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Fotos cortesía de Latino Graff, mural pintado por María Tarazona.

Latino Graff: un jardín para diez años de delirios y murales

Latino Graff cumple una década como festival de muralismo que impulsa la cohesión intercultural entre América Latina y Europa. “Es importante entender que el grafiti y el muralismo tienen historias y prácticas diferentes, aunque constantemente se encuentren y se mezclen. Los festivales pueden servir como espacios de encuentro entre estos universos”.

@carolinasanzart

 

Latino Graff nació en 2016 con la idea de invitar a artistas latinoamericanos a Francia para compartir, crear exposiciones, intervenciones en el espacio público y encuentros. Hoy, tras una década de residencias, murales y talleres, el festival ha tejido una red de artistas, colectivos e instituciones privadas y públicas en varios países, dejando al descubierto que lo esencial no está solo en las piezas expuestas, también en las relaciones que se construyen alrededor de cada muro. 

Para esta edición titulada El Jardín de los Delirios el recorrido se dibujó entre ciudades como Toulouse, Clermont-Ferrand, Honda, Medellín y Bogotá con grupos que se entrelazaron como Ibanasca, Comunigraff, Pirañas Crew y Casa Kolacho. En Bogotá, con la ayuda de la Defensoría del Espacio Público, la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico e Idartes, se realizó un mural colectivo de 45 metros en el barrio San Felipe, creado por diez artistas de diversas nacionalidades. Esa experiencia planteó preguntas que para algunxs pueden resultar difíciles: ¿qué lugar ocupa el arte urbano entre el reconocimiento institucional y su estigmatización al realizarse sin permisos?, ¿cómo defender la libertad creativa de las y los artistas frente a quienes financian o autorizan las intervenciones?

En esta conversación con Daniel Virgüez, fundador del festival, hacemos un breve sondeo sobre los aprendizajes de estos diez años, el reto de preservar la memoria de una práctica efímera y la convicción de que la calle debe seguir siendo un espacio donde expresarse sin pedir permisos.

 

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Carolina: Luego de estos diez años de trayectoria, ¿cómo ha cambiado tu manera de entender el papel del arte urbano en la sociedad y qué lugar crees que ocupa hoy como herramienta de expresión, encuentro, intercambio cultural y construcción de comunidad?

 

Daniel: Cuando empezamos Latino Graff nuestra idea era bastante sencilla: invitar artistas latinoamericanos a Francia, para organizar exposiciones y crear encuentros. Nos interesaba mucho esa posibilidad de reunir personas de diferentes países alrededor de una práctica artística en común. Luego se instaló la idea de crear muros.

Diez años después, creo que lo que más ha cambiado es nuestra manera de entender todo lo que sucede alrededor de un muro.

La pintura es apenas una parte del proyecto; lo verdaderamente interesante son las relaciones que se construyen, las personas que se encuentran, los conocimientos que circulan y las oportunidades que aparecen a partir de esos intercambios.

Este año, por ejemplo, con El Jardín de los Delirios realizamos un recorrido entre Toulouse, Clermont-Ferrand, Honda, Medellín y Bogotá. En cada ciudad encontramos una manera diferente de entender el arte urbano. En Honda trabajamos con un colectivo femenino llamado Ibanasca que han cambiado por completo el paisaje de la ciudad, en Medellín encontramos colectivos como Comunigraff y Pirañas crew que llevan años construyendo proyectos culturales, y en Bogotá terminamos realizando un mural colectivo con diez artistas de diferentes nacionalidades.

Todo esto nos ha permitido entender que el arte urbano también es una herramienta de organización social y cultural. Cada proyecto implica negociar, compartir recursos, encontrar soluciones y aprender a trabajar con otras personas.

Y creo que eso es lo que más me interesa hoy, que el arte nos permita encontrarnos con personas con las que probablemente nunca hubiéramos tenido contacto.

 

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Mural pintado en el 113 de la Avenue Jules Julien en Toulouse, Francia por Guache y Margot Margay durante la edición de 2026.

 

C: ¿Cómo influyen los festivales en una escena en la que una buena parte del arte urbano alcanza reconocimiento en galerías y museos, pero las intervenciones sin permiso realizadas por artistas poco mainstream siguen siendo perseguidas y marginadas?

 

D: Creo que existe una contradicción bastante interesante en la manera en que se reconoce el arte urbano. Por un lado, tenemos artistas que exponen en galerías, venden sus obras y participan en grandes eventos internacionales, y por otro, tenemos toda una escena que continúa trabajando en la calle, muchas veces sin autorización y con una relación bastante más complicada con las instituciones.

Es importante entender que el grafiti y el muralismo tienen historias y prácticas diferentes, aunque constantemente se encuentren y se mezclen. Los festivales pueden servir como espacios de encuentro entre estos universos, permiten que artistas con trayectorias diferentes compartan experiencias, materiales, conocimientos y visibilidad. Sin embargo, también existe el riesgo de que los festivales terminen mostrando únicamente una versión del arte urbano que resulte cómoda para las instituciones.

En Latino Graff intentamos mantener una relación bastante abierta con los artistas. Nuestra propuesta consiste en gestionar espacios de intervención y permitir que cada artista desarrolle su propio universo creativo dentro de las temáticas que proponemos cada año. Este 2026 tuvimos una experiencia bastante particular en Bogotá: estábamos realizando un mural de 45 metros en el barrio San Felipe cuando surgió una discusión con los responsables del espacio, que querían intervenir en la elección de los colores. Nuestra posición fue bastante clara: si invitamos a un artista a participar en un festival y le ofrecemos un espacio de creación, debemos respetar su libertad artística; si una empresa o institución quiere encargar una obra con determinadas características, entonces estamos hablando de un trabajo por encargo, con un contrato y una remuneración correspondiente. Creo que es importante conservar esa diferencia.

Los festivales pueden abrir muchas oportunidades, pero también tenemos la responsabilidad de evitar que el reconocimiento institucional termine convirtiéndose en una forma de domesticar el arte urbano. 

 

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Mural pintado frente a Recyclart Auvergne en Clermont Ferrand, Francia; por María Tarazona, Kozte y Margot Margay durante la edición de 2026.

 

 

C: ¿Crees que iniciativas como Latino Graff están contribuyendo a construir una memoria del arte urbano y a reconocer su valor más allá del espacio público, como parte fundamental de la cultura contemporánea?

 

D: Sí, y creo que es una dimensión del trabajo que hemos ido descubriendo con los años.

Desde 2016 hemos trabajado con artistas de diferentes países, organizado exposiciones, realizado murales y construyendo relaciones con colectivos que tienen sus propias historias y maneras de entender el arte urbano.

Todo ese recorrido constituye una memoria artística y cultural.

Los murales son obras particulares porque están expuestos a la transformación de la ciudad. Pueden desaparecer, ser cubiertos, deteriorarse o transformarse con el tiempo. Y eso también forma parte de su naturaleza.

Por eso, para nosotros, la documentación se ha vuelto cada vez más importante; las fotografías, los videos, las entrevistas y los archivos del festival permiten conservar una parte de esas experiencias. Pero me parece que la memoria del arte urbano va mucho más allá de documentar las obras, también hay que contar quiénes participaron, cómo se organizaron los proyectos, qué dificultades encontraron los artistas y qué relaciones se construyeron alrededor de esas intervenciones. Por ejemplo, cuando hablamos del mural que realizamos este año en Bogotá, podemos mostrar una fotografía de la obra terminada. Pero detrás de esa imagen hay una historia de encuentros, de negociaciones, de imprevistos y de colaboración entre artistas, comerciantes e instituciones.

Esa historia también forma parte de la obra.

Los festivales tenemos una responsabilidad importante en la conservación de esas memorias, especialmente porque muchas de estas experiencias suceden fuera de los circuitos tradicionales de conservación artística.

 

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Mural “Jardín de los delirios” pintado en Bogotá, en el Barrio San Felipe por los artistas colombianos  Ela Rincón, Heitor Correa, Rubén Romero, Zamurai Kiki, Dose, Neve, Kave, Juda y los artistas franceses Lowhite, Antistak y Massa; durante la edición de 2026

 

C: ¿Qué representa hoy Latino Graff dentro de la escena y qué legado te gustaría dejar a las nuevas generaciones?

 

D: Me gusta pensar que Latino Graff es, sobre todo, un lugar de encuentro. Cuando empezamos no teníamos la intención de construir una gran institución cultural, queríamos invitar artistas, compartir experiencias y crear oportunidades para trabajar juntos.

Diez años después, seguimos haciendo más o menos lo mismo, pero ahora contamos con una red de artistas, colectivos y organizaciones que se ha ido construyendo a través de diferentes países. Este año fue especialmente importante porque celebramos nuestro décimo aniversario con El Jardín de los Delirios, una edición dedicada a Colombia.

En Toulouse y Clermont-Ferrand recibimos artistas colombianos que compartieron sus universos creativos con artistas franceses. Después viajamos a Colombia, donde trabajamos en Honda, Medellín y Bogotá, conociendo nuevos colectivos y desarrollando diferentes intervenciones. Ese recorrido resume bastante bien lo que nos interesa del festival.

Que los artistas puedan viajar, encontrarse, trabajar juntos y descubrir otras maneras de comprender su propia práctica y sus propias narrativas.

También nos interesa compartir lo que hemos aprendido sobre la organización de proyectos culturales, porque muchas veces, detrás de un mural, hay meses de gestión, búsqueda de financiación, negociaciones y trabajo colectivo que no es visible, pero es fundamental para la estructuración de estos eventos.

Entonces el legado que pienso puede ser más importante es el de seguir haciendo, así no se tenga nada, seguir dándole, hasta que todas esas teorías del fin del mundo se hagan realidad y se acabe esto.

 

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Mural pintado en Honda por los artistas franceses Lowhite, Antistak y Massa gracias a la gestión de Ibanasca, Colombia por xx durante la edición de 2026.

 

C: En algunos países hay cierto reconocimiento institucional y en otros hay retroceso y criminalización con leyes que persiguen al grafiti, al bombing y a las intervenciones no autorizadas. ¿Qué diferencias has percibido entre países de la región y qué cambios han notado o te han comentado las/los artistas y las comunidades en relación con estas manifestaciones callejeras y su relación con el Estado?

 

D: Creo que la relación entre el arte urbano y las instituciones depende mucho del contexto político, cultural y económico de cada ciudad.

 

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En Francia, por ejemplo, llevamos diez años trabajando con diferentes administraciones públicas para gestionar intervenciones murales. Eso nos ha permitido conocer los procedimientos necesarios para realizar proyectos en el espacio público, pero también las dificultades que pueden aparecer cuando una propuesta artística tiene que adaptarse a los tiempos y las exigencias administrativas.

En Colombia encontramos experiencias bastante interesantes. Este año, en Bogotá, logramos trabajar con la Defensoría del Espacio Público, la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico e Idartes. Gracias a estas relaciones pudimos realizar una intervención colectiva en el barrio San Felipe y participar en un encuentro profesional sobre la movilidad internacional de artistas urbanos. Pero también vivimos una situación que muestra la complejidad de estas relaciones: el muro que habíamos gestionado inicialmente fue intervenido por el colectivo Las cuchas tienen razón, en el marco de una acción de protesta vinculada a las desapariciones de niñas en la localidad de Suba. Nosotros teníamos toda una organización preparada alrededor de ese espacio, con artistas invitados, materiales y andamios. Sin embargo, entendimos que aquella intervención tenía su propia razón de ser y decidimos buscar otro muro.

Me parece que este ejemplo muestra cómo el espacio público es un lugar donde conviven diferentes intereses y formas de expresión.

 

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Por un lado, las instituciones pueden ofrecer recursos y oportunidades para realizar proyectos culturales, por otro, existen expresiones artísticas y políticas que surgen precisamente de la necesidad de intervenir en la ciudad sin esperar una autorización. Creo que ambas realidades forman parte del arte urbano contemporáneo.

Lo que hemos aprendido es que resulta importante mantener espacios de diálogo entre artistas, instituciones y habitantes, sin olvidar que las prácticas callejeras también tienen una historia de autonomía.

 

C: Más allá del trabajo que realizas en torno a la expansión del muralismo autorizado, ¿cómo has observado que se vive la vigilancia del Estado sobre quienes intervienen el espacio público sin permiso o con discursos críticos? ¿Dónde se traza hoy la línea entre el arte aceptable por el Estado y el que incomoda?

 

D: Creo que una parte de esa línea aparece cuando las instituciones empiezan a decidir qué tipo de imágenes quieren ver en el espacio público. Muchas veces se acepta con facilidad una intervención decorativa, una obra que embellece un barrio o que contribuye a construir una imagen positiva de la ciudad. Pero cuando una obra plantea preguntas incómodas, cuestiona determinadas políticas o propone una mirada crítica sobre la sociedad, la relación puede volverse más complicada.

También hay que reconocer que el espacio público es compartido y que existen diferentes intereses alrededor de su utilización. Una intervención puede generar entusiasmo entre algunos habitantes y rechazo entre otros.

Tenemos que evitar una visión demasiado simplificada del problema. Desde nuestra experiencia, una de las cuestiones fundamentales es la libertad creativa. Cuando organizamos un festival intentamos que los artistas puedan desarrollar sus propias propuestas sin tener que responder constantemente a criterios estéticos o comerciales definidos por terceros. La experiencia de Bogotá fue bastante reveladora en ese sentido. Tuvimos que defender la posibilidad de que los artistas eligieran libremente sus colores y composiciones, incluso cuando el muro se estaba realizando gracias a la colaboración de diferentes actores institucionales y privados.

Ahí aparece una diferencia importante entre apoyar la creación artística y utilizar el arte como una herramienta de comunicación. Y creo que esa discusión debería estar mucho más presente cuando hablamos de proyectos culturales en el espacio público.

 

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C: ¿Crees que el muralismo institucional puede funcionar como forma de control o de gentrificación? ¿Qué pueden hacer las y los artistas frente a esto? 

 

D: Existe ese riesgo, especialmente cuando las intervenciones artísticas se usan como herramienta de valorización urbana sin tener en cuenta a los habitantes y a los artistas que ya trabajan en esos territorios. Un mural puede contribuir a transformar la percepción de un barrio, atraer visitantes y generar nuevas actividades culturales; eso puede producir oportunidades interesantes. Pero también puede formar parte de procesos urbanos que terminan modificando profundamente la vida de sus habitantes.

No creo que podamos responsabilizar a los artistas de todos esos procesos, pero sí me parece importante preguntarnos para quién estamos trabajando y qué consecuencias pueden tener nuestras intervenciones.

En Latino Graff intentamos construir proyectos que impliquen encuentros con los colectivos locales y con las personas que habitan los lugares donde intervenimos. En Medellín nos encontramos con Comunigraff, Pirañas Crew y Casa Kolacho, que tienen sus propias experiencias y relaciones con la ciudad. Para nosotros, llegar a un territorio significa también reconocer todo ese trabajo que existía antes de nuestra llegada, conocer a las personas y forjar nuevos puentes de colaboración. 

Creo que los festivales internacionales tenemos una responsabilidad particular en ese sentido. Podemos trabajar con artistas invitados, financiación y visibilidad, pero es importante que esos recursos también contribuyan a fortalecer las iniciativas locales.

Y en cuanto a los artistas, creo que es fundamental que puedan conocer las condiciones de los proyectos en los que participan, conservar su autonomía creativa y tener la posibilidad de discutir los objetivos de las intervenciones, porque una cosa es utilizar el arte para acompañar la transformación cultural de un territorio y otra es utilizarlo únicamente para mejorar su imagen comercial.

 

C: Entre gobiernos que buscan controlar y oficializar la cultura (Cuba, Nicaragua, Venezuela) y una ultraderecha en ascenso que la estigmatiza, ¿cómo se ve afectado el arte urbano y qué presiones ves hoy en la práctica callejera? 

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Mural pintado en Medellín, Colombia en colaboracion con el artista Leo2 durante la edición de 2026

 

D: El arte urbano siempre ha tenido una relación particular con el poder, precisamente porque ocupa uno de los espacios más visibles y democráticos de nuestras sociedades: la calle, un espacio que nos pertenece a todos y donde cualquiera puede expresarse, cuestionar, incomodar o simplemente dejar una huella de su existencia. Y eso, evidentemente, no siempre le gusta al poder.

Sería difícil hacer un diagnóstico general sobre países como Cuba, Nicaragua o Venezuela, porque nuestras experiencias de trabajo han sido diferentes, pero desde Latino Graff, organizando proyectos entre Francia y América Latina, hemos podido observar cómo el control de las expresiones artísticas puede ejercerse de muchas maneras, algunas bastante sutiles. A veces llega mediante procedimientos administrativos, permisos, restricciones sobre los espacios disponibles o intentos de intervenir en las decisiones artísticas. Otras veces aparece a través de la dependencia económica; cuando un artista necesita una subvención, un contrato o el respaldo de una institución para trabajar, puede terminar adaptando su discurso a lo que resulta aceptable para quien financia, y ahí aparece una forma de autocensura peligrosa, porque llega un momento en que ya ni siquiera hace falta prohibir nada.

Por supuesto, gestionar el espacio público implica acuerdos y responsabilidades, pero existe una diferencia enorme entre organizar su uso y pretender decidir qué puede decirse en él.

También creo que hay una contradicción cuando las instituciones celebran el arte urbano, lo convierten en atractivo turístico o lo incorporan a sus políticas culturales, pero al mismo tiempo persiguen aquellas expresiones que cuestionan el orden establecido. Queremos murales bonitos, pero, ¿qué pasa con los murales incómodos?

Y frente al avance de discursos autoritarios, esta discusión se vuelve todavía más importante, porque mientras el poder concentre los medios de comunicación y pretenda controlar los relatos que circulan en una sociedad, la calle seguirá siendo uno de los últimos lugares donde las personas pueden expresarse sin pedir permiso para tener una opinión.

Es fundamental defender la convivencia entre festivales, colectivos independientes, proyectos institucionales y prácticas espontáneas. El arte urbano necesita esa diversidad, incluso cuando resulta incómoda. Al final, me gusta pensar que pintar en las paredes es una de las formas de expresión más antiguas de la humanidad. Imagínense qué habría pasado si hace miles de años, en Altamira, alguien hubiera prohibido pintar bisontes en las paredes porque al jefe de la tribu no le gustaban.

La necesidad de dejar una marca, de contar lo que vivimos y de ocupar simbólicamente nuestro entorno existe desde mucho antes que los gobiernos, los ministerios de cultura o los permisos municipales. Y creo que seguirá existiendo después de ellos.

 

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Sígale la pista a Latino Graff, sus próximos proyectos, ediciones, residencias y murales, en Instagram @latinograff y en web www.latinograff.com. 

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Artistas participantes en la edición 2026 de Latino Graff

Ela Rincón  @elarincon  

Cristian @zamuraikiki  

Marie-Sara Massa @massa_artwork  

Heitor Corrêa @heitorcorreaart

Hugo Chassany @lowhite.art  

AntistaK @antistagram999  

Rubén Romero @el_reojo_ciego  

Graffiti writers:
Dose @david_dose_  
Neve @neve_graffiti  
Kave @kave.arte  
Juda @juda_aka  

Coordinación de San Felipe 
Mónica Rivera @ar.monik_   
Directora de @tint.tag.co

Coordinación de la obra
@latinograff @guayabo.co  
Latino Graff, proyecto que impulsa desde 2016 el intercambio artístico entre Francia y América Latina.

 

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