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La delirante obra de Antonio Becerro, el chileno que “inmortaliza” perros atropellados

Con el apodo sacrílego “El Becerro de Oro” cubrió las calles de Santiago de Chile de grafiti, pero la conservación del perro callejero como reflejo de la identidad
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Con el apodo sacrílego “El Becerro de Oro” cubrió las calles de Santiago de Chile de grafiti, pero la conservación del perro callejero como reflejo de la identidad de su propio entorno es el eje de su obra. “La taxidermia es en sí un arte. Es la manipulación de la piel que nos cubre: lo que nos da identidad visual. Es conocimiento que involucra disciplinas como la biología y el estudio óseo y de la conducta animal”.

Nicolás Rodríguez Sanabria

La fijación de Antonio Becerro por los perros no siempre existió. De niño estuvo rodeado de animales en el campo, donde su abuela vivía, y creció con un perro al cual trataba como una mascota cualquiera: lo alimentaba, le enseñaba cómo comportarse, se abrigaba con él, incluso llegó a maltratarlo en los peores días. El perro era uno más de la familia. Todo cambió con la dictadura de Pinochet, la cual llevó a la familia Becerro al extremo de verse obligada a matar al perro para alimentarse porque no tenían qué comer. 

El perro, en la vida marginal, fue alimento para saciar el hambre de la población —cuenta Antonio—. La cultura se desarrollaba en las calles y en la clandestinidad, el perro era parte de ese paisaje de humo, barricada y resistencia. Como artista, me apropié [de ello] como material imaginario y poético. Ellos son el aullido inconsolable de la gente en la noche, en el frío y en el apestoso calor de las vacaciones. 

Más que una decisión racional por parte de Antonio, su conexión con los perro parece cosa del destino. A mitad de los noventa, mientras trabajaba como curador en la afamada Galería Bucci, fue invitado a dirigir el Centro Experimental Perrera Arte, un edificio histórico que a primera vista parece una cárcel. Situado en el Parque de los Reyes de Santiago, esta fortaleza de hormigón fue inaugurada en 1927 como el primer horno eléctrico de basura de la capital, pero muy pronto cayó en desuso debido al crecimiento exacerbado de la ciudad. Enseguida el edificio se convirtió en una fábrica del horror: los hornos empezaron a usarse para controlar en aumento de la población canina y los ciudadanos apenas tenían un par de días para reclamar sus mascotas antes de que pasaran al crematorio. Los vecinos del horno se vieron en la obligación de aguantar el olor del humo mortecino durante las noches de quema. 

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Después de varios años de uso, el edificio se convirtió en la Perrera Municipal, en la década de 1970, y luego cayó en el abandono. Llegó a ser usado como taller de cerrajería y forja en los noventa, hasta que por fin se cedió el espacio a los artistas para que instalaran un “almacén de arte”, en 1995. Después de eso, poco a poco se fue convirtiendo en un lugar de intercambio para artistas experimentales, un centro artístico que ha logrado sobrevivir con las uñas hasta el día de hoy. 

—La Perrera me llegó como una copa de vino. Inicialmente fue mi taller para pintar y ¡vaya qué taller!, el sueño de un pibe. Tremenda estructura industrial, con toda una carga de energía, marcada por el dolor. Me fui a vivir allí para apropiármela emocionalmente y poder leerla desde su pasado para darle un giro, hacerla mutar. No fue fácil sacarle esa carga funesta. El arte ha sido mi sanación personal y La Perrera afirmó la idea del perro en mi obra, era lo que me faltaba para hacerla tangible, delirante y más experimental. 

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Es por esa época que el artista chileno se adentra en el terreno de la taxidermia, instruido por Ricardo Vergara, el entonces taxidermista del Museo Nacional de Historia Natural (maestro también de Florencia Grisanti y Tania González, otras dos artistas chilenas que incorporan la naturalización de cuerpos en su obra). Antonio recorre las autopistas aledañas a Santiago de Chile recogiendo cadáveres de perros atropellados (“escombros urbanos”, como los llama él) para disecarlos y, en primera instancia, utilizarlos en instalaciones, pinturas y fotografías. Sin embargo, es cuando empieza a intervenir a los animales disecados, a usarlos como lienzo para diversos fines, que su trabajo comienza a llamar la atención.

—La taxidermia es en sí un arte. Es la manipulación de la piel, de lo que nos cubre: lo que nos da identidad visual. Con esta técnica quise interrumpir el arte contemporáneo y mostrar el ejemplar como un nuevo material práctico, dúctil. El arte convencional está lejos de este saber. La taxidermia es conocimiento que involucra muchas disciplinas como la biología, el estudio óseo, el estudio de la piel, de la conducta animal, del comportamiento de la materia y de la textura al servicio de la habilidad manual, olfativa y visual.

Los animales modificados, pintados y tatuados de la exposición Óleo sobre perro no demoraron en causar controversia a principios del año 2000. Las autoridades se alarmaron y los animalistas se escandalizaron. Antonio simplemente se encogió de hombros y siguió haciendo su trabajo. Su arte taxidérmico dejó otras obras memorables como Puestas en escena, una instalación de mujeres desnudas con máscaras caninas rodeadas de perros disecados. También canes humanizados como los perros punk o el que Antonio creó en homenaje al cantautor Roberto Parra: en dos patas y tocando guitarra. Para Antonio existe una conexión estrecha entre el ser humano y el perro. Es, dice, casi un reflejo.

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—El quiltro, como se le dice en Chile al perro callejero, es un ciudadano de las miserias y condiciones políticas del tercer mundo. El quiltro es un andariego, carga con el bastardaje de los  humanos. Los perros tienen tal identidad y apropiación de su entorno que es como si estuvieran ocupados en algún afán que nosotros no captamos. Reconozco a los perros de Brasil como cariocas, los de Perú como incas, los de Santiago de Chile como híbridos mapuches y chilenos. Tienen algo en común todos ellos, pero algo los hace una tribu en sus distintas geografías.

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Este paralelo entre lo latinoamericano y el perro callejero se puede observar en otros artistas como el brasileño Vitor Mizael y la mexicana Berenice Olmedo. El primero causó un escándalo hace unos años —muy similar a la que causó Antonio a principios de milenio— cuando presentó en Madrid la obra Taxidermia, que constaba de unos perros disecados levitando gracias a unas varas metálicas, como en un carrusel, para denunciar el maltrato y abandono que sufrían en las ciudades de Brasil. Las críticas tampoco le han hecho falta a Olmedo, que ha usado cadáveres de perros (atropellados de nuevo, esta vez en las autopistas mexicanas) para convertirlos en textiles y así comentar sobre el estatus de “bien mueble” que tienen los canes en el Código Civil Federal de México. 

—Tengo la impresión de que la evolución en el ser humano se estancó —comenta Antonio—. Mas siento que este frágil animal con su astucia y carisma está en la escala de la evolución un peldaño arriba [por] su lenguaje, comunicación y nivel de espiritualidad. Algún día los perros dirán en lenguaje humano "Los perros no matan perros".

Además de la taxidermia, Antonio ha usado la figura del perro en otras formas, como lo hizo en su exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes, Encontraron cielo, donde dispuso esculturas en fibra de vidrio con resina plástica alrededor del edificio para crear una metáfora de la ocupación de lo marginal en la institucionalidad conservadora del arte a través del perro. 

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Otras técnicas, como la pintura y el performance, las usó para dos obras que realizó en homenaje a la muerte de sus mascotas: Floripondio y Capitán. Para la primera (sí, Floripondio era hembra), pintó en el techo de un museo en Sicilia ‘La Sixtina de los perros’ al estilo de Miguel Ángel: la mano de Dios esta vez estira los dedos para alcanzar la pata de un perro. Para el segundo llevó a cabo un performance en el río Mapocho, una especie de funeral para Capitán en el que Antonio, oculto tras una máscara de perro, terminó cargando su cadáver río abajo mientras el ataúd se quemaba. 

—No tengo relación afectiva con lo cadáveres que encuentro en calles y carreteras, sin embargo los trato como si fueran santos urbanos: los embalsamo con sutileza, los llamo “sumos sacerdotes”. El proceso inicialmente fue superar el asco de la descomposición de un animal muerto, atropellado en las  carreteras. Luego llevar el cadáver al  pabellón quirúrgico y allí tratar con el cadáver. Se trata de lo orgánico en el arte. Pero todo ese conocimiento, esa práctica y convencimiento, no me ayudaron a la hora de la muerte de mis amados Capitán y Floripondio. Armaré sus esqueletos  pasado el tiempo… Por ahora, los enterré en el parque que rodea el Centro Experimental Perrera Arte.

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