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Estudiar y ser dealer en la universidad

Así camellan las personas que deciden comercializar sustancias ilegales como trabajo alterno mientras estudian. Estos tres jíbaros ofrecen detalles sobre sus turbulentos negocios dentro y fuera de las principales universidades de Bogotá.

M | @quevivalaeMe

Drogas se trafican a lo largo y ancho de Bogotá sin discriminaciones. Y ser estudiante universitario promedio significa pasarse la carrera entre parciales y fiestas en las que con facilidad se consiguen ácidos, MDMA, perico, pepas, en fin. Muchos encuentran en la universidad un conveniente mercado que cada semestre se renueva.

En febrero de 2016 la Fiscalía concluyó la etapa probatoria contra 14 uniformados del CAI de San Victorino, involucrados en una red de microtráfico. Entre los detenidos, se encuentran un teniente, cuatro suboficiales y nueve patrulleros, además de 17 civiles, quienes juntos conformaban una organización que movía más de veinte millones de pesos diarios.

Veinte millones al día es mucha plata, dinero que logra que hasta La Policía se ensucie las manos. Para muchos durante la universidad eso es lo que precisamente no hay: billete para sobrevivir al día a día.

La doctora Liliana Estupiñán, jefe de seguridad de la Universidad del Rosario, dice que más allá de entender el tráfico o el consumo de drogas dentro de la institución, se trata del apoyo hacia el estudiante.

“No es una universidad tan restrictiva en el sentido de que si lo vi, entonces se va para la cárcel o le llamo a La Policía. [El departamento de] seguridad puede detectar algo, entonces yo le digo a Pacto (Programa de Acompañamiento para Todos), mire, encontramos tal evidencia. Pacto llama [al estudiante] y hace el acercamiento psicológico. Luego, si hay lugar a alguna sanción disciplinaria ellos lo determinan, se van a jurídica y empiezan el proceso. Lo que sí es claro es que nosotros en este momento no tenemos una evidencia real y cierta que diga ‘yo vendo drogas dentro de la universidad’”.

Llamé a mis “flechos”, y a los de mis amigos y a los de sus amigos, para dar con esas personas que habían decidido comercializar sustancias ilegales como trabajo alterno mientras estudiaban. Estos tres estuvieron dispuestos a recibirme y hablarme sobre sus turbulentos negocios:

Mohamed*

Solo bareta

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A Mohamed lo echaron de la casa por marihuanero. Su papá, un militar de tiempo completo, lo cogió armándose un bareto y le dijo que no volviera. Mohamed no tuvo tiempo sino de empacar su jean favorito —el que llevaba puesto en ese momento—, un par de camisetas y una gorra. Y, claro, las dos libras de marihuana que recién había comprado en el Bronx.

(Lea también El Bronx es Colombia)

“Mi papá es un tipo bravo, por más que yo le explicara que toda esa yerba era para mí, nunca me iba a creer. La cosa es que también era mucha, y sí, no toda era para mí, pero gracias a él, a esa situación, pues fue que empecé a sacarle provecho”.

Mohamed se quedó con media libra y le dejó la otra media al parcero que le dio posada. Su parte la trilló y armó a máquina mil porros de más o menos medio gramo de yerba cada uno. Vendió cada cigarro entre tres y cinco mil pesos, y ya con eso consiguió lo de diez libras más de marihuana.

En el día, usaba la bicicleta para la distribución. En las noches, se movía exclusivamente en taxi. “Fue voltajoso. Más o menos me tocó ser dealer a la fuerza. Increíblemente, de mi papá nunca volví a saber y ese semestre me tocó aplazarlo”.

Se paró en la 85, en La Estrella, en el Chorro de Quevedo y hasta en el Parque de los Periodistas. Entró a cuanto festival y fiesta gratis había, y dependiendo de cómo fuera el evento, se encaletaba la mercancía.

“Con los porros ya hechos lo único que hacía era meterlos en cajas de cigarrillos y listo. Tres, cuatro cajas y con eso me hacía lo de la noche”. Al cabo de un mes, y con fines de semana muy ajetreados, consiguió la plata para volver a la universidad.

Dinero fácil, pensaba, hasta que tuvo su primer encuentro con unos policías. “Yo salía en cicla de una merca en el Bronx, relajado, hasta que me cayó una moto y de una me preguntaron ‘¿qué anda comprando?’, me requisaron y paila. Me bajaron del moño que llevaba y además me sacaron 300 lucas: era eso o ser judicializado”.

Desde ahí empezó la paranoia de Mohamed, quien pagó sus penúltimos tres semestres con los ingresos que le dejaba la venta de yerba. “Cuando ya sólo me quedaba la tesis, me dije como ‘marica, no voy a dar más papaya porque no me gradúo y ahí sí la termino es cagando’”.

Hoy, Mohamed sigue viviendo con su parcero y solo compra una libra de marihuana: media para fumarse él, y la media con la que paga el alquiler.

El Mellizo*

Bareta y ácidos (perico de vez en cuando)

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Por allá por donde termina la Circunvalar, cuenta el Mellizo, un campesino lo llamó para decirle que le tenía marihuana de mayor calidad que la que estaba acostumbrado a fumar. En una calle del pleno centro de la ciudad quedaba la casa del campesino, donde había que agacharse para entrar hasta la cocina y en la que había, escondidos en el techo, varios kilos de marihuana proveniente de Manizales.

—Siéntese. ¿Qué quiere?— le preguntó el campesino. Según el Mellizo, en la casa de aquel hombre había todo tipo de marihuana: “cafuche", corinto, y las “cripajas”, como el hombre las llamaba. El campesino fue directo con el Mellizo, le dijo que hacía meses que lo veía bajar por el mismo camino y que le tenía una oferta.

Ahí mismo el Mellizo empezó a sospechar. “Ese cucho me va a poner a vender. Y como por impulso decidí hacerlo”.

—A partir de ahora solo me llamará a este teléfono cuando quiera pedirme y me saludará como don Rafael —le dijo el campesino—. Cuando vaya a pagarme, me consigna en un número de cuenta.

Generalmente, cuando el Mellizo bajaba por la Circunvalar hasta la facultad, justo cerca de una antena parabólica, “paraba para echarme los plones. Ese parche de la parabólica se fue armando de colinos y digamos que había una apropiación de ese espacio. Los celadores jodían muy de vez en cuando y por allá la tomba no podía llegar porque era dentro de la universidad. La gente que subía le preguntaba a uno que si le podía vender un moñito o algo más, y ya, así hice la mayoría de mis contactos”.

Y si la gente pedía algo más, tal vez lo mejor era ofrecer algo más.

—Aló, ¿don Rafael?

—Sí, cuénteme.

—Además de verde, ¿qué otros colores vende? ¿sí me entiende, don Rafa?

—Véngase y nos hablamos aquí.

El Mellizo recuerda mucho esa conversación en la que le preguntó a Don Rafael si podría suministrarle ácidos o cocaína. El campesino tenía todo un surtido de drogas en su pequeña morada. “Ahí me di cuenta de que traficar drogas era un part-time job demasiado rentable. Al principio vendía el gramo de coca a diez mil. A los quince días les decía [a los clientes] que había subido, y al mes les terminaba cobrando de a veinte. Pero me daba un tole de miedo. Con los ácidos no me daba visaje porque los guardaba en cualquier libro y cada papel lo vendía en veinticinco y cada paisaje en mínimo 250”.

Para el Mellizo todo iba color de rosa, hasta que algunos de sus clientes empezaron a acusarlo de vender anfetaminas en vez de LSD, incluso hubo uno que lo amenazó con delatarlo ante las autoridades.

—Aló, ¿don Rafa?

—Sí, cuénteme.

—Me están diciendo que los últimos papeles están saliendo malos. Yo como que mejor me abro.

El Mellizo colgó y a tres cuadras de la u lo atracaron; el Mellizo no está seguro de si el atraco estuvo relacionado con algo más. Durante los semestres que camelló con aquel hombre recibió el 40% de todo lo que vendió.

“Fijo don Rafael se emputó conmigo, sobre todo porque pensó que yo ya sabía más vueltas del man, que él no era el campesino con quien debía meterme. La cosa es que como me robaron el celular, perdí su número y no volví a llamarlo para pedirle nada. Supongo que entendió, aunque también fue que yo me gradué y nunca volví a subir a la parabólica”.

Guanábanas*

Ketamina, MDMA, popper, micropuntos de LSD, peyote y DMT

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—¿Aló, papi?

—¿Con quién?

—Con M, el amigo de Germán.

—¡Qué más, papi! ¿Cómo vas?

—Bien, pa. ¿Tienes veinte pesitos?

—Mínimo 30.

El Guanábanas está en el cuento de las drogas desde hace unos diez años. Cuando aún era un estudiante de bachillerato empezó a meterse al Bronx y al Sanber, en busca de heroína para uno de sus mejores amigos.

“Cuando yo empecé en esto, solo puse una regla: ni H, ni bazuco”, explica. Sin embargo, ha tenido que quebrantar su propio reglamento para conseguirle chutes a su amigo. “No te imaginas el desespero del loco”.

Hace tres meses que el amigo heroinómano del Guanábanas le dejó una Play Station 4 para cubrir una deuda de dos millones de pesos que tenían, y desde entonces no ha vuelto ha saber de él.

“La heroína y el perico son de mucho cuidado”, dice, “y la yerba y el perico son el pan de cada día”. Cada tanto suena el celular del Guanábanas y cada tanto también timbran a su puerta: es un ir y venir de transacciones ilegales a través de las cuales el hombre abastece con todo tipo de sustancias a una buena cantidad de consumidores en Bogotá.

En la sala de la casa en la que vive hay un colchón parado, una banca verde y un frisbee que presta el servicio de cenicero. Parece un apartamento en medio de un trasteo. Escondido en un clóset de lino hay un surtido de keta, rivotril, modafinilo, MDMA, éxtasis, DMT sintetizado y micropuntos de LSD.

“Antes era más fácil. Hoy para conseguir los ácidos me toca decirle a una amiga en Alemania. Para conseguir el MD, me toca por la Deep Web”. Este hombre explica que esta clase de transacciones, junto con las últimas intervenciones a las ollas madre de la ciudad y el paro, han encarecido demasiado los productos, y es algo que los consumidores no siempre entienden.

“El man que me metió en esto siempre me dijo que no me pusiera a explorar, que me quedara con las vueltas que ya sabía”. Al principio no le hizo mucho caso y empezó a comercializar plantas sagradas, como el San Pedro y el peyote, además de sustancias como DMT.

La N,N–dimetiltriptamina (DMT) es un enteógeno que se produce en pequeñas cantidades en humanos y mamíferos. Al ser fumada, sus efectos duran entre 5 y 30 minutos y son caracterizados por viajes de gran intensidad subjetiva, así como de alucinaciones muy elaboradas por la mente. La DMT suele asociarse a la glándula pineal y al sistema nervioso, así como a las experiencias cercanas a la muerte y también a la actividad onírica.

Cada dosis de DMT, una droga que ha adquirido mucho reconocimiento entre universitarios, equivale a un cuarto de gramo y vale cien mil pesos. “El video es que la gente empezó a cogerla de parche. Yo se las facilitaba, sí, pero igual eso no era para cualquiera. Hay un trasfondo, un conocimiento ancestral, una especie de temor y respeto ante ella”. Guanábanas dice que por eso ahora solo se las vende a sus clientes de confianza.

“Para mí fue fácil hacerme los clientes. Pasaba de universidad en universidad por los primeros semestres y breve”. El Guanábanas estudió Administración de Empresas de manera virtual, pero se matriculó a cinco universidades distintas mientras “posicionaba su negocio”.

Hace un año sus ventas semanales promediaban las diez libras de marihuana, 250 pepas y también incontables gramos de coca, que sumaban alrededor de 50 millones de pesos. “Movíamos cantidades exageradas, pero luego el parche se fue calentando”. Hoy el trabajo del Guanábanas está duro por las continuas movidas de La Policía, sin embargo, él está seguro de que el negocio no se va a acabar, al menos no por falta de clientela.

*Los nombres y apodos de los jíbaros fueron cambiados a petición de las fuentes

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