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Reivindicación femenina

La temida sentencia de “ser mal polvo” recae con mayor frecuencia y con más cizaña sobre el género masculino. 

Tanto, que es el más popular de los clichés al que una mujer dolida recurre para vengarse de un hombre. Y muchas veces puede ser una vil mentira, como también puede ser una cruel verdad, aunque habrá pocas personas que quieran comprobarlo. Y aún sin pruebas contundentes, una fama de “mal polvo”, aún movida por la más superficial venganza, es un tachón difícil de borrar del historial de un caballero víctima de este fatal voz a voz.

Sin embargo, aunque el juicio sexual ya esté arraigado al discurso femenino, varios hombres también piensan que hay muchos malos polvos entre nosotras. ¿Les estaremos robando ya el protagonismo a nuestros eyaculadores precoces con la arrogancia con la que los juzgamos?

Al parecer sí. Consulté varias fuentes masculinas que estuvieron de acuerdo en que las mujeres también somos malos polvos. Una de mis fuentes se quejó de la pereza y el desdén con que se habían desempeñado sexualmente algunas de sus amantes tras la mediocre excusa de que es el hombre el que tiene que calentarnos y darnos la talla.

¿Tendremos que culpar a los pasquines sexo-sentimentales, al machismo, a nosotras mismas, de creernos un botín erótico? ¿Desde cuándo les delegamos toda la responsabilidad de nuestro placer sexual a los hombres? ¿No es acaso tan placentero excitarnos como lograr excitarlos a ellos?

Bien señalaba una de mis fuentes que a veces las mujeres podemos ser muy egoístas en la cama. Tiene razón. Desde que el orgasmo femenino se volvió protagónico con su nuevo miembro: “el punto g”, el orgasmo masculino quedó en el olvido. Quizá porque siempre pensamos que el hombre se viene cuando quiera o cuando nosotras le digamos y, en cambio, nuestro orgasmo es un milagro alrededor del cual deben concentrarse todos los órganos comprometidos en el encuentro sexual.

Y nuestro egoísmo no es el único origen del mal desempeño en la cama. Otra fuente me narraba escenas que parecían más una mala maniobra de tips sexuales descritos en un artículo de la revista Cosmopolitan: las mujeres arañadoras que se lanzan a rasgar sin discriminación la espalda de su amante de turno pensando que “enterrar uña” es sexy y, al parecer, es más bien anticonceptivo.

Y a menos que nuestro amante tenga una seria aberración necrofílica, el típico caso de la mujer, acostada, inmóvil, con sus piernas abiertas mirando para el techo, posición más conocida como “vaca muerta”, tampoco ayuda para nada en nuestro performance sexual. Una de mis fuentes afirmaba que el hombre hace por lo menos el 90 por ciento del esfuerzo físico en el acto sexual la mayoría de las veces, y si tuviera razón en esta cifra, en el caso de que tuviera que acostarse con una de estas petrificadas inmóviles, podría alcanzar hasta un 98 por ciento de esfuerzo. Así las cosas, hasta a mí me parecería más tentadora la mano que un cuerpo yaciente.

El testimonio de mis fuentes me dejó claro que también hay una gran preocupación masculina por su orgasmo, por disfrutar el sexo y por sentirse complacidos por la mujer que —a su juicio— cada día se vuelve más introspectiva y egoísta con respecto al plano sexual. Chicas, quizá en esa búsqueda de nuestro santo grial (el orgasmo), nos estemos olvidando de lo básico: una buena comunicación sexual con nuestra pareja, porque el sexo es la búsqueda del bien común y no de la auto satisfacción. Así pues, antes de que sigamos consagrando la mala fama de ser malos polvos en el voz a voz masculino, las invito a quemar toda esa papelería barata de magazines femeninos con falsos mitos sexuales y a tomar al toro por los cuernos, o por donde tengamos que tomarlo, para restituir el equilibrio sexual que garantiza un buen polvo. Porque siempre es posible reivindicarse y antes muerta que sencilla, pero nunca “vaca muerta”.

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