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“Con la cámara descubrí que podía usar adjetivos y verbos que la pluma no me ofrecía”: los retratos viajeros de Camilo Serrano

Un viaje multicultural por Kyoto, París, Myanmar, Varanasi, Tokio, Nepal, entre otras latitudes del planeta.

Mario Rodríguez H. | @quevivalaeMe

Administrador de empresas de la Universidad de Suffolk, en Boston, y con una maestría en Relaciones Internacionales del Externado, el bogotano de 39 años Camilo Serrano Idrovo no tiene el típico perfil que se espera de un artista.

“A pesar de haber estudiado Administración, siempre me apasionó el periodismo”, dice el fotógrafo, quien estuvo casi tres años en la redacción de la Revista Cambio escribiendo crónicas de viaje. Estando en Cambio unos amigos que iban a hacer una expedición para NatGeo le dijeron que necesitaban un cronista, oportunidad que obviamente no dejó pasar.

Fue allí, echando mano de la fotografía y el video, que potenció su particular sensibilidad para describir de manera escrita el mundo que conocía, lo que lo llevó a trabajar en expediciones documentales para otros canales como Al-Jazeera y BBC. “Con la cámara descubrí que podía usar adjetivos y verbos que la pluma no me ofrecía”.

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Desde entonces se dedica a recorrer el mundo para plasmar, con su sello personal, los lugares que visita. Por su lente han pasado más de 50 países a la fecha, así como aquellos detalles que muchas veces ignora la fotografía de viajes tradicional, y cuya estética y composición pertenecen más al ámbito artístico.

En 2015 sus fotos fueron escogidas para la revisión de portafolios de Fotográfica Bogotá. En noviembre de 2017 obtuvo el primer puesto en el concurso Día Nacional de la Fotografía, organizado por Canon Colombia, en la categoría “Historia de la Humanidad”. También expuso sus fotos en Galería Lamazone de Bogotá, junto al trabajo de varios artistas como Luciano Dénver, Juan Cristóbal Cobo, y Pedro Ruíz, entre otros.

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Mujer Padaung tejiendo. Lago Inle, Myanmar (2017). Foto ganadora del primer puesto en el concurso de fotografía Día Nacional de la Fotografía

 

Camilo siempre había tenido curiosidad por las mujeres longneck o “cuello largo” que viven al norte de Tailandia, Laos y  Myanmar, donde justamente encontró a estas dos mujeres en una remota aldea lacustre sobre el Lago Inle. “Me cautivaron —cuenta Camilo— por la concentración mientras trabajaban, mirándome de reojo, y con una sonrisa tímida y disimulada, dándome permiso de tomarles una foto. La cordialidad entre dos seres humanos siempre vencerá la barrera de las culturas y los idiomas”.

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Hombre meditativo a orillas del río Ganges. Varanasi, India (2015)

 

Para el fotógrafo bogotano este ha sido uno de los personajes más peculiares con los que se ha cruzado. “Ni el ni yo teníamos ningún tipo de afán —recuerda—. Él con su cabra encamisada, yo con mi cámara. Viendo pasar el tiempo junto al río más sagrado del subcontinente. Varanasi es sin lugar a dudas una de las ciudades más bizarras del mundo, donde la gente va con la esperanza de morir, o por lo menos de limpiar sus pecados”.

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Maiko, aprendiz de Geisha. Kyoto, Japón (2013)

 

En un antiguo distrito de Kyoto, Camilo esperó sentado por lo menos durante tres horas, hasta que alguna de estas casi míticas mujeres apareciera. Las geishas, en todas sus etapas, son una conexión inmediata con el Japón ancestral, ceremonial y autóctono. Y Kyoto es el lugar donde aún se les puede encontrar. “Al cabo de la larga espera, una de ellas salió caminando en las puntas de sus pies, como intentando no molestar a nadie —recordó el fotógrafo de viajes—. La miré, me sonrió y pude, por un segundo, atrapar una imagen que por siempre estará en mi memoria”.

(Conozca ‘Caminantes’, fotos con arena que resaltan la estética de los vendedores ambulantes en la playa)

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Niño de aldea Masai. Serengueti, Tanzania (2010)

 

Durante un safari por los parques naturales de Tanzania, Camilo se detuvo en una aldea Masai. Allí aprendió que vivir entre cabras y moscas no es sinónimo de pobreza, “como inicialmente me incliné a creer. Simplemente es el retrato de un estilo de vida más primitivo, crudo, y por supuesto difícil de un pueblo nómada africano”.

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Mujer caminando por las antiguas calles de Stonetown. Zanzíbar, Tanzania (2010)

 

Influenciada por el mundo indio, árabe, africano y europeo, la isla de Zanzíbar es una mezcla cultural extraña. En cada esquina aparece algo o alguien inesperado. En una de sus milenarias calles, cuenta Serrano, “me encontré con este retrato, donde un grupo de hombres musulmanes, vestidos de blanco, sirven como un telón de fondo para una joven y bella chica africana”.

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Mesero en la hora de descanso. París, Francia (2016)

 

La ciudad a la que muchos quieren volver después de conocerla es París. Entre sus cientos de estereotipos, está el del parisino gruñón, antipático con los turistas. Para Camilo, este mesero parecía, desde lejos, encarnar eso. La portada de una revista francesa de fondo, que lo acompaña en su pausa para fumar, parece burlarse de la imagen misma.

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Vendedora de té. Lago Inle, Myanmar (2017)

 

“Las arrugas de esta hermosa anciana parecen haberse formado en ese mismo sitio donde tomé la foto”, comenta el bogotano. Ella, vendedora de té, es la primera en llegar y la última en irse en este templo en lo alto de una montaña junto al lago. “Siempre sentada vendiendo el mismo té en el mismo sitio, me contaron. Esta rutina ancestral, a mi modo de ver, es la que permite que, a pesar de las huellas del tiempo, aún haya algo muy infantil en su rostro”.

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Monje budista lavando ropa en un monasterio. Bagán, Myanmar (2017)

 

“En un monasterio habitado por más monjes que gatos, encontré esta silueta pintada de rojo, de un monje lavando sus ropas, de la misma forma en que lo deben llevar haciendo generación tras generación —cuenta Camilo Serrano, quien también recuerda que cuando el joven escuchó el clic de la cámara se detuvo un segundo, levantó la cabeza, pero continuó en lo suyo—. Nunca pude ver su cara, pero aún así es uno de mis retratos favoritos por la forma en que una simple silueta puede expresar tanta solemnidad, incluso espiritualidad”.

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Joven vestida para el ritual de paso a la adultez. Tokio, Japón (2016)

 

Cada año, los jóvenes japoneses que cumplen 20 años visten sus trajes tradicionales y celebran la llegada de la mayoría de edad. Esto lo descubrió el fotógrafo mientras caminaba por Ginza, uno de los tantos distritos comerciales y lujosos de Tokio, donde vio todo tipo de vestimentas y atuendos.

(Y si llegó hasta aquí, no se pierda Los paisajes invernales y la fotografía aérea de Federico Pardo)

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Niña uru en el Lago Titicaca. Puno, Perú (2007)

 

Para el fotógrafo bogotano, “esta niña parecía tener en la piel de la cara la fiel representación de la rudeza de la vida en la altura de los Andes. Pero, a la vez, ese gran par de ojos llenos de vida mostraban cómo en los lugares más recónditos, y en ocasiones hostiles, la humanidad florece”.

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Guardia en la zona arqueológica de Petra. Petra, Jordania (2010)

 

“Nunca sabré si este hombre era un guardia oficial o uno de los tantos rebuscadores que buscan sustento entre los turistas que visitan las maravillosas ruinas de Petra”, recuerda Camilo, pero fue algo que no importó para él, pues el breve segundo que se encontraron fue un “súbito viaje al pasado, una especie de momento en los tiempos de Lawrence de Arabia, en medio de una ciudad milenaria escondida en el desierto”.

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Un hombre se protege del calor adentro de un templo. Luxor, Egipto (2010)

 

Camilo llegó a Luxor un día cualquiera, a unos 40 grados de temperatura. Su impulso inicial fue irse de allí, pero pronto vio que el secreto era adentrarse en los templos, y dejar que el aire fresco que se mantiene dentro desde la época de los faraones lo relajara. De la fastuosidad que alguna vez tuvo Luxor, nace la palabra lujo. “Quizás es esto en lo que pensaba el hombre del retrato en aquel momento de introspección”.

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Mirada punzante de un joven vendedor de tacos. Ciudad de México, México (2016)

 

“A veces es mejor pedir perdón que permiso”, o al menos eso creyó Camilo cuando este joven lo descubrió tomándole una foto en un momento de ocio, ante la ausencia de comensales en su puesto de tacos. “Estos momentos, sin embargo, muchas veces resultan en miradas punzantes que solo la espontaneidad logra”.

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La sonrisa de una joven lavandera. Varanasi, India (2015)

 

Así como hay miradas punzantes, también hay miradas regaladas, posadas, que transmiten un millón de emociones. Este fue el caso a la orilla del Ganges, donde esta joven que lavaba la ropa le pidió a Camilo ser retratada. Para él, “era irreal tanta belleza en medio de un río donde hay búfalos refrescándose, gente lavándose los dientes, donde los hindúes esparcen las cenizas de cientos de personas día tras día para intentar romper el ciclo insoportable de la reencarnación”.

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Mujer vendedora de dulces. Nepal, Katmandú (2015)

 

Caminando por una de las antiquísimas calles de Nepal, que parecen estar a punto de desmoronarse en cualquier momento, el lente de Camilo se encontró a esta mujer con unas facciones que, “adivino, provienen de lo alto del Himalaya”. Pensó, por alguna razón, “en una vendedora de bocadillos en medio del trópico colombiano”. El lugar donde tomó la foto quedó prácticamente destruido meses después por el terremoto que golpeó al sudeste asiático en abril del 2015.

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Niña curiosa en la Galería Nacional de Arte. Tokio, Japón (2013)

 

“Esta niña, claramente aburrida con la visita de sus padres al museo de arte, pareció encontrar diversión viéndome buscar personajes para tomarles fotos —recuerda Camilo, quien encontró en ella una cómplice silenciosa que sonreía con cada foto que les tomaba a los visitantes del museo—. La última foto que tomé ese día, por supuesto, fue a ella, quien no parecía estar muy contenta con el fin del juego”.

Sígale el rastro a Camilo en Instagram o en su página web.

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