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Los perros románticos

No serán millonarios ni estrellas mediáticas. Sus textos no los leerán miles de fanáticos. Pero con la literatura como una forma de resistencia ante el horror y la frivolidad reinantes, los jóvenes poetas nos recuerdan, desde los márgenes, que no todo está perdido.

Basta oír y observar a estos poetas jóvenes durante su conversación para darse cuenta de que la literatura sigue, con gran calidad y fuerza, entre la torpeza y la barbarie cotidianas en las cuales intentamos sobrevivir.

Desde Perú, España, México o Colombia les dan una lección esperanzadora a los fatalistas que difunden rumores falsos como el de la supuesta agonía de la palabra escrita, el del aparente favoritismo hacia lo exclusivamente audiovisual por parte de las generaciones más recientes y, sobre todo, el de la pretendida capa caída de lo poético y de la poesía en nuestras épocas, consagradas al mercado capitalista, los negocios y el pragmatismo.

Da gusto ser testigo de su honestidad y altruismo. Cómo han intentado dar a conocer proyectos literarios a través de blogs, editoriales independientes o actividades públicas. Cómo se niegan a doblar la cerviz delante de quienes quieren convertir a las letras en meros mecanismos enajenantes. Aunque los amos de la economía continúan avasallando a las multitudes con sus estrategias consumistas (musicales, televisivas, políticas, religiosas), estos viejos adolescentes huyen de la asfixia y la brutalidad mediante estrategias siempre en boga, la lectura, la escritura. Se saben pertenecientes a una poderosa minoría que confía aun en el impacto de lo literario y de la palabra para considerar, para crear una realidad menos maligna.

El poeta norteamericano Charles Simic, entrado en años y sólido por su desconsuelo, reflexiona en El mundo no se acaba acerca del puesto que ocupan los poetas en estos tiempos de celebridad fugaz y rapidez:

“La época de los poetas menores se acerca. Adiós Whitman, Dickinson, Frost. Bienvenido tú cuya fama nunca irá más allá de tus familiares cercanos, y quizás uno o dos amigos reunidos después de cenar ante una jarra de vino tinto... mientras los niños que intentan dormir se quejan del barullo que haces al hurgar en el armario, en busca de tus viejos poemas, temeroso de que tu esposa los haya tirado en la limpieza de la primavera pasada. Está nevando, dice aquel que le echó un vistazo a la noche oscura y luego se volvió a verte, ya listo para leer, sonrojado y con gestos teatrales, un poema de amor extenso e incoherente, cuya última estrofa (sin que aun lo sepas) lamentablemente se ha extraviado”. [Traducción de Frank Báez].

Lejos de ser un lamento abúlico, derrotado, Simic está señalándoles una perspectiva sana y sabia a los lectores y artífices de la poesía contemporánea. Si se ha de seguir resistiendo gracias a las voces que nos obsequia lo poético, es conveniente ejercer esta resistencia desde las periferias, los sótanos y márgenes valerosos de la sociedad. Los poetas no tienen que ser, por necesidad, conductores de conciencia colectivos ni estrellas mediáticas con millones de seguidores. Eso les sobra, no lo necesitan. Al contrario, mientras menos escandalosa sea su labor, será más seria, más contundente. Poco importa que un puñado de textos intensos, ardorosos, no sean leídos por cientos o miles. Lo que de veras tiene importancia es si tocan, si modifican a cuatro o cinco lectores adecuados, si logran darle un rostro —silencioso, sutil— a este frenesí necio en el cual estamos inmersos. Simic habla sin saberlo de los poetas menores de treinta años agrupados en estos vídeos y que se hacen llamar Los Perros Románticos, como en aquel libro del chileno Roberto Bolaño,  jóvenes lúcidos dispuestos a saltar al vacío, a indagar en lo literario aunque los desastres minen casi todo a su alrededor.

Ahora, cuando muchas personas piden o proclaman innovación, independencia e inclusión mediante el activismo o los movimientos sociales de cualquier tipo, hay que apreciar y valorar el trabajo de estos poetas en su hora inicial. Nos están brindando un modo de entender el caos, de denominar a la angustia que nos somete. Iluminan el camino.

Por su arrojo y decisión, porque no se han entregado a la imbecilidad masificada, desde aquí les deseamos lo que le recomendó el poeta T. S. Eliot en su madurez a un poeta joven: entereza, lucidez y “ropa interior, larga, de lana, para protegerse de la humedad”. Las necesitarán. Más que todo para que nos recuerden sin descanso que también todos los demás necesitamos estas recomendaciones si nuestra apuesta es sobreponernos y lograr la supervivencia.

Que los dioses truncos de la poesía bendigan a estos muchachos.

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