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El placer de ser “looner” y las posibilidades de tener romances con globos

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Los fetiches aún son considerados por las camanduleras y los godos creación satánica. Dos colombianos que practican uno bien particular, el cual gira en torno a los globos, nos hablan de lo que implica ser looner o globero y en algunos casos incluso reemplazar a la pareja para conectarse sentimentalmente con un objeto inflable. “A uno puede darle tristeza cuando un globo explota”.

Nicolás Rodríguez Sanabria

Tomás tenía sus dudas cuando nos acercamos a él con la idea de este artículo. “Da un poco de nervios —nos dijo aquella vez a mí y a Ricardo, el fotógrafo—. ¿Será que [los lectores] pueden entender un poco más de lo habitual?”. La precaución constante es parte de su vida, empezando porque ni siquiera es Tomás su nombre real. “Eso sí —continuó—, todo muy confidencial porque acá esto es muy ‘Hey, ¿a ti qué te pasa?, tienes que ir al psicólogo, eres una persona rara’”. Y lo mismo sucede con Balloover, un ingeniero químico de 41 años que usa este alias en su perfil privado de Facebook, donde tiene la libertad de ser él mismo.

Tanto Tomás como Balloover son lo que popularmente se conoce como looners o globeros, personas que practican un fetiche que gira en torno a los globos, lo cual los obliga a mantener su identidad oculta pues saben que, aunque para ellos esta parte de su vida es perfectamente natural, la gente del común suele no entenderla. “Es una situación incómoda —asegura Balloover—. En el contexto de una fiesta infantil, por ejemplo, la cosa se presta para malas interpretaciones”.

“Es como si uno llevara una vida caótica —agrega Tomás—. Pero ahí está la fuerza para decirles: ustedes están equivocados”.

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Desde los tiempos de Freud, que sería el primero en escribir sobre el tema, el fetichismo ha sido considerado una parafilia, una desviación sexual. Hay que recordar, sin embargo, que la masturbación, el sexo oral y la homosexualidad alguna vez entraron en esta clasificación; de hecho, el travestismo todavía figura ahí. El límite entre perversión y erotismo se desplaza a medida que las convenciones sociales cambian. Aunque todavía hay quienes siguen hablando del fetichismo como un trastorno en general, el manual de diagnóstico DSM especifica que este solo lo es cuando causa malestar personal o deterioro en las relaciones sociales.

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“Conozco a un español que es un poco complejo porque solo piensa en esto —dice Tomás al respecto—. Y uno dice: espere un momento, yo tengo mi estudio, mis amigos, mi familia, tengo una vida completamente normal sin importar los gustos. Pero para muchas personas el fetiche rige la vida”.

El antropólogo y sexólogo Paul Gebhard ha creado una clasificación de cuatro niveles para medir la intensidad de un fetiche:

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En este último caso, cuando el objeto fetiche reemplaza a la pareja, las personas llegan a conectarse sentimentalmente con el globo, incluso ven su explosión como una muerte. “Hay personas que son todas radicales y fastidiosas —dice Balloover— Claro, a uno puede darle tristeza cuando un globo difícil de conseguir explota antes de tiempo, pero de resto… pasó y ya”.

En ocasiones este fetiche resulta más un gusto de coleccionista que uno sexual, incluso hay tiendas especializadas que exportan globos a todo el mundo, como Balloons United.  Balloover tiene por lo menos tres cajas repletas de globos de diferentes tamaños y colores: habla como un experto de las marcas y los países de procedencia, conoce mañas y técnicas para inflarlos correctamente, incluso analiza texturas y olores. “Aquí en Colombia hay una fábrica muy antigua ubicada en Barranquilla que se llama Sempertex —explica Balloover—. De lo bueno que se consigue acá, resalto los globos de 18 pulgadas que uno ya no ve en ningún lado. Se siguen vendiendo al por mayor en San Victorino”.

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El gusto de los looners varía mucho entre uno y otro. Por ejemplo, mientras a Tomás le traen sin cuidado las especificaciones, Balloover prefiere los globos de gran tamaño, colores inusuales e impresos; incluso hay quienes se inclinan por los globos de chicle o las figuras inflables de vinilo.

Algunos de ellos se dividen entre poppers y non-poppers, es decir, entre quienes disfrutan la explosión del globo (algo que a veces se compara con el orgasmo) y los que no.

Algo que sí tienen muchos looners en común es que perciben el origen de su fetiche en la infancia. “A veces lo causa el miedo, otras la fascinación —explica Balloover—. Hay quienes de niños no sentían nada y de adultos lo descubren y les termina gustando”. Para Balloover todo devino de una infancia austera, cuando celebraba sus cumpleaños con apenas una torta. Al asistir a otras fiestas lo deslumbraban los globos y siempre buscaba el más grande para llevárselo a casa.

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Durante la adolescencia, Balloover se percató de que todavía sentía una fuerte atracción por los globos y empezó a experimentar. Así pasó un buen rato, creyendo que no había nadie más con esos gustos, como ocurre en tantos casos. Luego, ya en la universidad y con acceso a internet, se preguntó si en realidad estaba tan solo en esto. Los resultados que arrojó su búsqueda web lo sobrecogieron. “Me impresioné de la mano de cosas que había”.

Para los expertos esto salva la vida de muchos fetichistas, pues abre la puerta hacia un mundo lleno de compañía y comprensión. Esta opinión la comparte Katharine Gates, autora de Deviant Desires, uno de los libros más completos sobre fetichismo. Gates mencionó en una entrevista, recordando los niveles de intensidad establecidos por Gebhard y mencionados más arriba, que probablemente internet ha reducido el número de fetichistas nivel cuatro porque disminuye la presión y elimina la sensación de aislamiento, una de las peores cargas del fetichista. Esto, según la autora, ayuda a las personas a mantener su obsesión bajo control.

Por esta misma razón, y teniendo en cuenta que los hombres homosexuales son la población más prevalente en este fetiche, es usual que los looners heterosexuales tengan muchas dificultades. La mayoría de mujeres que se ven en línea practican el fetiche como si fueran personajes de un video erótico, pero es difícil dar con una que de verdad lo disfrute. “Hay un compañero en Facebook que sí que ha tenido problemas para salir del clóset porque no consigue con quien compartir el fetiche —asegura Balloover—, entonces se retira un tiempo por remordimiento y después regresa”.

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Balloover propone un paralelo muy estrecho entre su salida del clóset como homosexual y como looner: “En realidad fue más traumático salir como gay porque sucedió primero y en un contexto en el que yo sentía que si no salía terminaba suicidándome. Esto de salir como globero sucedió de manera más tranquila, sin tanto drama. No con todo el mundo se puede [hablar de esto], pero sí con los que me interesan, mis hermanos por ejemplo. Con mis papás no perderé el tiempo porque no creo que lo vayan a entender a estas alturas del partido”.

El caso de Tomás es muy diferente: “No me considero looner, ni nada de eso. Sí tengo mi fetiche y toda la vaina, me parece agradable y divertido, pero no me quedo solo en una faceta, siempre intento explorar nuevas vainas”. Él también ve un punto de partida en la infancia, cuando veía la serie animada de La máscara y fijaba su atención en un personaje que podía inflarse a voluntad. No obstante se opone a que este recuerdo lo limite: “Muchos tienen la etiqueta como algo psicológico, pero cuando uno transgrede eso puede explorar muchas otras cosas”.

Tomás asegura con desparpajo y seriedad, como quien hace justicia, que todos tenemos nuestros gustos, algunos comunes y corrientes, “como un trío o la rusa, pero hay otros que son problemáticos y generan dos tipos de personalidad: la que quiere y la que no lo acepta. Se genera un choque, un conflicto con uno mismo. Lastimosamente acá en Latinoamérica hay muchos tabús. Y en muchos casos las formas de pensar de nuestros padres o nuestros abuelos todavía están vigentes”. Para él, esto se trata de una evolución y los fetiches son, a fin de cuentas, exploraciones al complejo mundo de la sexualidad.

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