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La comida no se bota

Una familia bogotana no da por perdido ningún alimento

Fotos de Hugo Rubiano

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Para José, su esposa y sus dos hijos, los desperdicios de comida son parte esencial de la canasta familiar. Desde hace casi dos años, los Alzate Muñoz recogen del suelo y de los contenedores de basura de Corabastos frutas y verduras que los comerciantes desechan. 

Diana Carolina Gutiérrez

Por las bulliciosas vías internas de Corabastos camina todos los días un hombre que, con dificultad, lleva unos cuantos pesos a su casa. Se llama José Alzate, que a sus 60 años trabaja como cotero en la bodega 11 de la plaza de mercado más grande de Bogotá. Su labor comienza en la madrugada, pero hacia las ocho de la mañana, una vez que termina de trasladar bultos de un lugar a otro, se dedica a buscar, entre contenedores de basura y cúmulos de desperdicios arrojados al suelo, la comida con la que completa el alimento que se sirve en la mesa de su casa.

"Tomates, papas, frutas… Todo lo que esté en buen estado lo meto a la mochila y me lo llevo a la casa".

 

Hace trece años llegó a Bogotá proveniente de su natal Arauca (Caldas), donde trabajó cuidando fincas y labrando la tierra, hasta que la violencia lo desplazó. En la capital conoció a María Yaneth, el amor de su vida, la mujer con la que tuvo a sus hijos María Isabel, de doce años, y José Manuel, de nueve.

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Despuntaba el siglo XXI y José consiguió trabajo en un taller de mecánica, pero al poco tiempo un familiar lo convenció de emplearse como cotero en Corabastos. A pesar de la difícil situación por la que atravesaba, le daba pena recoger los desperdicios de comida del suelo para espantar el hambre, tal como lo hacían algunos de sus conocidos. En esa plaza trabajó durante un par de años, hasta que se trasladó con su familia a Mesitas del Colegio, donde lo contrataron para cuidar una marranera. Su esposa ayudaba a la economía doméstica trabajando en la cocina de una finca.

Fueron seis años relativamente tranquilos, pero el contrato terminó y se aventuraron a buscar mejores horizontes en el campo venezolano. Luego migraron a Medellín, más tarde a Quimbaya (Quindío) y después a Cartago (Valle del Cauca). Tras varios años cuidando fincas y cultivando verduras, en 2014  regresaron a Bogotá con la esperanza de estabilizarse.

Superando la vergüenza                                                                           

Por aquellos días, el ahogo económico se agudizaba y la plata que lograban conseguir en oficios varios no les alcanzaba para alimentar bien a sus hijos. Entonces José volvió a cargar bultos en Corabastos y la cruda realidad lo obligó a despojarse de la vergüenza que le causaba hurgar entre los montones de comida que botan a diario los mayoristas de esta central de alimentos. Con su esposa comenzó a recoger del piso frutas y verduras maltratadas, pero frescas y comestibles.

–No todos los días son buenos –dice José–. Trabajando como cotero me puedo hacer $10.000 mil o $20.000 en una jornada.

Ese dinero escasamente le alcanza para comprar una libra de arroz y porciones pequeñas de carne o pollo.

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Antes de salir cada madrugada de su casa, ubicada en el barrio Class, en la localidad de Kennedy, se toma un tinto para coger fuerzas y comenzar su jornada de trabajo en ese universo paralelo que es Corabastos: una ciudadela dentro de la gran ciudad.

Su labor es corta pero ardua. A las 8:00 a.m. completa el jornal y es cuando comienza a recoger la comida que otros desechan.

–Tomates, papas, frutas… Todo lo que esté en buen estado lo meto a la mochila y me lo llevo a la casa. Antes no recogía mucho porque no tenía nevera para conservar la comida, pero hace un mes un hermano me regaló una neverita y por eso ahora recojo más.

Una mañana en familia                                                                           

 Entre las 8:00 y las 10:00 a.m. de un domingo de julio, acompañé a los cuatro miembros de la familia Alzate Muñoz a juntar casi siete libras de fruta fresca y algunos tubérculos. Junto a ellos, cerca de 30 personas recogían también sobras que caían al piso de camiones y costales. Algunas lo hacían para alimentar a su familia y otras para vender los productos fuera de la central. 

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Con las bolsas llenas de comida, salimos caminando de Corabastos por una ruta en la que tardamos 40 minutos hasta su casa, donde preparon jugo con algunas de las curubas que hacía apenas una hora estaban en el suelo.

Esta es una de los cientos de familias de escasos recursos que aseguran un día más de alimentación con un mercado dotado con los alimentos que botan, aún en buen estado, los vendedores de Corabastos. Un mercado que en una tienda de barrio costaría alrededor de $10.000, una suma difícil de pagar para muchos hogares en Bogotá. 

El ejemplo francés

Qué bueno sería que en Colombia se prohibiera botar los excedentes de comida y se obligara a los supermercados a donarla a los más necesitados. Eso ocurrirá en Francia, donde la Asamblea Nacional votó una ley en contra del desperdicio de alimentos. En ese país existe una brecha inmensa entre los supermercados que desperdician enormes cantidades de alimento y quienes están desesperadamente hambrientos. Cada vez más familias pobres en todo el mundo logran sobrevivir gracias a los alimentos de la “basura” que generan los supermercados. 

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