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Fast Fashion: vestir y desechar

El fenómeno fast fashion consiste en la producción y consumo masivos de colecciones de ropa que siguen las últimas tendencias de la moda, pero diseñadas y fabricadas de manera rápida y barata. Más que un editorial de moda convencional, esta es una parodia, hecha con prendas desechables, de la moda rápida. 


Fotografía: Alejandro Annicharico/ Diseño de vestuario: Amira Namías/ Maquillaje: Berta Ruiz/ Modelo: Danielle Ordóñez/ Asistente: César Cuarta

Cada peso que depositamos en la caja registradora de muchas de las grandes marcas para que nos vistan con prendas bonitas y económicas, fabricadas con materiales de la peor calidad y con mano de obra barata, alimenta un sistema perverso que, en últimas, a quienes más beneficia es a los amos y señores de una serie de multinacionales del textil. No son pocas las marcas que nos seducen con sus continuas novedades para que vayamos de shopping con una frecuencia alocada. Compramos, utilizamos y desechamos a la velocidad que imponen la publicidad y el mercado de la belleza y la apariencia. La ropa y los accesorios que usamos atraviesan estas tres fases, sin que muchas veces reparemos en el impacto ambiental y social que el consumo veloz de vestuario genera. 

La ropa producida por emporios como Inditex – que controla más de seis mil tiendas de marcas como Zara, Pull & Bear, Bershka y Stradivarius– es conocida como fast fashion. Aunque no en todos los casos la moda rápida es sinónimo de insostenibilidad y mala calidad, el común denominador de este fenómeno es la masificación del bajo costo, traducido en zapatos, camisas, faldas, sacos y otros productos de poner y botar fabricados por una clase obrera mal pagada. 

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¿De qué hablamos cuando nos referimos al fast fashion? De ropa desechable que –se ha demostrado miles de veces– pierde sus características estéticas iniciales después de dos o tres lavadas. Las quejas de millones de compradores insatisfechos en todo el mundo, sumadas a las críticas de ONG y ciudadanos en contra del llamado trabajo esclavo, inspiraron este editorial de moda con aire satírico. Las prendas las creó la venezolana Amira Namías, una joven diseñadora de modas que echó mano de materiales como el vinilo, la malla, el plástico de burbujas para envolver y el thermolon. Cada uno de estos artículos está diseñado para ser usado una sola vez antes de ir a la basura. “El consumidor joven prefiere invertir su dinero en una prenda que seguramente es un plagio y que, de paso, demerita el trabajo y el proceso creativo de un diseñador. Además, ignora las condiciones laborales en las que se producen las prendas”, dice Amira.

Inditex, que factura en promedio 16.000 millones de euros al año y cuya nómina es de 120.000 empleados, ha sido denunciada varias veces por usar mano de obra infantil y ofrecer condiciones de trabajo que rayan en la esclavitud. En los últimos años, la Asociación de Empresarios del Polígono de Sabón, gremio de industriales de España, también ha servido como tarima de duras protestas contra Inditex por parte de trabajadores que denuncian jornadas de hasta quince horas seguidas descargando camiones, así como la inexplicable falta de políticas de prevención de riesgos laborales. Mientras tanto, las sucursales de Zara o Forever 21 en Bogotá se llenan de compradores cada vez que anuncian una nueva temporada de remates.

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En 2013, más de 100 fábricas de Bangladesh, el segundo mayor exportador de ropa del mundo después de China, cerraron frente a las violentas protestas de centenares de trabajadores que exigían un sueldo mensual mínimo de 100 dólares, ya que los 38 que ganaban no les alcanzaban para sobrevivir en forma digna. El 80% de los ingresos de exportación de Bangladesh provienen del negocio textil; de hecho, el 60% de la ropa que usan los europeos se fabrica allí. 

La dinámica de la ganga no es lo único que fortalece el éxito y la rentabilidad de la fast fashion. Según el libro Consumer-Driven Demand and Operations Management Models, el triunfo mercantil de las marcas de la moda barata se explica también por la rapidez con la que rotan las colecciones. El modelo tradicional propone presentar dos temporadas al año, mientras que la moda rápida, gracias a su apresurada sustitución de prendas, ha logrado que los consumidores visiten las tiendas 17 veces al año, en promedio. La suma de los precios bajos de la ropa (además de la dudosa calidad) y el constante cambio de vitrinas da como resultado un crecimiento exponencial en la facturación. Según Amira, “con esta estrategia se logra que la gente tenga necesidad de actualizar su vestuario compulsivamente, con la finalidad de ser parte de una tendencia”. 

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José Luis Nueno, doctor en Mercadotecnia, socio fundador de Inditex y experto en fast fashion, aseguró en una entrevista para CNN que la meta en los próximos años es que haya más de mil millones de personas con posibilidades de ser clientes de Inditex. “Esos mil millones no van a nacer en España ni en Francia, sino en Rusia, América Latina, Asia y Europa del Este”. Según la lógica rentabilista que este gurú de lo “malo, bonito y barato” representa, la moda dejaría de ser, cada día más, un mercado dirigido por diseñadores. 

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