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Los trazos enfadados de la pichação brasileña

Hace décadas surgió en Brasil un estilo de intervención que no se basa en lo estéticamente agradable sino en la intención de los jóvenes por mostrar un descontento con la sociedad. Al hacerlo, sus exponentes escalan pisos elevados burlando medidas de seguridad y jugándose la vida. Gracias a los artistas latinoamericanos que han visitado este país, la práctica ha permeado el arte urbano en Colombia y otros países, fusionándose con el muralismo e incluso el grafiti barrista.

Andrés J. López / @vicclon

Ha pasado la media noche en Brasil y algunos parches de jóvenes empiezan a tomarse las calles de ciudades como Curitiba, Rio de Janeiro y Sao Paulo. Sigilosamente, caminan hasta llegar a los edificios para escalarlos con una habilidad propia del Hombre Araña: son capaces de llegar a los pisos más alto sin ningún tipo de protección, llevando consigo spray, rodillos, vinilos y hasta extintores de incendios cargados con pintura. Llegan hasta las cumbres sin pedir permiso y con el riesgo de ser atrapados por la policía o el dueño del inmueble, o de caerse y morir. Una vez allí, pintan unos trazos rápidos, agresivos, de un solo color y que estéticamente no resultan atractivos para quien los ve.

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Foto cortesía de GSL.

 

Una situación fue registrada en el documental Pixo (2010), viéndose a tres tipos que suben un edificio de 20 pisos en la concurrida avenida San Juan, en pleno corazón de Sao Paulo. Los residentes y las personas que logran verlos llaman a la policía y esta llega al sitio. Desde abajo ven si hay alguien pintando pero no detectan ninguna pintura, ni siquiera movimiento. Más tarde, cuando los oficiales y curiosos se van, los tres personajes que hace rato treparon la construcción se apoderan de los últimos pisos y los dejan totalmente rayados. De eso se tratan estas salidas, en las que los lugares tomados quedan marcados con símbolos, el nombre del crew o del autor que lo hizo, marcando territorio y dejando claro a los demás quién fue y hasta dónde llegó.

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Fotos cortesía de GSL.

 

 

Así es como funciona la pichação, que en portugués significa “picadura”. El origen de este estilo de intervención tiene distintas teorías, todas ligadas a Brasil. Para algunos, durante la dictadura militar brasileña ocurrida entre 1964 y 1985, se comenzaron a ver los primeros trazos hechos por sindicalistas en señal de protesta. Para Adriano Choque, fotógrafo especializado en documentar la práctica, la tipografía y la agresividad del rock ochentero caló fuertemente en las comunidades marginadas y encontraron en esta música y en su estética una válvula de escape. Así, en las calles de Brasil se empezaron a ver pichos, como es les llama a los trabajos hechos bajo esta técnica, que hacían alusión a bandas locales como Aborto Elétrico. Agrupaciones como Sarcófago y Sepultura también empezaron a hacerles guiños a estos rayones callejeros en sus logos. Además de la música, otra de las materias primas fueron las runas germánicas, un sistema alfabético antiguo utilizado para la adivinación y la escritura, y que se empezó a ver una vez ocurrido el Holocausto, cuando muchos europeos llegaron y se instalaron en tierras brasileras.

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Fotos cortesía de GSL.

 

 

“A diferencia de ese montón de prácticas estéticas que vemos, la pichação no busca complacer sino tensionar e incomodar. Es un acto principalmente político porque al usar pocos recursos se muestra la precariedad de sus autores”, comenta el ecuatoriano Ache, quien se familiarizó con la práctica mientras estuvo en Brasil durante 2008 y 2009. Allá se dio cuenta del perfil de quienes lo hacen: jóvenes descontentos con la sociedad y que se toman las calles, principalmente del centro de las ciudades, un espacio donde pueden hacerse visibles y generar un impacto en los transeúntes y en los propios grafiteros. Los pichadores no consideran que las obras en la calle deban ser agradables y adaptables a los gustos de la población.

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Foto cortesía de GSL.

 

 

En la pichação el acto de realización es tan importante como la particular estética que lo identifica. Pintar en un primer piso o en un lugar de fácil acceso no tiene ningún tipo de repercusión. Para estos enemigos del arte, la idea radica en llegar más alto que cualquiera y violentar cualquier medida de seguridad, generando rechazo y miedo en los habitantes del inmueble. Lo que importa es lograr un buen picho, no importa cómo. “Las construcciones en ciudades como Brasilia no dan pie para una escalada pero el buen pichador es un artista de lo improbable. Algunos entran y dicen que van a arreglar la antena del edificio; otros se suben por un poste, hacen pirámides humanas, rápel o se esconden un día entero en el lugar hasta que se desocupe”, explica la gente del crew GSL (Grafiteros Sin Ley), formado en 1992 y quienes mantienen su identidad en secreto por seguridad. La práctica es totalmente ilegal y a quien encuentren rayando le pueden metere una multa que va desde los cinco mil a los diez mil reales (entre cuatro y nueve millones de pesos), acusar de vandalismo o arrestar. Según recuerda GSL, un parche con más de 50 miembros, en Sao Paulo la policía, incuso, llegó a asesinar a dos colegas como parte de un proyecto de limpieza social.

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Fotos cortesía de GSL.

 

 

Pero de nada sirve subir y pintar en la edificación si, una vez realizado el picho, no se logra volver a bajar y salir. En 2014, durante una salida en Lima, Perú, Ache llegó a un cuarto piso pero tras la escalada no pudo bajar, entonces subió más y después esperó más de hora y media hasta que alguien le abriera. Esto es un rotundo fracaso para los pichadores.

 

Pichação constructiva en Bogotá y ‘pichoglifo’

La pichação se quedó en Brasil, pues a exponentes, entre los que se cuentan nombres como Djan, , Libert City, Os Catalixo, Menor, Cariri y Opera, les tiene sin cuidado el hecho de llevarla a otras partes. Aún así, la práctica ha traspasado fronteras y en Colombia es posible encontrar pichos. Al estar nuestro arte urbano muy marcado por el muralismo y el hip hop, la pichação se ha adoptado con ciertas modificaciones, fusionándose con nuevas técnicas e incluso con el grafiti más tradicional.

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Foto cortesía de Nómada.

 

 

Nómada, un artista bogotano reconocido por sus murales, conoció esta movida durante su estadía en Sao Paulo, en 2014. Allá vio su impacto y se familiarizó con varios pichadores. Después se fue a Recife, una ciudad situada en la costa del Océano Atlántico, y en el barrio Pina conoció al crew ADP (Anarquistas Detonadores do Pina, ahora Anarquistas Detonadores do Pichação) con quienes practicó y empezó a salir en las noches. Actualmente es el único colombiano que hace parte del crew y este año retomó la práctica, pero de una manera diferente a la tradicional. “Lo combiné con el writing proveniente de Nueva York y el grafiti político que personajes como Luis “Keshava” Liévano hicieron en la Universidad Nacional. Así he podido llevar la pichação a otros niveles de impacto y estética —comenta Nómada—. Elegimos la tipografía más legible y pertinente para el tema y nos inventamos las frases” (lea también Las raíces del grafiti bogotano).

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Fotos cortesía de Nómada.

 

 

Nómada y su parche han dejado consignas en Bogotá como “¿Santo el Papa? Santa mi mamá” y “Come Peñalosa, el pueblo lava la losa”. Las salidas son clandestinas y las pintadas no van con firma, pero se diferencia del trabajo brasileño en que acá la gente se siente contenta con el resultado. “Lo nuestro es más constructivo y aunque tiene la inspiración estética y la actitud de la pichação, la finalidad es diferente”, concluye.

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Fotos cortesía de Nómada.

 

 

Ache, por su parte, hace grapicho (mezcla de picho y grafiti) con APC, pero también ha incursionado en un nuevo estilo que él ha denominado ‘pichoglifo’, consistente en dejar los símbolos del pichação en materiales como piedra, mármol y vidrio. Incluso ha dejado estas marcas en bolardos, cerrando el espacio con cintas amarillas y poniéndose un uniforme para que no sospechen del porqué de su presencia.

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​Fotos cortesía de Ache. 

 

 

“Siento que entre la intervención del espacio público y los petroglifos hay varias similitudes. Antes se intervenían las piedras de zonas transitadas, en lo que era espacio público, entonces al ver el petroglifo tallado te dabas cuenta que por ahí había gente”, explica. Estas muestras de pichação en materiales no convencionales las ha expuesto en Guayaquil, Ecuador, y pronto hará otra exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá. A pesar de incursionar en el ‘pichoglifo’, sigue realizando pichos tradicionales en puentes, semáforos y vallas.

 

La precariedad de la pichação en el grafiti barrista

El grafiti barrista es otro tipo de intervención que ha tenido una fuerte relación con la pichação, más que todo en el estilo basado en las runas germánicas. Su influencia está más marcada por el rock, el punk y la violencia, ya que estos trabajos, si bien muchas veces se hacen como símbolo de aliento al equipo, también se han convertido en una forma de homenajear a los hinchas fallecidos. “Nosotros nos inspiramos en la caligrafía utilizada por los barristas argentinos, quienes emulaban a las bandas. Nos parecemos a la pichação en su precariedad, la falta de componentes artísticos y su anonimato”, explica Arkano Sur, hincha que ya en los noventa, antes del boom del grafiti en el país, había hecho rayones por toda la ciudad alusivos al Atlético Nacional. Según él, la barra del equipo paisa fue pionera en desarrollar esta estética en Colombia y después de eso la adoptaron el resto de equipos. Esto generó guerras entre los hinchas, pues lo que hacían los de un equipo, era rayado por los del otro y viceversa.

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​Imagen tomada del Facebook de Arkano Sur.

 

Para Arkano Sur, este tipo de trabajo es un reflejo de la violencia que el país ha vivido durante décadas, heredada de la lucha entre conservadores y liberales que estalló a finales de la década de los años cuarenta. Pero la falta de legibilidad y el hecho de que solo dijera “Chiqui vive”, “Gordo vive”, o como le dijeran al fallecido, ha dejado esto en la invisibilidad y en el desconocimiento por parte de quienes lo ven. Para hacerlo un poco más entendible, y marcar territorio, Arkano desarrolló un estilo diferente basado en las runas germánicas pero menos agresivo: más curvas y menos puntas. También les quitó las cruces invertidas y los pentagramas que muchos metaleros usaban en sus pichos.

La pichação entonces se ha convertido en una herramienta de protesta y ataque a las estéticas vanguardistas. Sus exponentes en Brasil la practican para mostrar la desigualdad social en la que se encuentran. Acá su mensaje es opuesto pero quienes lo hacen tienen la intención de crear una identidad latinoamericana, pues para ellos el grafiti y street art son una herencia estadounidense y europea. Sin importar el descontento que genere en la gente del común y en los propios círculos artísticos, ellos se sienten orgullosos de representarlo, pues, en palabras de Ache, “este ha sido el único aporte latinoamericano al arte urbano después del muralismo mexicano (en casi 50 años)”.

 

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