Ud se encuentra aquí INICIO Node 17540

Llorar la muerte de una celebridad

Las redes sociales han estado atestadas de fotografías de Robin Williams, de imágenes de los diferentes personajes con los que nos fascinó a lo largo de su carrera, y de videos de sus brillantes monólogos. No era mi actor favorito, pero hay que reconocer que era un dotado. De esos hombres que te pueden conmover así aparezcan en escena con una sabana cubriéndolos por completo. Me gustó, particularmente, su interpretación del desquiciado Sy Parrish en el thriller One hour photo.

No deja de ser triste la partida de un famoso como Robin Williams. Es algo que nos afecta a todos en diferentes formas. Por ejemplo, de chico solía ver la serie Voyagers, que en Colombia tradujeron como Viajeros del tiempo. Solo por una razón veía este programa: estaba enamorado de su protagonista, Jon Erick Hexum, un hombre con todas las letras, dueño de unos ojos como esmeraldas recién arrancadas de la roca, que murió en 1984 mientras grababa escenas de la serie Cover Up, luego de dispararse una Magnum 44 cargada con balas de fogueo. La carcasa de una de las balas le fracturo el cráneo, haciendo que varias astillas le dañaran el cerebro. Lloré por días la muerte de mi amor, de mi ídolo, como si hubiese perdido algo muy cercano. Mi madre me tomaba en sus brazos, y yo en mi inocencia maricoinfantil le preguntaba que si viajáramos al pasado podríamos verlo. Ella me decía que sí, que era una posibilidad, pero que esa máquina era muy costosa y tenía que conformarme con verlo por la tv. Los años pasaron, me hice adolescente y Viajeros en el tiempo se quedó en mi memoria como un recuerdo nostálgico que en días como estos me asalta.

Después de la muerte de Jon, creo que la de Amy Winehouse ha sido la que más me ha tocado. Cada vez que veo la tapa de su disco Back to black,es como encontrarme con una lápida en la que están escritos mi nombre y el de cierto chico que forma parte de mi pasado.

Lloré cuando murió Amy. Justo meses antes de su muerte yo había sufrido una sobredosis y la depresión me burbujeaba por dentro. Fueron días oscuros oyendo sus canciones, las  que acompañaba con vodka y pimienta. Pero las sombras pasan, hasta que vuelve a sorprendernos la muerte de otro famoso. Este año han muerto estrellas como Cheo Feliciano, García Márquez, Pacheco, Philipe Seymur Hoffman, y  las redes se han inundado de mensajes de dolientes, seguidores que de inmediato “desempolvan” algún video amateur del artista, groupies que hacen fotomontajes junto a la estrella recién fallecida. Mensajes póstumos que van desde los más elaborados hasta los más patéticos.

Una ventaja —¿o desventaja?— de ser famoso es que tu cara no deja de aparecer en todos lados. Pero una cosa es cierta: amamos a los famosos, desde el más pop hasta el más under. Les rendimos culto por años y años. Basta con dar una vuelta por alguna calle céntrica para darte de frente con la cara de niño angustiado de Kurt Cobain, el semblante jesucrístico de John Lennon o eso que tenía por rostro Michael Jackson estampado en la camiseta de un adolescente. Veo celebrities muertas por doquier. A Bob Marley en el poster de un gangoso bar de reggae, a Diomedes mal dibujado en la fachada de un estadero de la calle Murillo de Barranquilla junto a Celia Cruz, Jonhy Pacheco y Héctor Lavoe. Veo a la Monroe sonriéndome sarcástica en el cuadro de alguna peluquería, a Chaplin y a Cantinflas en alguna fiesta de Carnaval, a Selena y Sandro en un programa de imitadores de tv, al Joe en forma de una espantosa escultura callejera. Mejor cierro los ojos y en mi imaginación viajo al pasado y me pierdo en los ojos verdes de Jon Erik Hexum, que hace décadas devoraron los gusanos.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S

Comentar con facebook