Ud se encuentra aquí INICIO Creadorescriollos La Kolombia Es Un Estilo De Vida Una Entrevista Con Luis Fernando Frias
Fotos cortesía de Fernando Frías

“La Kolombia es un estilo de vida”: una entrevista con Luis Fernando Frías

Hablamos con el director mexicano sobre su película Ya no estoy aquí, un filme que se sumerge en la vida de los kolombianos en Monterrey, en el estigma que los persigue y en la persistencia de una cultura urbana que se niega a desaparecer a pesar de la violencia que la rodea.

Nicolás Gómez Ospina // @ngospina14

Por las calles de un barrio Latinoamericano retumba una cumbia. La voz de Andrés Landero se escucha al fondo más gruesa de lo habitual, diferente a la voz con la que canta sobre Cartagena y el Festival de Arjona. Porque esta no es la costa caribeña, es Monterrey, una ciudad azotada por la desigualdad y la violencia que encontró en las cumbias colombianas una manera de resistir a la influencia norteamericana.

El mito de la cumbia rebajada en Monterrey tiene varias versiones. Algunos hablan de que aparece con la migración fallida de muchos colombianos a Estados Unidos, otros que es el resultado de los vinilos que se quedaron en el viaje hacia el norte. Lo cierto es que alrededor de este tipo de música se fundó una cultura urbana que se identificaba por sus peinados y accesorios que hacían referencia a Colombia. Las cumbias reproducidas a menor tempo se convirtieron en el sello de un modo de ser en el mundo que se vio perseguido por los carteles y la policía cerca del 2013.

Este año la cultura de la cumbia rebajada o La Kolombia regresó al foco de la conversación por Ya No Estoy Aquí, una película escrita y dirigida por el mexicano Luis Fernando Frías, que cuenta la historia de Ulises, uno de los integrantes de esta tribu urbana, que debió emigrar a los Estados Unidos por quedar en la mira de un cartel. La producción fue lanzada este año a través de Netflix, justo en la cuarentena, y logró ser exhibida en un par de festivales como Morelia o El Cairo antes de la explosión de la pandemia.

Este filme mexicano habla sobre los recovecos de la migración y las pequeñas comunidades que se pueden formar en una ciudad como Monterrey o Nueva York. En ella se muestra como latinos y kolombianos tienen sus formas de entender el mundo y de defenderse ante la opresión cultural a la que están expuestos, ya sean narcos o gringos. 

La película ha generado reacciones de todo tipo, desde rechazo por la representación que hace de la ciudad, hasta de agradecimiento por parte de los kolombianos que tuvieron que dejar atrás esa estética, pero no su amor por la cumbia. Su impacto incluso le mereció un puesto en la selección de las 100 mejores películas mexicanas de la historia según Sector Cine.

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Para Fernando Frías, Colombia fue uno de los mayores referentes a la hora de enfrentar la producción. Incluso, él esperaba poder presentar la película en alguno de los festivales de cine del país, pero se encontró con el rechazo de algunos comités de curaduría y la cancelación de muchos otros por la pandemia.

Nacido en la Ciudad de México Fernando Frías tiene 35 años y se ha valido del choque cultural para contar historias desde cierta distancia. Esto se ha visto en sus otras películas como Rezeta (2011) o Calentamiento Local (2009) e incluso en la serie Los Espookys (2019) que realizó para HBO. Además, es graduado de la maestría en escritura de guion y dirección de la Universidad de Columbia.

Hablamos con este mexicano sobre su película, las plataformas digitales, el choque cultural y la contracultura que habita la Kolombia.

 

* * *

 

¿Cómo llega a la idea de contar la historia de estos jóvenes que hacen parte de La Kolombia?

En primer lugar, por la cumbia rebajada, esa metáfora que se construye a través de la película donde al ralentizar una canción se hace que dure más como contrapeso a que la juventud no dure lo que tiene que durar. A los 16 años ya estás con los narcos o ya estás embarazada. No hay oportunidades ni movilización social. Eso de la mano de cómo podemos juzgar la misma gente que dice: “Ay, ese wey por ser pobre me va a asaltar”. Entonces ahí entra otro elemento que son los prejuicios. Si tu estuvieras en esa situación ¿Qué decisiones tomarías? ¿Te vas a formar por la derecha a esperar para estudiar? Tendrías que ser muy idiota para creer que de ahí va a salir algo bueno. En especial cuando tú has visto que hay generaciones y generaciones oprimidas. Incluso desde el diseño urbano de tu ciudad que está hecho contra ti. Te sientes estigmatizado porque es la realidad. Y finalmente, celebrar la espontaneidad de la contracultura como algo incontrolable, natural y necesario que cada vez es menos probable por la forma en la que estamos consumiendo cultura, marcas e influencers de manera global y uniforme, eso está aniquilando la diversidad y la espontaneidad. La creatividad siempre va a estar ahí, pero si todos nuestros referentes son los mismos a nivel global lo que estamos haciendo es reducir el accidente cultural. Me encantan esos sincretismos, el choque cultural y me parecía que se establece un diálogo muy interesante. Esa cumbia que nace en Colombia, con una palabra de origen africano y cuya forma de bailar obedecía a que los esclavos tenían grilletes en los pies viaja años después para ser algo en una región que se defiende de la influencia tejana y de lo norteño a partir de conectar no con Estados Unidos sino con el sur, con Colombia. Conectar con la nostalgia del vallenato. El gran sentimiento de nostalgia, eso fue algo muy determinante.

 

¿De dónde sale este tema recurrente del choque cultural y la migración que hemos visto en algunas de sus producciones como Rezeta (2011) Calentamiento Local (2008) o Ya No Estoy Aquí (2019)?

No sé, por una razón u otra el choque cultural me atrae. No parto de ahí ni lo tengo consciente, pero siempre está presente. Si tuviera que verbalizar o sobre analizar una razón, diría que el pez fuera del agua siempre ofrece una mirada fresca de alguien que llega y a partir de esa mirada virgen puedes establecer muchos comentarios sobre la perspectiva y la forma en que suceden las cosas en un lugar.

 

“No todo Nueva York es el Nueva York que vemos en las películas de la misma manera que no todos los migrantes mexicanos o centroamericanos quieren estar aquí. Tratamos de cuestionar esa narrativa que ya se da por sentada de que el migrante, en la llamada tierra de las oportunidades, está aquí porque quiere estar aquí”

 

¿Qué tanta de su experiencia como extranjero en Nueva York se ve dentro de la película?

He llegado a cuestionar esa idea de que si migras es por algo que es mejor. Cuando llegas te das cuenta que no es cierto. Yo vine a estudiar una maestría en Cine en Columbia, que se supone que era algo súper prestigioso y todo, y al final lo que me enseñaron fue una estupidez. Era una sola forma de contar historias. El cine es mucho más que contar historias, también son formas de mirar. La narrativa es solo una de muchas herramientas en el cine como lo es el sonido o como es la edición. Lo que pasa es que estamos muy acostumbrados a este cine de shock que alimenta las dopaminas, pero eso no quiere decir que el cine sin una historia muy sólida o una historia obvia es un cine aburrido. Yo vine aquí pensando que iba a poder dedicarle mucho a aprender de guionismo, a explorar, pero me encontré con una formación casi industrial. No importa quien seas, ni de donde vengas, ni que traigas, ellos necesitan ver que puedes contar una historia donde A quiere algo, pero tiene un obstáculo y cómo cambia el mundo en él que está y por qué pudo o no pudo conseguir superar ese obstáculo. Ahí pienso como: “puta, ¿enserio te crees que esto es lo único que existe?” Entiendo que obedece a una garantía de cierta calidad que al final de cuentas se va a traducir en si algo es comercializable o no. También es irte a la segura y yo sé que por lo que llegué al cine no es por hacer algo que ya estaba hecho bien. Prefiero hacer mal lo mío que hacer algo que ya está hecho.

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Estuve leyendo un análisis de la película en el que hacen un paralelismo con la Odisea. Está haciendo lo suyo, pero también toma elementos de literatura clásica. ¿Qué tanta influencia tuvo esto a la hora de construir el personaje de Ulises?

La verdad es que es un guiño; ni siquiera hay una Ítaca, ni siquiera hay una Penélope esperándolo. Se llama Ulises el 50% por la Odisea y el otro 50% por mi amigo Ulises Zaldua, que es el músico que sale tocando la canción de Sonic Youth y The Carpenters. Por supuesto que es un viaje de regreso a casa, pero es mi versión de Ulises. Si hay ciertos elementos del regreso a casa y el nombre del personaje, pero hasta ahí. Es más bien un rey sin trono en un reinado interior. Cuando regresa se siente fuera de lugar, ya no está su reinado porque tampoco está en su interior. En ese sentido es mucho más heracliteano que de La Ilíada, porque cuando regresa ni él ni el río son el mismo.

 

En la película vemos a Monterrey y a Nueva York desde nuevos ángulos. En Monterrey está presente el Cerro de la Silla, pero en Nueva York nunca se cae en el cliché turístico de la Estatua de la Libertad y los rascacielos. ¿Cómo abordaron la narrativa visual de las ciudades?

Partimos de la base de estar en la marginalidad tanto en Monterrey como en Nueva York. No todo Nueva York es el Nueva York que vemos en las películas de la misma manera que no todos los migrantes mexicanos o centroamericanos quieren estar aquí. Tratamos de cuestionar esa narrativa que ya se da por sentada de que el migrante, en la llamada tierra de las oportunidades, está aquí porque quiere estar aquí. No todos. Hay millones de historias, incluso es el mismo barrio donde ocurre María llena eres de gracia, es Jackson Heights, el Little Colombia. A mí me funcionaba porque Ulises va allá y es donde conoce a Gladys la mujer colombiana, cuando él lo único que sabe de Colombia es a través de la música y es una imagen distorsionada de lo que es Colombia. Estos chicos a su propia cultura le llaman kolombia independientemente del fútbol, la comida u otro millón de cosas que hay allá. Solo la cumbia y solo la del acordeón es la colombiana. No hay ninguna otra percepción del país. La Kolombia es un estilo de vida, es algo desconectado con la geografía y con el país.

 

“Hemos dejado de respetar la naturaleza en favor de la producción industrial. El sistema económico después de tantos años ahora diseña cómo nos comportamos y hay mucha menos posibilidad de que estos fenómenos espontáneos sucedan”.

 

Si la Kolombia fuera un país, ¿cómo sería?

Sería como una canción que es triste y alegre al mismo tiempo, como esa palabra que existe en portugues de la saudade, que es algo que extrañas, pero que por solo recordarlo lo tienes de vuelta. La Kolombia es eso, un oasis dentro de la vida de las personas. Mucha gente me escribe que ahí ve su juventud o adolescencia, ya después se casaron o tuvieron que trabajar. Es algo que quizás no te das cuenta mientras estás viviendo, pero es bien bonito porque mirando hacia atrás tiene sus elementos de mística, de ritual. Ayer caminaba por acá por un barrio y había gente haciendo una reunión de estos scooters electrónicos y pensaba en lo mucho que te tiene que gustar algo para que te lleve a hacerlo en conjunto. Los Kolombianos se unen por el amor a la cumbia.

 

La Kolombia ha sido una cultura muy perseguida, sobre todo por los carteles ¿Cómo contar la historia de una cultura en vía de extinción?

Cuando empecé a investigar sobre la película vi cómo se desvanecía entre mis dedos. Justamente había un cartel que reclutaba y que no le gustaba que existieran esos chavos y que cambió la moda. Lo que sucede en la película básicamente. Yo empecé a ir solo a Monterrey a hablar con los taxistas y me decían que mejor no me metiera por algunos barrios porque ya estaba muy feo o muy caliente. Ya en los barrios esto [la Kolombia] no estaba pasando porque estaba muy pesado el ambiente y la gente tenía desconfianza. Nos tocó irnos a zonas más rurales para encontrar vestigios de esos patilludos. Encontramos que sobrevivían burbujas de esta cultura en rancherías y cosas así. A partir de ahí tuvimos que hacer una especie de arqueología de algo que se acababa de extinguir. Es como que cae el meteorito y empiezas a ver de repente pedazos de dinosaurio por ahí y te encuentras a uno que sí está vivo todavía. Fue muy interesante.

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¿Esta violencia nunca tocó la producción de la película?

No, para nada. Seguro a alguien le molestó, pero no al punto de que nos afectara a nosotros. Es que también está esa idea de que son una sola identidad y no es así. Creo que tampoco estamos satanizando nada, al final de cuentas son los carteles los que están trayendo las oportunidades, si estoy criticando a alguien sería al presidente de esa época, que era Calderón. Cuando él manda al ejército a hacer frente a esos carteles la gente toma el partido de sus vecinos y sus amigos. No importa con quién trabajan ellos porque al final de cuentas el barrio es el barrio y les vienes a mandar allá unos pinches soldados con máscaras a los que no les ves ni los ojos, pero llegan pateando las puertas ¿De qué pinche lado crees que se van a poner?

 

La película ha tenido un recibimiento muy positivo por acá y se ha visto en Colombia un renovado interés por los kolombianos y los sonideros. ¿Qué piensa de ese regreso?

Me encanta poder devolver al origen las cosas. Me hace creer que hay esperanza. Vivimos un sistema tan opresor que nos controla tanto desde la creación de necesidades como desde el sistema económico, desde cómo juegan con nuestra propia percepción de nosotros mismos. Me encanta esa idea de que, a ese orden, por ponerlo de una manera muy reduccionista, le podamos inyectar elementos que para mí son como es la vida en sí misma, como es la naturaleza. Hemos dejado de respetar la naturaleza en favor de la producción industrial. A mí me encantan los accidentes contraculturales que son como una semilla que vuela por el viento y aterriza en un lugar donde no tendría que aterrizar y germina ahí y eso hace que un nuevo tipo de ave llegue, así es la naturaleza. El sistema económico después de tantos años ahora diseña cómo nos comportamos y hay mucha menos posibilidad de que estos fenómenos espontáneos sucedan.

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La película se puede ver en Netflix. Siguiendo esta analogía ¿Se puede decir que esta plataforma puede funcionar como una de esas corrientes de viento por la que puede viajar la semilla de contracultura?

Por supuesto, es como que de repente tienes dos opciones, quejarte o valorar ciertas cosas. Yo la verdad estoy de acuerdo con lo que dijo Lucrecia Martel hace poco sobre Netflix: es maravilloso por su alcance, pero no por su contenido. El contenido es gigante y hay para todos los gustos, pero siendo muy honesto hay muchas cosas que se repiten y no son los clásicos del cine o las joyas de la corona. No digo que mi película sea una de estas joyas, pero si te voy a decir que es diferente, no solo por mi percepción, sino por la respuesta que me da la gente. Es interesantísimo ver cómo nosotros podemos llegar a nuevos lugares. Puedes verlo de dos maneras, una es que te vendiste, y sí, pero que romántica y reducida forma de verlo. La otra es que es bueno que entres ahí porque se abre el diálogo, estamos llegando a muchas casas y aunque haya mucha gente que diga que la película está aburrida y que esperaban balas y muerte, está bueno, cada quien se puede forjar su opinión. Hay mucha gente que dice “esto está en Netflix, qué chingón”.

 

¿En qué punto de la producción entró a jugar Netflix?

Después de haber filmado la parte de México cuando no teníamos la forma de terminar la grabación. Los logramos convencer con un teaser de dos minutos que se rodó en México y entraron a apoyarnos. Para mí fue difícil conseguir el permiso para presentarla en la mayor cantidad de festivales posibles y conforme empezamos a ganar en varios festivales ellos empezaron a abrirnos más la mano. En un principio estaba triste por no poder participar de más festivales, pero igual nadie sabía qué pasaría con la pandemia. Luego estrenó el 27 de mayo y eso fue bueno. Al final, fue lo mejor que pudo haber pasado. Uno planea mucho, pero las situaciones se escapan de tu control y a veces eso opera a favor o en contra. En este caso operó a favor. Por un lado, yo quería seguir defendiendo la posibilidad de exhibir en formato grande de cine, pero Netflix nos hizo caer en cuenta de que ya los festivales que teníamos en la lista estaban cancelados y que todo iba a estar bien. Fue lo que pasó y pues ya, por ese lado quedamos tranquilos.

 

“Existía una responsabilidad de mi parte por apostarle a un discurso o una forma de mirar, pero también por celebrar cierta espontaneidad de la contracultura”.

 

Con toda esa situación de pandemia y cancelaciones surge la pregunta sobre si es más valioso que más gente vea la película o lograr exhibirla en festivales…

Pues yo 100% te voy a decir que lo vea más gente. ¿Para quién es el cine? Para el público. Especialmente ahora con la situación de nuestros países y nuestras condiciones. Es nuestra responsabilidad, si queremos vivir de esto, considerar siempre al público. Al menos tener la decencia de que la gente que estás representando se sienta representada con tus películas. Para mí se cerró todo el ciclo de expectativas cuando en Morelia ganamos el premio del público y el premio del jurado que era algo que nunca había sucedido. Eso era lo que necesitaba, más allá de los rechazos que tuvo en festivales internacionales, saber que la gente conectaba y que a la crítica también le estaba gustando es una cosa muy especial.

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¿Qué piensa de la distribución en salas frente al cine que se puede ver desde casa?

Hay que tener en cuenta que el cine en salas es bastante caro si tienes una familia y no tienes muchos ingresos. Sobrevives con el salario mínimo, tienes tres niños y una pareja en la economía actual de Latinoamérica y de repente hay una película que hizo un autor con muchísimas ganas, pero que puede no estar buena y es demasiado alto el riesgo.  ¿Vas a pagar lo que cuesta el estacionamiento, las palomitas, todo lo que implica ir a cine para meterte a ver algo de lo que no sabes nada o prefieres meterte a ver Spiderman que es entretenimiento a la segura? Yo no voy a juzgar a la persona que tome esa decisión. No podemos perder de vista la situación en la que vivimos, la situación que tiene el cine, a lo que nos enfrentamos. El gran número de películas de la región están hechas para gustar en festivales europeos y si a lo mejor el público promedio se acerca a verlas será un poco: “Oye, ya sé que mi vida está tristísima, ¿por qué me voy a meter a ver un plano de 27 minutos de una persona sufriendo?”. Sin embargo, yo sí creo que existía una responsabilidad de mi parte por apostarle a tener un discurso o una forma de mirar, pero también por celebrar cierta espontaneidad de la contracultura.

 

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