interés fotográfico actual. Al lado de un poste de luz había una pila de bolsas de basura que era un poco más alta que yo. Esa fue la primera foto que tomé: una foto en formato vertical donde se veía todo el poste con el brillo arriba y las bolsas de basura muy altas. Yo vi ahí algo que me hizo preguntarme sobre cómo nos relacionamos con las cosas: las usamos y las botamos y en algún momento son más grandes que nosotros mismos”, recuerda. 

Luego de este episodio, Ángel viajó a Bucaramanga para estudiar diseño gráfico. Allí pasó desprevenido por algunas clases de fotografía. No terminó la carrera, pero consiguió vincularse profesionalmente. Durante más de siete años se dedicó a la creatividad publicitaria: fue director creativo de agencias, director de arte, escribió comerciales para televisión y campañas para marcas, entre otros oficios.

“Yo no tengo una épica familiar, ni fotográfica, ni literaria, ni periodística. Estamos acostumbrados a leer historias familiares, al capital cultural, a que mi mamá o mi papá o mi abuelo me enseñó. En mi devenir creativo no hay ese bagaje cultural familiar, mi familia está presente en otras cosas, también muy importantes”, cuenta Ángel. Sin embargo, conserva un recuerdo vívido de una cámara compacta marca Premier que tenía su papá; cámara que usó para retratarse a sí mismo cuando tenía cinco años, en lo que probablemente fue su primer acercamiento –inconsciente– a la fotografía.

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En el camino del diseño se fue encontrando con personas que tenían ejercicios creativos relacionados a la imagen que le sirvieron para estructurar una mirada compositiva y obtener mayores conocimientos técnicos. “Aprendí que una foto no se compone, una foto es un recorte. Yo sabía componer como diseñador y director de arte. A mí eso me facilitó mucho poder pulir mi mirada desde lo técnico: la teoría del color, la refracción de luz, la ley de los tercios, los complementos de una imagen, la proporción áurea; todos estos asuntos que están en el diseño yo los tenía claros y a la hora de llevarlos a la foto pude hacer una imagen equilibrada”, cuenta. 

De otro lado, por su labor de creativo publicitario empezó a escribir. Fue entonces cuando se dio otro momento de inflexión en su vida. A los 22 años empezó a interesarse mucho por la literatura, a leer vorazmente y a partir de ahí empezó a experimentar con la escritura de ficción. “Para mí –dice Ángel– la literatura es, entre otras cosas, imagen. Las novelas están compuestas de imágenes. Es lo que pasa cuando lees a Herta Müller: una imagen tras otra”.

Con el tiempo, a pesar de que había alcanzado una buena posición económica con su trabajo, empezó a sentirse cada vez más frustrado al ver que toda su creatividad se quedaba en las empresas. Decidió entonces renunciar y pasó a ser colaborador en Cartel Urbano. Según cuenta, dejar de lado la publicidad dio paso a que se estimularan en él otros gustos y sensibilidades que lo llevaron a volver a la fotografía. Un año después ocupó el cargo de jefe de redacción, luego en editor y se convirtió en el primer editor fotográfico de la revista. 

Ángel empezó a escribir crónicas y reportajes paralelamente a su experimentación fotográfica. “Me di cuenta que podía empezar a usar mi creatividad, mi idea de pensamiento creativo, con algo que me interesaba: contar ciertas historias. Para mí la creatividad es la capacidad de imaginar mejores mundos. La crónica me dio ese truquito que se le puede hacer al periodismo para inyectarle un poco de sensibilidad, narrativa y otros escenarios literarios”. Aunque sentía que aún les faltaba desarrollo a sus ensayos, empezó a publicar sus fotos en las crónicas que escribía. 

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A lo largo de su vida Ángel ha reflexionado mucho sobre el quehacer fotográfico. Como él mismo lo explica, una fotografía no es la verdad, sino que es una construcción mediada por la cámara y por las ideas de la persona que la toma. “La mirada está compuesta de otra cantidad de elementos cognitivos, intelectuales, de intereses propios, de sensibilidades. Aunque esté estrechamente relacionada con la realidad, la fotografía no es la realidad, es una representación, es la mirada de alguien que está detrás de todo un aparataje técnico”. 

Esa carga ética la ve representada en el cambio que percibe en él mismo cada vez que finaliza un proyecto. “Cuando llego a algún sitio a ejecutar un proyecto fotográfico el plan es sencillo: callarme, observar, escuchar y aprender. Entender otras maneras de ver el mundo. Eso para las fotos que hago ha sido valioso”, cuenta. Este tránsito por los caminos técnicos y el refinamiento de un trabajo en el que conviven fotografía y literatura lo ha llevado entre otras cosas a obtener el segundo lugar en el Premio de Fotografía Ciudad de Bogotá 2020, organizado por el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural con la serie San Alejo está sentado en un andén.

A Ángel le interesan las fotografías que no son auto concluyentes ni definitivas, así como el poder de la metáfora en lo que concierne a la literatura y la imagen. Estas inquietudes se pueden reconocer a través de su obra en la que ha explorado distintos registros de la vida como el hombre frente a la muerte, la vida íntima de los animales o la dificultad del trabajo después de la guerra. En todas sus fotografías se puede ver su interés por construir imágenes que en lugar de dar una respuesta, puedan ser pensadas una y otra vez.

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El tránsito que este fotógrafo ha hecho para llegar a obtener el segundo lugar en el Premio de Fotografía Ciudad de Bogotá 2020 ha dejado rastro en cada uno de sus trabajos anteriores. La prehistoria de su proceso y el paso a paso del recorrido hasta llegar allí puede verse evidenciado de manera cronológica en seis series que él mismo eligió para mostrarlo. 

La casta del embalsamador de los soldados del ejército nacional es el perfil del tanatólogo Wilson Rojas, publicado en Cartel Urbano en abril de 2016. El relato cuenta las experiencias del hombre dedicado al arreglo de cadáveres y a quien Ángel recuerda con un cariño especial. 

La reportería de la publicación duró alrededor de nueve meses, tiempo en el que el fotógrafo estuvo entrevistando y acompañando al tanatólogo en su labor. “Esas entrevistas me enseñaron mucho acerca de unos límites demasiado delgados que hay entre la idea de hacer crónica, con la idea de hacer literatura y la idea de que entre todo eso hay gente que te enseña a ti a vivir. Pasar todo ese tiempo con ese man, viendo cómo drenaba cuerpos, como tenía que abrirlos, volver a cerrarlos, maquillarlos, peinarlos, vestirlos, pero además de eso ver que él tenía una vida con su familia; pensar de qué manera alguien que se relaciona así con la muerte se relaciona con su familia, eso me tocó mucho”. 

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Ángel cuenta que al final ya no lo entrevistaba, sino que se sentaba a conversar con él tratando de entender cosas que hoy sabe que no tenía por qué entender. Lo que sí comprendió fue que así funcionan la literatura y la fotografía: desprendiéndose de la certeza.   

Ese perfil está compuesto por imágenes de Kicho Cubillos y de Ángel. Cubillos fue quien le presentó a Wilson y era el encargado de suministrar el material fotográfico para la publicación, mientras que Ángel escribía el texto. En ese punto, sin embargo, el escritor ya contaba con cierto avance tomando fotos, aunque aún no se sentía del todo listo. 

“Un día lo llamé [a Kicho] y le dije que era el momento para tomar unas fotos porque el tanatólogo iba a trabajar con su hijo, iba a darle una clase, él dijo que no podía ese día, que las tomara yo. Cogí una cámara que había en la Revista e hice las fotos. En esas fotos se ve la prehistoria de mi trabajo. El haber tomado esas fotos me dio más ánimo de empezar a hacer otro tipo de proyectos pensados desde la fotografía y no que la fotografía fuera solo un requisito que debe tener un artículo. En la publicación se ve clara la diferencia entre sus fotos y las mías”, cuenta. 

El resultado son unas imágenes frías en las que predomina un tono azulado que lleva al espectador a sentir en su propio cuerpo la sensación helada de la muerte. Algunas parecen una mirada que espía por entre las cortinas plásticas. La presencia fraccionada del cadáver aparece en casi todas las fotos acompañada por los rostros de quienes con naturalidad enchulan el cuerpo, dejando ver esa relación del tanatólogo con el muerto que tanto marcó al fotógrafo.  

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Poco tiempo después se publicó el ensayo fotográfico ¿En el mar la vida es más sabrosa?, una serie de fotografías tomadas en la isla de San Andrés con el fin de retratar la niñez en la isla y las problemáticas alrededor. “Esta fue la primera serie profesional que hice. No estaba haciendo fotografía de cosas interesantes o bonitas que veía, sino que viajé con ese fin”, cuenta Ángel. 

Aunque se publicó en 2016, el fotógrafo desarrolló el trabajo en 2014. Esa serie en particular marca la gran diferencia que hay entre esos primeros ensayos y su trabajo actual, pues sus intereses, sobre todo en lo que atañe a la técnica, eran completamente diferentes. “Estas son fotos que yo busqué exponer muy bien técnicamente. Era cositero buscando la hora del día a la que salía a tomar fotografías, muy calculador… y lo dejé en esa serie. A mí ya no me desvela la técnica”, cuenta Ángel a propósito de algunas fotos de esta serie colgadas en la pared de su casa.

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En ese entonces, Ángel trabajaba como fotógrafo comercial y de moda, quizás por eso su preocupación por el acabado y los componentes técnicos de las fotos. Entre otras cosas recuerda que su rango cromático era mucho más dinámico de lo que es ahora, y eso se ve claramente en el resultado de esta serie. 

Otro de los factores relevantes de este proyecto tiene que ver con el regreso de Ángel al mar. Cuando se pensó la serie y llegó a la isla llevaba quince años sin ir al mar. “Yo creo que la fotografía guarda, para alguien que lo hace, esa cualidad de asombro y para mí fue eso. Volver al mar después de mucho tiempo fue como wow, yo quiero volver y hacer una serie, y empecé a ver las temáticas que podrían estar alrededor. Al final, de todo lo que pensé lo que salió fue lo que estaba viendo. Yo creo que tiene mucho de eso… ese llegar a un lugar, sentirse como recién nacido”. 

En esta serie resaltan las tonalidades lila y magenta además de la variedad de azules que caracterizan el mar de San Andrés. En la viveza de los colores y en las acciones de los niños protagonistas quedó plasmado el asombro y la felicidad del fotógrafo al toparse de nuevo con la imponencia marina manifiesta en sus registros. 

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Un par de años después, en agosto de 2018, se publicó Fotoensayo: lo que crece junto al lago en Semana Rural. Este trabajo fotográfico se desarrolló en Aquitania, Boyacá, en la rivera del lago de Tota, y se enfocó en los cultivos de cebolla larga que allí crecen. Para esta serie Ángel recuerda que fueron necesarias al menos tres idas al lago: una para observar, otra para entrevistar y una más “para estar en los cultivos sentado encima de un bulto, ayudando y conversando acerca de la canción de Yeison Jiménez que estaba sonando y tratar de comprender un poco más”. 

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El resultado final dejó una serie de fotografías de gran amplitud que muestran el territorio, el lago, la cebolla y la relación de los jornaleros con cada elemento. Aunque el texto se abre con el retrato de un joven jornalero, el gran lago de Tota, capturado por Ángel en toda su inmensidad, es el sujeto central en este fotoensayo. 

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En octubre de 2018 se publicó Contra el silencio de los tambores, este bullerengue rapeado un reportaje realizado en Libertad, al norte de San Onofre, Sucre, que a grandes rasgos cuenta cómo los jóvenes del pueblo buscan recuperar la tradición musical y cultural de su territorio haciendo bullerengue rapeado. 

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Cuenta Ángel que por invitación de Usted Mismo él y María José Alarcón, entonces videógrafa de Cartel Urbano, llegaron a un colegio en Libertad donde los esperaban un montón de niños y jóvenes entre cantos y bailes. “Yo no quería sacar la cámara ni hacer fotografías de una vez porque le iba a hacer zancadilla a mi idea de primero reconocer y luego fotografiar, pero en algún momento pensé que lo que estaba pasando, el recibimiento de los niños bailando con sus trajes bullerengueros, no iba a suceder de nuevo”. 

Al empaparse más del contexto y la situación, Ángel se propuso hacer retratos pensados para que más allá del artículo, le sirvieran a esta banda de jóvenes como portafolio, para presentarse a convocatorias o para lo que necesitaran. Con esa finalidad, Ángel usó reflectores para conseguir cierta iluminación en los rostros y para que la imagen tuviera mayor calidad como archivo. 

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De esta serie recuerda con cariño dos fotografías, un retrato de una cantadora de bullerengue de unos 17 años, “una muchacha hermosa, re buena gente, con unos aretes dorados” y la de otra niña que muestra su vestido del que asoma el rostro de un niño. “La foto de la niña con la cabeza del niño me encanta, me transmite mucho. Ese chino era una caspa. Ella dijo: yo quiero que mi vestido se vea así y el niño se metió. Son otras formas en las que se da la fotografía, es la construcción de ese momento”, agrega. 

Uno de los trabajos más impactantes en la carrera de este fotógrafo y escritor se llevó a cabo en el Caquetá y los protagonistas fueron exguerrilleros. En noviembre de 2018 se publicó por primera vez el fotoensayo Construir un pueblo después de dejar las armas. Esta publicación habla sobre el proceso de reincorporación de varios excombatientes de la región, concentrándose concretamente en los oficios que desarrollan para “procurarse una economía estable”. 

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Este proyecto tiene la particularidad de que no tiene escritura creativa de parte del autor, sino que junto a las fotografías están los diálogos transcritos tal cual se dieron en el momento. Por supuesto, esto responde a los objetivos específicos que se trazó Ángel para narrar esta historia. Entre texto e imagen se construye un diálogo: el uno se complementa con la otra y el sentido sólo existe cuando se comprende ese diálogo. “En ese fotoensayo yo no describí a las personas, al espacio, no narré la llegada. Dije: la fotografía me va a ayudar a ver el espacio y a ver ciertos rasgos de las personas, el resto será sus voces”. 

Mientras las fotografías, que son en general claroscuros, se encargan de dejar ver tal cual lo que veían los ojos de Ángel, el texto cumple con la labor de complejizar esa mirada que caía sobre las personas y sus oficios. “Los diálogos me permitieron que quienes leyeran el texto escucharan cómo hablaban ellos, el tono de su voz, que para mí era fundamental –cuenta Ángel–. Yo sólo aparezco haciéndoles preguntas, un hilo de diálogo, qué me suscita él o ella, qué veo, cómo se mueve, cómo gesticula”.

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Fueron diez días en los que el fotógrafo pasó tiempo charlando con ellos, conociéndolos y acompañándolos en su oficio. “Conversábamos con respecto a su relación con la labor. Les preguntaba cómo les gustaría que hiciera la foto, no para hacerla así, sino para entender cómo querían que el mundo los viera. En esa disposición uno ya puede empezar a tomar fotografías”, cuenta. 

Para ver realmente a estas personas, Ángel puso el ojo en los oficios de cada uno. Según cuenta, se trata de un proyecto que mira los oficios como la construcción no solo de un espacio, sino también de un carácter y de lo que somos. “Yo empecé a pensar en eso cuando me iba a ir: chévere poder entender esos oficios transversalmente, que un oficio me permita ver la construcción de los que somos como humanos”.

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Haciendo memoria de sus días en el Caquetá recuerda cómo fue que salió una de las fotos que más le gusta de este proyecto, una de las fotografías del librero. Cuenta Ángel que esa tarde el librero les estaba contando a él y al videógrafo cómo se las arreglaban para leer cuando estaban en el monte. “Pasamos un rato hablando y él se paró en esa ventana [la que sale en la foto]. Nos contaba que para leer tenían que abrir huecos en la tierra porque en el día muchas veces estaban moviéndose, en constante persecución y en las noches que era cuando podían asentarse, abrían el hueco de manera tal en la que uno quedara sentado. Ponían una vela, la linterna y tapaban arriba con palos y hojas para sentarse a leer casi a oscuras. Yo me quedé pensando: qué video uno estar en esas condiciones y querer seguir leyendo. Hay algo ahí que funciona en las sombras”. 

“En la foto él le está contando algo a Daniel, el man que fue conmigo –continúa Ángel–, y veo que la sombra que está reflejando es una mano que está agarrando un libro pintado en la pared. Tomo la foto y pienso que ahí hay algo más de lo que estoy viendo y eso él lo cuenta en el texto, en la conversación. No pasó nada en realidad. Hubo un momento, una sombra, pero de eso se trata creo yo. El simbolismo, la estética y la metáfora se manejan dentro de todo eso”. 

Un par de años después de esta experiencia llegó otro gran proyecto en el que ya se ve consolidado ese proceso de aprendizaje que emprendió Ángel desde años atrás. Un santuario es una obra silenciosa es un fotoensayo en el que el autor logra combinar muchos de sus intereses personales más arraigados, cosa que se nota en la factura del proyecto. En él, Ángel se sumerge en la mirada de varios animales que habitan santuarios destinados para su protección. Esta publicación llegó en marzo de 2020, días antes de que el mundo entero entrara en cuarentena. 

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Para hablar de este proyecto el autor parafrasea un enunciado de Joan Fontcuberta en el que afirma que no existe una ética de la fotografía sino una ética del fotógrafo. El impulso que llevó a Ángel a trabajar el tema de los santuarios se remite en gran medida a su ética y creencias personales. “Yo no como carne, al menos no en este momento de mi vida y desde hace varios años, entonces tengo un interés con la ética animal y con la ética en general”. 

Antes de visitar los santuarios Ángel pensó mucho en la forma en que quería lograr la conceptualización de sus ideas. “He visto muchas fotos de animales y el problema que siempre encontraba era ver a los animales vueltos un horizonte, vueltos el paisaje. Pensar en ese problema semiótico me llevó a buscar recursos, que tuviera ese giro de tuerca para poder hacer una fotografía que me exigió una técnica y un tratamiento del color específicos”. 

Las fotos del ensayo de los santuarios son fotos estructuralmente muy bien pensadas y ejecutadas. El foco, el fondo, el encuadre, el lente que usó: todo responde a las necesidades mismas que Ángel se planteó para resolver ese problema semiótico. “Esa serie la pensé junto con María Teresa Flórez. Ella es filósofa, estudió Historia del arte y me contó cómo Melitón Rodríguez iba con su estudio de pueblo en pueblo, para poder hacer registro de la gente de los territorios. Entonces pensamos que la vuelta era sacar a los animales de la acuarela, del paisaje, para poder dotarlos de una historia única vital. Llevamos un telón y un microestudio a los santuarios. ¿Puedes imaginarte el camello que es cuadrarle un telón a un cerdo bebé que lo que quiere es correr y jugar? Ahí hubo de todo, detrás de esas fotos está la ayuda de muchas personas, incluido el animal”, cuenta. 

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La decisión de ubicar telones negros como fondo tuvo que ver con la necesidad de Ángel de “poder encontrar esa mirada que no existe en los mal llamados animales de granja”. Este proyecto en especial lo obligó a reevaluar todo lo que venía haciendo en fotografía hasta entonces. “Que sea movida, que sea corrida… acá no cabe” pensó. Al final, la serie logró captar esa mirada esquiva que perseguía con tanto ahínco el fotógrafo. Difícil explicar en palabras el resultado. Lo bueno es que esas fotos tienen la capacidad de hablar por sí mismas. 

Finalmente, en octubre de 2020 llegó el primero de muchos reconocimientos oficiales que muy seguramente están por venir. Los no oficiales no han faltado nunca. La serie San Alejo está sentado en un andén que presentó a la convocatoria del Instituto de patrimonio cultural hace parte de un reportaje mucho más amplio en el que Ángel viene trabajando desde antes de enterarse del premio. 

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La miniserie con la que se hizo al segundo puesto se compone de cinco fotografías sobre los cachivacheros de los alrededores del Mercado de las pulgas de San Alejo. Se pedía que esas evidenciaran la relación entre espacios considerados patrimonio cultural, las dinámicas que se dan en esos espacios y la apropiación que las personas hacen de ellos. El segundo requisito era adjuntar un texto en el que se explicara la intención de la serie. En dicho escrito Ángel entabla un diálogo con Cien Años de Soledad, en el que gitanos y cachivacheros son analogía. 

El reportaje del que se desprende esta miniserie, según cuenta Ángel, contiene la serie más extensa que ha hecho hasta ahora. Es una serie completamente análoga, toda en rollo rebobinado, blanco y negro y desarrollada con su cámara de los años 90. Esas decisiones técnicas, por supuesto, están al servicio y en función del concepto. “Es como un viaje en el tiempo. Pararse frente de esos plásticos puestos en el piso y empezar a ver vainas de los 80, de los 50, los 60, encontrar mi misma cámara… Al ver eso pienso: a mí esto me pide una técnica analógica. Para mí la técnica aporta a la narración”. 

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Ángel lleva mucho tiempo trabajándole al proyecto de los cachivacheros. “Yo empecé a relacionarme con estas personas que venden objetos de segunda hace mucho porque compro ropa de segunda mano –cuenta–. Los pulgueros me encantan y con mayor intensidad desde hace un par de años porque María Teresa tiene un proyecto de recuperación textil, entonces me empecé a mover más en ese ámbito de la segunda mano, a conocer gente que vendía”.

Cuando se topó con la convocatoria recordó que el pulguero de San Alejo fue declarado patrimonio cultural desde hace años. Sin embargo, Ángel decidió tomar las fotos de la convocatoria en las calles que rodean el mercado porque así concibió la narración. “Vi que existía el desplazamiento de la gente que no puede pagar el puesto o que queda afuera porque ya al pulguero no le cabe un alfiler parado. Mucha gente tiene que tomarse las calles y muchos de ellos terminan convirtiéndose en… yo lo nombro como una especie de gitanos en Macondo”. 

Una de las fotografías de la miniserie deja ver un toldo en el piso cargado de muchos objetos. Se ve la gente pasando y entre el mar de cosas que reposan sobre el toldo llama la atención ver en el centro a dos personas que no se sabe bien cómo llegaron ahí. Al mirar con más detenimiento se ve que es un espejo en el que están reflejados los dueños del puesto. “En el momento que la tomé vi un montón de objetos en el piso y a dos personas que tenían relación directa con esos objetos. Eso me hizo pensar en muchas cosas que suceden en la ciudad, en las maneras en las que se mueven esas esas economías callejeras, en la forma en la que nos relacionamos nosotros como sujetos. Hay lectura y eso me interesa”. 

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Ahora que ha alcanzado cierto equilibrio entre tiempo y dinero ha logrado desarrollar otros de sus proyectos personales como el collage, una técnica que le ha interesado desde siempre y que además le ha servido como descanso de las pantallas. “Me gusta trabajar esto porque no tengo responsabilidad más allá que la que tengo con la imagen misma. Veo una foto y cojo una revista para ver en qué palabras me lleva a pensar. No son piezas decorativas, hay una mirada que incluso puede ser política sin serla de manera explícita, puede tener muchos matices. Lo hago para responder a lo que estoy sintiendo en ese momento”, cuenta.

También ha pensado en explorar proyectos en los que él “no diga nada”, que sean sólo fotografías. Pensado en esa posibilidad que aún está en remojo en su cabeza tiene todo un archivo de fotografías guardadas sin ningún fin más que irse madurando mientras aclara su destino. 

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Por último, entre sus planes a corto plazo está terminar un proyecto literario en el que viene trabajando hace tiempo. Ángel se topó con la historia que ha tomado forma de novela hace ocho años. Al principio la escribió como crónica que nunca se publicó. Luego escribió un manuscrito, lo guardó, lo dejó reposar un tiempo y lo reescribió. Pasó un tiempo más, lo editó y finalmente quedó un manuscrito de 50 páginas y empezó a escribir el resto. 

“He podido ver mi propio avance dentro de la literatura, ahí, en esa novela. Ahorita estoy ya en la recta final, en una nueva recta final. Si se vuelve a quedar guardado no tengo problema. Me di cuenta de que yo puedo escribir una novela. Buena, mala, ineficiente, impublicable, lo que sea, no importa, ahí está. Un personaje es una mujer fotógrafa porque yo creo que uno tiene que escribir de las cosas que sabe, al menos en la literatura, para que se sienta genuino”. 

Para concluir Ángel explica que más que ser fiel a tomar fotografías de una manera determinada, él quiere ser fiel al momento. “La fotografía, la ejecición de la foto, no te permite pensar adelante o atrás, la fotografía es y está ahora, en el instante, así hayas investigado para hacerla”. El fotoensayo de los santuarios y el de los excombatientes le enseñaron mucho de eso. En ellos, dice, entregó más de lo que podía pues dejó ahí todo lo que había hecho y aprendido en la vida. 

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“Yo he tomado muchas fotos y creo que hay una línea, pero no está marcada por la técnica que esté usando y no quiero que sea así. Seguramente faltan muchos años para que yo tenga una obra que sea digna de llamarse obra, en la que se pueda ver una línea estética, conceptual, y que todo deje una línea de pensamiento. Mientras tanto, en cada proyecto me valgo de lo que sé, uso las cosas que pienso”.

Ahora, queda esperar para ver el resultado del reportaje de los cachivacheros y leer por fin su novela para así poder comprender un poco más esa amalgama entre fotografía y literatura que se erige como concepto transversal en todos los trabajos de Ángel. Aunque, como él mismo dice, quizá no hay nada que entender, quizá lo único que hay que hacer es dejarse asombrar por sus historias, dejarse llevar por el relato que narran las fotografías mientras las letras construyen imágenes.

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