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Ilustración por @nefazta.666 / Fotos de Adelaida Porras

Así nació el aleteo de Fumaratto

De remates y privaditos pasó a tocar frente a miles de personas con sed de zapateo. “Este año cumplimos tres años. Me convertí en uno de los referentes mundiales de la guaracha”. 

Nicolás Gómez / @ngospina14

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(Recomendamos la lectura del artículo con este set de Fumaratto como telón de fondo).

Es una de las noches de fiesta más agitadas del año en Bogotá. Hay Jokers, personajes de la Casa de Papel y, claro, no falta uno que otro disfraz de la recién electa alcaldesa Claudia López. Por doquier se anuncian farras de Halloween que prometen ser inolvidables. Hay nombres de Djs de todos los rincones del planeta dando vueltas por las redes. Hay, además, una fuerte competencia entre las luces de los bares de la 85. Uno de los lugares tiene una pirámide egipcia enfrente y está custodiado por dos guardias enormes vestidos de Anubis. 

Es la 1:30 de la mañana. Una van blanca se estaciona frente al club Sonrise, en el norte de Bogotá, dentro se encuentra uno de los Djs más representativos de la guaracha en Colombia y el mundo: Mateo, mejor conocido como Fumaratto Ferroso. Me subo a la van con grandes expectativas. Mateo es un joven más bien pequeño. Lleva una chaqueta roja y unas gafas diminutas, también rojas, que me permiten verle los ojos. Toma agua de una botella mientras se prepara para entregar un set a la altura de la gente que lo está esperando allí adentro, en el Sonrise, donde dará su segundo show de la noche, después de una presentación que resultó convulsa, en la calle 57 con Caracas.

La guaracha lleva varios años apoderándose de las fiestas colombianas. Con sus trompetas y tambores ha conquistado los oídos de quienes disfrutan del ambiente rave pero no tanto de los géneros —a veces oscuros, a veces rápidos y desasosegados— que hay dentro de la electrónica. Privaditos, aleteo, zapateo y algunas otras expresiones circundan y caracterizan un género que hoy hace parte de disqueras como Sony Music, pero que originalmente era otra cosa. La guaracha “moderna” apareció hace unos 5 años y se apropió de un término utilizado para nombrar cierta música popular cubana que durante su época de expansión, a mediados del siglo XIX, se regó por todo el continente, tomando diferentes formas, gracias a su capacidad de adaptación, que dependían del lugar al que llegaba. En Colombia, Anibal Velázquez fue considerado por mucho tiempo el “Rey de la Guaracha”, un ritmo cadencioso que se acerca más a los sonidos cubanos que al vallenato tradicional pero que se caracteriza por un lenguaje más distendido y relajado. Parece que, no conforme con tomar su nombre, la guaracha de nuestros días también se apropió del estilo de baile. Dayvi, Fumaratto, Dani Masi, Dasten y otros nombres, en su mayoría colombianos, han llenado los carteles de las fiestas más cotizadas del techno mainstream durante el último año en Colombia.

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Mateo tiene 27 años y actualmente más de 700.000 oyentes mensuales en Spotify. Dice que desde los 12, cuando hizo un curso para ser Dj profesional, está obsesionado con la música, aunque nunca la había considerado una carrera: su mamá y su papá lo inscribieron para que quemara la energía de sobra que tiene, la cual no es muy difícil de evidenciar al reparar en su forma de hablar y su manera compulsiva de mover los pies. Pero su pasión era otra en principio. Pasar balones, cruzarla. Hincha de Nacional, la vida de futbolista era por lo que había trabajado, hasta que tuvo un accidente en moto a los 17 años que le dejó jodida una rodilla. “Los médicos me dijeron que si quería una buena vejez, no podía seguir jugando”. Luego de la “lesión de Ronaldo” entró al mundo académico. Estuvo saltando de carrera en carrera —Psicología, Derecho y Comunicación— hasta que, hace 4 años, tuvo una hija, Sofía, y vio la necesidad de enfrentar los gastos que acarrea formar una familia. La situación lo animó a retomar esa pasión por la música diluida a lo largo de los años. “Este año cumplimos tres años. Me convertí en uno de los referentes mundiales de la guaracha y sé que queda mucho camino por recorrer”, dice Mateo.

Y es que cuando empezó, Fumaratto nunca imaginó figurar dentro de las playlists internacionales de Spotify, que en la actualidad representan gran parte del mercado digital, o hacer parte de los line ups de clubes a nivel latinoamericano como Colors, en Tulum, o la Sala Premium Do, en Santiago. Mateo ha tocado en muchos países, pasando por pequeñas fiestas privadas en fincas pero también por estadios con 20.000 personas. 

Dice que es un tipo muy receptivo a todos los géneros musicales. “Yo creo que cualquier DJ que se respete tiene que ser melómano y escuchar todo tipo de música, no se puede casar con un solo género. Si uno solo escucha una cosa, solo puede ofrecer una cosa, y hay infinitas maneras de divertir a la gente”. De pequeño, escuchando salsa en Latinastereo, en Medellín, aprendió de los tambores y las trompetas y es en esa variedad en la que, según él, radica el éxito de la guaracha. Y de su música. “Por eso he fusionado reggaetón, música popular, electrónica, música de plancha y hasta hip hop, porque cuando lo hago le llego al público que no es de electrónica”.

Si le entiendo bien, la sensación que Fumaratto quiere lograr en sus oyentes es la que se tiene al escuchar una canción vieja que evoca nuestro pasado, que nos lleva a un momento preciso o a una edad puntual. “Me descargo las canciones de internet o de algún lado y sacamos diferentes versiones de música vieja o actual que en algún momento nos brinda la posibilidad de regalarle un buen recuerdo a alguien que hace mucho no escuchaba la canción”. Algo así como lo que la televisión y el cine usan actualmente, una suerte de <<estrategia comercial de la nostalgia>>. Y como si se tratara de un futbolista consagrado, Fumaratto dice que la clave para seguir vigente en un medio con tantos altibajos es la disciplina. “Muchos de los grandes artistas generaron tanto contenido que tendrá que pasar mucho tiempo para que la historia los olvide, incluso después de muertos”. 

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En medio de la conversación que estamos teniendo aparece Juan David, el manager de Mateo, quien abre la puerta de la van para recordar que solo faltan 10 minutos para que empiece el concierto. Luego del anuncio, Juan hace esta descripción del ambiente que hay en el sitio: “este es un parche gomelo, nada que ver con lo que nos tocó ahorita”. Según me explican, en el toque anterior Fumaratto tuvo que bajarse porque entre el público se armó una pelea, incluso se les mandaron con cuchillos a algunos del equipo cuando ya iban saliendo del lugar.  

Luego entra a la van un muchacho a llevarse un saxofón, instrumento especial para el show. Mateo y Clandestino le están apostando a mejorar el show de la guaracha a partir de la música misma. Un saxofonista que proviene de la academia por ahora ha sido su principal inversión, en vez de gastar el dinero en pirotecnia. Aunque también hay algo de pólvora. “Yo me di cuenta de que esto iba a pegar cuando salí del país. Ahí lo dimensioné. Puede sonar muy de cajón, pero es muy difícil creer que los sueños a uno se le cumplan”, dice Fumaratto, y añade que incluso ahora no lo dimensiona del todo bien. “Yo no me esperaba que esto llegara tan lejos. Más que por un placer, lo hice porque necesitaba plata para comer y darle a mi hija”.

Apenas se retiró de la universidad empezó a abrirse camino como Dj urbano en diferentes reuniones y clubes, remates y farras pequeñas. Y fue en uno de esos remates frecuentados por mujeres comiendo Bonbonbum y manes usando Crocs y sudaderas Adidas, que Mateo se encontró con el género que le cambiaría la forma de entender la fiesta y la música. “A mí en esa época me gustaba la electrónica pero de otro tipo. El techno, el minimal. La gente que escuchaba esos géneros hacía parte de un círculo muy cerrado”. Recuerda Fumaratto que estando en una fiesta con los mismos de siempre, escuchando la música de siempre, llegó alguien y puso “esa canción que dice: me gusta el mueve, mueve”. Lo dice mientras tararea el ritmo. “Con esa canción la gente pasó de estar bailando tranquila a hacerlo efusivamente. De una me di cuenta de que eso es lo que necesita la rumba y de eso me encargué. Le doy a la gente lo que le gusta, y ¿qué le gusta? Bailar, cantar, tomarse fotos, dedicar música y gritar”.

Una de las principales críticas que recibe este género por parte de la industria musical es el asunto de los derechos de autor. “A veces es jodido que un tipo en Alemania le meta 50.000 dólares a la producción de un tema —dice Mateo— y yo lo intervenga y le cambie una par de cosas y lo pegue. Él fue el que hizo la inversión, pero yo estoy sacando más ganancias, es por eso que no estoy sacando tantas canciones. Quiero concentrarme en mejorar mi composición para sacar mis cosas”.

Fumaratto Ferroso recuerda con particular cariño un concierto que dio en Chile para 3.000 personas junto a su amigo, casi hermano, DJ Dasten. También la presentación de hace un mes con Daddy Yankee en su tierrita, en el Polideportivo Sur de Envigado, donde se enfrentó y conquistó a un público de más de 20.000 personas que bailaron al ritmo de su aclamado ‘Me Provocas’. Tocar frente a sus padres, en la ciudad que lo vio nacer y crecer, fue el mejor momento de su corta pero exitosa carrera. Pero no ha sido fácil porque “son muy reacios. Son mis papás y sé que quieren lo mejor para mí, pero ellos saben que este mundo está condenado al trasnocho, a la falta de una buena alimentación, al alcohol. Entonces uno es consciente de que ellos tienen razón en el sentido de que hay otras formas más sanas de sobrevivir y el hecho de que uno sea exitoso en la vida teniendo este tipo de cosas presentes hace que uno se cargue de la energía de este ambiente, que es pesado”.

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Me piden que me baje de la van. Mateo debe ponerse la máscara de conejo y empezar a tocar. Me parece que ingresa muy relajado al bar, como entrando a su casa, saludando. Se acomoda frente a las consolas Pionner. Ahora, dentro de este bar gomelo, como lo denominó Juan David, donde la cerveza vale 20.000 pesos, la gente empieza a emocionarse. Varias de las personas del público alistan sus celulares para grabar el show de luces. El toque arranca con un par de errores técnicos. El conejo se esfuerza para compensarlos. El saxofonista lanza rayos láser con su instrumento. En el set que toca Fumaratto hay de todo: desde canciones de Monsieur Periné hasta funk brasileño y clásica. Todo parece indicar que este conejo no va a permitir que ningún cuerpo dentro del Sonrise se quede inmóvil. 

 

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