
El circo de Uribe versus el circo de Santos
Serán cuatro años más de saqueo, de ineptitud, mientras el país continuará desbaratándose. Cuatros años más en los que el estiércol y las babas de uno y otro bando seguirán volando al zarzo.
“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. La frase puede leerse en ‘Los Vedas’, ese compendio de sabiduría oriental tan viejo como la impostura y la hipocresía del poder. En el presente de Colombia nadie encarna mejor esta sentencia que el senador, expresidente y candidato a prófugo de la justicia Álvaro Uribe Vélez. Él y su corte de payasos que no provocan risa, desde el falso tímido Alfredo Rangel hasta el grandilocuente y torpe José Obdulio Gaviria, desde el opaco excandidato presidencial Óscar Iván Zuluaga hasta ese maniquí parlante llamado María Fernanda Cabal. Cualquier cosa que digan o que intenten hacer es o una muestra de ramplonería o una peligrosa imprudencia.
Ahora se parapetan en sus puestos del Congreso para enarbolar delante de los medios de comunicación un ridículo cartel que anuncia: “Soy opositor No criminal”. La declaración viola normas básicas de redacción (no tiene comas ni puntos, lo cual se presta para burlas diversas del tipo “¿Soy opositor? No: criminal”. O “Soy opositor no: criminal”), temática en la que los uribistas no son precisamente duchos. Resulta admirable el solo hecho de que hayan aprendido a leer y a escribir. El anuncio, además, está demostrando la desesperación de los senadores y representantes avasallados por Uribe. Necesitan ladrarle al país que no tienen cercanías con el crimen organizado, que no les interesa engordar sus arcas personales a costa de la plata y del esfuerzo de los colombianos, que son unas mansas palomas representando el heroico papel de opositores. No obstante, por más que aúllen y vociferen, los actos de este grupo delatan día por día todo lo contrario. Y para probarlo basta tener en cuenta el apoyo y la defensa tácita de Uribe a delincuentes que en este momento deberían estar en prisión, gente como Andrés Felipe Arias o Luis Carlos Restrepo, o recordar la reciente pataleta del propio Uribe ante el debate político que quieren implantarle en el Congreso.
Las deudas morales, judiciales y económicas del uribismo con Colombia son tan grandes, tan inocultables que mientras más relinchen sus devotos tratando de presumir inocencia, más se les nota su estampa de bandidos.
Aunque esta farsa es restallante en el circo triste de Uribe, por los lados del presidente Juan Manuel Santos y su feria de vanidosos las cosas no son mejores. Solo adquieren un traje distinto. Lamentable el nombramiento del antiguo representante a la Cámara por Bogotá Simón Gaviria (quien, a diferencia de los uribistas, está por alfabetizar) como jefe de Planeación Nacional y el de la inconsecuente modelo de pasarela Gina Parody como ministra de educación. Santos quiere demostrar con estos gestos politiqueros que hay renovación y talento entre sus colaboradores. Pero de nuevo los hechos contradicen las afirmaciones del reelegido. Mediante esas asignaciones de cargos públicos sólo está pagando favores a quienes le ayudaron en la tarea de mantenerse recostado sobre la silla presidencial.
El espectáculo deplorable que presentan cada semana los santistas y los uribistas echándose agua sucia mutuamente, ya sea por cuenta de los diálogos en La Habana o debido a las alianzas de unos y otros con hampones, es solo una muestra más de sus inútiles números circenses, facilitadores de la desgracia y del atraso en los cuales estamos sumidos los demás, los que no tuvimos la buena suerte de ser congresistas ni ministros, ni burócratas, los que no nos dedicamos —como ellos— a promulgar la ignorancia y la mediocridad como estrategias políticas.
Horroriza pensar en que estas necedades continuarán cuatro años más, mientras los honorables padres de la patria nos siguen saqueando y el país continúa desbaratándose. Estremece asimismo saber que todo este mar de babas y de latrocinio hasta ahora comienza.
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