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Extrañas formas de atentar contra el arte

Aunque los museos son sinónimo de “míreme pero no me toque”, para algunas personas las advertencias se vuelven paisaje. A continuación recopilamos algunas historias de obras de arte que han sido víctimas de martillazos, ataques con ácido, puñaladas y otras rarezas de la violencia.

La Venus del Espejo, de Diego Velázquez 

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A Diego Velázquez, tal vez el pintor más importante del siglo de oro español, lo atacó una feminista. Es decir, atacó a una de sus obras: La venus del espejo, pintura que data del siglo 18.

El 10 de marzo de 1914 Mary Richardson, sufragista militante británica, agarró a cuchillo la obra. Le clavó siete puñaladas a la mujer en bola y a su angelito que sostiene un espejo. Richardson fue condenada a 6 meses de prisión.

La mujer explicó que lo hizo como protesta porque el día anterior el gobierno había detenido a su compañera Pankhurst. También declaró sobre la obra que “no le gustaba la manera en que los visitantes masculinos la miraban boquiabiertos todo el día”, según una entrevista en 1952.

A pesar de la apuñalada desenfrenada, el cuadro pudo ser reparado y sigue expuesto en la Galería Nacional de Londres. Punto para Velázquez.

La ronda de noche, de Rembrandt

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Hay obras (y gente) con muy mala suerte, pues resultan ser presa fácil de maniáticos. La ronda de noche ya ha aguantado tres atentados.

El primero fue en 1911, cuando un ex cocinero de la marina le tiró una cuchillada sin asco a la obra. Por fortuna este episodio solo dañó el barniz.

Pero la segunda vez el daño causado al tipo de negro con sobrero y su combo fue más profundo. En el 75, un profesor desempleado rasgó el lienzo con un cuchillo, y según sus declaraciones lo hizo porque el mismísimo Jesucristo se lo ordenó. Y ustedes ya saben cómo pueden ponerse los fans de cristo. Aquel daño aún es visible.

Por último en el 90 un enfermo siquiátrico que se había escapado de un centro asistencial le lanzó acido sulfúrico a la pintura. A este último no le dio la orden Jesús, así que la duda de cuál de los dos está más chiflado aún se mantiene. Juzguen ustedes.

La libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix

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Eugène Delacroix tampoco se salvó, pues su obra más famosa, La libertad guiando al pueblo, expuesta en ese momento en el museo de Louvre de Lens (París), fue atacada en 2013 por una mujer. ¿Cómo?: escribió en la parte inferior del cuadro “AE911”. Menos mal no le lanzó un avión con pasajeros dentro. Alguna gente se pone muy loca.

Aunque muchos aseguran que el atentado tiene relación con la exigencia de la reapertura de la investigación sobre los atentados del 11 de septiembre, hay quienes no entienden en qué se relaciona la señora mostrando las tetas con el 9/11.

Lo bueno: el mensaje estaba escrito con tinta de esfero y no alcanzó a penetrar en la pintura. Dos horas después la obra quedo perfecta.

La Gioconda (o la Mona Lisa), de Leonardo Da Vinci 

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Para muchos la obra más famosa del mundo. Tal vez el daño más grave fue haberle compuesto un par de reggaetones.

 En 1956 un hombre intentó borrar su sonrisa con ácido, algo que tristemente está muy de moda por estos días en el país. El mismo año un artista boliviano le lanzó una piedra, lo que causó que un poco del pigmento de la parte cerca al codo izquierdo se corriera. Ante esto, el museo por fin tomó medidas y la aseguró con un cristal blindado.

Pero las cosas no se quedaron así. En el 74, cuando la obra estaba en el Museo Nacional de Tokio, una mujer le lazó pintura roja como protesta por la exclusión de personas con discapacidad dentro del museo.

Finalmente, cuando la pintura regresó a Paris, una mujer rusa lanzó su taza recién comprada del Louvre contra la obra. Por fortuna no pasó nada, el cristal blindado la protegió. Pobre Mona, nadie la protege contra el reggaetón.

Guernica, de Pablo Picasso

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Una de las obras más representativas del cubismo sufrió con los garabatos de un comerciante de arte en 1974.

“Kill Lies All” fue la inscripción hecha con spray rojo con la que el comerciante quería renovar la obra y darle vida mientras gritaba a todo pulmón: “ Yo soy un artista y quiero decir la verdad”.

Pero la cosa no pasó a mayores, se reparó inmediatamente para que los visitantes del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía la siguieran contemplando.

Fountain, de Marcel Duchamp

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Hay gente que asegura que el dadaísmo no es arte. Aún así un hombre atacó este orinal volteado dos veces.

Se trata de Pierre Pinoncelle, un artista que en el 2006, tiempo después que la obra fuera evaluada en 3,6 millones de dólares, la agarró a martillazos. Luego admitió que le molestaba la forma en que una obra de arte radical se había institucionalizado.

La protesta le salió cara, pues tuvo que pagar una sentencia suspendida de 3 meses y 280.000 dólares.

Pero el tipo al parecer odiaba desde antes al pobre orinal. En el 93 se bajó los pantalones y le dio su uso real.

Pinoncelle es de medidas extremas. En 2002 se amputó el dedo meñique exigiendo la liberación de Ingrid Betancourt.

Sin palabras…

Piedad, de Miguel Ángel

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Esta obra renacentista tuvo que ser protegida con vidrio blindado después de que Lazlo Toth, un enfurecido geólogo, entrara en la Basílica de San Pedro, martillo en mano, decidido a volver nada la escultura.

“Yo soy Jesucristo” gritó el tipo mientras le daba martillazos a la Virgen María. Así destruyó el brazo, la nariz y los párpados.

Aquella vez la gente, como siempre oportunista, recogió los pedazos que caían al piso y no los devolvieron.

Después del sicótico episodio, la escultura fue re construida y el vidrio ahora es a prueba de martillazos. Y de balas.

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