
El tropical centro
Además de aborrecerlos por ser templos del consumismo, el protagonista de esta anécdota evita los centros comerciales por una razón más íntima: su primer desamor.
Lo admito, no soporto los centros comerciales. Los odio. Me asquea la insolencia de sus iluminadas vitrinas, su variada oferta de consumo, dentro de la cual puede surgir, por ejemplo, la imagen sonriente de la niña de los pies descalzos promocionando una marca de zapatos cariocas. Me resultan abominables esas catedrales de la frivolidad, esos lugares ideales para las fotos que, en fracción de segundos, colocamos en Facebook, Instagram o Twitter. Fotos y más fotos: a la entrada del cine, mientras el lunch en el Mcdonald’s y su basura condimentada, o junto al auto que rifan. “Niña, tómame una a la entrada de esta boutique para que vean qué regia me veo”, le oí decir el otro día a una loca. ¡Ay, las locas! Cómo no mencionarlas, sin son ellas las que muchas veces le ponen su toque chic a los centros comerciales. Cómo no resaltarlas sin con sus desnutridas anatomías adornan la fuente de entrada, los balcones y los baños de los centros comerciales, esos templos del consumismo.
Odio los centros comerciales. Pero voy a contar una historia de cuando me gustaban. En 1994, un chico de 16 años, de figura espigada, pelo largo y unas piernas que le quitaban la respiración al que en ellas estuviese entrelazado, tomaba en sus días de ocio un bus de la extinta línea Palmas Magdalena que lo llevaba a un lugar soñado para él: el corazón de la movida comercial en Barranquilla, el Tropical Centro, una construcción de tan solo tres niveles, pintada de verde y con grandes ventanales plateados. Cuando el chico entraba allí, su corazón latía con más fuerza al ver frente a él esa maravilla mecánica que tanto lo extasiaba: ¡las escaleras eléctricas! Y entonces su felicidad consistía en subir y bajar, subir y bajar. Una vez, durante ese juego tonto, se encontró con la mirada de un sujeto algo mayor que le cortó de tajo la respiración.
El tercer piso era el paraíso, donde estaban la peluquería y la cafetería. Entonces el muchacho se sentaba en la cafetería y desde allí se quedaba viendo a un grupo de peluqueros: los contemplaba a través de las paredes de vidrio del local, los veía con curiosidad, le parecían encantadores sus ademanes sobreactuados, sus modernos cortes de pelo. Eso estaba haciendo la tarde en que fue interrumpido por el sujeto de las escaleras, quien se sentó a su lado para preguntarle cómo se llamaba. “John Better. Así me llamo”. Al señor le pareció divertido el nombre del chico y luego lo invitó a una cerveza. El muchacho no tomaba, pero él lo convenció. Servidas las cervezas, el sujeto se paró de su asiento y fue hasta la rockola, depositó una moneda y luego volvió a su sitio. La canción empezó a sonar. Algunos hombres solitarios repartidos en las sillas de la cafetería dirigieron la mirada hasta donde ellos estaban. A John le dio vergüenza, pero la canción era tan linda que fue perdiéndose en las palabras indescifrables que la cantante entonaba. “Es Madonna”, dijo el sujeto, “significa virgen en italiano”. “Virgen”, dijo el chico jugando con la palabra entre sus labios mojados de la cerveza que ya se había animado a probar. “Qué bonita canción”, continuó. “Se llama Crazy for you, traduce Loco por ti”, le explicó Ever. Ese era su nombre. “Qué hermoso título”. “Como tú, John”, dijo Ever, acercándole su cara.
El chico sintió su aliento a cerveza y nicotina. Le provocó pasar su mano por la barba de su nuevo amigo. Sus manos, que por entonces eran tan delgadas como la de una señorita de losa, apenas si las movía. Por debajo de la mesa, la pierna de Ever rozaba la suya. La voz de Madonna seguía sonando. El hombre mayor se levantaba cada tanto a poner otra canción. “Esta se llama Open you heart, traduce Abre tu corazón”. La mesa se fue llenando de botellas vacías. Ya el chico sabía algunas cosas sobre Ever: que trabajaba en un banco, que tenía 37 años, y que era “activo” y de “ambiente”. Así se decía, porque la palabra gay era una exquisitez que nadie en los alrededores conocía. Los hombres que instantes atrás estaban solos, ya tenían cada uno su acompañante. Esa era una cafetería ideal para hombres solitarios.
“Te besaría ahora mismo”, le dijo Ever a John, quien sintió la mano del otro acercarse a la suya por debajo de la mesa. “Yo conozco un sitio”, dijo el chico. Ever le sonrió, pagó las cervezas y juntos bajaron por las escaleras eléctricas.
El lugar al que se refería John era un motel de mala muerte: Hospedajes Naty, a unos pocos metros del decadente puteadero El Túnel del Amor. John entró primero y Ever lo siguió. Pidieron un cuarto, pagaron $3.500 por el rato e hicieron… ¿el amor? No precisamente. Ever prometió volverlo a ver. Cuadraron una cita unos días después, pero Ever nunca apareció. John siguió frecuentando el Tropical Centro, se aprendió de memoria el disco de Madonna que sonaba en la rockola. Iba casi a diario hasta aquella cafetería, la que siempre abandonaba dejando unas cuantas cervezas vacías sobre alguna de las mesas.
Es quizá por aquella vieja desazón que ahora odio los centros comerciales, y cuando entro a uno procuro pasar desapercibido, compro alguna baratija en un outlet o me como un plato de comida china junto a Lina, mi compinche desde hace años.
Pero todavía el chico siente una emoción indescriptible cuando sube y baja las escaleras eléctricas, sin importar que ya nadie cruce con él una mirada.
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