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Foto de Raúl Vidales

Homo culturalis: Nadia Granados y el derecho a transgredir todo

En sus orígenes como performer, hace 25 años, decidió encaminar su producción artística en contra del monopolio de la información mediática dentro de lo que para ella es una guerra simbólica; su obra Colombianización da cuenta de esto. Hoy, con el prestigio del premio Luis Caballero, sigue apostando por un lenguaje visual capaz de desobedecer.

Simona

 

Desde su mirada sagaz ha cuestionado los estereotipos sociales, el patriarcado, la feminidad y las formas de representarnos como colombianos. Más que generar certezas, esta artista y performer genera dudas en aquellxs que deciden verla. Sus obras están en constante disputa con el poder y con aquella imagen que nos vendieron de nosotrxs mismxs y de lo que significa ser colombianxs. Conversamos con ella sobre los peligros de acarrea el hecho de que el gobierno sea el único productor de significados y de la importancia de defender nuestros derechos colectivos y culturales.

 

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Simona: ¿Qué es lo que buscas con tus creaciones como creadora? 

 

Nadia: En mis trabajos más contundentes que son La Fulminante, Colombianización y Paseo, me he enfocado en criticar asuntos relacionados con la impunidad, el terrorismo de Estado y la comunicación alternativa. Uno de mis orígenes como artista o de las primeras cosas a las que me aproximo cuando empiezo a hacer performance, hace 25 años, es el deseo de ir contra el monopolio de la información y la manipulación mediática dentro de la guerra simbólica. Es ahí donde yo me enmarco, en un asunto antisistema, pero también en contra de la hegemonía del capitalismo, el patriarcado y esos poderes que asesinan, silencian, criminalizan, persiguen y dominan al mundo; ahí me ubico, en los movimientos sociales, pero también como alguien de izquierda que es influenciada por esas luchas con las que he convivido durante toda mi vida, contra ese sistema al que yo llamaría terrorismo de Estado, que se representa con el poder de la extrema derecha colombiana, el paramilitarismo, las masculinidades. Me interesa hablar de construcción de género, ahí es donde yo transgredo, por un lado. Yo estoy muy interesada en que físicamente sea incómodo, porque lo que uso es un cuerpo que usualmente se muestra de una manera grotesca u obscena; me interesa la descolocación de esa apariencia de lo femenino dócil,  bonito y sensual, desde allí decido jugar con esos códigos de representación de lo femenino que se me asignaron al nacer, también con códigos que están vinculados a la historia, o a la información, y siempre estoy jugando con eso, con el lenguaje y con los discursos de construcción de género. Y por otro lado con los discursos que han servido para ningunear luchas sociales, para silenciar, y para posicionar una idea sobre la historia del país con la que no estoy de acuerdo.

 

S: ¿Qué pasa políticamente cuando una artista toma los signos que el poder utiliza para representar a una sociedad y los devuelve transformados? 

 

N: Yo empecé con un colectivo llamado Somos Sudacas en el 2004, hacíamos radio y comunicación alternativa con la intención de movilizar reflexión o pensamiento crítico. Yo vengo de un espacio en el que el lenguaje que se habla es para convencer a convencidos y yo creo que eso no funciona. Entonces, al utilizar las herramientas y códigos del sistema, uno puede engañar un poco al consumidor, así funcionan “las guerrillas de la comunicación”, uno de los recursos que yo uso y que tienen que ver con entender esos códigos y ese sistema de signos, y al entenderlos, uno los puede reconfigurar. Esto es una receta de deconstrucción del lenguaje y lo que logra uno es acercarse a ese espectador no informado para que no se cierre, porque hay ciertas formas y maneras de hablar desde las resistencias y los movimientos sociales que a la gente le producen rechazo, porque han sido cargadas de mala reputación dentro del mismo sistema y la gente no quiere escuchar ese tipo de lenguaje. Igual yo vengo de trabajar muchos años esto, empiezo en el 2005, cuando estaba empezando a volverse popular internet o todavía eran muy incipientes las redes sociales, ya el momento histórico en el que estamos es de tal magnitud, tiene tales dimensiones que es muy difícil hasta entenderlo, relatarlo y hacer parte de él.  Me parece increíble que esos conceptos de representación de esta gente siguen siendo los mismos casi que en el siglo XVI, lo que pretenden que nos guste y la manera en que manipulan a las personas a través de la religión, el género, el terror, siguen siendo las mismas herramientas: mentir, aterrorizar, generar respeto por la seguridad, la religión, a pesar de todo lo que tecnológicamente se ha avanzado.Hay muchas cosas que son iguales, a pesar de que los medios no son los mismos. Por otro lado también me llama la atención la performatividad audiovisual, cómo la gente performa online un cuerpo que es audiovisual. Esto es algo llamativo de este momento histórico cómo la gente se vuelve marca, ya no son personas, sino que son identidades acondicionadas a ese sistema para gustar y ser atractiva, dentro de unos códigos muy claros de aceptación que te dan las redes sociales y el algoritmo.

 

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Colombianización. Foto izquierda: Raúl Vidales; Foto derecha: Diego Lebrán

 

S: ¿Por qué el poder necesita controlar también los imaginarios y no solamente las instituciones? 

 

N: El poder nunca ha dejado de controlar los imaginarios, el arte de derechas existe hace mucho tiempo. Ese lugar nunca ha estado vacío, desde allí se mueven emociones y sistemas de representación. Por ejemplo, uno de los proyectos medulares de mi trabajo, que se llama Colombianización, en el que yo indago esta palabra, pero también el asunto de la narco cultura, se da cuando comienzan los canales privados y la desmovilización paramilitar. En ese mismo tiempo había un montón de contenidos culturales, narco telenovelas y músicas que se movían en televisión, y de alguna manera también internacionalmente desde Colombia. Todo esto era batalla cultural. Que hayan hecho telenovelas en las que los protagonistas eran los tres paramilitares más sanguinarios de este país, los hermanos Castaño, la telenovela Los Tres Caínes, también El Capo y Sin tetas no hay paraíso y todo el posicionamiento de Pablo Escobar como una figura mítica, casi de culto, como orgullo nacional, todas esas estéticas, son cosas que sí inciden en la emoción de la gente.

 

Por ejemplo, la figura de Uribe Vélez, desde su propia teatralidad, si pensamos en Abelardo, pues es un Uribe, pero menos armado, tiene menos sangre y carácter. Uribe fue realmente en términos teatrales, performáticos, en puesta en escena, en términos de marca, un lugar de disputa. Esa batalla cultural viene desde Hitler, Joseph Goebbels hizo eso en 1940, ya había una conciencia de que el cine, la radio y la manera en que se divulgan las realidades y la manipulación de la información, nada de eso es nuevo.

 

Lo que pienso que puede ser nuevo es el castigo de haberlo hecho. Nosotros en todos estos años hemos podido ejercer nuestro arte con total libertad, independientemente de que el presidente fuera Uribe, Santos, Duque. Yo personalmente nunca he sentido ninguna censura y ninguna limitación conceptual sobre mi trabajo, y he recibido apoyos estatales para llevarlo a cabo. En ese sentido, creo que podría venirse esa censura frontal, y no sabemos si también algún tipo de castigo o de penalización por haber defendido ciertas posiciones políticas desde el arte, desde la historia, desde distintos lugares de relato. Eso va muy apuntado también a todo lo que se ha avanzado en términos de construcción de relatos, relacionados con la justicia especial para la paz, el Centro de Memoria Histórica y MAFAPO. Esto se potencializó porque es un derecho y debería ser importante para el país, no solamente que esa información exista, sino que esa información tenga múltiples maneras de relatarse.

 

Colombianización es un proyecto que está cuestionando muchos asuntos relacionados con eso. Desde el Ministerio de Cultura, sí había una intención en financiar proyectos que estuvieran relacionados con la memoria. Por otro lado, me imagino que empezarán a impulsar otro tipo de relatos, habría que pensar si ahora entonces se va a sacar una beca para lavarle la imagen a los generales implicados en falsos positivos, por ejemplo, o cómo van a desaparecer todos esos relatos. Ellos como monopolio de lo audiovisual tienen esa capacidad de manipular el relato, por eso terminaron ganando las elecciones con fraude, tienen un amplio rango de difusión de lo que quieran decir y tienen todavía gente que les cree. Pero creo que sí les preocupa mucho el avance que ha tenido todo lo demás, nosotros como izquierda no podríamos imaginar ni siquiera lo que está sucediendo ahora, sí estamos en un momento donde efectivamente se sabe que sí hemos ganado bastante en esas batallas de los transfeminismos, desde los movimientos afro indígenas y desde esas resistencias por la tierra. Eso no se puede comparar con lo que era hace 10 años cuando se firmó el acuerdo de paz, todo ese proceso de lucha por la verdad, la justicia, la reparación, sí ha dado resultados. Y nos ha mostrado también cómo nos vemos a nosotros mismos como colombianos. Hay un país que cree en esa narco cultura, que es paraco, sí, pero esa idea de que el colombiano promedio es paraco, que la gente se ha comido ese cuento y que quieren un país así, pues ya no es. En ese sentido, están preocupados porque saben que nos ganaron con trampa y saben lo que hemos avanzado en términos de la idea de esa relación entre la política y las emociones, desde el discurso, porque una gran cantidad de la población ya no les cree. 

 

S: ¿Qué pierde una sociedad cuando empieza a considerar peligrosas, incómodas o innecesarias las expresiones culturales que cuestionan sus certezas?

 

N: Esta pregunta me hace pensar en esta idea de que el antifascismo es un delito, es algo que se está diciendo ahora en Estados Unidos. Si el antifascismo es un delito, quiere decir que ser fascista, está bien. Primero, yo creo que no hay un soporte popular a esas ideas. Lo que maneja esta gente es un rebaño de gente muy ignorante y triste espiritualmente, manejan otro sector de la sociedad, que son unos machos o gente emprendedora a la que les gustan los negocios. Pero creo que el volumen grueso de la sociedad está avanzando en ser una resistencia a todo eso y verse de otra manera. Esta gente que está en el poder tiene mucho miedo a perder el poder y por eso tienen que criminalizar todo, perseguir, etiquetar ciertas cosas como delitos y también esa señalización de que los derechos se ponen en duda como el de la libre determinación sobre un embarazo, o de las disidencias sexuales, esto es algo que ha costado mucho trabajo lograr, para que de repente te digan que ya no es un derecho porque esta gente considera que es atroz.  Hay una cantidad de cosas que se piensan imponer por la fuerza, porque lo que ellos sí tienen es un entramado de corrupción muy bien armado y la única que conocen es la de imponer la razón por medio del miedo. Yo creo que sí se pueden venir tiempos muy horribles, como los que se vivieron en la primera y segunda presidencia de Uribe: falsos positivos, detenciones masivas y no sé cuántas cosas se pueden convertir en delitos de la noche a la mañana, pensando en una guerra simbólica o una batalla cultural, uno pensaría que ciertas cosas no se pueden hablar o ciertos libros hay que quemarlos, o que de ciertas ideas tiene uno que retractarse, porque no sabemos hacia dónde van a llevar esto, pero el nivel de conciencia de que han perdido el control es muy alto. Más que la sociedad haya aceptado eso, es este grupo de gente que tiene capacidad para controlar a una parte de un rebaño que no piensa, pero luego se han dado cuenta que hay algo que hacer con lo demás y también imponen la realidad, desde sus faros, hay un sistema de realidad que ellos construyen y se vuelve la información y la opinión oficial.

 

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Colombianización. Foto: Diego Lebrán

 

Vamos a tener que ver a este señor presidente con unos niveles de popularidad inventados por ellos mismos; este tipo ni siquiera se posicionó en una plaza pública porque no tiene afectos populares. La verdad, nunca llenó un estadio realmente, no tiene un respaldo popular real. Por otro lado, no es la sociedad, sino son ellos, esta oligarquía, esa élite, que está ahorita pugnando por sus intereses y por no volver a perder. Cuatro años de petrismo fue demasiado para algunos. Pero al mismo tiempo, el cambio de nosotros como sociedad es muy emocionante. Cuando uno piensa en ese colombiano paraco, que sí existe, pero que no es una mayoría sino una parte de la sociedad, realmente hay muchas capas y muchas maneras de asumirse como colombiano. A una gran mayoría de la gente sí le caló el asunto de la paz, de los derechos, los transfeminismos, los feminismos y cosas que ya no se pueden hacer, como el racismo explícito, el clasismo. Hay un montón de cosas que ya se han cuestionado y hay una mayoría que sí las ve como algo que se transformó. Sin embargo, esa gente sigue anquilosada porque a ellos no les conviene para nada que hayan cambiado las cosas. 

 

Y es en ese contexto que llega Abelardo de la Espriella. En mi proyecto Colombianización, que hizo una exposición en 2022 y tiene elementos relacionados con masculinidades, uno de los personajes que yo estaba analizando era él, antes de que fuera candidato presidencial, me parecía como ese tipo de colombiano arribista, al mismo tiempo involucrado en chanchullos y corrupto. Es esta gente que quiere ser nuevo rico, el tipo ya de presidente es realmente una caricatura muy absurda, aunque ni siquiera es una caricatura, a uno no le dan ganas de hacer caricaturas de él; yo puedo imitar muy fácilmente, es una de las cosas que hago como performer, pero cuando empecé a ver su despegue, pensaba, ¿para qué hacer una caricatura de esta gente si ya lo son? Yo creo que Abelardo de La Espriella no existe, sino que él actúa un sinnúmero de cosas que está imitando, de cosas que cree que son poder, belleza, prestigio y cómo se comportan los ricos. Al final, el tipo es un títere de ese conservadurismo, de esta gente que llevaba años tratando de meterse en política otra vez y a la larga van a vender todo, van a acabar con todo de una manera muy miserable. Al mismo tiempo, van a decir que nosotros estamos aplaudiendo que eso pase. Y que cuando la gente se levante a oponerse, pueden hacer cualquier cosa. 

 

Dentro de lo simbólico, por ejemplo, que hayan ganado las elecciones presidenciales con un montón de mentiras, manipulando la información, diciendo cosas que no son ciertas (como que Iván Cepeda era el dirigente de las FARC), ¿qué presentación tiene eso? Y lo posicionaron como una idea desde los noticieros, con mentiras que se vuelven verdad. Eso también cala en la imaginación o en la manera en que mucha gente ve la realidad y termina posicionando gente que ni siquiera está capacitada para ejercer un cargo tan importante como ser presidente de un país.

 

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Carro limpio conciencia sucia. Foto: @sergiotapia

 

S: ¿Qué riesgos aparecen para una sociedad cuando un gobierno se convierte en el principal productor de los significados con los que esa sociedad se piensa a sí misma?

 

N: Yo creo que eso ha cambiado porque antes lo único que existía era el espectro electromagnético, había televisión y ya. En cambio, ahora con internet hay mucha más gente produciendo contenidos y opinión, hay una posibilidad mayor de movilizar otro tipo de pensamientos y posturas frente a la realidad de presentar contenidos que desestabilicen esa opinión y esos significados. Por ejemplo, yo creo que una gran parte de la sociedad entendió que los medios tradicionales mienten.

 

Como productores de significados, mucha gente en este país sabe que nos robaron las elecciones. Esto es algo que no va a dejar de saberlo la sociedad y eso hace que vea a su gobernante como un enemigo. Realmente creo que esa producción de significados está ahora también en manos de una resistencia cultural e intelectual que está decidida a disputarse ese lugar.

 

Los riesgos ya los hemos visto durante décadas. Hay una parte de la sociedad que les cree, que no es una mayoría. Hay gente que simplemente está tan decepcionada que ni siquiera quiere creer en nada. Sí estamos, como decían, polarizados; sin embargo esa palabra a mí no me gusta, porque habla de dos fuerzas semejantes y no es así: hay gente que lucha por derechos y hay gente que quiere quitárselos, así que no es lo mismo.

 

Ese monopolio de los significados lo que genera es esa alienación de una parte de la sociedad. Pero al mismo tiempo genera esas resistencias, es innegable que aquí hay, en Colombia cada vez se ve más, esa capacidad de la ciudadanía para resistir y generar preguntas frente a ese sistema. Habría que ver hasta qué punto eso va a seguir siendo posible, porque también dentro de esa idea de batalla cultural, puede ser que terminen eliminando cuentas de gente que trabaja con esto. Hay un montón de personas que llevan años también cultivando una audiencia, una manera de contar las cosas y tienen una credibilidad en redes. Entonces habría que ver si de repente deciden reglamentar eso y decir que ciertas cosas están prohibidas. Hay una manera de silenciar también, no solo físicamente, sino silenciar tus cuentas, tu voz online. A mí me ha pasado, todo mi material hasta cierta época me lo borraron y volver a subirlo es un problema. Pero también el acumulado, cuando te eliminan contenido de internet por censura, esa regulación no sabemos hasta donde vaya a llegar.

 

Además, esa producción de significados disfraza este pensamiento por medio del entretenimiento: hay una manera en que esta gente posiciona cualquier ignorante machista y se vuelve un influencer famosísimo, ellos lo hinchan, tienen la televisión, entonces hablan de ellos, salen en el periódico, existen estrategias y esta combinación de las formas de luchas que ellos llevan usando un montón de tiempo y que efectivamente hay un tipo de lenguaje, de ideas y de manera de comportarse que es efectivamente lo que ellos desean que la gente quiera. 

 

Al mismo tiempo confío en que sí ha crecido la resistencia y la manera en que la gente aporta a esa discusión pública desde la exigencia de derechos y de reivindicar la historia y la memoria. Existen los dos lados, en uno se ve esa represión y esa mano dura que se viene y también la innegable existencia de eso otro que sí produce emoción, ilusión y que nos reivindica; este es un país que ya ha derramado demasiada sangre, que se merecería otras cosas. De pronto sí nos van a tocar unos años duros, sin embargo uno no puede negar nunca esa ganancia y eso nuevo que han traído también esas luchas que llevan muchos años; no hablamos de luchas armadas, estamos hablando de esa lucha cultural, desde el arte, los activismos, la calle y el deseo de tener derechos. Eso es algo que no se puede negar y que sí hace un contraste fuerte con lo que quieren, con lo que detestan de nosotros. 

 

S: ¿Qué son para ti los derechos culturales?

 

N: El derecho a la libertad de expresión, el derecho a participar también de la producción artística, poder consumir arte, tener bibliotecas, museos, conservar la memoria histórica o cultural, las herencias, el lenguaje, las músicas. 

 

En torno a la idea de derechos culturales se avanzó en el último ministerio: ya empieza a hablarse de los saberes, los sabedores, las sabedoras, porque empieza a extenderse el lenguaje de lo cultural y de lo artístico a otros terrenos.

 

Posiblemente también ahí es donde va a haber problemas, porque si la cultura se ve o se trata como una mercancía, si todo se vuelve un producto, una cosa para vender y comprar, ¿a dónde se van los derechos culturales? Hay derechos que son de propiedad intelectual y saberes ancestrales que no son reconocidos pero que existen. Es importante recordar que en Colombia llegamos a un punto en el que ni siquiera había libros de historia en los colegios. Es fundamental la memoria histórica y toda esa vinculación que hubo entre el proceso de paz y los compromisos con relación a lo cultural y lo artístico, desde monumentos y libros. Una cosa que sí les molesta mucho es esa caja que se abrió con toda esa información, que es una información seria y es un compromiso del país porque se hizo un proceso de paz y este fue uno de los acuerdos que están relacionados con el arte y la cultura y que tienen que ver con esa historia. Si viene este gobierno con la idea de que eso es una ofensa, pueden hacer un borrón, se pueden convertir en un terrorismo de Estado que renazca con su peor color, esto genera la incertidumbre de no saber qué esperar. En cuanto a la censura, en mi caso me parece muy importante que no se cuestione el contenido de una obra, sin embargo, puede llegar un momento que eso suceda.

 

S: ¿Qué es la contracultura para ti y cómo la has percibido en tu quehacer como artista?

 

N: Lo contracultural es la respuesta que viene desde las bases y también desde iniciativas individuales.  En mi caso, yo trabajo individualmente últimamente, pero vengo del trabajo colectivo; la contracultura es pararse con herramientas estratégicamente frente a ese poder, con la intención de transformar, de ir en contra de esa gente que tiene el poder de lo simbólico.

 

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La fulminante. Foto: @matiasespino

 

S: ¿Qué puede hacer el arte que no puede hacer un discurso político cuando busca cuestionar las formas en que entendemos la realidad? 

 

N:  El arte no tiene la obligación de amarrarse completamente a lo documental, de soportarse totalmente en la realidad. El arte puede ficcionalizar, el arte puede hacer poética, abstraer, experimentar, entonces las formas que toma el arte con relación a los discursos políticos son más variadas. Sin embargo, depende del artista, del tipo de arte. La música, la poesía, la literatura, las artes visuales. La música tiene un poder muy bestia, no tiene que ser literal el relato.

 

Volviendo a lo de antes: por ejemplo, se piensa que el arte de derechas no es arte. Cuando se habla sobre Los tres caínes no se ve como una obra de arte. Pero yo sí. Están haciendo un trabajo sobre lo ficcional histórico, eso es muy peligroso, porque están generando una historia de ficción que una y otra vez es manipulada y que tiene un nivel de difusión muy alto. Están posicionando en la admiración al paraco, al rico, al patrón. La melodramatización del conflicto, de la guerra. Como es arte, a la gente le entra más rápido, la gente no quiere ver debates en televisión, no quiere leer sobre historia, hay mucha pereza mental en general.

 

Al mismo tiempo, hay ciertos contenidos que estimulan las preguntas y que al contrario de estimular la pereza y el adormecimiento tienen la capacidad de movilizar y emocionar al punto que generan una curiosidad en el otro. Yo como artista pretendo eso, que alguien vea un performance mío o una producción que yo hago y que después se haga preguntas y le den ganas de saber más, ya que es un abrebocas, entonces el arte tiene herramientas para que eso suceda, para generar empatía, va a los sentimientos, es algo que va directamente a las emociones de una manera irracional, puede llegar a meterse en la mente de la gente sin pasar por la razón, de una manera más intuitiva, por los sentidos. Ahí es donde hay un lugar de poder muy interesante con la audiencia, que no tienen otras maneras de divulgar discursos, sin embargo, una mentira que se repite mil veces, acaba convirtiéndose en verdad. 

 

Esa derecha tiene el poder de captar también a cierto tipo de seres humanos porque se sienten representados por eso, no vamos a negar también que ese tipo de gente existe, hay gente que es paraca golden, no conocen otra cosa, y tienen un sentimiento de odio muy arraigado por ciertas cosas, algunos lo tienen  por una experiencia propia porque este país está enfermo de guerra, ha habido mucho dolor y uno podría entender que haya gente que está llena de violencia y que entiende que son de un bando y no tienen un nivel de entendimiento que se salga de cosas que tienen que ver con sus experiencias personales y sus intereses más íntimos. Uno puede pensar que ese grueso de la población que adora al emprendedor, que es arribista, que es competitiva, lo único que quieren es comprar y vender cosas por esa cultura capitalista del “consúmelo todo”, y en esa estamos todos también metidos, en distintos niveles. No podemos escapar a eso.