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“Pienso rodar hasta que sea muy anciano”

Hernando Ruíz, de 64 años, quiere participar en el Maryhill Festival of Speed

Fotografías de Kicho Cubillo

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Hernando Ruíz tiene 64 años y desde hace tres practica el longboard. Su meta es participar en el Maryhill Festival of Speed, una de las competencias de mayor relevancia de este deporte. Acompañamos en una de sus rodadas al longboarder más cucho de Colombia. 

Sebastián Aldana Romero

Domina la tabla. Como los profesionales, cruza las manos detrás de la espalda e inclina su cuerpo para ganar equilibrio y, en caso de ser necesario, esquiva carros y buses en calles por las cuales no hay ciclorruta. A veces se suelta de manos para reclamarles, de manera calmada, a los conductores que sobrepasan el límite de velocidad.

Se desliza todos los domingos por la ciclovía de la calle 26, en una tabla larga con una aerografía de la cara de Jim Morrison en la parte de abajo.  

Usualmente, rueda desde la Biblioteca Nacional hasta el Aeropuerto El Dorado, a unos 25 kilómetros por hora, y se hidrata por medio de su Camelback, un maletín con un sistema de hidratación especializado. Su meta es participar en el Maryhill Festival of Speed, denominado por los patinadores como la “Copa Mundial de longboard”.

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El evento se celebra desde hace nueve años en Maryhill, un pueblo ubicado al noroeste de Estados Unidos, en una bajada de tres kilómetros de longitud, con curvas tan cerradas que, vistas en un plano cenital, parecen herraduras de caballo.

En un video promocional del festival se muestra a un patinador que pierde el control en una de las curvas y va a dar contra una hilera de cubos de heno que supuestamente sirven de parachoques. Minutos después llega una ambulancia que lo lleva a urgencias.

Maryhill es, además, la mismísima antesala del infierno en junio, cuando se realiza la carrera bajo una temperatura de hasta de 45 grados centígrados. En el mismo video del patinador lesionado hay una imagen de la yema de un huevo “fritándose” sobre la carretera. Así de caliente es Maryhill.

—Yo me enfrentaría a todos esos obstáculos —dice Hernando—. El  longboard es un deporte para peladitos —agrega, quitándose la gorra negra que usa a diario, distinta a la pañoleta que se pone cuando rueda, y señalando con el índice derecho la calva prominente que deja al descubierto.

Se ha caído varias veces de la tabla, pero nunca se ha lesionado de gravedad. La primera vez fue en Ibagué, en una bajada de unos 18 kilómetros, entre la cárcel de Picaleña y un peaje. Tras perder el control en una curva, amortiguó el golpe contra la maleza que bordeaba la carretera. No se asustó. Tiene familia en Ibagué y, siempre que tiene la oportunidad, patina en el mismo lugar de la caída.

Adriana, su esposa, es maratonista y ha competido en Buenos Aires y Berlín. Desde su visión de atleta, considera que Hernando puede llegar a patinar en Maryhills, siempre y cuando inicie la preparación con un año de antelación.

 

 

 

 

—Tendría que adquirir un poco más de masa muscular y ya. Es normal que jóvenes y viejos se sorprendan cuando lo ven en la tabla, pero está en perfectas condiciones.

—La vez pasada alcancé por la ciclovía de la 26 a un niño gordito, de unos 12 años, que iba en bicicleta —dice Hernando—. Me miraba y me miraba, hasta que por fin se atrevió a decir: “Vecino, ¿cierto que la vida hay que disfrutarla así uno esté en las últimas?”. Casi me caigo, pero de la risa.

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Cuando no está rodando, está viendo videos en los que los mejores patinadores de tabla larga del mundo tratan de romper el récord de velocidad, que actualmente está en 130 kilómetros por hora. Evita ver las caídas para no sugestionarse.

“La vez pasada alcancé a un niño gordito de unos 12 años que iba en bicicleta. Me miraba y me miraba, hasta que se atrevió a decir: 'Vecino, ¿cierto que la vida hay que disfrutarla así uno esté en las últimas?'. Casi me caigo, pero de la risa”

Ruíz nació en Somondoco (Boyacá) y a los 8 años se trasladó con sus padres y sus cinco hermanos a Bogotá. Recién llegó a la ciudad, su padre, quien trabajaba en Bavaria, fue víctima de un atraco en el barrio San Carlos que le costó la vida. Años después, a uno de sus hermanos mayores lo mataron en la Universidad Nacional “en circunstancias extrañísimas”, según cuenta Hernando.

—La tabla me regula, me calma —asegura.

Durante 20 años, Hernando dirigió la Fundación Reciclarte, ubicada en la Iglesia de San Cayetano, en la Localidad de Kennedy. Allí, junto a varios grupos de jóvenes, construía instrumentos y creaba formas de arte cinético a base de desechos reciclables. La fundación participó en varias oportunidades en la sección de comparsas del Festival Iberoamericano de Teatro.

—Allí pogueábamos —dice Hernando.

En 2011, Reciclarte integró la delegación colombiana invitada a exponer su trabajo en el Smithsonian Folklife Festival, en Washington, un evento que reúne lo mejor del patrimonio cultural de distintos países.

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—Fue una experiencia muy bacana, pero cuando regresé al país, Reciclarte y otras fundaciones fueron amenazadas por un grupo criminal que prefiero no mencionar.

Parte del comunicado con el que ese grupo infundió el miedo decía: “Hoy damos limpieza a todas las sucias organizaciones que se interponen en nuestro paso”.

“La tabla me regula, me calma”

 

 

Hernando perdió el espacio. Trató de arrumar en una bodega los instrumentos y obras hechas por jóvenes de la fundación, pero el arriendo lo absorbió y quedó en  bancarrota. Finalmente donó entre 500 y 600 vestuarios e instrumentos a un grupo artístico del Distrito de Aguablanca, en Cali. 

—Por eso yo me subo a la tabla. Luego de perder la fundación me dije: “Tengo que conservarme físicamene para poder seguir en la situación que sea”. El éxtasis que se siente al sortear cada obstáculo es inigualable. Pienso patinar hasta que sea muy anciano. 

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