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Ilustraciones por @burdo.666

El retorno obligado a lo salvaje

Puede ocurrir que los perros abandonados en Bogotá se reagrupen en manadas para seguir su vida. A veces pasa que se desplazan a las zonas boscosas, vuelven en la línea evolutiva acercándose a sus parientes los lobos y se convierten en la encarnación silvestre de los errores humanos.

Julián Guerrero / @elfabety

Feral
Del lat. ferālis 'de fiera'.
1. adj. desus. Cruel, sangriento.

 

Cuando hablo de mi encuentro con una jauría de perros una madrugada en Bogotá, la expresión de la gente suele ser de incredulidad antes que de asombro. La mayoría se sorprende más de que estuviese montando bicicleta a las tres de la mañana, que del hecho de que una manada de perros se hubiese apropiado de un par de cuadras en la carrera séptima.

Volvía a mi casa después de una fiesta en Chapinero y decidí seguir por la séptima hacia el norte porque había muy pocos carros y podía andar rápido. Hacía frío, pero el par de tragos que me había tomado y la adrenalina que producen las primeras veces montando bici a esa hora, me daban el calor suficiente para seguir. No  recuerdo qué mes era, ni qué fecha. Sólo sé que cuando llegué a la altura de la calle 93 con séptima la niebla había descendido de los cerros y por alguna razón las luces del carril que iba hacia el norte estaban fundidas.

Como podía ver muy poco disminuí la velocidad. Antes de llegar a un semáforo un perro salió a mi encuentro. Aunque yo esperaba que ladrara o persiguiera mi bicicleta, solo dio vuelta sobre sí mismo y siguió en dirección a la montaña. Del otro lado los carros andaban apresurados hacia el sur, mientras que el último carro hacia el norte había pasado hacía unos minutos. Pensando que alguien podía aprovechar la oscuridad para robarme, resolví que lo mejor era avanzar a toda velocidad. Sin embargo, cuando me sumergí en la oscuridad y fui capaz de ver entre la niebla, pude reconocer al grupo de perros que tenía ocupados dos de los tres carriles de la séptima. Mientras algunos descansaban recostados en el suelo, otros miraban atentos las luces de los carros que cruzaban hacia el sur o atendían al ruido de los que pudiesen acercarse por el carril del que se habían adueñado.

En medio de esa atmósfera atemorizante, estábamos los perros, el silencio de la madrugada y yo.

Crucé con lentitud el tramo que tenían ocupado y seguí mi camino entre sorprendido y asustado de que, al final, alguno se lanzara a corretearme y lo siguiera detrás la jauría entera. Pero no ocurrió nada. Me giré cada tanto para ver si aún estaban ahí y seguí mi camino hasta que los perdí de vista. Seguí andando convencido de que, ni en sus más terribles pesadillas, alguien que regresa a casa en bicicleta después de una fiesta imagina que se va a encontrar con un grupo de más quince perros ocupando dos carriles vehiculares.

En los días siguientes cuando conté la historia y pregunté si a alguien más le había pasado, todo el mundo respondió (con incredulidad y asombro) que nunca habían visto algo así. Aunque investigué sobre manadas de perros en la séptima cerca al Cantón Norte o en los Cerros Orientales, no encontré información reciente ni nada relacionado más allá del concepto de perros ferales. Sin embargo el encuentro, que había quedado ya en mi memoria como una anécdota más de las noches bogotanas, volvió a surgir este año cuando me enteré que un menor de nueve años había sido atacado en mayo del año pasado por una jauría de perros que le causaron más de 150 heridas en distintas partes de su cuerpo.

 

***

 

Enrique Zerda, profesor del departamento de biología de la Universidad Nacional, explica que existen cuatro tipos de perros. Los domésticos, los callejeros, los llamados semi-ferales y los ferales. Se dice que un perro es feral cuando ha nacido en un contexto sin vínculo alguno con los seres humanos o vive sin este. La convivencia en manadas y la cacería, son elementos característicos de estos animales que se comportan como lobos y habitan zonas boscosas como el parque Chingaza o los Cerros Orientales. Un perro semi-feral, entonces, es aquel que a pesar de vivir alejado de los humanos y de ya no ser un animal doméstico, aún conserva vínculos con éstos.  

Según comenta el profesor Zerda los perros no son los únicos animales ferales, pues éste nombre lo recibe cualquier animal que tiene un origen doméstico y se convierte en un animal silvestre rompiendo toda relación con los humanos. Si bien existen diferentes razones para que esto ocurra, en el caso de los perros la más común es el abandono. Se estima que  en Bogotá hay más de 800.000 animales domésticos habitando las calles de la capital, una cifra que, aunque es difícil de corroborar pues no hay cómo rastrearlos, pudo aumentar entrada la cuarentena.

Se sabe que en Bogotá hay jaurías de perros ferales en los humedales y en los Cerros Orientales. Sin embargo, como indica el profesor Zerda, el caso más próximo de perros ferales que tenemos es el del Parque Nacional Natural Chingaza. Según cuenta, los perros ferales que ahora habitan Chingaza serían los hijos de los perros que quedaron abandonados allá cuando se prohibió la caza deportiva en el parque.

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“Hubo una época en que Parques Nacionales dio la orden de matar a todos los perros. Entonces los vigilantes salían con escopeta y perro que veían, perro que le pegaban un tiro. Obviamente la sociedad animalista puso el grito en el cielo y la práctica se prohibió”, dice. Según cuenta, este tipo de decisiones se llevaron a cabo debido a que muchos de los perros ferales (y también los semiferales que vivían en las fincas, pero se alimentaban en la montaña) estaban acabando con la fauna silvestre, una circunstancia que para él se derivó también del desconocimiento de estos animales. 

Zerda, que se ha encargado de estudiar el comportamiento de diferentes animales, ha   dirigido dos tesis de grado sobre el tema de los perros ferales. Una de ellas fue la de Andrés García Londoño, director de la Fundación Bioethos, una fundación pionera en el estudio de perros ferales en el país.

Como señala Andrés García, la bibliografía que existe sobre el tema (la cual se ha desarrollado en  su mayoría en países como Estados Unidos y Australia y en territorios como el Sudeste Asiático) apunta a que la categoría de perros ferales se refiere al comportamiento de los animales antes que a su morfología. No se trata tanto de cómo se ven o de su genética, sino de la manera en que se comportan y se desarrollan.

“Sabemos por nuestros estudios que estos perros se distribuyen en jaurías altamente territoriales. Se componen de un macho alfa y de una hembra alfa, los cuales son los únicos que pueden reproducirse. También encontramos un fenómeno que se llama reclutamiento, que ocurre cuando la jauría está muy pequeña. Entonces encuentran perros callejeros y los adhieren a la manada para establecer jerarquías, distribuirse labores de cacería o, sencillamente, para aumentar el tamaño del grupo”, cuenta Andrés.

Es común que las jaurías se formen con las razas frecuentes a las zonas circundantes a las que habitan. De ahí que labradores, pastores alemanes, border collies, boxers e incluso french poodles sean los tipos de perros que se pueden encontrar en las jaurías bogotanas o en los alrededores.

 

“Hubo una época en que Parques Nacionales dio la orden de matar a todos los perros. Entonces los vigilantes salían con escopeta y perro que veían, perro que le pegaban un tiro. Obviamente la sociedad animalista puso el grito en el cielo y la práctica se prohibió”.
Enrique Zerda

 

Si bien estos perros se han acostumbrado a vivir lejos de los humanos o han nacido sin ningún contacto con estos, cuenta Andrés que debido al proceso coevolutivo que llevan con nosotros desde hace miles de años, aún dependen mucho en el tema de vacunas, cuidados y nacimientos, por lo que la mortalidad es bastante alta en las primeras etapas de los individuos.

“Los perros ferales tienen un nivel de agresividad bastante alto con otros grupos de perros, como los perros callejeros o con mascotas o con otros grupos de perros ferales. No son agresivos al interior de su manada y evitan el mayor ruido posible. No ladran, por ejemplo, para no advertir su presencia. Son difíciles de ubicar y se comportan como un depredador. Es como encontrar lobos en libertad. Y también hay un gran cuidado por parte de los miembros de la jauría hacia los más pequeños”, cuenta.

Justamente una de las cosas que más llama la atención es el hecho de que los perros ferales comienzan a comportarse como lobos, escalando de alguna manera en la cadena evolutiva para volver al lugar de sus antepasados. Si bien el profesor Zerda señala que la pregunta sobre qué tan lobos son los perros ferales es una de las incógnitas más grandes alrededor del tema, Andrés tiene algunos apuntes al respecto gracias a las investigaciones que se han adelantado desde Bioethos: si bien los lobos y los perros son idénticos a nivel genético, lo que ha variado es que a través de la selección artificial los humanos hemos provocado una gran cantidad de razas con una morfología distinta que muchas veces afecta también el comportamiento. Sin embargo, hay patrones que se mantienen estables muchas veces. “Por ejemplo la convivencia en jaurías o grupos familiares”, dice Andrés, “es notable en los perros ferales. También la ausencia de ladridos y ruidos para cazar y la repartición de tareas: hay una pareja alfa, hay unos subordinados, hay unos que están relegados. Esas son relaciones de jerarquías que se ven claramente como en los lobos. También pueden abarcar grandes distancias para conseguir alimentos”. Sin embargo, cuenta que detalles como el reclutamiento que llevan a cabo los perros ferales no es algo muy común entre los lobos.

 

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Pareciera que muchas de las acciones que llevamos a cabo los seres humanos para controlar a los animales tuvieran en el fondo el miedo a que lo salvaje nos arrebate el dominio. Aunque  los expertos no lo ven así, desde la misma palabra que categoriza a los animales que se desligan de la vida doméstica (feral significa cruel y sangriento) ya se establece una tensión entre el humano y la criatura que alguna vez domesticamos. Con todo, y como comentan los expertos, muchas de las decisiones que se toman tienen que ver con la protección de otras especies y la prevención de enfermedades.

“Hay conflicto animal y humano, pero hay que aclarar ciertos criterios ecológicos”, señala Andrés, quien dice que, sin duda, los perros ferales son animales conflictivos. “Los perros ferales son especies  introducidas, no son nativos. Esto genera una serie de impactos que son visibles en el tiempo. La presencia de estos animales puede afectar poblaciones e incluso causar la extinción de muchas especies a nivel local”. Cuenta además Andrés que esto es algo que ocurre mucho en los humedales de Bogotá, donde la presencia de perros ferales ha provocado que animales como las tinguas o los curies sean cada vez menos numerosos.

Otro aspecto que resulta problemático frente a los perros ferales es la coexistencia de éstos con otros cánidos silvestres, como lo zorros que habitan las periferias de la ciudad y que pueden transmitir enfermedades a los perros contra las cuáles éstos no pueden combatir, lo que puede llevar a una epidemia biológica que involucre a otros animales. La agresividad de los perros ferales con los humanos es, además del peligro que representan para la fauna silvestre, otro de los elementos de esta tensión.

“El problema no está en cazarlos o no, sino que hay que tomar unas medidas drásticas de educación ambiental y tenencia responsable de mascotas, porque el origen de estos  perros es el abandono de los dueños cuando se cansan del animal y los botan en zonas naturales y ellos no tienen otra opción más que sobrevivir”, agrega Andrés. 

Si  bien  el Distrito y las entidades encargadas se han dedicado a realizar jornadas  de esterilización,  éste es un proceso demasiado complejo, pues si se logra capturar a uno de los miembros de la jauría, el resto atacará de vuelta. La otra opción que rescatan desde Bioethos,  es la de buscar las madrigueras y encontrar a los perros en un estado muy joven para darlos en adopción, pues tratar de convertir de nuevo a un perro feral al estado doméstico es más bien un imposible. Sin embargo, cuentan que la base para solucionar el problema está en el cuidado de los dueños a sus perros y en grandes campañas de esterilización a animales domésticos y callejeros.

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“Las entidades no han sido lo suficientemente responsables con este tema y no le han dado la importancia que merece. Hay casos en que no solo los perros, sino también los gatos, por ejemplo, causan extinción de especies. No solo podemos pensar en el perro porque es cercano a nosotros, sino que también tenemos que pensar en la tingua, en el colibrí, en la torcaza, en el oso de anteojos, porque salvando uno vamos a perjudicar a muchísimos más”, dice Andrés. Agrega que aunque las políticas públicas sobre estos temas deberían estar lideradas por la Secretaría de ambiente, durante varios años se han pasado la pelota entre la Secretaría de salud, el Ministerio de Ambiente y las CAR, sin que se tomen medidas.

Si bien fundaciones como Bioethos han adelantado investigaciones sobre los perros ferales, para Enrique Zerda existe un gran desinterés general sobre el tema y ha ocurrido que incluso el parque Chingaza retiró el apoyo a las indagaciones. Aunque ha habido intentos de parte de la misma CAR para investigar el tema, no se ha llegado a ningún puerto. El tema volvió a ser popular después de mucho tiempo el año pasado, cuando una manada de perros atacó al menor de nueve años cerca al humedal la Conejera. Si bien el joven alcanzó a ser atendido, el hecho inusual desató el miedo a los habitantes del sector y devolvió a la agenda pública la conversación sobre si los animales ferales representan o no un peligro. A raíz de este acontecimiento, medios como El Espectador investigaron el fenómeno, revelando no solo los esfuerzos que se han hecho por conocer sobre estos animales, sino también la falta de interés de muchos sectores.

Los mitos sobre los perros ferales abundan y aunque en su mayoría son producto del desconocimiento, muchos también son alimentados por la experiencia ciudadana. Algunos dicen que cazan personas (algo que no se ha visto en Bogotá, aunque sí hay casos registrados  en países como México o India), otros que profanan tumbas y otros defienden con convicción el hecho de que pueden volver a ser domesticados, algo imposible como lo ha demostrado la ciencia.

 

“El problema no está en cazarlos o no, sino que hay que tomar unas medidas drásticas de educación ambiental y tenencia responsable de mascotas, porque el origen de estos perros es el abandono de los dueños cuando se cansan del animal y los botan en zonas naturales y ellos no tienen otra opción más que sobrevivir”. Andrés García Londoño, director de la Fundación Bioethos.

 

Al final, y como señalan quienes han estudiado el tema, lo mejor es seguir investigando sobre estos animales, no solo para poder protegerlos, sino también para cuidar de las criaturas circundantes, entre estas, los seres humanos. Sin embargo, no deja de ser interesante cómo muchos de los esfuerzos que se hacen en favor de la protección de los animales terminan siendo ejercicios que, de una u otra manera, mantienen el statu quo de la dominación humana. Conocer y prevenir los comportamientos de aquellos animales que antes solían ser fieles a nosotros, parece ser también una manera de no perder nuestro lugar como dueños.

 

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Por estos días son populares las apariciones de animales silvestres en las ciudades vacías por el aislamiento. En Bogotá y sus alrededores se ha visto animales como zorros, y aves como garzas y patos migratorios. La naturaleza –se ha anunciado– ha sabido reconquistar su lugar en medio de la pandemia. Pienso en esto no solo por lo tranquilos que debieron haber estado los perros semi-ferales en la ciudad y sus alrededores, sino también por el tono dramático con el  que se señala, como si la naturaleza (y sobre todo la “naturaleza silvestre” como lo han tratado en algunos medios) fuese algo lejano a nosotros.

Como lo han denunciado animalistas como la concejala Andrea Padilla, ya van dos meses de suspensión del programa de esterilización de gatos y perros sin hogar en la capital del país, por lo que se estima una explosión demográfica. Esto, sumado al número de animales domésticos abandonados por desinformación u otras razones, pone sobre la mesa la preocupación sobre el crecimiento demográfico, por ejemplo, de los perros ferales, lo que, como se dijo antes, acarrearía otras problemáticas.

Basta ver el caso de los perros ferales (así como el de otros animales calificados bajo esta misma nomenclatura) para reconocer la responsabilidad que tenemos sobre la misma fauna que hoy, decimos, “invade” los espacios sobre los que hemos declarado nuestra soberanía durante años. 

Hace unos meses volví a subir al lugar donde tuve mi encuentro con la manada. Fui a la misma hora y de la misma manera. Esta vez, sin embargo, las luces estaban prendidas, los carros cruzaban sin dificultad y no había ningún animal sobre la calle. A lo mejor solo fue cosa de una noche. Habrán bajado de su madriguera en los Cerros Orientales para ver su antigua casa y habrán dado vuelta con la convicción de que ya no necesitaban nada más de nosotros.  

 

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