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Misterio y olvido en la pequeña Siberia

Fotografías de Ricardo León Jatem

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Hace 17 años que no vive nadie en este territorio abandonado a su suerte. Tras décadas de extracción minera, de fabricación de cemento y de convivencia pacífica, este poblado obrero,  ubicado en la vía a La Calera, fue desocupado para darles espacio al silencio y a los escombros.  

Ángel Carrillo

El último hombre que abandonó Siberia fue un anciano con casco amarillo que bajó a pie por el monte, con el rostro destrozado a martillazos y jirones de carne gelatinosa colgando de la quijada. Al menos eso es lo que cuenta una mujer que lleva más de tres décadas viviendo en La Calera y que fue testigo del fin de esa microciudad, situada a pocos kilómetros de su casa. En sus trayectos hacia la vereda Buenos Aires, donde viven algunos de sus familiares, la anciana asegura haber visto en varias ocasiones a ese mismo hombre, recostado contra el marco de la puerta de la casa 52, sosteniendo un martillo en la mano derecha.    

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Aunque la pequeña ciudadela Siberia lleva 17 años deshabitada –tiempo en el cual se ha convertido en una fuente inagotable de historias de terror–, Laura Milena García, coordinadora de proyectos inmobiliarios de Cemex –la empresa que compró el terreno–, aseguró en 2013 que la zona no está abandonada, sino que se ha venido desmontando de manera paulatina.

Esas ruinas mohosas son las huellas del fin del proyecto más ambicioso de la Sociedad Hijos de Miguel Samper & Compañía, un linaje de empresarios que en 1906 decidió comprar la hacienda La Siberia por 10.000 libras esterlinas, para construir allí un emporio cementero.                                                                 

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Hoy, la naturaleza penetra las construcciones que se levantaron en aquella megafinca, la cual dio paso, en 1909, a la mina de piedra caliza más importante y con mayor pureza del país. Aunque en su momento éste resultó ser un gran negocio para sus propietarios, el ex director territorial de Parques Nacionales Naturales (PNN), Carlos Lora, ha explicado que esta mina funcionó en una zona de páramo y que afectó la cobertura vegetal de lo que hoy es el Parque Natural Chingaza, removiendo la tierra y creando problemas hidrológicos en las quebradas.

Todo el material que se extraía de la mina se debía transportar en mula hasta la planta de procesos de la carrera 17 con calle 15, en Bogotá. En 1927, los Samper inauguraron un cable aéreo para trasladar la piedra caliza hasta la planta Contador, un punto intermedio entre Siberia y la ciudad. Gracias a este proyecto, liderado por Antonio Morales Bárcenas, se simplificó el tránsito, pero el material empezó a acumularse en Contador, lo que llevó a la construcción de la planta La Siberia, muy cerca de la mina, para centralizar la fabricación del cemento.                        

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   Casa número 52.

Al mirar de frente la estructura abandonada de esta fábrica, se advierten dos características: sus dimensiones monumentales y el parecido innegable con Chernóbil. 

En 1933, la nómina de la empresa creció y sus directivos decidieron urbanizar los alrededores y construir, con el mismo cemento que fabricaban, pequeñas casas, una escuela, un centro de salud, un comedor para empleados, tiendas de víveres y hasta una iglesia. Esas casitas las habitaron las familias de los trabajadores, quienes en principio no pagaban arriendo ni servicios públicos. Como cualquier grupo social, los vecinos organizaban reuniones y fiestas que involucraban a toda la comunidad.       

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En los años cincuenta, esta ciudadela parecía una maqueta a escala y la fábrica atravesaba por su mejor momento, lo que generó el desarrollo de dos proyectos de ensanche que culminaron exitosamente en 1967. Las ruinas que ahora los campesinos de zonas aledañas observan con cara de espanto llegaron a alojar a 80 familias y a decenas de trabajadores solteros.

Cada noche, los vigilantes de este pueblo fantasma escuchan susurros y ven siluetas humanas en la penumbra. Quizás sean la brisa silbante y la espesa neblina, propia de los bosques, pero uno de ellos jura que se trata de espectros que atraviesan el purgatorio y se lamentan por los pecados cometidos en vida. “Hace unos días, vino el hijo de una señora que fue maestra en la escuela. Llegó a las doce de la noche a darle serenata”, dice. Hasta acá han llegado curas para hacer exorcismos, al parecer sin éxito.

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La Planta La Siberia se empezó a edificar en 1933. Los primeros trabajadores de la fábrica fueron agricultores de la antigua hacienda, a cargo de Roberto Samper Sordo.
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La escuela de educación primaria Joaquín Samper es ahora lugar de paso de roedores, así como punto de acopio de chécheres despedazados y viejos certificados estudiantiles regados por el piso del plantel.


"Esas ruinas mohosas son las huellas del fin del proyecto más ambicioso de la Sociedad Hijos de Miguel Samper & Compañía, un linaje de empresarios que en 1906 decidió comprar la hacienda La Siberia por 10.000 libras esterlinas, para construir allí un emporio cementero."


La empresa Samper tuvo que enfrentarse con cuanto competidor iba apareciendo: Argos, en 1934; Cementos del Valle, en 1938; Cementos del Caribe, en 1944; Cementos El Cairo, en 1946, y Cementos de Caldas, en 1955. Pero la producción de La Siberia (más de mil toneladas diarias de cemento) superaba la de sus rivales. Aun con este récord, la compañía entró en crisis financiera en 1982 y los despidos se dispararon. Según voceros del sindicato de la empresa, Sintrainsamper, las políticas laborales estaban perjudicando cada vez más a los obreros, lo cual motivó huelgas de hasta seis meses. A esto se sumó la reacción de la naturaleza: la piedra caliza se agotó.

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   Durante el siglo pasado, Sintrainsamper funcionó en este edificio.
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El paraíso comenzó a desmoronarse. Una mañana de 1996, los vecinos de la ciudadela presenciaron el derrumbe de la primera casa. A partir de ese día, cada lunes hubo una familia menos en Siberia. La planta, por su parte, ya sólo sumaba una docena de operarios activos. El final de la comunidad siberiana, que desde hacía años parecía inevitable, llegó en 1998, un año después de que la empresa mexicana Cemex comprara Cemento Samper. El esqueleto que queda de este pueblo es el freak show de grupos de jóvenes bogotanos que realizan visitas a medianoche en busca de contactos paranormales. Se pasean por los pasillos de las casas que habitaron los “siberianos”, pero lo único que encuentran, a modo de presagio apocalíptico, es el eco de sus propios pasos. 

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Hoja de matrícula estudiantil de la hija de un obrero de la planta La Siberia. La construcción de la escuela Joaquín Samper, junto con todo el complejo de edificios, culminó en 1947. Actualmente, la edificación está en riesgo de colapso.

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